CAPÍTULO 22
Solos en el mundo
Jan se despertó en la cama del gimnasio con vagos retazos de lo acontecido.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que Zofia se había quitado el pasamontañas; solo recordaba que se ahogaba, el sudor frío, las palpitaciones en la sien, el mareo y un dolor en el pecho.
Estaba convencido de que había sido un infarto.
Ella lo había agarrado de los pies y arrastrado de nuevo al gimnasio. Le había inyectado algo; después, una paz le recorrió el cuerpo entero hasta sumirlo en la oscuridad.
Se sentó en la cama y vio que la puerta seguía abierta.
Se puso de pie y caminó hacia la salida.
En cuanto lo cruzó suspiró aliviado: la puerta de la nevera estaba sellada.
Puso la mano en la placa de metal y pensó en los ocho cadáveres que había dentro.
Siguió el pasillo hasta dar con una escalera de peldaños corrugados.
Posó la mano en la barandilla y subió hacia un umbral de luz.
2
Cuando cruzó la puerta llegó al corredor y vio la distribución; no tuvo ninguna duda de dónde se encontraba: era su casa, y el gimnasio había sido su sótano, un trastero oscuro al que bajaba solo para dejar cosas que deberían estar en la basura. Todo ese tiempo había estado en su puta casa.
Era su maldita casa, pero diferente, mucho.
Todas las paredes, techos y suelos estaban panelados con placas de metal.
No había rastro de las ventanas. El lugar transmitía la misma sensación fría e impersonal de un pasillo de Star Trek .
Dio unos pasos hasta lo que debía de ser la cocina.
Y ahí estaba ella de pie, frente a una máquina de café que no parecía una, salvo por las tazas de cerámica que había al lado y el aroma que desprendía.
Zofia se giró y lo miró seria.
—Coge una taza y sígueme —ordenó con frialdad.
Él lo hizo.
Al llegar al panel donde debería estar la puerta que daba al exterior, ella dijo:
—Álvaro, abre.
La placa retrocedió, hizo un clic y se abrió. Entró la luz del sol.
—¿Quién es Álvaro? —preguntó con miedo de que hubiera más gente.
—Mi IA personal.
—Me suena su voz.
—Normal, le puse la de Álvaro Soler —dijo sin un atisbo de humor—. Sígueme.
Álvaro Soler había pegado muy fuerte en Polonia.
Zofia, con diez años, se había vuelto fan absoluta del cantante, en especial de la canción Mira Sofia .
Al principio, a Jan le había hecho gracia que su hija se aficionara a un artista español, pero después de haberse comido kilómetros de coche escuchando el puto repertorio, había desarrollado un odio muy intenso por su música.
Zofia salió al exterior y él la siguió. Estaban rodeados del bosque que tan bien conocía, salvo que no había carretera, ni farolas, ni nada que le recordase a su calle. Se giró para ver la fachada: estaba más sucia de lo que recordaba, aún se podía ver la pintada de Tomek, casi extinta.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—En Kamienna Puszcza, pero no en la nuestra ni en la de los adultos locos. Otra.
—¿Otra?
Ella se giró y lo miró sin ningún sentimiento, como si quisiera librarse de él.
—Sí, otra. Una donde no se desarrolló la vida humana. No soy creativa con los nombres del multiverso; a este lo bauticé como Tierra sin gilipollas .
Caminó hasta el lateral de la casa, donde había dos sillas de plástico de las que venden en cualquier hipermercado. Estaban dispuestas una al lado de la otra.
—Siéntate, tenemos que hablar.
Cuando los dos se acomodaron, ella sacó un paquete de cigarrillos marca Lechuza del bolsillo, se puso uno en la boca y le ofreció la cajetilla a Jan.
—¿Fumas? —preguntó sorprendido.
Ella lo miró con una mueca de asco.
—No hagas de padre, no te pega. Además, no te he traído aquí para eso.
Él tomó un cigarro y lo encendió.
Cuando llevaba tres caladas, Zofia lo fulminó con la mirada. Jan se fijó en sus arrugas y en la cicatriz: una línea gruesa y pálida que descendía de la frente hasta el pómulo.
—Jan, supongo que todo esto te está viniendo grande. Universos paralelos, una Zofia vieja, un apocalipsis… pero necesito que me escuches. Te voy a contar mi historia. No me interrumpas.