CAPÍTULO 21
El primer fracaso
El silencio lo despertó.
Se llevó las manos a las orejas en busca de sus audífonos. Abrió los ojos y vio el impoluto techo de metal. Ladeó la cabeza.
«Mierda».
Volvía a estar en la casilla de salida: en el puto gimnasio.
Se incorporó y sintió una molestia en el abdomen y en la espalda baja.
Bajó la vista y vio que llevaba un chándal nuevo, aunque idéntico al anterior: rojo chillón.
Bajó la cremallera y se encontró con una camiseta blanca.
La asió de la parte baja y la levantó. Había una cicatriz donde había estado la punta del puñal; no era larga como cabría esperar, sino el círculo de una quemadura sanada.
Se puso de pie. Odiaba no escuchar nada; haber recuperado un sentido y perderlo de nuevo era cruel.
Entonces los vio: sobre la mesa estaban sus audífonos.
Dio unas zancadas y se los puso. Al oír el ronroneo que antes le había parecido un motor, no pudo retener una lágrima.
Suspiró aliviado, hasta que vio la pantalla blanca y el mensaje que salió, acompañado de la voz distorsionada.
VOY A ENTRAR EN TU HABITACIÓN
NO INTENTES HUIR O SERÁS CASTIGADO
Una de las placas metálicas, la que estaba al lado de la espaldera, emitió un sonido siseante hasta que se oyó un clic. La pared retrocedió unos centímetros y se abrió como la puerta de un ascensor. Tras ella había una figura femenina. Jan retrocedió unos pasos.
Había dado por hecho que su captor era un hombre, tanto por la voz distorsionada como porque, en el fondo, no creía que una mujer pudiese ser tan retorcida.
Estaba enfundada en unos leggings y una camiseta de manga larga, ambas prendas negras. Llevaba una especie de pasamontañas del mismo material, aunque extraño: en vez de huecos para los ojos tenía un rectángulo blanco que cruzaba la cara.
Jan la analizó. La mujer era atlética; no obstante, entre la caída de sus pechos y las arrugas de sus manos desnudas se delataba como alguien que pasaba de los sesenta años.
—¿Quién eres? —preguntó.
—SIÉNTATE —ordenó. Su voz seguía distorsionada.
—¡Una mierda, hija de puta! ¡¿Quién coño eres?!
Tener una imagen de su captora —una mujer mayor— lo envalentonó.
—SIÉNTATE —repitió con frialdad.
Jan corrió hacia ella dispuesto a tumbarla y salir huyendo.
La mujer no movió ni un ápice su cuerpo, hasta que Jan le lanzó un puñetazo al rostro.
En ese momento ella lo esquivó con facilidad, lo agarró por la muñeca y le hizo una llave que acabó con él en el suelo boca abajo, mientras ella le clavaba la planta del pie en la espalda.
—TE PROGRAMÉ PARA QUE SUPIERAS TRES ARTES MARCIALES: BOXEO, MUAY THAI Y TAEKWONDO. YO DOMINO MÁS DE CIEN. SIÉNTATE.
Soltó a Jan y este se puso de pie. La miró con odio, como si pudiera ver a través del rectángulo blanco de la máscara. Ya no era el mismo hombre; había pasado por mucho.
Sin mediar palabra le lanzó una patada lateral que ella paró con el antebrazo. Antes de que la pierna de él volviese al suelo, ella le descargó un puñetazo que lo hizo caer llevándose las manos al estómago.
—NUNCA CAMBIAS, JAN. ERES PATÉTICO.
—¿Quién coño eres? —balbuceó, aún con la respiración entrecortada.
—SOY TU MAYOR FRACASO.
—Dime quién… La verdad…
—TÚ NUNCA HAS QUERIDO LA VERDAD. POR ESO ESTAMOS AQUÍ.
—Dime por qué me haces esto.
—SIÉNTATE.
—No —dijo, poniéndose en pie en posición de lucha.
Ella puso los dedos anular y corazón en su cuello, como si apretase un botón. Su voz se volvió humana, fría y vieja, pero no débil.
—He dedicado toda mi vida a que aprendieras —rio sin una pizca de humor—, y estoy muy cansada de que no me hagas caso.
—¡No tengo ni puta idea de qué me hablas! ¿Qué coño te he hecho?
—Me has robado la vida —dijo.
—¡Puta loca! ¡Nunca le he hecho nada a nadie que merezca esto!
Jan se lanzó sobre la mujer. Ella lo esquivó de nuevo, lo agarró de la nuca y lo embistió contra la espaldera. Con su cara aplastada contra las barras de madera, ella susurró con malicia:
—¿Quieres saber por qué estás aquí?
—¡Sí! —gritó.
Ella lo liberó.
—Sal —indicó la puerta con la cabeza.
Él miró el umbral con desconfianza, pero no tenía alternativa.
Era un pasillo corto recubierto con las mismas placas del gimnasio.
—Para —ordenó ella.
Una de las placas que tenía a su lado se abrió, dando entrada a una habitación de la que salía una especie de vapor frío.
Un congelador, pensó. Miró el interior: era como un camarote de tren de literas donde había bolsas traslúcidas de plástico sobre estanterías de metal.
Jan supo que en el interior había cadáveres. Dio un paso atrás.
—Querías saber por qué estás aquí. ¿Vas a rajarte ahora? Como has hecho siempre —lo retó la mujer.
Esta lo empujó con violencia, obligándole a entrar.
—Abre cualquier bolsa. Así sabrás cuáles son tus pecados —ordenó con rabia contenida.
Jan no se movió.
—¡Ábrela! —gritó, ya harta de su indecisión.
Jan se giró hacia la primera bolsa. Podía intuir que dentro había una mujer. Tomó con los dedos temblorosos la cremallera y tiró de ella.
Se apartó de golpe, como si la bolsa quemara. Chocó contra la estantería del lado opuesto y se quedó pegado a ella, sin poder apartar los ojos. Le temblaban las manos.
Era Zofia.
—No, no, no… —musitó. Era lo único que le salía.
La mujer lo observó sin decir nada.
Jan se acercó despacio a su hija, como si fuera a despertarla. Le puso la mano en la mejilla. Fría. Llevaba tiempo muerta.
Se le revolvió el estómago. Se giró hacia la mujer.
Jan se lanzó hacia su captora dispuesto a matarla. Ella lo paró, le hizo una llave y le aplastó el rostro contra otra bolsa.
—Ábrela.
Jan, rabioso, se resistía, pero la mujer apretó más.
Al fin, Jan tiró de la cremallera. Se equivocó al pensar que no podía haber nada peor.
Había otra Zofia.
La mujer lo soltó. Jan miraba los dos cadáveres sin entender nada.
—¿Qué? —preguntó roto—. ¿Qué es esto?
Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer hasta quedar sentado en el suelo. Desde ahí podía ver ocho bolsas. Ocho Zofias.
—Cada vez que te rindes, una de ellas paga el precio —dijo con asco—. Eres un fracasado.
La mujer se acuclilló frente a él.
—¿Quieres saber quién soy?
Sin esperar respuesta, se quitó el pasamontañas.
Jan se llevó la mano a la boca sin poder contener las lágrimas. Frente a él había otra Zofia, pero no tenía quince años: superaba los sesenta, una cicatriz cruzaba su rostro y su mirada estaba muerta.
—Soy tu primer fracaso —le dijo.