La ladrona de adoquines CAPÍTULO 20
46%

CAPÍTULO 20

Un mundo sin Jan

El bosque se había sumido en el silencio.

Los muchachos habían perdido de vista a Jan a los pocos metros de alejarse del roble, sin embargo, sí habían sido testigos de los gritos y las explosiones.

No dijeron nada durante unos minutos. Antek apretaba los labios y miraba hacia las ramas que tenía a sus pies, Melania lloraba.

Tomek tenía la vista clavada en las copas que bordeaban el claro, aunque no se pudiera ver desde el árbol, todo había terminado ahí.

Si hubiera sido él, eso no habría pasado.

—Ya no hay nadie en el bosque —dijo—, id a El Matadero.

—¿Dónde irás tú? —preguntó Antek.

—Necesito ver qué ha pasado.

Melania tragó saliva.

—Necesitamos.

Tomek observó a sus amigos y asintió.

2

No se oía un alma en el bosque; hubiese pasado lo que hubiese pasado, había puesto fin a la cacería.

Caminaban con cautela. Aunque Tomek estaba convencido de que ya no quedaba nadie por ahí, prefirió ir despacio; necesitaban tiempo para procesar lo que acababa de suceder.

A pocos metros del claro, Tomek les indicó que esperasen. Él quería ser el primero por si había problemas. Estaba seguro de que no los habría, pero necesitaba enfrentarse solo al cadáver de Jan. Era el culpable de que el viejo hubiera caído.

Apartó con la mano unos arbustos y entró en el calvero.

Se quedó paralizado. Salvo por la vegetación de los árboles, el verde casi había desaparecido bajo los charcos de sangre, extremidades y vísceras que se extendían por doquier.

Dio un paso y a punto estuvo de tropezar con dos piernas sin tronco.

Pese a vivir en un mundo donde la violencia era el pan de cada día, nunca había visto algo que se asemejara a eso.

—Ya vamos… —no terminó la frase Melania, que estaba llegando.

Tomek se giró rápido para evitar que ella viera aquel lugar. Fue tarde. Ella y Antek estaban paralizados ante la visión de la carnicería.

Melania se dio la vuelta y vomitó. Antek se giró, en apariencia para ver qué tal estaba; en realidad, para evitar la visión del claro.

—Iros de aquí —ordenó—, yo voy ahora.

3

Melania era una fan absoluta del gore en la literatura, siempre había sido muy imaginativa como lectora.

Y por muchas barbaridades que hubiese leído, jamás se había imaginado algo como lo que había visto en el claro.

Era como si hubieran puesto veinte personas en una batidora gigante y, a mitad del batido, hubieran regado el suelo con el contenido.

Antek también meditaba en silencio. Jan no era su amigo, pero le había tomado suficiente aprecio como para odiarse a sí mismo por no haberse opuesto a la idea de que él distrajera a los militares. Se sentía un cobarde miserable.

Tomek volvió con ellos; caminaba con seguridad, aunque aún tenía el semblante serio.

—No sé qué coño ha pasado ahí, pero he revisado los restos y no hay rastro de Jan.

Melania levantó la cabeza.

—¿Está vivo?

—No lo sé… Luego iré a Stara Papiernia, pero antes vamos a El Matadero.

Todos emprendieron el camino con la esperanza de que Jan hubiera sobrevivido.

4

Habían ido por la ruta más larga para asegurarse de no toparse con más soldados, pero el bosque había tenido el mismo silencio que un cementerio por la noche.

Al llegar a El Matadero se colaron por la ruta de siempre; la tapa de la alcantarilla que llevaba a los niños estaba intacta. Eso les produjo una sensación de alivio que se intensificó cuando bajaron y escucharon sus risas al final del túnel.

Caminaron en silencio hasta llegar a la estancia.

La estampa era la misma de siempre: niños siendo niños pese a vivir en el subsuelo, ajenos al mundo de la superficie y sus problemas.

Lo único que rompía con la imagen habitual eran los más mayores.

Zuzanna estaba en la mesa tapándose el rostro con las manos, mientras Adam y Ola a su lado intentaban reconfortarla.

Tomek frenó; jamás la había visto tan vulnerable. Era una líder fría, que nunca se quebraba, ni siquiera lo había hecho tras la muerte de Ania.

—Hola —dijo con timidez.

Los niños lo saludaron con normalidad. Tomek asintió sin apartar los ojos de Zuzanna.

Esta levantó la cabeza y los vio, a sus tres amigos sanos y salvos.

Se puso en pie, su mirada rota brilló de nuevo y se le escapó una sonrisa.

Echó a correr hacia ellos y abrazó a Tomek con tal fuerza que a este se le escapó un quejido de dolor.

Cuando volvía de las misiones, siempre soltaba algún chascarrillo para picarla.

Esta vez solo la estrechó entre sus brazos con ternura.

—Estamos bien —susurró.

Tras unos instantes, Zuzanna lo soltó e inspiró hondo hasta recuperar su rostro distante habitual. Abrazó con menos efusividad a Melania y Antek, que se habían quedado detrás. Entonces reparó en que faltaba alguien:

—¿Y Jan?

Melania negó con la cabeza mientras se mordía el labio.

—Se sacrificó para que nosotros pudiéramos huir —explicó Antek.

—Eso no está claro —intervino Tomek—, no encontramos su cuerpo. Lo mandé a esconderse en Stara Papiernia. Por la noche iré a buscarlo.

Zuzanna asintió, tratando de ocultar lo abrumada que se sentía.

Se sentaron en la mesa y entre Melania y Antek narraron todo lo sucedido desde que habían abandonado la base del centro; solo tomó la palabra Tomek cuando contó lo del claro, lo hizo susurrando para que ninguno de los niños pudiera escucharlo.

Zuzanna estaba agradecida e impresionada por el heroísmo de Jan.

En los pocos días que llevaba conociéndolo le había parecido un adulto bastante gilipollas, tocapelotas e inútil.

Se había equivocado con él. Las veces que Jan se había opuesto a ella —al quedarse con Tomek en el supermercado o al ir con ellos a la farmacia— lo había hecho para protegerlos. Ahora lo veía claro.

Zuzanna les contó que después de la farmacia había vuelto a El Matadero para ver cómo se encontraba Julek; tras unas horas, se había dirigido a la base para reunirse con ellos, pero todos los accesos por los que había tratado de ir estaban cortados por los adultos.

Al final había desistido y vuelto a El Matadero a esperarlos.

5

De madrugada, Tomek caminaba con sigilo por el borde del Jeziorka, que era tan estrecho que había más orilla que río.

Vio Stara Papiernia: parecía un gigante industrial olvidado; sus ladrillos manchados de humedad y hollín eran testigos de ello.

El bosque ya había empezado a reclamarlo como suyo, los primeros árboles lo envolvían desde la base y la vegetación se abría paso sin piedad por cada recoveco del asfalto; la hiedra trepaba por sus paredes como si tratase de asfixiarlo.

Tomek empujó una de las puertas metálicas, que cedió con un chirrido largo y oxidado.

En el interior ya no quedaba nada, ni siquiera el eco de las máquinas que habían dado trabajo a media ciudad antaño.

La luz de la luna se abría paso entre los cristales rotos.

En el suelo había trozos de papel podrido bajo una gruesa capa de polvo.

Revisó todas las estancias, incluidos rincones, sótanos y armarios.

Ni rastro de Jan.