La ladrona de adoquines CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Adulto responsable

—¿Estarán bien en El Matadero? —preguntó Melania apartando una rama.

Se encontraban en una de las partes más salvajes del bosque, era un laberinto forestal.

—Sí —respondió Tomek, que encabezaba el grupo—, está fuera de la ciudad y no conecta directamente con las cloacas.

—Nos hemos librado por poco esta vez —reflexionó Antek, que aún tenía la persecución con el carrito de golf en la mente—. ¿Estás bien? —le preguntó a Jan.

Este asintió. Luego observó su chándal lleno de girones.

La maldita mosca parecía dormir en el cordel de sus pantalones, indiferente a los vaivenes.

Él ni se molestó en apartarla. Era consciente de que su nueva condición física y sus reflejos mejorados le habían salvado la vida. Con su cuerpo de antes estaría muerto.

—¿Te has llevado Lía en Navidad ? —preguntó Melania, sorprendida al ver cómo se aferraba este al tomo.

Él lo miró en la mano. Ni se había dado cuenta de que aún lo llevaba.

—Es que no me habéis dado otra arma.

—Fijo que si les lees a los adultos el capítulo de Nochebuena, los matas del susto —rio Antek.

—Seguro que Adrián, con el poder del amor, volvería dóciles a los infectados —apostilló Jan.

—Capullos —rio Melania por lo bajo.

—Callaos —susurró Tomek.

—¿Qué? —preguntó Antek.

Tomek le indicó con el dedo que se callara.

El sonido del bosque era muy característico cuando te acostumbrabas a moverte en él.

Si no lo conocías podía resultar inquietante, pero cuando formabas parte de él, lo comprendías.

La brisa que serpenteaba entre las hojas sin pausa, los crujidos de la madera, el movimiento de los animales.

Tomek aguzó el oído, algo no estaba en su sitio. A los pocos segundos se escucharon voces.

—¡Los han visto entrar! ¡Tienen que estar cerca! —vociferó la voz de un hombre.

Tomek les hizo un gesto con la mano para que se mantuvieran en silencio y otro para que lo siguiesen.

A cincuenta metros había un roble común de tronco muy ancho con ramas que nacían desde la base y una altura considerable.

Les señaló la copa para que trepasen. Solo Jan mostró incredulidad ante la idea, pero al ver que el resto escalaban sin problemas, los siguió.

En cuanto llegó a la copa vio que Tomek se había colocado en la cima, mientras que Melania y Antek se mantenían agazapados un par de ramas más abajo. Jan siguió subiendo hasta colocarse con el muchacho, que observaba el bosque.

«Mierda», pensó Jan al verse a tanta altura, jamás había trepado tan alto. Lo que debería ser un paraje bucólico primaveral resultaba una trampa mortal. Pese al follaje, se podían ver decenas de personas rastreando el bosque. La mayoría debían de ser militares, ya que portaban rifles en la mano.

—Mierda —susurró.

Tomek meditaba algo, mirando alrededor.

—Tengo una idea —musitó.

Jan hizo una mueca; se esperaba lo peor, aunque le llamó la atención que el muchacho estuviera serio. Melania y Antek se pusieron de pie para estar más cerca de la conversación.

—Tenemos que alejarlos de El Matadero. Mientras yo lo hago, vosotros esperad la oportunidad para huir.

—Tú estás loco —se quejó Antek—. Esperemos aquí hasta que se aburran.

—Demasiado peligroso. Son viejos, pero no del todo estúpidos, nos acabarían pillando.

«Ni de puta coña», se dijo Jan. Él era el adulto. No iba a dejar que un crío, por capullo que fuera, arriesgara su vida por la de él. En esos días ya lo había hecho suficientes veces.

—No —cortó todo debate.

—¿No qué? —preguntó Tomek.

—Yo soy el adulto responsable, vosotros solo unos críos. Si alguien tiene que hacerlo, seré yo.

Todos lo observaron como si no estuviera en sus cabales.

—¿Los vas a espantar a golpes con Lía en Navidad ? —dijo Antek.

Jan miró su libro, luego a ellos, y sonrió.

—Yo no correré peligro, si me veo acorralado me quitaré los audífonos. —Al ver que no acababa de convencerlos, dijo—: Además, soy el puto Bruce Lee, ¿no? Yo los alejaré y vosotros cuidaréis de los niños. No hay debate —apostilló con determinación en su mirada.

Por primera vez en seis meses, los muchachos asintieron ante un adulto. Salvo Tomek, que estaba molesto y sabía que esa discusión ya la había perdido. Jan no iba a ceder.

—Vale —dijo al fin a regañadientes—, pero no te enfrentes a ellos, llama su atención y corre.

Jan asintió.

—¿En qué dirección los llevo?

Tomek señaló con el dedo hacia el oeste, la contraria al refugio.

—¿Conoces Stara Papiernia?

Jan arqueó la ceja contrariado, aunque no dijo nada. En su mundo también existía el lugar. Era una fábrica de papel que había cerrado hacía quince años y que se había remodelado para ser un centro comercial para pijos de Kamienna Puszcza. Imaginó que en ese mundo seguiría estando abandonado.

—Cuando salgas del bosque, ve por el Jeziorka y escóndete en la fábrica. Cuando todo se calme iré a por ti. ¿Sí?

—Sin problema.

Tomek le ofreció su palanca para que tuviese un arma. Jan negó con la cabeza, no sabía cómo usarla. Puso Lía en Navidad en su bolsillo trasero.

—Ten mucho cuidado —le pidió Melania con los ojos húmedos.

Él sonrió.

—Nos vemos en un rato.

Acto seguido, comenzó a bajar por el árbol con cuidado. Si se caía, el plan se iría a la mierda antes de empezar. Una vez en el suelo, retrocedió por donde había venido y, cuando sintió que estaba lejos, inspiró hondo y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Me vais a comer los huevos, hijos de puta!

Echó a correr hacia el oeste.

No podía avanzar en línea recta porque el bosque era un entramado de ramas bajas que nacían del suelo, obligándolo a saltar, girar, cambiar de dirección todo el tiempo.

A los pocos metros, el sentido de la orientación dejó de tener importancia.

No tenía ni la menor idea de dónde estaba ya el oeste, pero siguió gritando mientras corría, arrastrando la atención tras de sí.

Hasta que se topó con la primera pareja de soldados.

Se detuvo en seco.

Cerró los ojos, respiró hondo. «Eres el puto Bruce Lee, ¿no?», se dijo.

Dejó que el instinto tomara el control.

Antes de que uno de los soldados pudiera apuntarlo, Jan se abalanzó sobre él y le estampó un puñetazo directo en la tráquea.

El hombre cayó al suelo sin aire. Sin detenerse, le arrebató la escopeta y giró el cuerpo; el segundo soldado apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir un culatazo en la sien que lo dejó fuera de combate.

Jan soltó el arma y continuó corriendo.

Esta vez sin gritar. Ya había hecho suficiente ruido. A su alrededor se escuchaban pasos, murmullos, ramas quebrándose. Venían hacia él desde varios puntos. Aun así, no frenó. Sus pisadas chapoteaban, rompían la quietud del bosque, pero no tenía otra opción.

Vio un roble a unos metros, pensó en trepar y esconderse entre las ramas. Descartó la idea porque no estaba lo bastante lejos de los chicos, de modo que siguió avanzando.

Se cruzó con otra pareja de soldados. Esta vez estaban de espaldas.

Saltó sobre uno de ellos, enganchándolo con las piernas, y ejecutó una llave que lo hizo volcar y caer contra el suelo.

Antes de que el otro pudiera girarse, Jan ya estaba encima.

Un golpe directo a los testículos lo hizo encogerse; en cuanto bajó la cabeza, Jan le estampó la rodilla en la cara. Notó el crujido del hueso.

Volvió a correr. Cada vez había más voces, más pasos. «Demasiado cerca», pensó.

Llegó a un amplio claro circular, la única vegetación eran los hierbajos desordenados que brotaban del suelo. Se detuvo un instante, dudando entre rodearlo o cruzarlo, pero no tenía tiempo. Necesitaba poner distancia.

A mitad de camino, dos figuras aparecieron al otro lado, saliendo de entre los árboles.

«Mierda».

—¡Lo tenemos! —gritaron—. ¡Lo tenemos!

Las voces se multiplicaron. De los bordes del claro comenzaron a surgir más y más figuras, cerrando el círculo. Jan frenó en seco, girando sobre sí mismo, buscando una salida que ya no existía.

Había más de una docena. Se acercaban despacio, saboreando el momento. Habían soltado las armas de fuego y sacado los cuchillos militares del cinto, que brillaban bajo la luz de la mañana.

Sus ojos lo observaban con una mezcla de hambre y perversión. Aquello ya no era una cacería, se iba a convertir en una carnicería.

Jan apretó los dientes y se colocó en posición de lucha.

Se lanzó contra el más cercano y le descargó un golpe en la frente que lo hizo desplomarse.

Giró el cuerpo, encajó un codazo en la mandíbula de otro y, sin detener el movimiento, lanzó una patada lateral contra alguien que se le acercaba por la espalda.

Golpe tras golpe. Ya no sabía a cuántos había derribado. Todo pasaba demasiado rápido, hasta que sintió el dolor que le atravesó la espalda.

Intentó gritar, pero el aire no le salió. Las fuerzas lo abandonaron de súbito y cayó de rodillas. Bajó la mirada y vio la punta de un cuchillo asomando por su abdomen.

Lo habían ensartado.

Respiraba con dificultad cuando tiraron de la hoja hacia atrás. El dolor se volvió insoportable. Antes de que pudiera reaccionar, le colocaron el cuchillo en el cuello.

—Niño… —susurró una voz a su espalda.

Jan cerró los ojos.

Y entonces lo oyó: un pop, seguido de un golpe de viento caliente. Sus oídos lo amplificaron hasta convertirlo en un estallido ensordecedor. Luego otro. Y otro más.

Abrió los ojos. No entendía nada.

Estaba cubierto de algo caliente y viscoso. Apenas podía ver. Alzó las manos y, con los dedos tensos como garras, apartó lo que tenía encima. Cuando miró, vio sus manos rojas, cubiertas de sangre y vísceras cuya procedencia no supo identificar.

Se quedó inmóvil, en shock . Las explosiones cesaron a su espalda. El silencio regresó de golpe.

Sin fuerzas ya para sostenerse de rodillas, cayó de bruces contra el suelo.

Antes de perder el conocimiento, vio unas piernas avanzando hacia él, envueltas en engranajes de metal.

«Iron Man», fue lo último que pensó antes de sucumbir a la oscuridad.