CAPÍTULO 18
El carrito
Tomek trasteaba con la radio muy serio, aunque de momento no había informaciones.
—Me voy a lavar —comentó Melania.
No quería pensar qué eran las manchas con tropezones que tenía por la ropa.
—Cuando acabes voy yo —dijo Antek, que pensaba que su ropa no tenía arreglo ya.
«Un momento», pensó Jan.
—¿Tenéis ducha?
Melania sonrió, tardaría días en volver a hacerlo con ganas.
—No, pero uno de los primeros sitios que robamos fue un almacén de productos médicos. Nos lavamos como la gente que no se puede poner de pie en el hospital: lavado en seco.
—¿Cómo? —preguntó Jan.
—Gel de baño sin aclarado, toallitas húmedas corporales y champú en seco.
—Melania, ve —le dijo Antek, luego miró a Jan—, cuando vaya yo te digo cómo funciona. Pero no te hagas ilusiones, llevo seis meses soñando con una ducha de verdad.
El lavabo que usaban era la sala donde lo habían encerrado durante una noche. Jan estaba molesto, llevaba tres días sin lavarse y nadie le había dicho nada. Él ni se había fijado en que los muchachos siempre estaban limpios.
2
Jan disfrutaba de estar aseado. La pena era que seguía con su chándal sucio; nunca le había gustado usar ropa deportiva, pero después de esta experiencia, menos.
Le preguntó a Tomek si tenía ropa para él, pero salvo calcetines y calzoncillos, no habían encontrado nada de su talla.
Lo que le molestaba de verdad era que una mosca lo estaba rondando; pensaba que una vez lavado ya se habría librado de ella.
Mientras todos estaban con sus quehaceres, nadie hablaba. Se mascaba la tensión de lo sucedido en la farmacia; sin tener ni idea de qué había pasado, todos preferían mantenerse ocupados antes que elucubrar.
Jan había cogido Lía en Navidad . No se lo iba a confesar a Melania.
Por muy guarro que fuera, le estaba divirtiendo.
Trataba de una borde y amargada librera de un centro comercial: se sentía sola, deprimida, odiaba la Navidad y jamás había tenido un orgasmo en condiciones.
Por ahí rondaba un vigilante de seguridad dulce, atractivo y gracioso que, con ayuda de sus amigos, iba a ayudar a Lía a amar la Navidad y a tener una cantidad obscena de orgasmos.
Lo único que irritaba a Jan era Adrián, el protagonista masculino: tenía los músculos definidos, aunque solo se alimentara de comida basura.
Si Lía decía que le molestaba el humo, él dejaba de fumar; si había un niño triste, él se enfundaba un traje de Papá Noel.
Solo faltaba que salvara a un grupo de niños ciegos de un orfanato en llamas para alcanzar la santidad.
Jan lo odiaba, pero no podía dejar de leer.
Cerró el libro con un sonoro golpe.
—¡La hostia!
Todos se volvieron a mirarlo.
—¿Qué pasa? —preguntó Melania.
Jan la miró.
—Acabo de terminar el capítulo de Nochebuena. Menuda guarrada, creo que tengo que volver a ducharme.
—Te lo dije —comentó Antek, riendo—. No se puede hacer una novela que evoque el espíritu de Navidad y hacer una orgía así en Nochebuena.
—Es como si en el cuento de Navidad de Dickens —reflexionó en voz alta Jan, aún impactado por lo que acababa de leer— Scrooge se reuniera con los tres fantasmas y se pusieran a follar.
—Mirad que sois simples —protestó Melania, imponiéndose a la carcajada de Antek.
—Tendrías que haberle dejado uno de dragones —dijo Tomek al fondo, sin dejar de mirar la radio.
—¿Aún no dicen nada? —preguntó Antek, ya más serio.
—No —negó con la cabeza—. Nada, y es raro de cojones, esta mañana no callaban.
De pronto, se oyeron gritos y pasos lejanos.
Todos enmudecieron y se pusieron de pie de golpe. Las cloacas siempre eran silenciosas.
Tomek se dirigió rápido a la puerta y el resto lo siguió.
Giró la manivela con cuidado y la abrió apenas lo justo para asomarse.
La entrada principal desembocaba en un túnel largo, atravesado por varios canales que cortaban el paso.
En cuanto la puerta se entreabrió, las voces llegaron más nítidas, mezcladas con el eco de las cloacas.
—¡Seguid buscando! —gritaba uno.
—¡Tienen que estar cerca! —respondía otro.
Al fondo, varios haces de linterna se movían de un lado a otro, temblando sobre las paredes. No estaban tan lejos.
—Mierda… ¿cómo nos han encontrado? —susurró Tomek.
Melania negó con la cabeza, nerviosa. En realidad, daba igual.
Siempre había sido cuestión de tiempo. Solo que habían pasado tantos meses allí abajo, repitiendo rutinas hasta sentirse invisibles, que habían dejado de pensar en ello.
Bastaba con que uno de los de arriba los viera, con que alguien señalara una rejilla, un acceso, cualquier pista. El resto vendría detrás.
Tomek cerró la puerta con sumo cuidado, procurando que ni el más leve chasquido delatara su posición. Luego, sin hablar, les indicó con un gesto que apagaran las velas y las linternas. La sala quedó sumida en la oscuridad, salvo por la tenue luz de la linterna que él sostenía.
Sin perder tiempo, se dirigieron hacia la segunda entrada del refugio. La abrieron con la misma cautela, pero al otro lado la situación no era mejor. También allí se oían voces y pasos, más cercanos de lo que deberían.
—Estamos rodeados —susurró Antek.
La ausencia de Zuzanna se hizo evidente en ese instante. Todos buscaron a Tomek con la mirada.
—¿Qué hacemos? —preguntó Melania en un hilo de voz.
—Salir cagando leches.
Tenían al menos una ventaja: conocían aquel laberinto mejor que los adultos.
Antek y Melania agarraron los sticks de hockey .
Tomek descartó su palo; en aquellos túneles no había espacio para maniobrar con algo tan largo.
Metió la mano en la mochila y sacó la palanca, más corta y manejable.
La sostuvo con firmeza. Jan no tenía armas, así que, sin darse cuenta, aferraba el único objeto que había hecho suyo en ese lugar: Lía en Navidad .
—Seguidme —susurró Tomek.
Avanzaron a paso rápido, sin llegar a correr, obligándose a controlar el ruido. El agua salpicaba bajo sus pies al cruzar los charcos y el eco de cada movimiento parecía demasiado fuerte. Al ver que no había luces al fondo del primer túnel, giraron sin detenerse.
Siguieron así, encadenando giros, hasta que a lo lejos resonaron unos golpes secos. La puerta del refugio.
—¡Están aquí! —gritó una voz en la lejanía.
El frío les recorrió el cuerpo de golpe.
Melania y Antek, durante un segundo, apartaron el peligro de su cabeza para sumirse en la tristeza: la base había sido más que un refugio.
Ahora los adultos la pisaban, cruzando entre montañas de libros y ropa doblada que hacían de aquel lugar algo parecido a un hogar, el único que habían conocido en seis meses.
—Seguidme —insistió Tomek, bajando aún más la voz mientras cambiaba de dirección hacia un túnel más estrecho y bajo.
Avanzaba encendiendo la linterna apenas un segundo cada pocos pasos, lo justo para que los demás memorizaran el camino antes de volver a sumirse en la oscuridad. No podían permitirse dar una referencia clara de su posición.
Tras varios giros, llegaron a otra pequeña sala de mantenimiento. Todos la reconocieron al instante, salvo Jan. Era uno de los primeros lugares que habían explorado, pero lo habían descartado enseguida como base porque era demasiado angosto.
—Bien —susurró Tomek, evaluando el espacio con rapidez—. Tenemos que buscar una salida hacia la superficie.
—¿Qué hora es? —preguntó Melania.
Tomek encendió la linterna un segundo más de lo necesario y miró su reloj.
—Las siete.
Antek apretó los dientes.
—Mierda… es de día.
3
Tomek los guio por una ruta que serpenteaba entre túneles cada vez más estrechos hasta llevarlos cerca de una de las salidas que conocían bien.
Era una vía que desembocaba en el subterráneo de un parque.
A esas horas, poco después del amanecer, no debería haber nadie; además, el recinto no abría hasta las nueve.
Si todo salía bien, tendrían al menos un margen de tiempo.
Subieron por la cloaca con rapidez y salieron al exterior casi de golpe. La luz del sol los cegó. Era una mañana de marzo despejada, demasiado luminosa para unos ojos acostumbrados a la penumbra constante. Todos parpadearon desorientados durante unos segundos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Jan, entrecerrando los ojos.
—Vamos —respondió Tomek sin detenerse.
Se encontraban en el jardín botánico de la ciudad, un espacio amplio, ordenado, lleno de caminos de asfalto que separaban distintas áreas de vegetación. A esa hora parecía desierto, pero la sensación de seguridad era engañosa.
—¿Y qué hacemos aquí? —protestó Melania, mirando alrededor.
—Movernos —respondió Tomek—. No podemos quedarnos quietos.
Echaron a correr por los senderos, atravesando zonas de flores aún húmedas por el rocío, hasta dirigirse hacia una estructura acristalada que destacaba entre el resto: un invernadero.
—Ahí podremos escondernos un par de horas —dijo Tomek sin dejar de avanzar—. Y pensar qué...
No llegó a terminar la frase. Una voz los interrumpió desde la distancia.
—¡Niños!
El grito, cargado de rabia, hizo que se volvieran. Un jardinero corría hacia ellos agitando el brazo en el que llevaba un rastrillo, y su voz no tardó en alertar a otros que debían de estar repartidos por el recinto. En cuestión de segundos, varias figuras comenzaron a moverse en su dirección.
—Joder… mierda —escupió Tomek.
Aceleraron, pero antes de alcanzar el invernadero vieron un carrito lleno de utensilios de jardinería en la parte trasera, como los que se usan para moverse dentro de los campos de golf.
Las llaves estaban puestas.
Jan no dudó. Se sentó al volante mientras los tres chicos se acomodaban como podían, agarrándose a lo que encontraban; el carrito era biplaza y no estaba pensado para que cuatro personas huyeran a la desesperada.
El motor respondió al instante. Jan pisó el acelerador con fuerza y el carrito salió por el camino principal. Aunque no era rápido, en ese momento bastaba.
Detrás, los gritos se multiplicaban.
—¡Os mataré!
—¡Niños, hijos de la gran puta!
Jan no miró atrás. Se centró en avanzar, en no perder el control al tomar las curvas cerradas del parque.
Llegaron a la entrada principal: una verja de hierro forjado negro. Estaba cerrada con un candado.
—Mierda —gruñó Jan.
Antes de que el carrito se detuviera por completo, Tomek saltó al suelo y corrió hasta el portón, clavó la palanca y en un solo movimiento reventó el candado. Empujó las puertas de par en par.
—¡Vamos!
Se subió de nuevo de un salto mientras Jan aceleraba y salieron a la carretera.
Eran las siete de la mañana de un martes y tenían que desaparecer rápido de la carretera si no querían toparse con más adultos.
Jan apretó el volante con fuerza.
—Estamos jodidos.
—Por la carretera no vamos a llegar a El Matadero —dijo Antek, mirando hacia atrás—. Tenemos que meternos en el bosque.
Se inclinó hacia delante.
—Gira a la derecha. En dos calles hay una entrada.
Jan asintió. Conocía la zona lo suficiente como para no necesitar más indicaciones.
Giró en cuanto pudo, metiendo el carrito por una calle estrecha, pero no llegó a avanzar ni cien metros antes de cruzarse con un coche familiar que venía de frente.
Dentro había una pareja de cuarentones con ojos carmesí que reaccionaron en cuanto los vieron.
Frenaron un instante, como si dudaran, y luego aceleraron hacia ellos.
—¡Cuidado! —gritó Melania.
Jan giró el volante con torpeza, esquivando el impacto por centímetros, pero el vehículo derrapó rápido, hasta ponerse tras ellos. Aceleró y se colocó en paralelo. Entonces empezó a embestir el carrito, golpeándolo por el lateral.
La calle era demasiado estrecha. Cada impacto los empujaba hacia las fachadas, rozando muros, farolas, cualquier obstáculo que encontraban a su paso.
Jan apretó los dientes. No podía competir con el coche familiar, no tenía potencia ni control.
—Saltad —dijo de pronto.
—Pero ¿tú estás loco? —replicó Antek.
—¡Que saltéis, coño!
Su voz fue tan autoritaria que el resto no lo cuestionó. Uno tras otro, se dejaron caer del vehículo en marcha, rodando sobre el asfalto.
En cuanto Jan se quedó solo, viró para embestir el lateral del coche con todo lo que tenía.
No le hizo nada. El impacto fue como chocar contra un muro.
«Seré gilipollas», fue lo último que pensó antes de que el carrito rebotara y saliera despedido. Apenas tuvo tiempo de reaccionar: saltó volando unos metros. Rodó por el suelo, golpeándose contra el asfalto, y quedó tendido bocarriba.
La cabeza le daba vueltas y le dolía todo, aunque seguía vivo.
El coche se detuvo delante de él. Las puertas se abrieron.
La pareja salió sin armas, aunque con una determinación clara en la mirada, como dos gatos frente a un ratón muerto. Iban a destrozarlo.
Jan intentó incorporarse, todavía aturdido. Fue incapaz.
Los chicos ya venían corriendo por la calle mientras la pareja, centrada en Jan, se acercaba despacio, como si tratara de disfrutar el momento.
Tomek fue el primero en llegar. Se lanzó contra el hombre por la espalda, derribándolo con un golpe seco. Al mismo tiempo, Melania y Antek se abalanzaron sobre la mujer. La golpearon con los sticks de hockey hasta hacerla caer al suelo. Melania le propinó una patada en la cara.
Cuando terminaron, ambos adultos quedaron heridos sobre el asfalto. Debían de haberles roto algunos huesos, ya que trataban de levantarse sin éxito.
Tomek no se detuvo. Agarró a Jan del brazo y tiró de él.
—Arriba. Vámonos.
Jan se puso en pie como pudo, aún dolorido.
Vio a unos metros, tirado en el suelo, Lía en Navidad , lo agarró.
Los cuatro echaron a correr sin mirar atrás.
Cruzaron la calle y se internaron en el bosque, perdiéndose entre los árboles y la maleza hasta que las casas quedaron atrás y el ruido de la ciudad se apagó.