CAPÍTULO 17
La farmacia
Esperaron varias horas hasta que llegó la madrugada.
Era el momento más seguro para salir: las calles quedaban más despejadas y contaban con el factor sorpresa, aunque las transmisiones de la radio de la policía confirmaban que varios destacamentos militares patrullaban la ciudad de forma constante.
Se movieron por las cloacas hasta llegar a la calle Wojewódzka.
Una vez debajo de la farmacia, se miraron.
Zuzanna repasó el plan por última vez: salir al exterior, sacar a los dependientes, reducirlos mientras ella cogía el medicamento.
Solo el que necesitaban. Sin entretenerse ni acumular.
Entrar y salir. Todos asintieron. Había que ejecutarlo de forma milimétrica.
—Tú, si quieres, quédate, volveremos rápido —le dijo a Jan.
—No. Prefiero ir con vosotros, aunque sea de observador.
En el fondo, Jan seguía siendo el adulto del grupo. Aunque lo tratasen como al novato.
El primero en subir por la pared de ladrillos húmedos fue Tomek. Avanzó encajando los pies en los peldaños hasta alcanzar la tapa. La empujó con la nuca y la espalda, haciendo fuerza poco a poco. Asomó lo justo para observar la calle. Contuvo el aliento.
Nada. Ni un alma.
Solo la farmacia, al otro lado. Ese silencio, que antes le habría inquietado, ahora le daba una extraña calma.
Mantuvo la tapa abierta y miró hacia Zuzanna, que esperaba a sus pies. Asintió y la levantó del todo. Comenzaron a salir.
Jan seguía maravillándose de la eficiencia de los chicos. En cuestión de segundos, los cinco cruzaron la calle y se plantaron frente a la puerta de la farmacia. Aunque era de veinticuatro horas, durante el turno de noche la puerta estaba trabada.
Entonces llegó el momento. Tomek se acercó y aporreó el cristal.
—¡Hola! ¿Tenéis algo para el acné juvenil? Es que no lo tienen en ningún lado —dijo con un retintín provocador.
Al instante se escucharon pasos rápidos en el interior. Tomek retrocedió un par de metros, colocándose en medio de la acera, a la espera de la previsible salida en tromba. A ambos lados de la puerta, ocultos en la sombra, esperaban Antek y Melania.
En cuanto se abrió y el primer dependiente salió —rabioso, dispuesto a abalanzarse sobre Tomek—, Antek y Melania cruzaron los sticks de hockey por detrás de sus tobillos. El hombre cayó de bruces contra el suelo.
El segundo no mordió el anzuelo. Se detuvo en seco, midiendo distancias. Antek y Melania retrocedieron, listos para golpear fuera de su alcance.
Fue entonces cuando el hombre, con unas tijeras de metal en la mano, se lanzó hacia Melania.
Jan reaccionó por instinto. Una patada al pecho. El impacto fue tan seco que el dependiente salió despedido hacia atrás y cayó de espaldas. El golpe de la nuca contra el cemento lo dejó sin sentido. Durante un segundo, todo quedó en silencio.
Nadie se movía.
—En serio —dijo Tomek con la boca abierta—. Eres como el puto Bruce Lee. Tienes que enseñarme.
«Si supiera cómo lo sé yo», pensó Jan.
Tomek y Antek arrastraron los cuerpos al interior sin perder tiempo. Zuzanna ya estaba en movimiento: saltó por encima del mostrador y empezó a buscar el medicamento. Melania entró justo detrás y Jan fue el último, cerrando la puerta desde dentro. En un instante, lo tenían todo bajo control.
O eso parecía.
Se oyeron coches.
Jan se acercó al cristal y miró fuera. Un camión militar frenó en seco y de él bajaron una docena de soldados con rifles al hombro.
—¿Cómo coño han llegado tan rápido?
Zuzanna, al otro lado del mostrador y con los medicamentos ya en la mochila, vio algo: un pequeño aparato con un botón rojo.
Lo había visto la noche anterior en el supermercado.
Era idéntico. Y lo entendió. Los adultos habían organizado un sistema de aviso rápido para alertar de la presencia de niños.
—Joder… —susurró.
Sin perder un segundo, corrieron hacia la parte trasera. La encontraron enseguida: una puerta de metal con las llaves puestas. Tomek giró el cerrojo y abrió.
Se quedaron helados. Otro furgón acababa de aparcar. Más militares bajaban de él.
Cerraron de golpe. Tomek rastreó la trastienda con la mirada y volcó una estantería de medicamentos para bloquear la puerta.
—¿Qué hacemos? —preguntó Melania, aterrada.
Volvieron a la parte delantera. Las dos salidas estaban cortadas y los militares seguían gritando órdenes al otro lado del cristal.
Una ráfaga de disparos reventó el escaparate. Los impactos de las balas resonaron contra las vitrinas de productos. Todos se lanzaron al suelo mientras caía una lluvia de cristales y fármacos. La reja metálica del escaparate les daría algo de tiempo, pero no mucho.
—¡¿Cómo salimos de aquí?! —le gritaba Antek a Tomek mientras se arrastraba por el suelo hasta Melania.
«Joder, estamos bien jodidos», pensó Jan.
De pronto sonó una explosión que sacudió la calle e hizo vibrar las cajas de medicamentos de las estanterías. Los disparos se interrumpieron un momento y, cuando se reanudaron, ya no entraban balas en la tienda.
Jan levantó la cabeza: el camión había estallado. Los soldados que quedaban en pie disparaban hacia el lado opuesto de la calle, hacia algo que los atacaba desde las sombras.
Uno de ellos gritó. Luego explotó. Los restos cayeron sobre el asfalto.
Jan bajó la cabeza y gritó, sin apartar los ojos de la calle:
—¡No sé qué coño pasa ahí fuera, pero algo los está masacrando! ¡Tenemos que salir ahora!
Se pusieron en pie. Jan abrió la puerta y salió el primero, con los cuatro chicos pegados a sus talones.
Uno de los soldados se giró y les apuntó. Estalló en pedazos antes de poder disparar. Solo Melania se volvió un instante, horrorizada, hasta que Antek la agarró del brazo y la obligó a seguir.
—¡Al bosque! —gritó Tomek.
Huyeron entre calles y edificios hasta llegar a la linde. Se internaron en la maleza sin dejar de correr. A su espalda, los gritos de los soldados se iban apagando junto con las explosiones.
No sabían qué había pasado exactamente. No pensaban quedarse a averiguarlo.
Cruzaron el bosque hasta encontrar otra calle. En cuanto vieron una tapa de alcantarilla, Tomek sacó la palanca, la levantó y bajaron todos de golpe. Cerraron detrás de ellos, dejando fuera el mundo de la superficie, aunque el eco de las explosiones aún retumbaba en sus oídos.
2
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Antek cuando se sintieron seguros.
Llevaban corriendo diez minutos por los túneles. Al no escucharse nada en la superficie, pararon.
—Un Deus ex Machina de manual —respondió Melania, a la que le faltaba el aire.
Siempre había odiado ese recurso literario, pero cuando uno era el protagonista de la historia, solo podía agradecerlo.
—No hay armas que hagan explotar a personas de esa manera —pensó en voz alta Zuzanna—. Al menos, ninguna que yo conozca.
—Eso me la suda ahora mismo —cortó Tomek—. Tenemos que volver a la base y enterarnos de qué ha pasado por la radio.
Zuzanna asintió.
—Tienes razón. Id.
—¿Y tú? —preguntó Jan.
—Yo tengo que ir a El Matadero para llevarle la medicina a Julek. En unas horas nos vemos.
En la siguiente esquina se separaron.