La ladrona de adoquines CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

La bookstagramer

Las risas de los chicos, junto al aroma del café recién hecho, despertaron a Jan. Notó que ya no estaba esposado. Bostezó y miró a los muchachos, que desayunaban en la mesa.

—Antek, tíralos y coge unos nuevos —se burlaba Tomek.

—En serio, no tienen arreglo —añadió Melania, divertida.

Antek sonreía, pero los ignoraba; estaba concentrado en reparar su calcetín. Sobre la mesa tenía un gran kit de costura, con carretes de distintos colores, agujas y un huevo para zurcir.

—No los voy a tirar. Son unos Falke.

—Sabes que en la despensa tenemos como veinte packs del H se sentía incómodo—. Es un poco porno, ¿no? Vamos, que es guarra de cojones.

Los chicos asintieron, sonriendo.

—Hay erotismo, no pornografía —replicó ella.

—Bueno, no entremos en un debate semántico. El libro es muy guarro.

—¿Has llegado al capítulo de Nochebuena? —preguntó Tomek.

—No, van por el veintidós de diciembre.

Tomek y Antek intercambiaron una mirada cómplice que Jan captó de inmediato.

—¿Qué pasa ahí?

—No quiero hacerte spoilers —dijo Antek, conteniendo la risa.

—Ignóralos —intervino Melania—. ¿Qué te parece Adrián?

—¿El protagonista? Es un calzonazos. Ha dejado de fumar por ella. ¿Se puede ser más pagafantas?

—Sí, en Nochebuena —soltó Tomek.

Los dos estallaron en carcajadas.

—En serio —insistió Jan—, ¿qué coño pasa en ese capítulo?

Ellos no podían ni hablar de la risa. Melania alzó la vista al techo, frustrada.

—Dios, dame paciencia… Pero qué heterobásicos sois. Cómo echo de menos Bookstagram.

—¿Booksta… qué?

Antek, ya más tranquilo, respondió:

—Melania tenía una cuenta de Instagram donde hablaba de libros. Hacía reseñas, unboxings , stories …

Ella se sorprendió. Sabía que sus amigos conocían la cuenta —tenía treinta mil seguidores—, pero creía que Antek nunca la habría visto.

—¿Tú me seguías?

Antek se puso rojo.

—No —dijo rápido—. No… Se lo oí decir a alguien en clase.

Ella sonrió, encantada.

Jan puso los ojos en blanco. Esos coqueteos adolescentes le resultaban irritantes. Encendió un cigarrillo.

—Como te vea Zuzanna fumando aquí dentro, te capa —advirtió Tomek.

—Pero si me dejó fumar ayer.

—Eso es porque queríamos proponerte el experimento, pero normalmente es muy tocapelotas con el tema del tabaco y el alcohol.

Entonces Jan cayó en algo, llevaba muchos días sin beber y no lo había pensado. Incluso en el supermercado pasó por la sección de alcohol y ni se había planteado coger una botellita de vodka. Jan miró alrededor.

—¿Dónde está la doctora?

—Julek, el niño de ayer —explicó Melania—. Ha salido hace un rato hacia El Matadero para ver cómo estaba.

2

Zuzanna tardó dos horas en volver. Durante ese tiempo, Melania y Jan leyeron; Antek hizo la colada —la suya y la de todos—.

El acceso al agua en las cloacas le permitía mantener ese pequeño ritual que tanto le calmaba, quizá porque le recordaba a su madre y a la sastrería familiar.

Tomek, por su parte, trasteaba con la radio robada del coche patrulla, aislado con unos auriculares enormes.

—Hola —dijo Zuzanna al entrar—. Esta noche tenemos que volver a salir.

—¿Por? —preguntó Melania.

—Julek está peor. Necesita un antibiótico. Se nos han acabado.

Tomek se levantó.

—Puedo ir solo. En la radio dicen que van a mandar al ejército.

Todos lo miraron. Por lo que había oído, la noche anterior habían muerto casi todos los policías de la ciudad y el ayuntamiento había pedido refuerzos al gobierno.

—Mierda… —Zuzanna se pasó la mano por la cara—. Aun así, tenemos que ir todos. O al menos yo.

Tomek no dijo nada. Aún cargaba con la culpa de un error cometido meses atrás: cuando fue solo a la farmacia, confundió los nombres y volvió con más de treinta cajas de ansiolíticos en lugar de calmantes. Según él, los nombres se parecían demasiado. Zuzanna no iba a dejarle ir solo.

—¿A cuál vamos? —preguntó Melania, dando por hecho que irían todos.

—A la de la calle Wojewódzka.

A Jan no se le escapó el gesto de incomodidad general. Lo entendía: también conocía esa farmacia. Era de veinticuatro horas, grande, bien surtida… y, por tanto, peligrosa. Habría al menos dos dependientes dentro.

—¿Estás segura? —preguntó Antek.

Zuzanna asintió. Estaba nerviosa. Julek tenía una neumonía severa y ya no se fabricaban medicamentos infantiles; tendría que ajustar una dosis adulta de ceftriaxona.

Jan no dijo nada. Había aceptado su papel de observador. Iría donde le dijeran.