CAPÍTULO 15
El matadero
—Por aquí, sígueme —dijo Tomek, mientras se movía con seguridad por un frondoso bosque que iba en paralelo al Vístula, sin más luz que la de la linterna.
Jan, por su parte, lo seguía con incomodidad.
Tropezaba con ramas y rocas. Las sombras de los cientos de hojas conferían al lugar un aspecto lúgubre.
Los nervios también podían deberse a lo que acababan de vivir en el supermercado.
—¿Cuántas linternas llevas en la mochila? —preguntó Jan, que recordaba que el chico había dejado tirada una en la tienda.
—Un huevo. Hace unos meses robamos de todo en un Decathlon: linternas, sacos de dormir, comida deshidratada, bombonas de gas para cocinar…
—Y sticks de hockey —se burló.
—Queríamos bates, pero se ve que aquí a nadie le gusta el béisbol. Antek quería palos de golf, pero tampoco había. —Se rio al pensar en ello.
Habían dejado el coche patrulla abandonado y escondido en el bosque. Antes de eso Tomek había robado la radio portátil y la había metido en su mochila. Parecía que el chaval le daba utilidad a cualquier cosa que robaba.
—¿Estamos lejos? —preguntó Jan.
—No. Ya estamos.
Jan supo así dónde se escondía el otro grupo.
Era un barrio residencial abandonado del siglo xix , a las afueras de la ciudad.
Casi nadie recordaba el nombre real; todos lo llamaban El Matadero.
Había sido un barrio de palacetes de banqueros judíos antes del treinta y nueve.
Los nazis habían asesinado a los propietarios y a sus familias.
Luego habían usado los lujosos edificios para sus altos cargos.
Con la llegada de los soviéticos se produjo una segunda matanza y El Matadero quedó bastante derruido.
Como los comunistas no eran dados a la renovación del patrimonio histórico y el terreno era pantanoso, fue abandonado.
Ya en los noventa, después de la caída del socialismo, nadie sintió interés por recuperarlo: quedó relegado al olvido y el bosque sepultó los accesos y las casas.
Los únicos que iban por ahí eran los niños para jugar, aunque sus padres se lo tenían prohibido.
—Buen sitio para esconderse —pensó Jan en voz alta.
—Y aún no has visto nada.
Jan y Tomek caminaron entre las viejas casas, de las cuales solo quedaban algunas fachadas medio derrumbadas.
Lo que había sido una de las calles estaba llena de raíces de los árboles y arbustos que hacían el camino menos accesible de lo que Jan recordaba.
Hacía más de veinticinco años que había estado allí.
Al llegar a una de las casas, cuya fachada era de piedra recubierta de hiedra, Tomek y Jan cruzaron el portal de entrada. La tabla que había hecho de puerta se había podrido durante décadas.
Cruzaron varias estancias de la casa. No había techos y las ramas de los árboles cruzaban las habitaciones como serpientes en un terrario.
Llegaron a un pequeño descampado donde había unos columpios oxidados, vestigios de lo que debía de haber sido un jardín.
En el centro había una tapa de alcantarilla que destacaba por no tener follaje sobre ella.
Tomek sacó su palanca de la mochila y la usó para abrirla.
Entraron en los túneles, muy similares a los que ya conocía Jan, salvo por una diferencia: al final se escuchaban voces alegres de niños jugando.
2
Al entrar en la estancia, una sala abovedada de ladrillos rojos iluminada con lámparas de camping gas, lo primero que vio Jan fue a una docena de niños divididos en dos grupos: unos corrían jugando al pillapilla y otros permanecían sentados en el suelo, entretenidos con juegos de mesa o dibujando.
Sus edades oscilaban entre los cinco y los doce años.
En cuanto lo vieron, todos se quedaron paralizados.
El silencio se apoderó de la sala y una docena de miradas se clavaron en él, llenas de terror.
—Tranquilos, enanos —les dijo Tomek con una voz cargada de cariño y las manos levantadas—. Este es Jan. Es… un viejo bueno.
Las palabras no surtieron el efecto esperado. Los niños siguieron quietos, como si esperasen que de un momento a otro el adulto fuese a atacarlos. Habían visto demasiado.
Jan, incómodo bajo aquellas miradas, decidió hablar.
—Tranquilos… no quiero mataros.
Nada más decir la palabra «mataros», supo que había sido un error.
Lejos de apaciguar a los críos, estos parecían más tensos.
Un niño de unos siete años se había quedado congelado en la posición de atrapar, agarrando a otro de la ropa, mientras las lágrimas caían por su rostro, sin apenas parpadear.
«Seré gilipollas», se maldijo Jan.
Fue entonces cuando Zuzanna, que estaba sentada al fondo junto a una mesa, se levantó. A su lado iban Melania y Antek, y detrás de ellos un par de chicos de su misma edad. El paso desconfiado de estos últimos contrastaba con el de quienes ya lo conocían.
—Tranquilos —dijo Zuzanna, mirando primero a los niños—. No quiere hacernos daño. Es de los buen… De los nuestros.
Esta vez, la tensión aflojó un poco. No desapareció del todo, pero los niños fueron volviendo a sus juegos. Zuzanna, sin embargo, no apartó la mirada de Jan. Y en ella había algo más que cautela: había enfado.
—Ya era hora. Estábamos preocupados —dijo con rabia contenida, si bien su expresión cambió en cuanto vio el brazo de Jan.
La sudadera estaba empapada de sangre. El rojo oscuro se extendía alrededor de un corte evidente.
—Pero ¿qué os ha pasado?
—No te preocupes —respondió Tomek—. Solo ha sido un disparo, es un cortecito de nada. Ahora os lo cuento.
Pese a que Zuzanna no parecía convencida, no insistió, por el momento.
—Ven —le ordenó a Jan.
Lo condujo hasta una habitación contigua, seguidos por los adolescentes.
—Quítate la sudadera —dijo mientras abría una caja de cartón reconvertida en botiquín.
Jan obedeció sin discutir. Sabía lo que venía. Se la quitó y se quedó con la camiseta blanca manchada de sangre. Dejó el brazo al descubierto. La estudiante de medicina empezó a limpiar la herida con precisión.
—Sí… solo es un rasguño. Podría haber sido peor, ¿no? —preguntó en voz alta sin esperar respuesta.
Mientras tanto, Antek recogió la sudadera ensangrentada, sacó un quitamanchas de su mochila y empezó a frotarla con total naturalidad. Todos lo miraron.
—¿En serio? —dijo Tomek con media sonrisa.
Antek se encogió de hombros.
—Está sucia. Es una prenda de buen material, aunque de dudoso gusto. Vivir en el apocalipsis no está reñido con vestir bien.
Jan esbozó una leve sonrisa. En otro contexto, aquello habría sido absurdo.
Allí, solo era el día a día. Se fijó en que Antek llevaba una americana de pana, una camisa planchada de color blanco hueso, unos pantalones de pinzas beige y unos náuticos.
Contrastaba con la ropa del resto, que seguían con la misma que en el supermercado.
—¿Te has cambiado? —preguntó Jan.
Melania soltó una risita mirando a Antek.
—Evidentemente —dijo él, como si fuera lo más obvio del mundo.
Antek, las veces que habían robado en tiendas de ropa, se había hecho con un alijo tan enorme como para tener dos vestidores en cada base.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Zuzanna, ignorando el absurdo debate mientras vendaba el brazo de Jan.
Esta vez fue Tomek quien habló. Relató lo ocurrido en el supermercado: el caos dentro del local, la explosión de los coches y su llegada al Matadero.
Cuando terminó, nadie dijo nada. No entendían cómo habían sobrevivido ni cómo habían muerto los policías, aunque ninguno de ellos quiso profundizar más.
Zuzanna necesitaba tiempo para pensar en ello, pero en ese momento se dio cuenta de que no había presentado a Jan a los dos adolescentes.
—Bien… Jan. Ellos son…
Jan la interrumpió.
—Ya los conozco. Adam está en su último año, bastante mediocre como estudiante, pero es delegado de su clase. Y Ola es una estudiante normalita. Es la jefa de las chicas scout ; la he visto en la puerta del súper pidiendo caridad.
—¿Jefa? —repitió Ola antes de corregirlo—: Líder de tropa.
Tanto Ola como Adam miraban a Jan como si fuese un extraterrestre. Tomek soltó una risotada.
—Nuestro amigo cree que viene de otro universo o algo así. Yo creo que se ha dado una buena hostia en la cabeza. No para de decir cosas como estas sobre nosotros. No sabemos de dónde las saca.
Adam y Ola intercambiaron una mirada incómoda, un golpe en la cabeza no justificaba que los hubieran descrito de forma tan certera. Prefirieron pensar que Melania le habría contado algo.
Más tarde, Jan entendió cómo se organizaban los muchachos. El grupo estaba dividido en dos: Adam y Ola se quedaban con los niños, alimentándolos, protegiéndolos y asegurándose de que siguieran seguros, mientras el resto salía a buscar suministros.
—¿Por qué estáis separados? —preguntó Jan.
Todos los muchachos miraron a Zuzanna.
—Cuando volvamos a nuestra base te lo explico.
La palabra «base» sonaba extraña, incluso para ella. Al ver que no había más que decir, añadió:
—Voy a ver a Julek antes de irnos.
El tal Julek era un niño de unos seis años con mirada cansada y rostro febril, estirado en una esterilla dentro de un saco de dormir.
Jan observó a Zuzanna ensimismado. Trataba a su paciente con una profesionalidad digna de una médica titulada, y al mismo tiempo mostraba una empatía más cercana a la de una hermana mayor.
Una vez recogieron todo, emprendieron el camino por los túneles.
El trayecto duró más de una hora. La base de El Matadero y la suya estaban en extremos opuestos de la ciudad, separadas a propósito: suficiente distancia para que, si caía la de los recolectores, la de los niños tuviera una oportunidad.
3
Ya en la base, el cansancio lo llenaba todo. Uno a uno fueron preparándose para dormir, sin energía para conversaciones ni preguntas, salvo Antek, que abrió su mochila y sacó dos libros que le ofreció a Melania.
—He cogido esto de la tienda. ¿Los tienes?
Ella miró los libros y sus ojos se abrieron con una expresión de júbilo contagiosa que hizo sonreír a Antek. Eran dos volúmenes de cantos pintados: el final de dos trilogías que tenía a medias. Melania, sin mediar palabra, se los arrebató de las manos y le dio un fuerte abrazo.
—Me vas a arrugar la camisa —se quejó en broma—. Si solo los he cogido al azar.
Ella lo ignoró. La había estado escuchando las cien veces que se había quejado de no saber cómo iba a terminar la saga, y él se había tomado el tiempo para encontrar esos volúmenes.
Para Jan, ese día había sido, sin duda, uno de los más largos de su vida: empezar encerrado en una habitación, desayunar con aquellos chicos como si nada, golpear a una anciana, abrir una novela romántica, robar un supermercado, huir de la policía y terminar en El Matadero rodeado de niños que sobrevivían como si vivieran en el País de Nunca Jamás.
Estaba agotado, pero demasiado excitado todavía para dormirse.
Le prepararon una esterilla en el suelo.
Dormían organizados en dos filas, como si aquello fuera un campamento improvisado con normas silenciosas.
Tomek, Melania y Antek se acomodaron en una esquina, muy juntos; sin mezclarse del todo, pero lo suficiente como para compartir el calor.
En cuanto se metieron en sus sacos, cayeron rendidos.
Jan observó la escena con una mezcla de extrañeza y un leve sentimiento que hacía mucho que no tenía: ternura.
Entonces Zuzanna apareció a su lado, colocó su esterilla junto a la de él —demasiado cerca— y sacó unas esposas.
—No me va ese rollo —bromeó Jan.
—Tú y yo dormiremos aquí —dijo, obviando la broma de cuñado—. Quiero que te esposes ahí.
Jan miró detrás de él. Una tubería oxidada recorría la pared; en algún momento debió de haber sido verde, pero el tiempo había devorado casi por completo la pintura.
—¿Por qué coño voy a esposarme?
—Yo también lo haré —respondió ella.
—¿Por qué?
Zuzanna dudó unos segundos antes de responder.
—Tengo veintidós años. La mayoría de la gente de mi edad ya está infectada. Yo debo de estar cerca… y no quiero que ocurra mientras ellos duermen.
Señaló al resto.
—¿Y yo?
—Tú eres una bomba de relojería. Si se te cae alguno de esos audífonos, podrías hacerles daño.
Jan no había considerado esa posibilidad. Pero quiso volver a lo que había dicho antes la muchacha.
—¿Eso puede pasar de un día para otro? Lo de volverte adulto —matizó.
Zuzanna asintió.
—Antes éramos más. Había otra chica de mi edad… Ania.
Jan no apartó la mirada.
—¿Qué pasó?
Zuzanna respiró hondo. Miró a los que dormían para asegurarse de que siguieran así.
—Vivíamos todos juntos en la base de El Matadero.
Era más segura… o eso creíamos. Ania estaba haciendo la cena.
No tuvimos aviso ni tiempo de reacción. Ania, que estaba cortando un pedazo de carne en conserva, se detuvo un segundo…
la miré… pero no reaccioné a tiempo. Mató a uno de los niños con un cuchillo de cocina… Lo degolló.
Una lágrima cayó por su mejilla. Recordó a Mikołaj, un niño dulce de ocho años que cada noche tenía pesadillas, pero que siempre se sentía seguro cuando Zuzanna y Ania orbitaban cerca. Se habían ganado su confianza poco a poco. Lo último que vio fueron los ojos rojos y rabiosos de Ania.
—Intentamos sujetarla entre varios —continuó, con la voz entrecortada—.
Fue imposible. La rabia la hacía imparable.
No tuve elección. La amenacé con el cuchillo para intentar asustarla.
A ella le dio igual y se lanzó sobre mí.
Cayó al suelo unos segundos después… Le había atravesado la aorta y murió desangrada.
El silencio que siguió fue denso. Jan entendió que no había discusión posible. Aquello no era una norma absurda, era supervivencia. Asintió y se colocó las esposas, sintiendo el peso de lo que implicaban. Miró a Zuzanna de otra forma: más allá de su dureza.
—Les hice prometer… —Zuzanna observó a sus amigos—, que cuando yo eclosione, me matarán. Es demasiado arriesgado dejarme viva.
Zuzanna se esposó también, lanzó las llaves cerca de Antek y se tumbó sin decir nada más. En cuestión de segundos se durmió.
Jan, en cambio, no pudo. Demasiadas preguntas sin respuesta.
Miró a su alrededor y vio el libro: Lía en Navidad , y en mitad del fin del mundo, y con una sola mano libre, continuó leyendo.