CAPÍTULO 14 #2
Tomek se agachó y recogió el manojo de llaves que había caído del cinturón del guardia de seguridad.
Sin perder un segundo, echó a correr hacia el otro extremo del supermercado y Jan lo siguió, todavía sin entender el plan.
Atravesaron los pasillos esquivando carritos abandonados y cajas abiertas hasta llegar a la puerta metálica del muelle de carga, la que daba al exterior.
Tomek empezó a probar llaves con rapidez, una tras otra, mientras el tintineo metálico resonaba en sus manos nerviosas. Ninguna giraba en la cerradura.
—Vamos, vamos —le apremiaba Jan, nervioso.
Entonces oyeron el golpe de la puerta principal al abrirse y, de inmediato, voces que retumbaban dentro del local.
—¡Encontradlos! —gritó alguien.
Las luces azules de los coches patrulla se filtraban por los ventanales delanteros, proyectando destellos intermitentes entre las estanterías. Jan miró hacia el pasillo con el corazón acelerado mientras Tomek seguía probando llaves, cada vez más rápido, cada vez con menos paciencia.
Los pasos de los policías resonaban en el interior del supermercado.
Tomek se quedó inmóvil un instante. Miró el manojo de llaves, luego el pasillo que conducía hacia la entrada. Comprendió que no tenía tiempo para encontrar la correcta. Levantó un dedo hacia Jan, ordenándole silencio, y con un gesto rápido le indicó que lo siguiera.
Volvieron a internarse en el supermercado, avanzando agachados entre los pasillos. Las voces de los policías se repartían por el local.
—¡Mirad la trastienda! ¡Revisad todos los pasillos! —gritaban.
Tomek se detuvo en la sección de galletas y cafés.
Señaló el suelo. Jan lo entendió al instante.
Se tumbó y se deslizó debajo de una de las estanterías metálicas, encajando el cuerpo en el estrecho hueco entre el suelo y la base.
El metal frío le rozó la espalda y el polvo le hizo contener la respiración.
Frente a él, al otro lado del pasillo, Tomek se metió bajo la estantería opuesta. Los dos podían verse.
Botas negras cruzaron el pasillo a toda velocidad.
El suelo vibraba cada vez que uno de los policías corría entre las filas de productos.
Otro pasó más despacio, tan cerca que Jan pudo ver el borde gastado de la suela.
Durante unos segundos se detuvo, giró ligeramente sobre sí mismo como si escuchara algo.
Jan dejó de respirar.
El policía terminó por seguir adelante y sus pasos se alejaron hacia otro pasillo. Desde sus escondites, Jan y Tomek se miraron en silencio mientras el supermercado seguía llenándose de voces, golpes y gritos de rabia.
Jan estaba encajado en los pocos centímetros de espacio que le dejaba la estantería.
El metal le presionaba la espalda. Frente a él, al otro lado del pasillo, Tomek lo miraba, intentando infundir calma, sin éxito.
Jan le preguntó con la mirada qué demonios pensaba hacer ahora.
Tomek negó con la cabeza y levantó una mano pidiéndole que esperase.
Había al menos siete policías dentro del supermercado, moviéndose por los pasillos de forma errática, abriendo huecos entre las estanterías, golpeando cajas con las botas y gritando con voces roncas que resonaban por todo el local.
—¿Dónde están los niños? ¡¿Dónde están?! ¡No pueden haber salido!
También habían soltado al guardia de seguridad que antes habían dejado atado, y ahora caminaba con ellos con la porra en la mano mientras los otros avanzaban con las pistolas desenfundadas.
Tomek comprendió que su plan de escapar por la puerta trasera había fracasado; los policías estaban desplegados por todo el supermercado y no había salida clara. Tenía que pensar algo ya.
Uno de ellos apareció en el pasillo donde se escondían.
Sus botas negras se detuvieron frente a las estanterías y, tras echar un vistazo rápido alrededor, el policía se agachó para mirar debajo.
Revisó el hueco de la primera estantería, luego el de la segunda, y al inclinarse un poco más, su cara acabó frente a la de Tomek.
Durante un segundo se quedaron mirando, congelados por la sorpresa.
Tomek esbozó una sonrisa nerviosa y el policía se relamió los labios.
Jan salió rodando desde su escondite y, aún en el suelo, lanzó una patada violenta contra la pierna del policía. El golpe le dobló la rodilla y el hombre cayó de lado. El ruido de su sien chocando contra el suelo resonó en todo el pasillo.
—¡Están aquí! —gritó el policía, furioso. Tenía la cara manchada de sangre; se había abierto la cabeza con el golpe y sus ojos rojos le daban un aspecto más de criatura que de hombre.
Tomek salió arrastrándose de debajo de la estantería y ambos echaron a correr hacia la puerta principal, que parecía el lugar menos transitado.
Apenas habían avanzado unos metros cuando un disparo sonó a sus espaldas y la bala pasó silbando a centímetros de la cabeza de Jan.
Otro policía se unió al primero y enseguida aparecieron más por el pasillo, que comenzaron a perseguirlos mientras corrían entre las filas de productos.
Tomek giró de repente hacia un lateral del pasillo y empujó con fuerza una de las estanterías.
La movió hacia delante, luego hacia atrás y otra vez hacia delante.
El metal chirrió al deslizarse sobre el suelo y toda la fila comenzó a tambalearse como una hilera de fichas de dominó.
No todas cayeron, pero varias se inclinaron lo suficiente para desplomarse sobre los policías que venían detrás.
Dos de ellos quedaron atrapados bajo el peso de las estanterías y de las cajas que se desparramaron por el suelo, dando a Jan y a Tomek unos segundos de ventaja.
Jan había recogido una de las pistolas que había caído al suelo. Se giró, levantó el arma con manos temblorosas y apuntó a uno de los agentes que seguía avanzando.
—¡Párate! —titubeó.
El policía ni siquiera dudó. Levantó su propia pistola y disparó. Jan sintió el golpe de aire caliente en el brazo cuando la bala le rozó la piel y cayó al suelo, soltando un gruñido.
—¡Mierda!
Tomek se tiró hacia él, agarró la pistola que había caído y comenzó a disparar en dirección a los policías casi sin apuntar, obligándolos a retroceder unos pasos.
Lo que más le inquietó no fue que devolvieran el fuego, sino que apenas parecían preocupados por cubrirse.
Avanzaban como si les diera igual vivir o morir, cegados solo por sus ansias de matar.
Jan apretaba los dientes mientras se sujetaba el brazo. Tomek lo agarró por la chaqueta y empezó a arrastrarlo hacia un lateral del pasillo.
—¡Tenemos que salir cagando leches de aquí! —gritó.
Cuando lograron ponerse en pie y empezaron a correr hacia la puerta principal, se encontraron de frente con dos policías que estaban entrando en el local, debían de ser los últimos en haber llegado.
—¡Mierda! —exclamó Jan.
Los dos agentes levantaron las pistolas, pero Jan reaccionó por puro instinto.
Se lanzó hacia ellos y soltó una patada directa al abdomen de uno, que salió despedido hacia atrás.
El segundo intentó dispararle a la cabeza, pero Tomek llegó justo a tiempo y lo placó antes de que pudiera.
El hombre cayó al suelo y Tomek se abalanzó sobre él, descargando tres puñetazos rápidos en su cara hasta dejarlo inconsciente.
Detrás de ellos se oían de nuevo pasos y gritos. Más policías salían del interior del supermercado.
Tomek vio uno de los coches patrulla aparcados frente a la entrada. Las puertas estaban abiertas y, por la forma en que el motor vibraba, era evidente que las llaves seguían puestas.
—¿Sabes conducir?
Jan asintió. Los dos echaron a correr hacia el coche, se metieron dentro y Jan pisó el acelerador. El vehículo salió disparado hacia la calle principal justo cuando varios disparos sonaban a su espalda y uno de ellos reventaba la luna trasera en una lluvia de cristales.
—¡Corre, corre! —gritaba Tomek desde el asiento del copiloto mientras se giraba para mirar atrás. Tenía una mano fuera de la ventanilla, ya que no había sabido cómo introducir el stick de hockey en el interior del vehículo.
En el aparcamiento, los policías ya se subían a sus coches para iniciar la persecución. De repente, uno de los vehículos explotó, soltando una bola de fuego desde el interior, luego otro y, al final, el tercero.
Jan y Tomek lo vieron desde el retrovisor y luego se miraron.
—¿Qué coño ha sido eso? —musitó Jan.
—No he sido yo —se excusó Tomek, como si diera por hecho que le iba a caer la culpa de la muerte de los policías.
Jan frenó, se giró y miró las hogueras a través de la luna trasera rota.
«¿Qué coño está pasando?».
—Mierda de mundo —dijo antes de volver a arrancar.