CAPÍTULO 14
De compras
Ya era de madrugada cuando la furgoneta se detuvo detrás del supermercado. El vehículo era lo bastante viejo como para que los chicos lo hubieran arrancado haciendo un puente.
No podían reutilizar los coches durante mucho tiempo, ya que no había forma de rellenar el depósito: los trabajadores de las gasolineras intentarían matarlos.
Así que, cuando uno dejaba de servirles, tenían que robar otro.
Por lo que supo Jan, aquella furgoneta ya la habían utilizado tres veces y la mantenían escondida en el bosque.
El supermercado, situado a las afueras de la ciudad, permanecía a oscuras, silencioso, como un animal dormido. Sobre la fachada destacaba el logotipo de la cadena: una mariposa de colores brillantes.
Jan frunció el ceño al verlo. La cadena se llamaba Motyl .
En su mundo también existía ese supermercado, pero el emblema era el de una simpática mariquita que sonreía.
Todo lo demás era idéntico: la tipografía, la disposición del cartel.
Era como mirar una copia de AliExpress de los supermercados más populares de su mundo: los Biedronka.
Zuzanna, la única de los chicos que tenía carné de conducir, había aparcado en el extremo del aparcamiento trasero.
Habían llegado por calles secundarias, evitando avenidas y zonas iluminadas.
Sabían que, si alguien los veía a través del parabrisas, bastaría un segundo para que la furia se desatara.
Durante unos instantes nadie habló. Todos observaban inquietos el Motyl . No era tan grande como un hipermercado, pero tampoco tan pequeño como un súper del centro de la ciudad.
—Y a partir de aquí… ¿cuál es el plan? —preguntó Jan al fin.
Tomek se giró desde el asiento delantero. Sus ojos brillaban con una pizca de picardía.
—Te va a encantar —presumió—. Este plan para entrar en tiendas es cien por cien mío.
Jan torció el gesto. Las ideas del chaval no le inspiraban confianza.
—A ver. —Tomek levantó un dedo, como un profesor a punto de explicar algo obvio—. Es muy simple. Me pongo delante de la puerta. —Hizo una pausa dramática—. El de seguridad me ve… y sale corriendo a matarme.
Jan parpadeó.
—¿Y…? —preguntó, escrutando al resto, que no parecían compartir el optimismo del muchacho.
—Y mientras él viene a por mí —continuó Tomek, señalando la pared lateral—, vosotros os escondéis detrás del muro. Cuando pase corriendo, salís por detrás y lo noqueáis.
Silencio.
Jan miró a Zuzanna. Era lo más parecido a un adulto dentro de la furgoneta. Le preguntó con la mirada si aquello era una broma.
Ella levantó los hombros con resignación.
También le parecía un plan espantoso, ya lo habían hecho muchas veces en los últimos meses.
Solían alternar los lugares para que nadie los esperara.
Y, de alguna manera, siempre funcionaba.
Cuando los guardias veían a Tomek, algo se rompía en sus cabezas.
Dejaban de pensar. Se volvían completamente irracionales y abrían las puertas de par en par para ir a matarlo.
2
Todos se agazaparon detrás del muro mientras Tomek avanzaba hacia la entrada principal con paso seguro y divertido. Se colocó frente a la cámara de seguridad de las puertas de cristal y empezó a agitar los brazos.
Jan se llevó la mano a la cara. Melania no pudo evitar sonreír al verlo.
Dentro de la silenciosa tienda, el agente de seguridad —un hombre de unos cincuenta años mal llevados, con una gran panza que ponía en jaque los botones de la camisa del uniforme y una barba poblada repleta de migas— estaba sentado en una silla con los pies apoyados sobre la mesa.
Se reía viendo vídeos de YouTube en su móvil mientras bebía un refresco de naranja con un chorrito de vodka.
Levantó la vista con aburrimiento hacia el monitor en blanco y negro que mostraba varias pantallitas del interior y el exterior del local.
Casi se cayó de la silla al ver a un niño dando saltos frente a la cámara uno.
Su primer instinto fue pulsar un botón que habían instalado esa misma semana: una alarma silenciosa. El segundo, sacar la porra del cinturón y salir corriendo hacia la puerta.
Bordeó el mostrador de seguridad con torpeza y fue hacia la entrada principal con tanta prisa que se olvidó de abrir las puertas. Al ser transparentes, se estampó contra el cristal y cayó de espaldas.
Tomek detuvo sus movimientos y lo miró con expresión de «¿en serio?».
El guardia se incorporó, colérico, aunque con cierta dificultad. Sacó las llaves del bolsillo y buscó frenético la correcta para desbloquear las puertas.
Tomek lo observaba con los ojos abiertos de par en par.
¿Cómo podían volverse tan tontos los adultos?
Al fin consiguió abrir la puerta y, con la porra en la mano, se lanzó hacia Tomek dispuesto a reventarle el cráneo a golpes.
Él permaneció quieto, confiado.
De repente, Antek apareció por detrás del guardia y, con su stick de hockey , golpeó sus piernas. El hombre cayó de bruces contra el suelo. Antes de que pudiera intentar levantarse, Tomek se lanzó sobre él y se sentó encima, inmovilizándolo.
Mientras tanto, Antek y Zuzanna soltaron sus armas y sacaron cuerdas de sus mochilas para atarlo y amordazarlo.
Una vez hecho, lo llevaron rápidamente al interior para evitar ser vistos desde la carretera que pasaba justo enfrente. Aunque la zona estaba aislada, no querían arriesgarse.
Dentro, ataron al guardia contra el mostrador de seguridad, asegurándose de que no pudiera moverse. El hombre intentaba proferir insultos, pero la mordaza los hacía incomprensibles.
Jan observaba la escena con asombro.
¿De verdad el plan de Tomek había sido tan sencillo?
Sin perder tiempo, los muchachos cogieron carritos de la compra. Antes de separarse, Zuzanna dio sus órdenes:
—Tú, Jan, ve con Tomek. Melania, no tenemos tiempo para mirar libros. Y, Antek, tú pasa de la sección de ropa.
—¿De verdad crees que usaría ropa de supermercado? —protestó, ofendido.
Ella lo ignoró.
Jan se sorprendió al ver la eficiencia de los chicos. Se dividieron con agilidad por las diferentes secciones con las listas que había preparado Zuzanna y empezaron a llenar los carritos con rapidez.
3
Una vez terminado el saqueo, se reunieron junto a la furgoneta con los carritos llenos.
Trabajaban veloces y en silencio. Melania y Zuzanna coordinaban mientras los demás formaban una cadena: bolsas de arroz, conservas, botellas de agua, productos de higiene…
Todo desaparecía dentro del vehículo en cuestión de segundos.
Jan los observaba desde unos metros más atrás. No habían pasado ni diez minutos desde que habían entrado en la tienda; habían arrasado las estanterías y habían salido de nuevo. A Jan le encantaba criticar y siempre encontraba algo que decir, pero esta vez no. Estaba impresionado.
—Mierda… —murmuró Antek.
La palabra cayó como una piedra. Todos levantaron la cabeza. Antek miraba hacia la carretera y los demás siguieron la dirección de sus ojos. Tres coches de policía avanzaban a lo lejos hacia ellos con las luces girando en silencio, azules y rojas.
—Mierda —repitió.
Nadie se movió. Durante un segundo eterno, el mundo pareció quedarse en pausa.
Entonces Tomek habló.
—Vosotros, largaos con las luces apagadas. Yo los entretendré.
—¿Estás seguro? —preguntó Antek.
—No es la primera vez, ¿no? —lo tranquilizó—. Si estoy solo será más fácil.
Las caras de todos estaban blancas, pero nadie más discutió. Si alguien tenía posibilidades de sobrevivir a algo así, era él.
—Vale, distráelos y lárgate —le pidió Zuzanna—. Pero no hagas tonterías, por favor.
—Ya me conoces —esbozó una sonrisa.
Todos asintieron y empezaron a subirse en la furgoneta a toda prisa. Aquellos alimentos no eran solo para ellos; tenían que llevarlos al otro grupo. Si se quedaban a luchar, acabarían matándolos a todos.
Jan miraba la escena sin entender. «Esto no está bien…».
—¿En serio vais a dejarlo aquí? —les espetó.
—Él sabe lo que hace —dijo Zuzanna, deseando que fuera cierto. Tampoco le gustaba la idea.
—No te preocupes por mí —añadió Tomek con despreocupación—. Esto va a ser fácil.
Jan sintió algo incómodo en el pecho. Él era el adulto, y por mal que le cayera el muchacho, no podía dejarlo a su suerte.
—Me quedo contigo.
Las miradas se clavaron en él.
—Tú eres demasiado importante para arriesgarte —dijo Zuzanna, sin pensar que Tomek estaba justo al lado.
Jan soltó una risa seca.
—Mira, niñata. No voy a dejar al chaval aquí solo. Si tenemos que salir corriendo, salimos los dos.
La verdad era que estaba muerto de miedo y no tenía ni idea de qué demonios planeaba Tomek. Pero no lo iba a dejar solo. Se sentía como en la peor excursión escolar de su vida.
Tomek observaba la carretera. Los coches estaban cada vez más cerca y las luces azules ya iluminaban la fachada del supermercado.
—No hay tiempo para esto —dijo Tomek—. Ven conmigo. No le pasará nada a este viejo, Zuzanna.
Ella, con una mezcla de preocupación y enfado, asintió a Tomek y luego fulminó con la mirada a Jan.
La furgoneta arrancó sin encender las luces y desapareció por la carretera trasera, tragada por la oscuridad. Jan y Tomek se quedaron solos en el aparcamiento del supermercado mientras el viento movía un cartel suelto que golpeaba la pared con un repetitivo clac.
—Sígueme —ordenó Tomek.
Ambos corrieron hasta la puerta principal. Tomek le pasó el stick de hockey a Jan y abrió su mochila; rebuscó un segundo y sacó una linterna enorme. La encendió y un haz de luz brutal atravesó el aparcamiento, golpeando de lleno el parabrisas del primer coche de policía.
—¿Qué coño estás haciendo? —susurró Jan, alarmado.
—Necesitamos que nos sigan a nosotros y no al resto.
—¿Tú estás loco? ¡Nos van a matar!
—Ni que fuera mi primera vez —sonrió Tomek, mostrando la dentadura.
«Es que no se puede ser más subnormal», pensó Jan.
Los coches frenaron y giraron hacia ellos. Las luces azules se clavaron sobre sus cuerpos.
Tomek miró a Jan.
—Vamos.
Dejó caer la linterna al suelo. La luz siguió apuntando hacia la carretera mientras ambos echaban a correr hacia el oscuro interior del local.