La ladrona de adoquines CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El entierro

Zofia se recompuso al cabo de un rato. Se sentó frente al buró y se sumió en un silencio que Jan no quiso perturbar. Su hija tenía mucho en lo que meditar. Él fue a la cocina.

—¿Álvaro? —preguntó sin saber si la IA hablaría con él.

—Sí, Diciembre.

Se le heló la sangre al oír ese nombre.

—¿Puedes llamarme Jan?

—Por supuesto. ¿Qué necesitas?

Qué raro se le hacía hablar con la voz de Álvaro Soler en polaco.

—Dime cómo se hace el café.

—Si pones la taza debajo de la cafetera, te lo preparo yo.

Cogió su taza sucia y la puso. El aroma del café le hizo sentir en casa.

—Álvaro, ¿tienes una pala?

—Claro. ¿Para qué la quieres?

Jan dio un trago al café. No había dicho nada, pero la IA se lo había preparado como a él le gustaba: solo, largo y sin azúcar.

—Necesito la pala para enterrar a los cadáveres de la nevera.

La IA tardó unos segundos en responder. Jan supuso que le había preguntado a Zofia, que estaba en la otra punta de la casa.

—La tenemos en el almacén, delante del gimnasio.

Jan bajó por las escaleras. Era raro que hubiera un almacén: con el gimnasio, el corredor y la nevera ya no debía haber espacio en el sótano. Era una casa modesta.

Una de las placas hizo un clic y Jan se asomó a ver qué encontraba.

La mandíbula casi se le descolgó de la impresión. El almacén era enorme, como un hangar de aeropuerto, lleno de estanterías con cajas. Jan levantó la cabeza para calcular la altura de la sala. No era físico, pero sabía que era imposible que esa estancia estuviera ahí.

—¿Qué coño es esto? —dijo.

—Mmm, pues no le hemos puesto nombre. Pero teniendo en cuenta tu escasa educación en ciencia, lo llamaremos habitación cuántica.

—¿Qué?

—En tu época, cuando una película hablaba de ciencia sin fundamento, añadía el adjetivo cuántico como si eso lo justificara todo. Me ha parecido oportuno.

Esa puta IA iba a conseguir algo que parecía imposible: iba a odiar más a Álvaro Soler.

—Céntrate, Álvaro. Y explícamelo como si fuera un niño.

—Mmm. Pues la habitación existe solo en su interior. Es un universo de bolsillo. Como la nube de tu teléfono en tu época.

Jan tampoco lo entendió, pero entró.

—Sigue el camino de baldosas amarillas.

El suelo se iluminó mostrando una ruta de adoquines dorados.

En el almacén había comida, bebida, tabaco, armas y mucha ropa de diferentes tipos y estilos que Jan jamás había visto.

También repuestos eléctricos, electrónicos, herramientas.

Debajo de cada producto había una plaquita que indicaba un precio con el símbolo de una moneda que jamás había visto.

Era una especie de hipermercado muy raro.

Al salir llevaba una pala de acero y un rollo de tela blanca.

2

Al atardecer, Zofia iba a salir al exterior; se detuvo en el umbral en cuanto vio a Jan. Estaba de espaldas a ella, mirando hacia el bosque, frente a ocho tumbas. Siete de ellas ya estaban sepultadas bajo pequeños montículos de tierra.

Jan dejó caer la pala al suelo y se dio la vuelta. Estaba tan ensimismado que ni la vio. Solo tenía ojos para el último cadáver: la niña estaba envuelta en una manta blanca. Jan la tomó en brazos con sumo cuidado y se introdujo dentro de la tumba con ella.

— Perdóname —musitó—, es mi culpa.

Pese a la distancia, el viento le llevó las palabras. Zofia se limpió las lágrimas con la palma de la mano.

—Perdóname —repitió él con la voz quebrada.

Zofia no pudo soportarlo más. Se encaminó hacia él. Inspiró hondo y puso su expresión más fría.

—¡Levántate de una vez! —le ordenó.

Jan, que abrazaba a su hija dentro del hoyo, la miró como si acabara de despertarse de un sueño y aún estuviese aturdido.

—¡Mueve el culo! —ordenó—. ¡No tenemos todo el día!

Jan dejó el cadáver de la niña en el suelo y salió de la tumba. Se plantó frente a ella como cuando era niña y le pegaba una bronca.

—Primero voy a enterrarla —dijo sin darle opción.

Zofia miró a la niña muerta y se dio la vuelta para que él no la viese llorar.

—Haz lo que quieras, pero que sea rápido —dijo tragándose las lágrimas.

Volvió al interior de la casa y se desplomó frente al buró.

3

Jan tardó más de media hora en volver. Cuando lo hizo fue directo a la sala de control.

—Ya está.

Ella levantó la vista.

—Tenías razón —dijo, queriendo cambiar de tema—. No había pensado en la variable de los niños de Tierra Solo en casa .

—¿Y? —preguntó.

—Tengo dos opciones.

—Dime.

—La primera es recogerlos, traerlos aquí y buscarles un mundo donde sea fácil falsificar documentos y dejarlos ahí.

Jan negó con la cabeza. Pensó en Antek hablando de la sastrería familiar. Ese chico aún conservaba la esperanza de recuperar a su madre. Por no hablar de los más pequeños de El Matadero.

—¿Cuál es la otra opción?

—¿Qué le pasa a esta?

—Estos niños tienen que volver con sus padres. Debe de haber otra forma de hacerlo.

—Suponía que dirías eso. La segunda opción te la diré cuando volvamos. He de analizar unos datos antes.

Jan asintió.

—Álvaro —dijo ella.

—Sí, Zofia.

—Volvemos a Tierra Solo en casa .

4

La casa estaba en un claro. Ya había anochecido. La luna llena iluminaba la silueta del edificio cuando, de pronto, este desapareció y Tierra sin gilipollas se quedó vacía de nuevo.