La ladrona de adoquines CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Dentadura

Jan tenía frío.

Se abrazaba las rodillas, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared de ladrillo polvoriento. Miraba al frente, hacia el infinito.

La antigua sala de máquinas ya no conservaba casi nada de su pasado. Aún asomaban tubos oxidados, conducciones cortadas y algún panel inútil atornillado a la pared. Restos de otro tiempo.

Se había despertado hacía media hora y lo recordaba todo con una claridad cruel.

Su mente se había quebrado. El odio que lo poseyó.

La creencia absoluta de que esos niños debían morir.

Era una convicción tan clara como que el cielo es azul o que el agua moja.

Como si una idea ajena se hubiera incrustado en su cerebro y tomado el control.

No era una voz. No era una orden. Era fe.

Recordaba lo que había sucedido, los gritos de los chicos asustados, defendiéndose de un monstruo: él. Melania chocando contra la pared, el forcejeo con Tomek, el puñetazo de Antek.

Dos versiones de la misma historia convivían en su mente sin mezclarse. Lo quemaban por dentro.

—Mierda… —murmuró.

Todo era una mierda. Lo habían secuestrado, torturado y manipulado la percepción. No sentía miedo ni rabia, solo angustia: podía aceptar que le cambiaran el cuerpo, pero no que su mente fuera reprogramada como un electrodoméstico defectuoso.

Alzó la vista hacia la puerta. Tenía un pequeño cuadrado de vidrio reforzado. Tras él, aparecían los ojos de los chicos a intervalos irregulares: miradas rápidas, curiosas o asustadas. Como si observaran a una rata dentro de una jaula de laboratorio.

No había intentado hablar con ellos. Sentía demasiada vergüenza y, sobre todo, no podía explicar lo que le había ocurrido. Miró sus manos temblorosas. Jan lo sabía —cabrón, seco, desagradable, egoísta—, pero entre ser un gilipollas y querer matar a unos críos había un puto abismo.

Tragó saliva.

Entonces oyó el ruido. La manivela girando y el metal arrastrándose contra el suelo de piedra.

La puerta se abrió.

La luz del pasillo se coló en la sala. En el marco apareció Tomek apoyándose en el umbral y con una sonrisa que lo inquietó. Detrás de él, el resto con sus cuerpos ligeramente inclinados hacia atrás, aferrándose a palos de hockey , preparados para reaccionar ante cualquier cosa.

Jan los miró, pero no se movió.

—Bien —dijo Tomek, con voz neutra—. Has tenido una mala noche. Pero tienes los ojos blancos otra vez. Así que has vuelto a la normalidad.

Jan parpadeó.

«¿Normalidad? ¿Qué coño es eso?», pensó.

Tomek dio un paso al frente y se acuclilló frente a él.

—He pensado que podríamos ayudarnos. Ven, vamos a desayunar y te cuento.

2

Jan no sabía cuánta hambre tenía hasta que vio la comida en la mesa: un pote de cartón para hacer sopa de fideos asiática.

Melania sirvió el agua. Jan se sentó a la mesa y observó en silencio el vapor que subía del plato.

Frente a él estaban Tomek y Zuzanna, que lo observaban con curiosidad, mientras que Melania y Antek se quedaron de pie detrás de ellos sujetando con tensión los palos de hockey .

Jan probó con desconfianza la sopa con una cuchara de plástico. Pero una vez el líquido caliente entró en su estómago, ya no pudo contenerse más y devoró el resto del plato.

Cuando hubo terminado, cogió su mochila, que estaba abierta sobre la mesa como si la hubieran registrado, y sacó un paquete de cigarrillos.

—No conocía esta marca —dijo Tomek, señalando la cajetilla de la lechuza.

Jan se puso uno en la boca y lo prendió.

—Yo tampoco —dijo.

—¿Puedo? —preguntó Zuzanna, poniendo la palma de la mano boca arriba.

Jan le pasó la cajetilla.

—Pensaba que los médicos no fumabais.

Zuzanna sonrió con amargura mientras encendía su cigarrillo.

—Todavía no lo soy… —Dio una profunda calada—. Ni lo seré nunca.

Tras una pausa en la que nadie se atrevía a hablar, Jan preguntó:

—¿Qué queréis de mí?

—Que no te mueras, de momento. —Tomek señaló el techo con un gesto—. Los de arriba nos quieren matar a todos, tú incluido. Así que o nos ayudamos entre nosotros o estamos jodidos.

—Bonito discurso —lo interrumpió Jan—, pero ¿qué coño queréis de mí?

Tomek sonrió, no conocía mucho a aquel adulto, pero le gustaba más su actitud gilipollas que la depresiva.

—Bueno, supongo que Zuzanna tendrá unas mil preguntas médicas de cuándo nos atacaste anoche, pero a mí eso me la suda.

Necesitamos comida y tú eres el único que quizás podría salir a buscarla.

—Hizo una pausa—. Te ponemos unas gafas de sol y con suerte ninguno de esos cabrones te toca. ¿Ves por dónde voy?

—Más o menos, quieres que salga a la calle con unas gafas de sol en un país que casi siempre está nublado, me cruce unas cuantas calles hasta un Carrefour y haga la compra semanal mientras rezo para que un caníbal no me mate. ¿Me he dejado algo?

Todos los jóvenes estaban serios, menos Tomek, que parecía estar pasándoselo bomba con la conversación.

—Básicamente, sí, pero para evitar que te maten, antes quiero hacer un pequeño experimento. ¿Te animas?

Jan no contestó. Solo se quedó mirando al muchacho a la cara. Esta versión suya también era gilipollas, pero esa sonrisa lo crispaba más todavía.

—¿Qué me dices? —preguntó Tomek.

3

—Pues no lo veo del todo claro —dijo Jan.

Estaban escondidos en la linde del bosque, los cuatro con sus palos de hockey , esperando a que pasara alguien.

—Yo tampoco —reflexionó Zuzanna.

—Confiad en mí, a Jan no le pasará nada —se defendió Tomek.

Había elegido esa calle aposta, era estrecha, peatonal y sin asfaltar, para así reducir la posibilidad de que pasasen coches por ahí y, lo más importante, había pocas casas y el bosque estaba más presente.

—Puede que Jan sea la clave para entender lo que sucede —dijo Zuzanna—. No podemos arriesgarnos a que le pase algo.

Jan los estudió como nunca lo había hecho en el instituto, había dejado de escucharlos discutir.

Melania observaba la calle en silencio, con esa mirada curiosa que tenía siempre, como si analizara todo desde fuera.

Zuzanna seguía hablando con Tomek, el rostro tenso, la voz cortante.

Y Antek, que los había retrasado media hora porque tenía que peinarse, llevaba para la ocasión pantalones azul marino, camisa blanca, cinturón y zapatos de piel. En el apocalipsis.

«¿Se puede ser más subnormal?».

—Te lo aseguro —decía Tomek—, como que el sol gira alrededor de la tierra.

—No empieces con eso —le contestó Melania.

—¿Con qué? —preguntó Jan, que había vuelto a prestarles atención.

Melania sonrió.

—Tomek trata de convencernos de que la Tierra es plana.

Jan abrió los ojos de par en par y lo miró.

—¿Eres terraplanista?

—No exactamente. Solo digo que no me creo que sea redonda. No hay pruebas.

—No entres al trapo, ignóralo —dijo Zuzanna, resignada y sin dejar de mirar la calle, a ver si aparecía alguien de una vez.

Jan era docente. Se sentía en la obligación moral de seguir con el tema.

—Tomek, sé que no eres el lápiz más afilado del estuche, pero la ciencia nos ha dado muchísimas pruebas de que la Tierra es esférica.

El muchacho sonrió con picardía, por fin alguien le volvía a hacer caso con el tema.

—Las pruebas se pueden falsificar.

—Hay miles de experimentos que puedes hacer por menos de cien eslotis, que demuestran que es redonda.

—¿Por ejemplo?

«Mierda», pensó. Era profesor de Español, no tenía ni la menor idea de ciencia y había caído en la trampa de un terraplanista.

—¿Y la gravedad? —preguntó, intentando cambiar de enfoque.

—No hay ningún experimento que demuestre que el agua se pega a una esfera, la gravedad es solo el peso…

—¿Me está tomando el pelo? —les preguntó al resto, que negaron con la cabeza.

—Shhhhh —susurró Melania, señalando a una persona calle abajo.

A lo lejos venía una mujer por la calle, no se le veía bien, pero por sus andares parecía que superaba los setenta años de edad y arrastraba un carrito de la compra.

—Es perfecta para el experimento —se jactó Tomek.

Jan forzó la vista para verla mejor.

—No pongas esa cara —continuó Tomek—, aunque te reconozca no te puede hacer nada.

—A mí no me acaba de convencer esto —murmuró Zuzanna.

Tomek sacó unas gafas de sol del bolsillo y se las ofreció a Jan, que las tomó y se las puso.

Eran de pasta blanca y con lentes muy grandes.

No necesitaba un espejo para saber que llamaba la atención con ellas; entre el chándal rojo que llevaba y las gafas de sol, parecía Elton John antes de correr un maratón.

—Vamos, Jan —le dijo el muchacho—, si esto sale bien, va a ser la leche.

Jan se puso de pie y entró en la calle, mientras el resto se escondía tras los arbustos del bosque. El plan era tan simple como estúpido: cruzarse con ella y saludarla, y esperar que no lo matase.

Se encaminó en dirección a la mujer a paso lento.

Cuando estuvieron a pocos metros la mujer no pareció reparar en él, así que la saludó:

—Buenas tardes, señora.

—Buenas tardes, niño —contestó ella con educación.

Jan la dejó atrás y siguió caminando tranquilo.

«Pues va a ser que Tomek no es tan gilipollas», reflexionó antes de escuchar los gritos de los muchachos.

Se giró. La anciana corría hacia él con un cuchillo. «¿De dónde coño habrá sacado el arma?», pensó.

De pronto, Jan soltó una patada giratoria, limpia, de manual. El pie impactó en pleno rostro. La dentadura salió volando y, acto seguido, la mujer cayó al suelo con un crac seco. Gritó. Pero no soltó el cuchillo.

El instinto de Jan fue acuclillarse rápido para ver cómo estaba. Cayó de culo hacia atrás al esquivar una puñalada. La anciana parecía estar hecha polvo, pero aún con ganas de matarlo.

Miró a su alrededor; lo primero, la dentadura ensangrentada clavada en un montículo de tierra; después, la anciana lanzando puñaladas al aire y balbuceando entre babas insultos que apenas se entendían; y, finalmente, a los cuatro muchachos corriendo hacia él.

—¿Estás bien? —le preguntó Zuzanna mientras bordeaba a la anciana.

Él asintió.

—¡Menuda puta pasada de patada! —exclamó Tomek excitado—. ¿Sabes karate?

Jan negó con la cabeza, jamás había pegado a nadie en su vida, ni siquiera había hecho ningún deporte que justificase el movimiento que acababa de hacer.

Le había salido por instinto, pero había sido preciso y muy técnico.

Había sido una bandae dollyo chagi de taekwondo.

El cómo sabía hacerla y cómo conocía el término, lo desconocía también.

—Pues parecías el puto Jason Statham.

«Más Chuck Norris —pensó—. Fue el primer occidental en alcanzar el cinturón negro de octavo grado en Taekwondo». Abrió los ojos de par en par. «¿Cómo coño sé eso?».

Zuzanna estaba tratando de hablar con la mujer, que parecía poseída.

—Señora, si se calma un poco y me da su teléfono le llamaremos a una ambulancia y nos marcharemos.

— Ua, e oy a maar —bramó mientras barría el aire a puñaladas.

—¿Qué dice? —preguntó Melania.

Nadie parecía entenderla salvo Antek, que tradujo:

—Puta, te voy a matar. —Todos lo miraron sorprendidos—. ¿Qué? Mi abuela siempre perdía la dentadura —dijo abriéndose de brazos.

Tomek ignoró el comentario y fue tras la anciana, la agarró por la espalda, le arrebató el cuchillo y lo lanzó lejos.

—Zuzanna, coge el bolso. —La anciana trató de morder el brazo de Tomek, pero al no tener dientes, solo lo babeó.

Zuzanna encontró el teléfono y llamó a emergencias para informar. El de la centralita le dijo:

—Puta niña, voy a ir en persona a buscar a la anciana y te voy a abrir en canal…

Ella colgó. Aquello resolvía una duda que no se habían planteado todavía: a los niños también los distinguían por la voz.

Después de eso, se largaron los cinco a su refugio.