CAPÍTULO 11 #2
—Y tú, Tomek, eras mi estudiante. De hecho, iba a poner una queja contra ti después de las fiestas para que te expulsaran por pintar la fachada de mi casa. En mi mundo eras un macarra, siempre lleno de morados de las peleas en las que te metías.
Antek y Tomek compartieron una mirada extraña, que no pasó inadvertida a Jan.
Nadie añadió nada más hasta que Zuzanna se levantó.
—Ven conmigo —le dijo a Jan—. Voy a hacerte un chequeo médico. Estés loco o no, el caso es que no te has infectado. Y quiero saber por qué.
Jan asintió y la siguió hasta la pequeña sala donde Zuzanna guardaba los medicamentos. Los otros los acompañaron, formando un semicírculo alrededor, como si asistieran a un experimento.
—Quítate la sudadera y la camiseta —ordenó ella con naturalidad—. Voy a auscultarte.
Jan protestó:
—A ver, niña, ¿cuántos años tienes?
Zuzanna hizo una mueca.
—Los suficientes para haber estudiado tres años de medicina y los suficientes para echarte de aquí a patadas si no haces lo que te he pedido.
Jan obedeció a regañadientes; este nuevo mundo apestaba.
Se quitó la camiseta con cierta torpeza, consciente de las miradas.
Su torso musculado quedó al descubierto, iluminado por la luz temblorosa de una vela que proyectaba sombras irregulares sobre su piel.
Durante un segundo, se hizo un silencio incómodo.
Antek, con una mezcla de ironía y desconcierto, fue el primero en hablar.
—¿Desde cuándo un loco hace dieta fit y se depila el pecho?
Jan bajó la vista hacia su propio torso. ¿Por qué coño su secuestrador lo había depilado?
Zuzanna ignoró la observación y se concentró en su trabajo.
Colocó el fonendoscopio sobre el pecho de Jan, moviéndolo con precisión de un punto a otro mientras escuchaba el ritmo del corazón.
El latido era regular, firme, sin arritmias aparentes.
Bajó hacia los pulmones y le indicó que respirara hondo. El aire entraba y salía sin dificultad.
Todo parecía normal.
Después tomó un depresor de plástico y le pidió que abriera la boca.
—Di «aaa».
La garganta también estaba limpia. Sin inflamación, sin enrojecimiento extraño.
Le colocó el tensiómetro en el brazo y esperó en silencio mientras el manguito se inflaba. La aguja marcó una presión que no cuadraba con su edad.
—Fuera de lo normal —murmuró ella, más para sí misma que para los demás—. Para un hombre de tu edad. ¿Cuántos años tienes?
Jan sostuvo su mirada.
—Cuarenta y cinco.
Zuzanna no respondió. Cogió entonces el otoscopio y dio un paso más cerca.
—Jan, quítate los audífonos. Quiero ver el interior del oído.
Él dudó apenas un segundo. No recordaba bien el gesto. Solo se los había quitado una vez, o eso creía. Levantó ambas manos y retiró primero el derecho con cierta torpeza, como si estuviera manipulando un objeto ajeno.
Y en el instante en que el audífono se separó de su oído, el mundo cambió.
La luz de la vela se volvió más intensa, más agresiva. Las sombras se deformaron.
Niños.
Un impulso primario le atravesó el cuerpo. Repugnancia y peligro. La necesidad de matar.
Se lanzó primero contra Tomek. El puñetazo fue seco, directo al rostro.
Oyó el crujido antes de procesar el movimiento.
Sin detenerse, agarró por el cuello a la cría que estaba a su lado —Melania— y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared.
Deseaba verla estallar. El golpe resonó en la sala.
La vela cayó al suelo y el lugar se oscureció, salvo por las velas que aún prendían en la otra sala.
3
Tomek estaba todavía en el suelo cuando vio a Melania salir despedida contra la pared. El golpe resonó seco.
Se incorporó a medias justo cuando Antek se abalanzaba sobre Jan y le estampaba un puñetazo en la cara. El impacto habría tumbado a cualquiera. Jan ni siquiera parpadeó. Tenía los ojos inyectados en sangre, la mandíbula rígida, el cuerpo entero vibrándole de rabia.
Agarró a Antek por la pechera y lo lanzó contra el suelo como si no pesara nada. Después empezó a patearlo sin control.
—¡Para! —gritó Melania desde el suelo.
Tomek terminó de ponerse en pie. Vio cómo Jan había parado de pegar a su amigo y miraba a su alrededor con movimientos rápidos, buscando algo. Sus ojos se clavaron en la mesa metálica del fondo. Allí, entre gasas y vendas, había unas tijeras quirúrgicas, de las que se usan para cortar vendajes.
Jan las agarró. Las empuñó con intención clara, y se lanzó hacia Antek de nuevo.
En el instante en que alzó la mano para clavárselas, Tomek le sujetó el brazo y ambos forcejearon. Jan tenía una fuerza descomunal. El metal brilló a centímetros del cuello de Antek, que aún estaba atontado por los golpes.
Entonces Zuzanna, que hasta ese momento había permanecido atrás preparando algo, se lanzó sobre la espalda de Jan, le rodeó el cuello con un brazo y, con el otro, le clavó la aguja sin dudar. La inyección entró con violencia. Apretó el émbolo hasta el final. Jan soltó un gruñido ahogado.
Un segundo después, su cuerpo se desplomó. Solo se oía la respiración agitada de los chicos.
Melania se dejó caer al suelo y se llevó la mano al hombro. Le dolía, pero estaba entera. Pensó, sin saber muy bien por qué, en el grafiti. Seis meses viviendo con Antek y no había caído.
—¿Qué tal estás? —preguntó Tomek, aún sin soltar del todo el brazo inerte de Jan.
Ella asintió, nerviosa, incapaz de hablar.
Antek se levantó con dificultad.
—Tomek… Por eso no traemos adultos aquí… ni nos fiamos de ellos.
Zuzanna le lanzó una mirada afilada a Antek para que se callara.
Después fue hacia la mesa y tomó el audífono que se había quedado allí; no tenía mucha experiencia con ese tipo de aparatos, pero jamás había visto uno como ese: era de metal pulido, sin botones ni aberturas.
Se acuclilló al lado de Jan. Con cuidado, se lo volvió a colocar en la oreja.
—Creo que esto es lo que hacía que no se transformara como los demás —dijo en voz baja, de nuevo, más para sí que para el resto.
Luego levantó la cabeza y cambió el tono.
—Tomek, Antek. Llevadlo a la sala de máquinas.
La antigua habitación estaba al final del pasillo. Antes debía de haber albergado motores y generadores; ahora estaba vacía. La puerta podía cerrarse desde fuera con una manivela circular de hierro.
Entre los dos arrastraron el cuerpo de Jan. Sin camiseta, pesado, inerte. Tomek lo sujetó por los brazos; Antek, por las piernas. Pesaba mucho más de lo que parecía.
Lo dejaron dentro y salieron. Tomek giró la manivela desde fuera hasta oír el clic metálico del cierre.
Cuando regresaron con los demás, Zuzanna estaba de pie, mirando la puerta cerrada.
—Es muy peligroso tenerlo aquí —dijo al fin—. Tenemos que hacer algo con él.
Nadie respondió. El silencio flotó en el aire como una amenaza. Todos bajaron la cabeza, incómodos, sabiendo de sobra a qué se refería y sin querer ser el primero en pronunciarlo.
Entonces Tomek sonrió.
—Se me ocurre otra cosa. Ahora tiene el audífono otra vez. Si se despierta… normal —tragó saliva—, esto podría ser algo bueno.
Los demás intercambiaron miradas recelosas.
—Confiad en mí, tengo una idea.