CAPÍTULO 11
Los audífonos
Zuzanna ordenaba los fármacos por enésima vez.
No era necesario, pero, aun así, volvía a colocar las cajas por orden alfabético, revisaba fechas de caducidad y comprobaba que cada ampolla estuviera en su sitio.
Cuando terminaba, empezaba de nuevo. Había algo del apocalipsis que jamás habría previsto: el aburrimiento.
No los infectados ni la violencia. Lo que nunca imaginó fue el tedio que se extendía entre salida y salida; por cada hora de peligro había dos días de silencio.
Durante las horas vacías, pensar era lo único peligroso, y ella hacía todo lo posible por mantenerse ocupada para no preguntarse qué estaría ocurriendo en la superficie.
Era la mayor de los que conocía que no se habían infectado, o, al menos, eso creía. Tenía veintidós años y estaba en tercero de Medicina cuando todo empezó. A veces repetía ese dato en su cabeza, como si todavía perteneciera a una vida real.
El día del colapso volvía de la facultad en autobús. Lo recordaba con nitidez: el conductor frenó en seco. Zuzanna, que estaba sentada al final, levantó la cabeza de su libro de anatomía y miró hacia la cabina.
El conductor y los cuatro ancianos que viajaban con ella se habían puesto de pie. Estaban erguidos, como si una fuerza invisible cargara sus músculos de tensión. Miraban con fijeza hacia ninguna parte; parecía que estuvieran en trance.
—¿Perdón? —preguntó, sin saber qué más decir.
Las cinco personas se giraron hacia ella con un gesto que la puso en alerta. Tenían los ojos tan rojos que apenas se distinguían las pupilas. Entonces se lanzaron sobre ella.
Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Sin entender lo que sucedía, trató de forzar la última puerta del autobús para escapar. No cedía. Los ancianos avanzaban despacio, pero sin detenerse.
Miró a su alrededor hasta dar con el martillo de emergencia y reventó el cristal a pocos segundos de ser atrapada. Tropezó con el marco y cayó de bruces. Ignoró el dolor, se puso en pie y echó a correr.
Antes de internarse en el bosque alcanzó a ver a varios adultos pateando el cadáver de un niño en plena calle, todos con la misma mirada roja y vacía.
Cualquier otro día se hubiera enfrentado a ellos o llamado a la policía desde su móvil, pero el miedo la empujó hacia los árboles, y no volvió a mirar atrás.
Desde entonces vivía en las viejas cloacas de la ciudad.
Se habían dividido en dos grupos: los más pequeños y algunos adolescentes de dieciséis años se habían quedado en un refugio improvisado en las afueras, mientras que los mayores vivían en otro en el subsuelo de la ciudad.
Ellos se encargaban de las necesidades prácticas: buscar medicamentos, comida, velas, herramientas...
Mantenerse con vida, básicamente. Pero la mayor parte del tiempo, incluso allí abajo, lo que predominaba era el aburrimiento.
Levantó la vista y vio a Melania en su rincón habitual, sentada sobre el saco de dormir, con la espalda apoyada en una taquilla oxidada y una novela entre las manos.
No sabía cómo podía concentrarse en la lectura mientras miles de psicópatas habitaban sobre sus cabezas.
Melania había leído esos libros decenas de veces; no tenían acceso a nada nuevo, pero, aun así, parecía capaz de abstraerse, de construir una muralla invisible entre ella y la realidad. Zuzanna la envidiaba.
Miró el reloj de su muñeca. Hacía casi veinticuatro horas que Tomek había desaparecido y la ansiedad la estaba torturando.
No era la primera vez que el muchacho se largaba sin avisar a «explorar el mundo», como decía él con esa mezcla de arrogancia y entusiasmo que tanto la irritaba.
Solo era cuatro años menor que ella, pero Zuzanna se sentía una anciana a su lado.
Cargaba con la responsabilidad de los dos grupos y con el peso de cada decisión, mientras que Tomek parecía tomarse el apocalipsis como unas colonias prolongadas.
Era útil en las salidas por suministros, rápido y valiente, pero indisciplinado hasta el extremo.
Iba y venía cuando quería, como si nada pudiera alcanzarlo.
Por suerte, estaba Antek, el único capaz de contener a Tomek.
Volvió a revisar el reloj y apretó la mandíbula. «Como le haya pasado algo, lo mato», pensó mientras golpeaba los nudillos contra la mesa oxidada.
Entonces oyó el ruido.
No era el goteo lejano de las tuberías ni el eco habitual del metal dilatándose. Eran pasos. Claros y apresurados, acercándose por el pasillo principal.
Melania cerró el libro sin decir nada y se puso en pie.
Zuzanna ya estaba corriendo hacia la puerta.
La sala en la que vivían había sido, en otro tiempo, una zona de descanso para los trabajadores de las cloacas: mesas ancladas al suelo, taquillas oxidadas, una pequeña estancia lateral con canalizaciones y una puerta hermética que podía sellarse desde fuera.
El suelo estaba cubierto de sacos de dormir, un hornillo eléctrico y varias cajas con comida y agua.
Dos accesos, demasiado expuestos para su gusto.
El ruido volvió a escucharse. Zuzanna giró la manivela de la puerta y la abrió de golpe.
Tres figuras emergieron del corredor oscuro.
La primera era Antek, con la linterna en alto y el pelo engominado reflejando la luz. Detrás de él iba Tomek. Y tras ambos, medio cegada por el haz de luz, distinguió la silueta de alguien más alto, más ancho de hombros, vestido con un chándal.
Un adulto.
Palideció de golpe.
Tomek corrió hacia ella.
—Tranquila —dijo con urgencia—. No está infectado. —Se inclinó hacia su oído—. Pero tenemos que hablar. Esto lo cambia todo.
2
Se sentaron todos alrededor de la mesa metálica, iluminados por la luz amarillenta de unas velas. Nadie interrumpió a Tomek mientras relataba lo ocurrido. Zuzanna cruzó los brazos y lo dejó hablar, aunque por dentro le hervía la sangre.
Tomek explicó cómo, durante una de sus exploraciones improvisadas, se había encontrado con una anciana en las afueras.
Según él, parecía astuta pero inofensiva.
La mujer le había hablado de unos niños escondidos en una casa cercana, solos, asustados y sin comida.
Tomek decidió comprobarlo por su cuenta.
Lo dijo como si fuera una decisión razonable.
Como si no implicara un riesgo absurdo. La casa resultó ser una trampa: la anciana le golpeó la cabeza a traición y Tomek se despertó atado en el sótano.
—Y a mi lado estaba este —concluyó, señalando a Jan con un leve movimiento de cabeza.
Hubo un breve silencio.
—Tú eres subnormal —dijo al fin Zuzanna, sin elevar la voz, pero con una dureza que hizo que incluso Melania levantara la vista—. ¿No se te ocurrió que podías venir aquí y decirnos dónde ibas?
Tomek sonrió.
—No parecía peligroso. Solo quería reconocer el terreno. Luego hubiera venido… Si no fuera porque esa loca me golpeó la cabeza…
Dejó la frase en el aire, como si aquello lo justificara todo.
Zuzanna le sostuvo la mirada unos segundos más, pero decidió no seguir por ese camino. No delante del extraño.
Entonces le tocó el turno a Jan.
Hasta ese momento se había mantenido en silencio, sentado con la espalda recta y las manos apoyadas sobre la mesa, observándolos con una mezcla de cautela y desconcierto. Zuzanna le pidió que contara su historia.
Y lo hizo.
Les habló de la noche en que se acostó en su casa, en su cama, en su mundo normal.
De cómo había estado encerrado en un gimnasio y había sido torturado; y de cómo había despertado en un lugar que no reconocía, en una realidad jodidamente absurda donde los adultos parecían haber perdido la razón y los niños sobrevivían bajo tierra.
Mientras lo escuchaban, las reacciones fueron distintas.
Tomek lo observaba con una indiferencia casi burlona.
Melania, en cambio, lo examinaba con una curiosidad intensa, como si estuviera ante el argumento de una novela fantástica que intentaba descifrar.
Sin embargo, Zuzanna y Antek intercambiaron una mirada inquieta.
No era solo lo que contaba, sino la convicción con la que lo hacía.
Cuando Jan terminó, el silencio fue más pesado que antes.
Zuzanna recorrió los rostros de sus compañeros buscando apoyo. Solo lo encontró en Antek. Y fue él quien verbalizó lo que ambos pensaban.
—Menudo asco, Tomek —dijo con sequedad—. El primer adulto que encontramos que no intenta matarnos y resulta que está como una cabra.
Jan no reaccionó. Sabía que su historia sonaba delirante. Pero no menos que esos chavales sacados de El señor de las moscas .
—Os conozco a todos de mi mundo… —dijo al aire Jan.
—¿Sí? —ironizó Antek—. ¿Y qué sabes de mí?
Jan sonrió sin ningún humor.
—Yo nunca te di clase, pero por lo que oí de ti en la sala de profesores eras un gilipollas de nivel.
—Antek mostró una risa burlona—. Tu mayor logro fue tener una expulsión de un mes por hacer un grafiti en la fachada del instituto de madrugada que ponía: «Profesores, poneos camisa y corbata, esto no es un bar hípster».
Melania abrió los ojos como platos y miró a Antek.
—¿Fuiste tú?
Antek la ignoró sin dejar de mirar a Jan.
—¿Cómo lo sabes? —dijo, había perdido la confianza que tenía hacía un momento. Había hecho ese grafiti, pero no lo habían atrapado. Miró a Tomek molesto—. ¿Se lo has contado?
Tomek negó con la cabeza.
—No solo eso —continuó Jan—. Melania tampoco estudiaba español, así que solo había coincidido con ella en los pasillos, pero llamaba la atención porque siempre estaba haciéndose fotos y hablando al teléfono.
—¿Haciéndome fotos? —protestó ella—. Se llaman stories .
Ella había tenido una cuenta de Bookstagram con más de treinta mil seguidores.
—A Zuzanna le di clase, hará cuatro años —continuó—. Era buena estudiante, siempre estaba estresada y no hubiera ganado un certamen de Miss simpatía.
—Pues no ha cambiado —dijo por lo bajo Tomek.