CAPÍTULO 10
Bajo el bosque
En cuanto salieron al jardín trasero de la casa, se detuvieron unos segundos para asomarse a la calle.
No había nadie. Ni coches circulando ni personas.
Aprovecharon la oportunidad y salieron corriendo hacia el bosque.
Era una de las pocas ventajas de que todo aquello estuviera ocurriendo en Kamienna Puszcza: una ciudad donde los límites entre lo urbano y lo salvaje siempre habían sido difusos.
Una vez dentro del bosque, ya más tranquilos, redujeron el paso y comenzaron a caminar despacio.
—¿Y ahora dónde vamos? —preguntó Jan.
Tomek no respondió de inmediato. Jan lo miró de reojo.
—No, ahora las preguntas las haré yo.
—¿Y qué quieres saber? —replicó, mirando hacia atrás.
—Para empezar, quiero saber de dónde coño sales tú.
Jan respiró hondo. El Tomek que él conocía en clase era muy retraído, siempre tenso e incómodo, y muy parco en palabras. Esta versión con la que trataba ahora era muy segura de sí misma y con una capacidad de decir tacos que superaba a la suya propia.
—La verdad es que no lo recuerdo. Me fui a dormir a mi casa…
—dijo, haciendo memoria—. Y lo único que sé es que me secuestraron y me torturaron.
Y me obligaron a hacer deporte —añadió como si hubiera sido lo peor—.
Lo último que recuerdo es que esta mañana me he despertado tirado en el jardín de mi casa…
o lo que quedaba de ella. Estaba abandonada, desde vete a saber cuándo.
Tomek lo miró como si acabara de contarle un chiste malo.
—Joder. Esa es la historia más absurda que he escuchado en mi vida.
Jan sonrió, una mezcla de confusión y pesadumbre.
—La tuya es mucho mejor: todos los adultos se han vuelto locos y caníbales.
Eso es menos creíble. —No lo decía del todo convencido.
Había visto cosas suficientes como para no descartar la versión del chico tan rápido—.
Así que solo veo dos opciones. O estoy loco y me estoy imaginando todo esto…
o el psicópata que me secuestró me mató y este mundo es una especie de infierno o purgatorio.
Tomek soltó una carcajada corta.
—Tranquilo, esto no es el infierno, aunque lo parezca. Lo de que estés loco es más probable. —Jan frunció el ceño—. Quizá antes imaginabas un mundo que no existía —teorizó Tomek— y ahora te has curado. Pero menuda mierda de momento has elegido.
Soltó una risa por su propia ocurrencia.
Lo extraño era que Jan no se sentía nervioso.
Era como si siguiera drogado. Había sido secuestrado, torturado y llevado a un mundo digno de una película de serie B, y, aun así, caminaba por el bosque con una calma inquietante, siguiendo a un chaval armado con un cuchillo y tomándose todo con una indiferencia que le resultaba ajena.
Estaba seguro de una cosa: le habían metido tantas drogas que le habían alterado la percepción de la realidad.
—Vale —dijo al fin—. Pero dime una cosa más. ¿Dónde coño vamos?
Tomek gruñó, aunque terminó respondiendo:
—Nos escondemos en las cloacas. Están abandonadas.
—¿En las cloacas? —repitió Jan—. Tiene lógica —pensó en voz alta.
Jan recordó que, durante la Segunda Guerra Mundial, los insurgentes se habían escondido en el alcantarillado de la ciudad para luchar contra los nazis.
Con los años, aquel sistema había quedado obsoleto y se había sustituido por otro más moderno.
Los del ayuntamiento, siguiendo su tónica habitual de hablar sobre gilipolleces y no hacer nada, debatieron sobre convertir los túneles antiguos en una atracción turística, pero Varsovia estaba demasiado cerca y sus cloacas eran mucho más espectaculares, así que el proyecto nunca prosperó.
Los túneles llevaban décadas abandonados.
—¿Y cómo conseguís comida? —preguntó Jan—. ¿Cómo sobrevivís si no podéis estar cerca de adultos?
Tomek se rio. Caminaba relajado, como si aquel trayecto fuera parte de su rutina.
—Te lo explico luego con el resto de mis colegas.
Jan miró hacia atrás. Las casas ya no se veían; el bosque las había devorado por completo.
Que Tomek hiciera planes con él para luego no le tranquilizaba en absoluto.
Observó la pose despreocupada del muchacho, su forma macarra de moverse, y recordó por qué lo había odiado tanto cuando era su alumno.
Porque, aunque este nuevo Tomek parecía más resolutivo y peligroso, seguía siendo un rato gilipollas.
2
Tomek se acercó a la linde del bosque, a una carretera secundaria de Kamienna Puszcza donde había algunas casas dispersas y una acera tan estrecha que apenas servía para algo. Miró a ambos lados para asegurarse de que no pasaba nadie.
—Rápido —susurró—. Tú primero.
Abrió la mochila y sacó una pequeña palanca. Jan cruzó la carretera sin mirar atrás. Tomek volvió a revisar la calle y se movió con rapidez hasta la acera, donde estaba la tapa de una alcantarilla. Introdujo la palanca en el orificio y tiró con fuerza hasta levantarla.
—¡Venga, entra! —le apremió.
Jan se acercó y miró al interior. Era un tubo vertical con unas varillas de metal corrugado dispuestas en forma de escalera.
—¡Métete, joder, antes de que venga alguien!
Jan se dejó caer dentro y empezó a bajar por la escalerilla. Acto seguido, Tomek descendió tras él y cerró la alcantarilla con un golpe seco. Cuando Jan tocó el suelo, más por intuición que por otra cosa, dijo:
—No veo una mierda.
Sintió entonces cómo Tomek daba un pequeño salto a su lado. Oyó cómo se abría una mochila y, de pronto, una luz cortó la oscuridad. Tomek le mostró la linterna.
—Tú sígueme.
El chico comenzó a caminar con paso decidido por el túnel, que era circular y parecía no tener fin.
Las paredes, hechas de ladrillo húmedo, no ofrecían ninguna línea recta clara.
Avanzar resultaba incómodo; el suelo era irregular y resbaladizo.
Jan tenía que apoyarse con las manos para no caer, mientras que Tomek avanzaba con una seguridad que solo podía venir de la costumbre.
3
Llevaban apenas diez minutos caminando cuando Jan sintió un escalofrío. Se le erizó el vello de la nuca; había otra linterna encendida y moviéndose al final del túnel. Tomek, en cambio, se detuvo con calma.
—¿Quién anda ahí? —preguntó.
Una voz respondió detrás del fogonazo de luz.
—Soy Antek. ¿Dónde te habías metido? Llevamos toda la noche sin saber de ti. Llevo buscándote desde…
La frase se cortó en seco al ver que Tomek no estaba solo. La linterna iluminó a Jan y la voz soltó un grito instintivo.
—Tranquilo —intervino Tomek de inmediato—. Es un adulto, pero no está… infectado —dijo a falta de una palabra mejor.
Antek lo enfocó con su linterna de lleno a los ojos, como si estuviera examinando un animal raro.
—Joder… si es viejo —dijo al comprobar que sus ojos eran normales—. ¿Cómo puede ser?
Jan se fijó en Antek. «Mierda», pensó al ver al muchacho: rubio, bajito y con el pelo peinado y engominado.
Llevaba un chaleco fino beige de pico; por debajo asomaba una camisa pulcra, unos pantalones caqui planchados y unas botas altas, como si fuera a hacer hípica.
Sobre la cabeza, una boina ladeada. Ese chaval estaba más cerca de irse de cacería con el marqués de Salisbury, escopeta al hombro y perro de caza incluido, que de vivir en un mundo apocalíptico.
Lo reconoció en el acto. Nunca había sido su estudiante, pero en su mundo el chaval era una leyenda: una fuente constante de quejas en la sala de profesores. Si hubiera habido una encuesta entre los docentes, el muchacho habría ganado sin duda el galardón al capullo del año.
—No lo sé, creo que está un poco loco —dijo Tomek. Antek frunció el ceño, incómodo, pero no dio un paso atrás. —No parece peligroso —añadió—. Más bien está perdido. No tenía ni puta idea de lo que había pasado cuando me lo encontré. Volvamos al refugio y os lo cuento todo.
—Mierda —se quejó Antek—, ¿sabes que Zuzanna se va a molestar cuando vea a este?
—Como si necesitara motivos para cabrearse conmigo —bromeó—. Vamos, que tengo hambre.
Antek tomó la delantera, marcando distancia con Jan. No quería estar cerca del adulto, algo que Jan agradeció. Juntos, los tres se internaron de nuevo en los túneles.