CAPÍTULO 9
Nudos
—Y eso pasó hace seis meses —dijo Tomek mientras seguía maniobrando con las muñecas para aflojar las ataduras.
No lo había contado todo. En líneas generales, sin embargo, había relatado lo esencial: el día en que los adultos se volvieron locos.
Jan miraba al frente, a la pared húmeda del sótano, como si esperara que de allí saliera alguna respuesta.
No sabía cómo había llegado a ese lugar donde las reglas de la civilización que conocía habían desaparecido.
Abuelos caníbales, adultos asesinos y niños comportándose como insurgentes de la Segunda Guerra Mundial.
—Eso no tiene lógica —dijo—. Yo soy adulto y no quiero matarte.
Tomek soltó una risa seca.
—Ni la puta vieja que me encontré esta mañana, que tampoco tenía los ojos rojos, como tú. Y aquí estoy —añadió con sorna—, atado en este puto sótano, esperando a que lleguen los caníbales.
Le sorprendía la naturalidad con la que Tomek contaba las cosas, como si fuera normal que una pareja de ancianos excéntricos hiciera carnicería humana. La mosca se posó en la nariz de Jan. La espantó con un brusco movimiento de cabeza.
—¿Y nosotros qué vamos a hacer…?
En ese momento, se oyó el ruido de una cerradura y la puerta se abrió. La pareja de ancianos entró en el sótano. Leszek estaba serio, pero Diana tenía una sonrisa ansiosa.
—¡Leszek! ¡Diana! —trató de llamar la atención Jan.
Ellos lo ignoraron. La mujer fue hasta la mesa y pasó la mano sobre los cuchillos que tenía en perfecto orden, acarició los mangos hasta decantarse por el deshuesador. Se acercó a Jan, que trató de alejarse unos centímetros de ella; sus ataduras no daban para más.
Diana paseó el filo cortante por el cuerpo definido de Jan.
Empezó por el pectoral izquierdo hasta llegar a la boca del abdomen, ejerciendo presión sobre la piel, pero con cuidado de no dañarla.
Fue tanteando el cuerpo hasta llegar al cinturón de adonis.
Entonces miró a su presa a los ojos mientras se relamía el labio.
—Mi niño, tienes un cuerpo hermoso, no sabes lo que voy a disfrutar separando tus músculos de los huesos.
—Señora —se burló Tomek, señalando a Jan con la cabeza—, este niño ya se peina las canas de los huevos.
Diana, molesta, lo ignoró y siguió hablando con Jan:
—De ti sacaremos muy buen solomillo y del maleducado de tu compañero unos cuantos embutidos y conservas. Pero quiero que sepas que soy una cocinera formidable y nunca desaprovecho…
Tomek sonrió y dio un golpe seco con las muñecas.
— Voilà —dijo, mostrando las manos liberadas—. Ya lo decía yo, no tenéis ni puta idea de hacer nudos.
Antes de que Diana pudiera reaccionar, Tomek la agarró de la muñeca donde portaba el arma, le soltó un rodillazo en las costillas y la lanzó contra el suelo.
Leszek se lanzó sobre él, pero, dado que era un anciano, Tomek no tuvo ningún problema para plantarle un puñetazo en la cara. El hombre cayó de espaldas.
Fue hasta la mesa, cogió uno de los cuchillos preparados y regresó junto a Jan. Cortó las cuerdas y este quedó libre.
—Vámonos cagando leches.
La ropa estaba amontonada detrás de la puerta. Se vistieron como pudieron. Mientras lo hacían, Tomek se quedó sorprendido al ver el cuerpo del adulto: los pectorales y el vientre estaban hipermusculados, definidos, le recordó a los videos de fitness que le salían en los reels de TikTok.
—No sé dónde coño has estado estos últimos meses —dijo—, pero pareces recién salido de una competición de culturismo.
Jan miró su cuerpo. Sí, estaba fuerte. Lo que más le sorprendía era estar depilado; siempre había sido muy peludo.
Aun así, en ese momento su antiguo cuerpo y su cambio físico le parecían algo tan lejano que no merecían atención.
Solo quería salir de ese sótano. Se puso el chándal rojo, la mochila y respiró hondo. Tomek le pasó un cuchillo.
—Vamos a salir —dijo—. Tú sígueme, puede haber más adultos fuera. —Jan miró el arma con aprensión. No tenía ninguna intención de apuñalar a nadie, por muy caníbales que fuesen—. Pero antes, ata a la vieja.
Jan no dudó. Le pareció mejor idea atarlos que dejar que Tomek siguiera actuando como si aquello fuera lo más natural del mundo.
Los viejos habían abandonado su calma enfermiza y ahora se retorcían en el suelo, gruñendo, intentando arañar y morder como animales heridos.
Jan cogió un trozo de cuerda, dio la vuelta a la anciana y la ató de manos y pies, mientras Tomek hacía lo mismo, con menos delicadeza, con el hombre.
Cuando los dos ancianos quedaron boca abajo, profiriendo insultos y amenazas, Tomek sonrió.
—Menuda mierda de nudo has hecho —dijo, señalando con la cabeza el de Jan.
—Oye, no estoy acostumbrado a atar gente —se defendió.
—No te preocupes. Solo hay que practicar.
Jan, sin embargo, sí que estaba preocupado.
—¿Qué vas a hacer con ellos?
Tomek los miró un segundo.
—Nada. Los dejamos aquí y nos largamos echando hostias.
La respuesta dejó a Jan estupefacto, lo que hizo que Tomek continuara:
—A ver, ¿pensabas que iba a matarlos?
—Joder —respondió Jan—, por cómo los has tratado… pensé que sí. Que ibas a matarlos y tendría que impedirlo.
—No. Yo no mato gente —dijo Tomek—. Al menos, si puedo evitarlo. Los dejamos atados y nos vamos. Punto.
—¡Os encontraremos! —gritó el viejo—. ¡Y os cortaremos en pedacitos!
Tomek lo miró y sonrió.
—No te vengas arriba, campeón, para eso primero tendrás que recuperar la cadera. Porque me parece que vas a necesitar un andador mucho tiempo.
Se puso de pie, se limpió las palmas de las manos chocándolas entre sí y miró a Jan.
—No te conozco. No me fío de ti. Eres adulto. Pero no puedo dejarte aquí. Así que, si quieres vivir, mueve el culo y ven conmigo.
Jan se levantó y miró a los ancianos. Hasta ese momento solo había visto dos caníbales psicópatas y un chico que parecía convencido de lo que contaba. Y, por ahora, todo encajaba con lo que él había dicho. Sin dudarlo más, asintió.
El último en salir de la habitación fue Tomek, que dejó la puerta abierta.
Aquello sorprendió a Jan. Le resultó extraño que alguien capaz de desplegar tanta violencia tuviera el gesto de dejarles una salida, aunque fuera mínima: para gritar, para arrastrarse, para que alguien pudiera oírlos.
No encajaba del todo con la imagen que se había hecho del joven superviviente, pero decidió no preguntar y lo siguió.