CAPÍTULO 8
QUINCE DE SEPTIEMbrE
Tomek estaba en clase de Física. No hacía ni dos semanas que había empezado el último curso, pero tenía claro que se lo iban a follar en el primer examen.
Filip, el profesor, era un gilipollas de manual.
Era el típico que se comportaba como un amigo, si le seguías la corriente te trataba entre algodones, pero si no entrabas en sus dinámicas, que no tenían nada que ver con la física, te apartaba de la lección como a un apestado.
A Filip le gustaba hablar de dos temas en especial, más allá de la física: su vocación de maestro y la política.
Del primero hablaba con la solemnidad de quien ha nacido para guiar a los jóvenes por el camino del saber —Tomek quizás no fuera muy listo, pero veía a un farsante a leguas—.
Del segundo lanzaba pequeños comentarios que servían para que sus estudiantes lo miraran desde su atalaya de superioridad moral —a Tomek le daba igual la política, pero le cargaba que la gente presumiera de ser buena persona cara a la galería y luego fuese un hijo de puta de puertas para adentro. Ya tenía suficiente con su padre.
Filip había escrito en la pizarra:
∂²y/∂t² = v² · ∂²y/∂x² + (1/ρ) · ∂p/∂x - γ · ∂y/∂t
Tomek observaba la fórmula. No tenía la menor idea de lo que era, pero si le hubieran dicho que se trataba de una lengua asiática se lo hubiera creído. Miró a su derecha y compartió una mirada cómplice con Antek, su mejor amigo; de hecho, el único.
Antek era un marginado en la escuela, por motivos diferentes a los de Tomek.
Él era un tocapelotas profesional, sufría de una incontinencia verbal que le obligaba a protestar contra todo, en especial, con las tendencias de moda de sus compañeros y profesores.
Tomek era el tonto de la clase que pasaba de todo y no hablaba mucho, pero con suficiente altura y musculatura como para que nadie le tocara las narices por ello.
Eran vecinos de bloque de toda la vida y siempre se habían llevado como hermanos.
Además, Tomek le brindaba protección mientras que Antek lo dejaba copiar, ya que tenía más habilidad que su amigo para los estudios.
Tomek miró por la ventana al cielo, estaba tan nublado que ni se intuía dónde se encontraba el sol.
Filip se calló y la clase se quedó en absoluto silencio.
Tomek volteó la cabeza para ver a su profesor; este se había quedado parado, como en pausa, con los ojos abiertos como platos.
Los estudiantes se miraban entre sí contrariados, se escuchaban algunas risas nerviosas.
Los ojos de Filip se tornaron rojos de golpe y, entonces, reaccionó.
Se giró hacia su escritorio, cogió un lápiz y se volvió hacia la clase.
La estudiante que tenía más cerca era Laura, una buena empollona, de esas que no agradan a nadie, pero tampoco molestan.
Filip dio un paso hacia ella y, sin mediar palabra, agarró el lápiz como si fuera un puñal.
Todos en clase contuvieron el aliento. Tomek, inmóvil, casi hipnotizado, siguió con la mirada el lápiz.
Filip le asestó el arma en el cuello a Laura. Al sacarlo empezó a brotar sangre.
Tomek, junto a alguno de sus compañeros, se puso en pie de golpe y dio un paso hacia atrás.
La muchacha cayó al suelo mientras convulsionaba, pidiendo ayuda con la mano.
Se oyeron algunos gritos, Tomek no identificó de quién se trataba.
Filip, que aún empuñaba el lápiz en la mano empapada en sangre, buscó con la mirada al estudiante que tenía más cerca, Kuba, que seguía petrificado en el asiento. Filip comenzó a caminar hacia él.
Tomek corrió hacia su profesor y lo empujó. Este se volvió hacia él con los ojos rojos y lo atacó.
—¡Tomek! —gritó Antek. Él no era ni de broma tan fuerte como su amigo, pero no lo iba a dejar solo frente a un psicópata.
El profesor se volteó y levantó el lápiz para recibir a Antek, momento que Tomek aprovechó para agarrar el brazo de Filip y abrazarlo por la espalda para inmovilizarlo.
De pronto, la puerta de la clase se abrió, era el conserje de la escuela. Al verlo, una estudiante fue corriendo hacia él.
—¡El profesor ha matado a…! —No terminó la frase.
El conserje, cuyos ojos también estaban rojos, le asestó un hachazo en el pecho. Cuando la chica cayó al suelo ya estaba muerta.
Durante un instante el mundo se paró para Tomek.
No entendía nada de lo que pasaba, solo oía los lloros y los gritos de auxilio de sus compañeros, y veía las manchas de sangre por la sala.
Lo único que tenía claro era que había que salir de la escuela cagando leches.
Empujó a Filip con todas sus fuerzas contra la pared que tenía más cercana, este rebotó para caer contra el suelo.
—¡Antek! —gritó con fuerza para que le escucharan todos en la sala—. ¡Tenemos que salir de aquí!
Tomek agarró una silla y la lanzó con todas sus fuerzas contra el conserje. Aprovechando que este perdió el equilibrio por un segundo, Tomek le asestó un puñetazo en el rostro y agarró el hacha.
Salieron por la puerta. En el corredor central había varios cadáveres de estudiantes y otros que corrían en todas direcciones; se escuchaban gritos desde el interior de las otras aulas.
De pronto, al final del pasillo apareció Anna, la profesora de Español.
Era de esas que enamoraba a sus alumnos, joven, atractiva y muy vital, pero en aquel momento solo había ojos rojos y unas tijeras.
La mujer soltó un grito de los que nacen en la garganta y corrió hacia Tomek, que encabezaba el grupo.
Él nunca había pegado a una mujer; se quedó bloqueado.
Por suerte para él, Melania, su compañera, se quitó la mochila de la espalda de un movimiento, la agarró de un asa y con ella golpeó a la profesora en cuanto se acercó.
La fuerza del mochilazo y la velocidad de la profesora hicieron que esta cayera de bruces.
Anna estaba bocabajo cuando se volteó con dificultad; tenía las tijeras clavadas en el pecho, le costaba respirar y, aun así, miraba con odio a sus estudiantes desde el suelo.
—Yo no quería… —balbuceó Melania, que estaba temblando.
Antek la tomó de los hombros y le dijo:
—No has hecho nada malo, nos has salvado. Y ahora tenemos que salir de…
Una de las puertas de las aulas se abrió y salieron corriendo más estudiantes con salpicaduras de sangre. El grupo de Tomek empezó a huir en todas las direcciones, momento en que Antek y Tomek hicieron lo propio.
2
El instituto no estaba en una zona concurrida, aunque eso no impidió que el caos se desatara con rapidez.
En la calle los adultos que trabajaban allí atacaban a los estudiantes sin ningún tipo de contención.
Los jóvenes se dispersaron en estampida, empujándose, gritando y tropezando unos con otros.
Algunos profesores, cansados de usar lápices y bolígrafos como armas improvisadas, habían ido al aparcamiento, se habían subido a sus coches y ahora cazaban estudiantes como si aquello fuera el GTA V.
Los vecinos de las casas cercanas tampoco fueron una excepción.
Corrían por las calles blandiendo herramientas de jardinería.
Antek y Tomek, que vivían cerca del instituto, se metieron en el bosque: el profesor de Música acababa de atropellar a dos estudiantes de primero y parecía haberlos visto.
Corrieron sin mirar atrás hasta llegar a su bloque, al otro lado de los árboles.
3
Era un edificio de cuatro plantas, con cinco apartamentos por piso. Tomek lo miró con miedo. No sabía qué se iban a encontrar dentro, pero fuera no estaban a salvo.
Subieron juntos hasta la segunda planta. Antek se dirigió a su apartamento y Tomek subió dos pisos más hasta el suyo. Acordaron que echarían un vistazo rápido y que el que terminara antes iría a buscar al otro.
Tomek sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta. Desde la muerte de su madre, hacía ya cinco años, el umbral de su casa no se le había hecho tan difícil de cruzar.
Al entrar vio a su padre sentado en el sofá, medio adormilado, mirando la televisión. Tomek cerró la puerta con cuidado y avanzó por el pasillo en silencio. Cuando llegó al salón, su padre levantó la vista, se puso de pie y se acercó despacio.
A Tomek le dio tiempo de ver sus ojos. Rojos. Iguales a los de todos los adultos desde que había salido del instituto.
Su padre le soltó un bofetón con tal fuerza que lo tiró al suelo. Tomek se quedó unos segundos sin entender nada. No sabía si su padre también estaba infectado por aquella rabia inexplicable o si era el mismo cabrón de siempre.
Se le echó encima, se puso de rodillas sobre su pecho y lo inmovilizó.
Cerró el puño y empezó a golpearle la cara.
Tomek se cubría como podía con los brazos, pero el hombre que lo estaba apaleando ya no era su padre.
Él siempre había sabido cómo golpear, dónde hacerlo para no dejar marcas visibles.
Aquel hombre pegaba con una violencia que Tomek jamás había visto.
Había recibido muchas palizas a lo largo de su vida, no obstante, nunca le había devuelto un golpe a su padre.
No se sentía capaz. Ahora estaba en el suelo, sangrando por la nariz, cuando el adulto se levantó y recorrió el salón con la mirada iracunda hasta que encontró un viejo candelabro que había sido de su madre.
Lo agarró por la parte menos gruesa y se volvió hacia Tomek, empuñó el arma y, en un movimiento frío, alzó el brazo dispuesto a reventarle el cráneo a su hijo.
Tomek rodó sobre sí mismo y esquivó el primer golpe.
Por primera vez en su vida, se defendió, pateó con desesperación y consiguió ponerse en pie.
Corrió hacia la cocina mientras aquel hombre lo seguía con paso lento pero firme, como un depredador ante una presa herida y sin escapatoria, blandiendo el candelabro.
Ya en la cocina, abrió un cajón y agarró el primer cuchillo que encontró. Era el del pan. Con la mano temblorosa lo levantó y lo apuntó hacia su padre, no para dañarlo, sino para asustarlo.
—Por favor… no lo hagas —musitó.
El adulto lo ignoró. Le lanzó un golpe brutal con el candelabro que le dio en el hombro y lo hizo caer de nuevo al suelo.
Su padre se lanzó hacia él a bocajarro y Tomek levantó el brazo por puro instinto. El cuchillo se clavó en el esternón. Aun así, el hombre siguió empujando, aplastándolo con su peso, intentando estrangularlo con las pocas fuerzas que le quedaban. Parecía que ignoraba sus heridas.
Tomek gritó con desesperación, su padre trataba de ahogarlo con las manos sin fuerza y él no podía soltar la empuñadura, sin más alternativa que ver cómo el hombre se desangraba sobre él hasta que, al fin, dejó de respirar.
Nunca sería capaz de precisar si fueron segundos, minutos u horas el tiempo que padre e hijo estuvieron en esa postura. Tomek, cuando ya no pudo soportar el hedor del cuerpo, gritó y reptó, dejando tras de sí un camino de sangre, hasta la pared del fondo.
Se sentó apoyando la espalda en la pared y miró al maltrecho cadáver.
—Papá…
4
Después de comprobar que no había nadie en su casa, Antek caminaba en silencio por los corredores del edificio en dirección al apartamento de su amigo.
Las puertas estaban cerradas a cal y canto.
Kamienna Puszcza era una ciudad dormitorio de Varsovia, era normal que a esas horas no hubiera gente en el edificio.
Cuando llegó al piso de Tomek, encontró la puerta entreabierta.
Antek la empujó despacio. Dentro se oía un llanto. Bajó la vista, contuvo la respiración y avanzó por el pasillo. Al girar hacia la cocina lo vio.
El cadáver del padre de Tomek yacía en el suelo, con un cuchillo clavado en el pecho. Los ojos abiertos y rojos.
Antek recorrió la habitación con la mirada hasta encontrar a su amigo. Tomek estaba sentado frente al cuerpo, al otro lado de la cocina. Tenía la ropa empapada de sangre y la cara cubierta con las manos.
Antek corrió hacia él y se dejó caer a su lado.
—¿Qué ha pasado?
Tomek levantó la cabeza. Tenía los ojos hinchados, la mirada rota.
—Yo… yo no quería hacerlo.
Antek se giró hacia el cadáver. El hombre seguía mirándolos, incluso muerto. Volvió la vista hacia Tomek y lo agarró por los hombros.
—No ha sido tu culpa. Esto no es culpa tuya.
Desde que su madre había muerto, su padre se había hecho cargo de él, si es que podía llamarse así. No tenía paciencia, ni afecto, ni nada que se pareciera lo más mínimo a un instinto paternal. Tomek había sido su saco de boxeo, el lugar donde descargar toda su frustración.
Ahora ya no importaba. Nada importaba más que salir de allí.
—Tenemos que irnos —dijo Antek—. Pueden venir más.
Tomek asintió. Se puso en pie, se secó las lágrimas con la manga y salió del piso junto a su amigo sin mirar atrás.
5
Pasaron el resto del día escondidos entre los árboles del bosque, sin saber dónde ir, lejos de los adultos. Antek llamó a su madre.
—¿Mamá? —preguntó, deseando que no estuviera infectada.
—Te voy a matar. Debería haberte abortado…
Antek colgó sin poder contener el llanto. Ella siempre había sido su apoyo, era una buena mujer.
A media tarde, sonó una alerta de WhatsApp en el móvil.
Era el grupo de clase, Melania decía: «Mi madre ha intentado matarme».
Ese fue el único mensaje que recibieron de sus compañeros de clase, el resto nunca volvió a dar señales de vida.
Melania fue la única superviviente, por lo que supieron después.
Quedaron con ella en una vieja fábrica abandonada donde los estudiantes solían beber los sábados por la tarde.
Al llegar se dieron cuenta de que no habían sido los únicos que habían tenido la misma idea.
Había algunos niños y adolescentes. Todos habían llegado allí por el mismo motivo: era un lugar al que sus padres siempre les habían prohibido ir.
Y, de algún modo, eso significaba que allí aún podían estar a salvo.