CAPÍTULO 7
La Despensa
—Despierta —dijo una voz.
Lo primero que sintió Jan fue un dolor intenso en las muñecas y en las axilas.
Abrió los ojos, todavía mareado. Vio que estaba en una despensa sin ventanas bastante amplia y vieja, iluminada por dos bombillas que colgaban del techo.
En las paredes había estanterías metálicas con potes de cristal para conservas que parecían contener carne en salsa.
Del techo colgaban ristras de embutidos: salchichas o morcilla.
En el centro de la sala había una mesa de madera, sencilla y antigua, las vetas estaban abultadas por el paso del tiempo y más oscuras que el resto de la tabla.
Sobre ella había unos cuchillos de todo tipo.
—¿Ya estás despierto?
Jan giró la cabeza, el cuello le dolía horrores; a su lado, en la oscura estancia, había un joven.
Estaba en calzoncillos, atado con una cuerda por las muñecas a una viga del techo.
Jan se despertó de golpe, miró sus manos y se dio cuenta de que estaba en la misma situación que él.
Sus pies tocaban el suelo, pero al haber estado inconsciente y no haber podido cargar el peso en las piernas, los brazos se habían llevado la peor parte.
Clavó las plantas de los pies en el suelo y se irguió, lo que le proporcionó un leve alivio en las extremidades, aunque la cuerda seguía tirando de él.
Una mosca se posó un momento en su hombro y echó a volar.
—¡Despierta! —insistió el muchacho.
Jan lo volvió a mirar y lo reconoció en el acto, la última vez que lo había visto fue cuando hizo un grafiti en la fachada de su casa.
—¿Tomek?
El muchacho, que también parecía estar dolorido, hizo una mueca.
—¿Nos conocemos?
—Joder —espetó molesto—, soy tu profesor de Español.
El chico sonrió con amargura y miró al techo.
—Menuda mierda. No solo me secuestran un par de sociópatas, sino que encima me encierran con un viejo loco.
—¿Qué? —El cerebro de Jan tenía un límite para lo absurdo y desde que había despertado frente a su casa había sido un no parar.
Tomek lo miró con lástima.
—Creo que te has dado un buen golpe en la cabeza. Eso explica por qué no quieres matarme. Mi profesora de Español se llamaba Anna y espero no volver a verla nunca.
Jan se quedó en silencio. Todo era diferente, su casa, su calle, sus suegros no lo habían reconocido y ahora Tomek. Si quería saber qué pasaba tenía que adaptarse.
—Tomek, ¿dónde estamos?
—En el sótano de unos ancianos. Tenemos suerte de que sean viejos. Diría que estos dos solo son caníbales, así que tenemos algo de tiempo —dijo mientras miraba los potes de la despensa.
—¡Qué coño…!
Tomek lo miró sorprendido.
—Sí que te has dado un buen golpe. ¿Los viejos de arriba también te han dado un sartenazo en la cabeza o te han drogado? No veo que tengas sangre en la nuca.
Jan asintió mientras recordaba que se había mareado y caído contra el suelo.
—Bien —siguió Tomek—, pues te han drogado y te han traído.
—¿Y tú cómo has llegado aquí?
Tomek puso mirada perdida. Jan reconocía el gesto en él; durante las clases, cuando buscaba una palabra en su mente, siempre lo hacía.
—Me encontré a una vieja, más vieja que tú y menos que los de arriba. Confié en ella porque no tenía los ojos rojos y me aseguró que aquí había unos niños escondidos. Así que decidí venir a buscarlos y llevarlos con mi grupo. La cagué al venir solo.
—¿Una vieja?
—Sí, la muy puta me metió en esta trampa. Si la vuelvo a ver, te juro que me la cargo. No estaba infectada, igual que tú, por eso creí que era de fiar, pero no, era una pedazo hija de puta. La tía me golpeó con algo y me dejó tirado en la puerta de estos dos.
Jan se quedó en silencio. Nada tenía sentido. Miró a Tomek, este estaba haciendo algo con sus muñecas y la cuerda.
—¿Qué haces?
—¿Qué coño voy a hacer? No quiero terminar siendo una puta morcilla. Intento soltarme. Estos viejos no tienen ni puta idea de hacer nudos.
—¿De verdad crees que nos van a matar? —preguntó aterrado.
—Pues claro. Son caníbales, es lo que hacen —dijo—, solo espero soltarme antes de que vuelvan.
—¿Por qué son caníbales?
—Ya sabes cómo funciona: los menos viejos parecen salidos de la matanza de Texas y los más viejos del silencio de los corderos.
—¡No entiendo una mierda de lo que estás diciendo!
Tomek paró de forcejear con la cuerda y escrutó a Jan.
—¿De dónde coño sales tú?
—¿Caníbales? —preguntó contrariado.
—Sí, los que comen personas…
—Sé lo que es un puto caníbal, pero ¿qué coño tienen que ver con esto?
—En serio, te has dado una buena hostia en la cabeza.
A Jan nunca le había caído bien Tomek. No había hecho nada para merecérselo, salvo ser cortito en clase y coincidir con Jan en una etapa en la que no tenía paciencia. Pero este nuevo Tomek sí le estaba tocando los huevos. Su enfado se imponía al terror.
—Tomek, céntrate. —Su tono de voz fue tan autoritario que el muchacho paró—.
No sé si me he dado un golpe en la cabeza o estoy como una puta cabra o, lo más probable, estoy muerto y esto es el infierno.
Así que cuéntame lo que sabes, lo último que recuerdo es irme a mi casa en un mundo normal y hoy me he despertado en uno con caníbales.
Ahora haz un puto esfuerzo y cuéntame qué coño está pasando.
Tomek sonrió, no estaba acostumbrado a oír tantas palabrotas en un adulto.
—No creo que estés muerto ni que esto sea el infierno… aunque lo de que estás loco es probable. Pero si quieres, te cuento cómo lo viví yo.
Jan asintió.
—OK. Todo empezó el quince de septiembre…