La ladrona de adoquines CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Ojos rojos

Al despertarse, Jan sintió el sol en la cara.

Abrió los ojos despacio. La última vez que había visto luz natural fue en diciembre, y sus pupilas tardaron en adaptarse. Cuando lo hicieron vio la hierba: verde, alta, crecida entre los adoquines rotos de su jardín. Olió tierra húmeda.

«¿Primavera?», pensó.

Una mosca se posó en su nariz. La espantó y, entonces, identificó el bosque que tan bien conocía, el jardín abandonado que había detrás de su casa.

Se levantó con una agilidad que le sorprendió.

Miró hacia sus pies esperando encontrarse su gran panza, pero ya no estaba; solo vio un chándal Adidas de dos piezas, rojo con franjas blancas, y las zapatillas de deporte que había usado dos veces, o eso creía.

Tiró de la cremallera hasta el final y dio con una camiseta blanca, se la levantó para ver su abdomen e, incrédulo, lo palpó con la mano y se sorprendió al notar que tenía músculos.

Acto seguido, con el pulgar agarró la cintura elástica del pantalón y los calzoncillos y tiró para verse el pene.

«Ahí estabas», pensó sin saber cuánto tiempo hacía que no se lo había visto desde ese ángulo.

Al momento reparó en el sonido, era la brisa agitando las acículas de los pinos. Rápido, se palpó las orejas en busca de los audífonos, seguían ahí.

«¿Cómo he podido olvidar ese sonido?», pensó. No sabía lo que lo añoraba hasta haberlo recuperado. Oyó el viento golpear las ramas por primera vez en años. Una lágrima cayó por su rostro.

Se limpió la cara con las palmas y se dio la vuelta dispuesto a entrar en su casa, pero lo que vio lo dejó de piedra, aunque lo despertó de golpe.

El edificio estaba abandonado. Donde deberían estar las ventanas había enredaderas que entraban y salían del interior de la casa cubiertas por musgo y tierra. En el suelo había trozos de los marcos y cristales.

«¿Es mi casa?». «¿Qué ha pasado?». «¿Cuánto tiempo?».

Corrió hacia el interior, con la esperanza de encontrar respuestas.

Entró por lo que quedaba de la puerta de la cocina.

Aunque todos los muebles estaban podridos, reconoció el mobiliario.

Cuando había heredado la casa había hecho una reforma radical para poder alquilarla bien de precio, pero ahí no había nada de lo que él mismo había comprado.

Eran los muebles de sus padres, con los que él se había criado.

Caminó con pasos cortos y nerviosos hacia el salón.

Al entrar se encontró lo mismo que en la cocina: muebles destruidos por las plantas y las goteras.

Centró la vista en el viejo buró de su padre, que estaba abierto.

El cajón del fracaso era el único que parecía no haber cedido.

Jan sujetó con dedos torpes el pequeño pomo oxidado y tiró del cajón poco a poco. Estaba vacío.

Aturdido, salió a la calle para ver la fachada.

Caminó con cautela entre los escombros y las plantas que habían levantado los adoquines de la entrada.

Una vez fuera, observó el exterior del edificio: estaba igual de reventado que la parte del jardín, pero no había rastro de la pintada de Tomek.

Solo el bosque reclamando lo que era suyo por derecho.

«Pero ¿qué coño está pasando?».

Giró la cabeza para ver si su coche seguía en su lugar.

No estaba, pero en la entrada que separaba el camino de tierra de la propiedad había una mochila que destacaba entre todo lo que había visto hasta el momento: estaba limpia y era de un verde chillón, parecía nueva.

Se acercó y se acuclilló frente a ella. Esta tenía una sola cremallera y ningún bolsillo pequeño.

La abrió. En su interior había dos cartones de tabaco Lechuza.

En su vida había visto esa marca. El logo era una lechuza con gafas de sol, en un fondo negro.

Rebuscó en la mochila y dio con cuatro mecheros y un sobre cerrado que tenía impreso con la misma fuente de la pantalla donde había estado retenido:

PARA TI

Miró alrededor; la calle estaba desierta. Abrió el sobre y sacó un papel. Lo desdobló y vio la misma letra del sobre:

SI QUIERES SObrEVIVIR, NO TE QUITES LOS AUDÍFONOS

SI LOGRAS SObrEVIVIR, VOLVERÁS A TU MUNDO

Jan no entendía nada de lo que estaba pasando. Lo único que tenía claro era que quien le estaba haciendo eso era un hijo de la gran puta.

Se puso de pie de un salto y le sorprendió la agilidad con que lo hizo. Llevaba tanto tiempo pesando ciento veinte kilos que no estaba acostumbrado a hacerlo sin maldecir sus rodillas y aferrarse a algo para tomar impulso.

Sacó un paquete de cigarrillos del cartón, guardó el resto en la mochila y salió a la calle.

Se paró en mitad de la vía y se giró con la esperanza de ver las luces de Navidad en casa del vecino.

No reconoció el edificio, este era de un estilo más moderno, un cuadrado de paredes grises en el que, en vez de ventanas rústicas, había vitrinas.

No había ningún coche en la calle y en la casa no parecía haber nadie.

Jan dio una calada al cigarrillo, le repugnó. Volvió a inhalar de todas formas, sabía que era cuestión de pocos cigarrillos recuperar el sabor habitual.

Caminó en dirección a casa de sus suegros, que vivían solo a cuatro calles; ellos sabrían más de lo que estaba sucediendo.

2

Durante el breve trayecto se había fijado en que algunas de las casas que él conocía ya no estaban, o había parcelas vacías o edificaciones diferentes. Por un lado, sentía que estaba en su ciudad, pero había tantos cambios que se sentía fuera de lugar.

No se encontró ni un alma por el camino.

Dedicó el tiempo a pensar en su situación.

Las dos opciones que le parecían más plausibles no tenían que ver con su secuestrador: había muerto y eso era el purgatorio o el infierno, o se había vuelto loco.

Pero lo que sí tenía claro era que lo que le estaba sucediendo no lo podía haber hecho nadie.

Lo de encerrarle en una habitación a hacer deporte tenía una lógica, pero rediseñar su ciudad lo veía imposible.

Dentro de lo que cabía, se sentía tranquilo.

Supuso que era cosa de las drogas, o de estar muerto.

3

La casa de sus suegros siempre le había resultado pomposa, la típica de nuevos ricos.

La habían construido desde cero y con mucho dinero a mediados de los noventa, simulando ser un palacete francés de dos plantas, con un cuidado jardín rodeado por caminos de adoquines.

La fachada se pintaba de colores rojizos pastel, como mínimo, cada cinco años.

El padre de Magda era un capullo integral, pero había sabido ganar mucho dinero durante la transición. El gusto no se podía comprar. Qué pena.

Jan se paró frente a la casa, no parecía haber ningún cambio en ella, eso lo tranquilizó. Abrió la verja y siguió por el camino de adoquines hasta la entrada principal. Esperó unos segundos con miedo a lo que pudiera encontrar en el interior. Llamó con los nudillos a la par que dijo en voz alta:

—¡Diana! ¡Leszek! ¡¿Hay alguien?!

A los pocos segundos, oyó varios pasos en el interior.

Ese fue el primer momento desde que había despertado en que sintió que todo era real, esperaba con ansia que se abriera la puerta y, tras ella, estuvieran su hija y su exmujer.

La puerta se abrió.

En opinión de Jan, sus suegros eran ricos de postín, y eso los hacía ridículos.

Nunca había entendido cómo Magda había salido tan normal habiéndose criado con ellos.

Diana, pese a sus excentricidades, era buena gente, siempre lo trató con cariño; en cambio, Leszek era de esos tipos de pose erguida y con un talento que Jan admiraba con sorna: era capaz de mirar a todos por encima del hombro, aunque le sacasen veinte centímetros; era probable que se debiese a su incapacidad de sacarse el palo del culo.

Los dos tenían un aspecto cuidado; ella se hacía la manicura y las cejas dos veces al mes, él siempre con el mismo peinado y recién rasurado, con pantalones y camisas planchadas.

Jan nunca los había visto ni en chándal ni en pijama, ni siquiera se dejaban visitar cuando estaban con un catarro, o todo perfecto o nada.

Por eso la lastimosa imagen que se encontró tras la puerta le hizo dar un paso atrás.

Ellos estaban como siempre, salvo por los ojos rojos, como si tuvieran la peor conjuntivitis que hubiera visto jamás.

—¿Diana? ¿Leszek? —preguntó.

—Sí —contestó ella con una sonrisa que lo inquietó.

—¿Es… estáis bien? —preguntó con una mezcla de miedo y preocupación.

Ella miró detrás de él, como si esperara encontrar algo.

—¿Quién eres? —preguntó Leszek cortante.

Jan se quedó boquiabierto.

—¿Qué? Jan. Soy Jan.

—Y yo Leszek —dijo, poniéndose delante de su mujer, como si la protegiera—. ¿Qué quieres?

—Joder —protestó molesto, no recordaba haber soltado ningún taco frente a ellos nunca—. Soy tu yerno.

Los ancianos se miraron extrañados un momento, pero Leszek volvió a observarlo con una sonrisa vacía. Diana se puso delante de él y colocó la palma de la mano en su pecho para frenarlo. Ella tomó el control de la situación.

—Cariño —le dijo—, este niño está confundido. Pero no parece peligroso.

Después miró a Jan con sus ojos rojos y sonrió con una falsedad que no le había visto nunca.

«¿Qué es esto?». Todas las teorías de lo que le estaba sucediendo volvieron a su mente de golpe. Y la de estar muerto y en el infierno se volvió la más factible.

La anciana sonrió con más fuerza.

—Niño, pasa a nuestra casa. Seguro que lo ves todo más claro con una tacita de té.

Jan asintió. La mujer lo tomó del codo y lo hizo entrar.

La decoración de la casa era la misma de siempre, llena de figuritas de cerámica sin un ápice de polvo, aunque en la repisa no había fotos de sus hijos ni de sus nietos.

Diana lo llevó hasta la cocina y lo invitó a sentarse en la mesa. Leszek se quedó de pie y en tensión, dos pasos detrás de ella, mientras Diana encendía el calentador de agua. Luego se giró con una sonrisa que helaba la sangre.

—Niño, creo que estás confundido. No puedes ser nuestro yerno, no tenemos hijos.

Jan levantó la mirada para ver a la mujer.

—Vuestra hija se llama Magda.

—Bonito nombre, ¿no crees, Leszek? —miró a su marido con complicidad. Él le respondió asintiendo tenso.

—No miento —murmuró con la cabeza gacha.

—Lo sé —contestó ella, sentándose frente a él. Lo tomó de la mano—. Niño, en esta época que nos ha tocado vivir, no es raro que la mente nos juegue malas pasadas. No eres el primer crío perdido que veo. Todo ha cambiado desde… —no acabó la frase como hubiera querido—, desde que todo cambió.

Se puso de pie y fue hasta el fogón. En silencio, vertió el agua en una taza; estaba caliente, pero todavía sin hervir. Luego cogió un pote metálico y lo abrió. Echó un par de generosas cucharadas de hierbas secas en el agua.

—Mi madre me dio esta receta —dijo mientras ponía la taza en la mesa—. Es una mezcla de tés secreta —sonrió—, verás como te sientes mejor.

Jan estaba tan aturdido y hacía tanto que no recibía nada de cariño que no dudó, cogió la taza con las dos manos, sintiendo el calor entre los dedos. Le pareció percibir algo de anís. Miró a la mujer.

Ella asentía y dijo:

—Bébetelo de golpe y te sentará mejor.

Él lo hizo.

Una vez se lo terminó, todos se mantuvieron en silencio unos minutos.

Jan estaba bloqueado. «¿Puede ser que esté loco?

», nunca había conocido a nadie en un psiquiátrico.

Pero nada de lo que había vivido en los últimos tiempos tenía ningún sentido ni lógica.

Y la locura le parecía más factible que haber muerto e ido al infierno.

Se puso de pie para observar el exterior desde la ventana, pero en ese momento las piernas le fallaron y cayó de bruces.

Diana se acercó a él sin perder la sonrisa, se quedó parada observándolo como si fuera un niño. Leszek, aún serio, se puso al lado de ella.

—Diana, cógelo de los pies y yo de…

Jan se desmayó.