CAPÍTULO 5
La cinta
Jan abrió los ojos. La luz lo cegó. Durante unos segundos que le parecieron eternos, solo vio un blanco brillante. No sabía cuántos días llevaba en la penumbra. Suponía que habían sido muchos por lo que tardaron sus ojos en adaptarse a su nueva realidad.
Se sentó en la cama. Llevaba puesto un chándal rojo ajustado que le hizo sentir como una morcilla.
Observó el habitáculo, aún con destellos blancos.
El lugar era similar a como lo había palpado.
El suelo, las paredes y todo el mobiliario era metálico.
Los suelos de chapa rugosa, las paredes de planchas de acero, el váter sin tapas y la pila empotrados a la pared, el escritorio atornillado al suelo.
Los únicos muebles que llamaban la atención entre tanto acero eran la espaldera de metal, la cinta de correr de diferentes materiales, el colchón de silicona en el que estaba sentado y la pantalla cuadrada que había sobre la mesa.
Miró al techo y vio unos paneles de plástico blanco que lo cubrían todo y estaban iluminados; en las esquinas del techo había unos minúsculos conductos de ventilación.
Asustado, se puso de pie de un salto.
—¿Dónde coño está la puerta?
Dio un giro de trescientos sesenta grados para asegurarse de que no se le había pasado, pero no había ninguna salida, era como estar atrapado en el interior de una lata sin abrir.
La pantalla se iluminó, dejando un fondo blanco. Jan, temeroso, se acercó unos pasos hacia ella. Nunca había visto una pantalla tan fina, el grosor era como el de una cartulina y no estaba conectada a ninguna toma de corriente.
Unas enormes letras negras y en mayúscula aparecieron:
AbrE LA CAJA
—¿Qué? —preguntó Jan.
El mensaje no cambió. Miró a su alrededor y entonces reparó en una cajita metálica que había sobre el escritorio.
Se acercó a ella y la cogió. La sopesó unos segundos; era ligera, si no fuera porque sentía un leve tintineo en el interior, pensaría que estaba vacía.
La abrió. Dentro había dos audífonos médicos.
Eran grises, con cable semitransparente conectado a una pieza de color carne; la parte gris era minúscula.
La única diferencia que había entre los aparatos era que uno tenía una plaquita roja y otro azul.
Jan miró la pantalla.
PÓNTELOS
ROJO EN LA DERECHA
AZUL EN LA IZQUIERDA
Estaba tan asustado que lo hizo sin cuestionar. Le sorprendió que cada auricular quedara tan ajustado a su oído. No eran moldes estándar. Entonces recordó que durante la penumbra le habían inyectado algo en los oídos.
ESPERA
Durante unos segundos no oyó nada, pero, de pronto, escuchó un zumbido lejano, el de un motor.
SÚBETE A LA CINTA DE CORRER
Ahora la pantalla venía acompañada de la voz distorsionada y profunda de un hombre. Le recordó a la que usaban los psicópatas en las películas de suspense cuando querían hablar con el policía a cargo de la investigación.
Observó la cinta y en ese momento reaccionó, se encaró a la pantalla con una mezcla de furia y terror.
—¡Una mierda! ¡Sácame de aquí! ¡Hijo de puta!
SÚBETE A LA CINTA DE CORRER
—¡No! ¡Sácame de aquí ya!
No hubo respuesta, salvo que el mensaje se mantuvo.
—¡No puedes obligarme!
La pantalla dejó de ser blanca unos segundos para dar paso a una fotografía.
Al verla, a Jan se le heló la sangre. Era una imagen de Zofia en un campeonato de ajedrez. La pantalla blanca volvió.
LO QUE NO HAGAS TÚ, LO HARÁ ZOFIA
SÚBETE A LA CINTA DE CORRER
Las piernas de Jan estaban clavadas en el suelo como si se las hubieran enganchado con cemento. Miró la máquina de correr en el centro de la sala y, después, de nuevo a la pantalla.
LO QUE NO HAGAS TÚ, LO HARÁ ZOFIA.
—¿Por qué me haces esto?
La pantalla se mantuvo igual. Como si ese mensaje fuera suficiente respuesta para todas las preguntas que se hacía.
—A ella no le hagas daño —imploró con lágrimas en los ojos.
SÚBETE A LA CINTA DE CORRER
Jan bajó la cabeza y fue hasta la cinta.
Sobre ella había un par de zapatillas deportivas.
Eran rojas, a juego con su chándal. Jamás había visto unas como esas.
No tenían lengüeta ni cordones. Se sentó en el suelo y se las puso, acto seguido, las zapatillas comenzaron a hincharse desde dentro hasta quedar adaptadas a los pies.
En ese momento, supo que la persona que le estaba haciendo esto debía de tener mucho dinero, porque, aunque no estuviese puesto en moda deportiva, no eran normales, eran algún tipo de prototipo.
Se puso sobre la cinta, esperando indicaciones.
Pero no las hubo. La máquina se encendió sola.
Había una pequeña consola con una pantalla roja que marcaba la intensidad y una cuenta atrás.
La cinta empezó en el nivel cinco y, al lado, marcaba cincuenta y nueve segundos.
Después de un minuto, la máquina se puso al seis.
Jan podía mantener ese ritmo. Después de tres minutos, aferrado a las barras de sujeción, corría al nivel nueve.
Creía que le iba a dar un infarto cuando, de pronto, la máquina volvió al cinco.
Aguantó cuatro series antes de desmayarse.
2
Se despertó de nuevo en el colchón de silicona. Se sentó en el borde de la cama y miró hacia la pantalla, esta tenía un mensaje.
COME
Se puso de pie y miró a su alrededor, sobre la mesa había una fiambrera de metal.
«Cómo no», pensó. Junto a él había una cuchara.
Era raro, sabía que llevaba días ahí encerrado, pero no tenía nada de hambre.
Se sentó en la silla y abrió la tapa del envase.
Al ver el contenido, su apetito no se acrecentó: era una especie de gelatina verde, similar a las que le gustaban a Zofia cuando era niña. La voz y la pantalla repitieron:
COME
«Llamar a esto comida es un puto eufemismo», pensó, pero no tuvo el valor de decirlo en voz alta. Agachó la cabeza y comió.
SÚBETE A LA CINTA DE CORRER
Jan observó la pantalla un segundo, no iba a volver a negarse, no quería poner en peligro a su hija.
Se subió a la máquina y empezó el entrenamiento de nuevo. Esta vez aguantó seis series y media antes de caer rodando contra el suelo.
«Mierda, me ha secuestrado un puto fanático del fitness », pensó, adormilado, antes de desmayarse.