La ladrona de adoquines CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Oscuridad

Jan se despertó por el frío.

Aún tumbado bocarriba, agarró la manta y se arropó. Algo no cuadraba: él no usaba manta, sino nórdico.

Abrió los ojos, pero estaba en completa oscuridad; las luces de Navidad de su vecino no se filtraban por las cortinas de poliéster.

«Joder, anoche bebí demasiado», pensó.

Se incorporó y notó que el colchón era mucho más rígido que el de su sofá cama. Lo palpó y notó que era de piel o plástico, no de algodón.

Su corazón comenzó a latir con violencia. Rápido, se giró para bajarse de la cama por el lado derecho, como hacía siempre, pero sus piernas chocaron contra algo duro. Con la palma de la mano, lo tocó: era una pared fría, juraría que de metal.

Notaba que le faltaba el aire.

Pasó las piernas por el lado izquierdo. Ahí no había pared. Apoyó los pies descalzos en el suelo. Al sentir una textura extraña, volvió a meterlos con rapidez en la cama. Con la mano exploró la superficie del suelo: también parecía de metal, aunque corrugado.

Dado que solo llevaba puestos unos calzoncillos, cogió la manta y se la colocó a modo de chal. Seguía teniendo frío. Se puso de pie mientras, de nuevo con las manos, sondeaba lo que tenía alrededor.

—¿Hola? —preguntó con miedo.

Dio unos pasos a tientas; sus pies desnudos sentían cada rugosidad del hierro corrugado, sin distinguir las formas. Al séptimo paso, tropezó con algo y cayó de bruces; solo tuvo tiempo de cubrirse el rostro.

Las piernas y el abdomen se llevaron la peor parte: habían chocado contra una superficie dura a un palmo del suelo.

La cabeza había recibido un golpe menor al chocar contra el hierro corrugado, el resto de las extremidades colgaban de la estructura.

Clavó las manos sobre el objeto para incorporarse.

Entre gemidos, quedó a cuatro patas. Las lágrimas de dolor le resbalaban por las mejillas, pero trató de centrarse.

Palpó el objeto. Era un rectángulo grande cuyos bordes parecían paneles lisos de plástico, el centro de la estructura era rugoso e inestable, se movía unos centímetros en una dirección y en la contraria, aunque terminaba bloqueándose.

Se puso de pie y volvió unos pasos hacia atrás en busca de la cama en la que se había despertado. Una vez lo logró, clavó la mano en la pared y comenzó a seguirla, dando pequeños pasitos hasta llegar a una esquina.

En ese momento, las sienes le latían desbocadas.

Cerró los ojos e inspiró hondo. Se llevó el índice y el corazón al cuello y los clavó al lado de la tráquea para tomarse el pulso.

Lo había aprendido en un curso obligatorio de primeros auxilios en el instituto.

Desconocía cómo calcular las pulsaciones, pero sí sabía distinguir si eran lentas o rápidas.

Trató de regular su respiración. Un sudor frío recorría su espalda y sentía una opresión en el pecho. Hizo respiraciones largas. No sabía si era un ataque de pánico o un infarto.

Unos minutos después, volvió a abrir los ojos, aunque seguía sin ver nada.

Siguió tratando de controlar su respiración.

Con la mano recorrió la habitación para intentar dilucidar dónde se encontraba, mientras se esforzaba por recordar lo que había hecho la noche anterior: había discutido con Zofia; había vuelto del instituto y se había bebido solo un par de botellitas de vodka. Nada que justificara ese despertar.

Calculó que la primera pared tendría una medida de cinco pasos y la segunda de siete; a mitad de esta, se había topado con algo que parecía ser una mesa y una silla, ambas de metal.

En la tercera pared dio con una especie de escalera de madera.

Demasiado ancha para serlo, pensó. Lleno de incertidumbre, agarró los escalones y comenzó a trepar, esperando encontrar una trampilla por la que poder salir.

Al sexto escalón, se dio un cabezazo con el techo: parecía ser del mismo material empleado en las paredes. Ahí no había ninguna salida.

En la esquina que unía la tercera y cuarta pared, halló lo que parecía un váter y un fregadero. Al llegar de nuevo a la cama, se dio cuenta de que en todo el recorrido no había notado ninguna puerta. Solo chapas de metal de un metro de ancho, tan pegadas entre sí que no cabía ni una uña.

—¡¿Hay alguien?! —gritó. Pero solo oyó su propio eco.

Se frotó las orejas e hizo la maniobra Valsalva. Seguía sin oír nada.

Se puso de pie de nuevo; esta vez, no le importaba que su corazón estuviese a punto de estallar. Fue hasta una de las paredes y comenzó a golpearla.

—¡Dejadme salir! —gritó.

2

Jan no sabía cuánto llevaba ahí, pero calculaba que unas pocas horas. Ya había desistido de gritar y de aporrear las paredes: no había conseguido nada salvo dolor en las manos.

Sentía tantos temblores que se estiró en la cama y se tapó, convencido de que el calor le ayudaría a pararlos. Se acurrucó sobre sí mismo como un bebé y respiró por la nariz. Tenía náuseas y temía que, si usaba la boca para respirar, se vomitaría encima.

Al rato, el cansancio y el estrés acumulado le hicieron caer en un sueño profundo.

3

Gritó. Un fuerte pinchazo en el hombro lo había despertado. Intentó removerse, pero estaba boca abajo, atado de muñecas y tobillos.

Unas manos lo agarraron con brusquedad y lo hicieron girar hasta dejarlo de lado. Una rodilla se clavó en su cuello, atrapándolo contra el colchón e inmovilizándolo.

Volvió a gritar, impotente, al no poder moverse. Estaba adormilado, como si estuviera fumado.

Se le introdujo algo duro en el oído; era muy pequeño y puntiagudo. Su conducto auditivo comenzó a llenarse de algo viscoso.

—De… déjame —alcanzó a balbucear. Las palabras se mezclaban con el sabor de sus lágrimas y su sudor.

El líquido viscoso fue aumentando de volumen, como si fuera a reventarle la cabeza, hasta que, de pronto, paró y se endureció como una piedra. A continuación, sin miramientos, fue arrancado de un tirón.

Jan gritó con todas sus fuerzas, pero no impidió que se repitiese lo mismo con el otro oído.

Poco a poco, el dolor y la angustia se fueron volviendo lejanos. Trataba de mantenerse despierto, pero no pudo. Lo habían drogado.

4

Se despertó empapado en sudor y orina; seguía atrapado en la oscuridad. Al palpar su brazo, notó que lo habían pinchado más veces.

Al incorporarse sintió náuseas. Fue tal la arcada que se inclinó dispuesto a vomitar. Nada: tenía el estómago vacío.

Se puso de pie, pero tuvo que apoyarse en la pared.

Llegó al fregadero a tientas. Palpó el grifo hasta dar con la manija.

En cuanto salió el agua, puso la boca como si fuera el hocico de un perro en una fuente.

Sintió otra arcada. Con la mano, buscó el váter y se arrodilló para vomitar todo lo que acababa de beber.

Se quedó dormido con la cabeza en la taza.

5

Abrió los ojos, pero nada: seguía rodeado de penumbra. Estaba en la cama, no sabía cómo había vuelto ahí. En cuanto notó que llevaba otra muda, supo que no lo había hecho él; lo habían traído de nuevo al colchón.

Palpó su ropa y reconoció las prendas: un pantalón de chándal y una sudadera sin capucha.

Se sentó y constató que ya no tenía náuseas ni mareos, solo miedo.

—¿Quién coño me está haciendo esto?

Jan caía mal a muchísimas personas, pero no hasta el punto de enterrarlo vivo.

Pensó en sus compañeros de trabajo: pese a que era desagradable con ellos, nada que justificara esa tortura.

En sus estudiantes: nadie odia al profesor de Español, y él además solía aprobarlos a todos, estudiasen o no, para así ahorrarse los e-mails de los padres quejicas.

También pensó en su exsuegro, que lo detestaba desde el primer día y con especial inquina desde la separación.

Tenía dinero para montar algo así y podía llegar a ser un hombre muy retorcido, pero no hasta ese punto.

Le gustaba más el estilo pasivo-agresivo.

—¡Hijo de puta! ¡Déjame salir! —gritó. Solo oyó el lejano eco.

Más tarde, probó a clavar la oreja en la pared, a ver si escuchaba algo. Nada.

6

En esa etapa del encierro ya no podía conciliar el sueño. Dormitaba unos minutos y se despertaba con la sensación de caer al vacío. En uno de estos despertares se acuclilló sobre sí mismo y lloró.

—¿Por qué? No me lo merezco. ¡Cabrón! ¡Mátame ya!

7

No sabía cuántos días llevaba, pero por su barba diría que entre cinco y siete. No había comido nada en ese periodo. Era increíble que aún tuviera fuerzas para ponerse en pie. Había notado más pinchazos en el hombro y en el antebrazo. Lo habrían estado sedando y alimentando por vía intravenosa.

«¿Por qué?».

8

Decidió volver a explorar el centro de la habitación, un rectángulo de unos treinta metros cuadrados. Los lados los conocía; de hecho, ya no necesitaba apoyarse en la pared para llegar al váter o al fregadero.

Caminó hacia el centro, recordando que el primer día había tropezado con un mueble extraño.

Al llegar a él, lo examinó con la mano de nuevo.

Era como una tarima con barandilla. Se puso encima y agarró la barra metálica, notó una pieza de plástico ancha con botones.

En ese momento supo de qué se trataba: era una cinta de correr.

Se bajó de la cinta y siguió explorando. Dio con un pequeño banco de metal acolchado y, al lado, una pirámide pequeña llena de tubos y discos pesados. «Mancuernas», pensó.

Después dio con un saco colgado en el centro de la habitación. Teniendo en cuenta los muebles que ya había reconocido, supo que se trataba de un saco de boxeo.

Llegó a la pared en la que estaba el objeto que había confundido con una escalera durante su primer día: una espaldera.

Se dejó caer en el suelo.

—Me han encerrado en un gimnasio —murmuró.

Más tarde, siguió buscando por la sala algo afilado con lo que poder defenderse si llegaba el caso, pero al no haber nada, se tuvo que conformar con una mancuerna. La palpó con la mano hasta llegar al final del tubo: este era de rosca y terminaba en un filo muy pequeño.

Se preguntó si con él podría cortarse las venas.