CAPÍTULO 3 #2
El suelo era de baldosas marrones y en una de las paredes había una veintena de puertas rectangulares blancas puestas en filas de tres por cinco.
Por las series de televisión Magda habría supuesto que serían plateadas.
La iluminación era uniforme y fría, carente de sombras.
Se escuchaba el leve zumbido de las neveras.
Aunque fue el olor lo que jamás olvidaría de esa habitación, no olía a nada.
Casi sintió alivio al sentir el aroma a cigarrillos que impregnaba la ropa de Zieliński.
Le llamó la atención que en una esquina hubiera un cubo repleto de agua cristalina con una mopa dentro, se preguntó qué haría eso ahí, no parecía combinar con el resto del mobiliario.
El forense caminó hacia una de las puertas y agarró el asidero. Miró a Magda con seriedad. Antes, en su despacho, el hombre había sido muy cordial, le había explicado en qué consistiría el procedimiento:
—Señora Borowska, sé que es un momento difícil para usted.
Antes de empezar, quiero asegurarle que todos estamos aquí para brindarle apoyo.
Si en algún momento siente la necesidad de parar, hágamelo saber.
Estoy aquí para ayudarle en todo lo que necesite.
Cuando le muestre el cuerpo solo necesitaremos una identificación rápida y volveremos al despacho, donde estaré a su disposición para responder cualquier pregunta que pueda tener.
Pero, señora, tenga en cuenta que su marido estuvo en el agua durante más de veinticuatro horas, no será como usted lo recuerda. ¿Me ha entendido?
Ella había asentido, pero ahora que estaba frente a la nevera sintió náuseas y las piernas temblorosas. La trabajadora social se puso a su lado y la cogió del brazo.
El forense abrió la puerta y sacó una enorme bandeja donde estaba el cuerpo protegido por una bolsa negra de plástico grueso. Tenía una cremallera de metal que iba de la cabeza a los pies.
El forense cogió con el pulgar y el índice el tirador de la cremallera.
—Señora Borowska, tómese su tiempo. Una vez lo identifiquemos, volveremos a mi despacho.
Ella asintió y el forense tiró de la cremallera hasta el cuello.
Magda lo reconoció al momento, pese a que la cara de Jan estuviera hinchada.
—Sí, es él —dijo.
Después se dio la vuelta para marcharse rápido, pero al segundo paso cayó de rodillas y vomitó.
7
—¿Se encuentra mejor, señora Borowska? —preguntó la trabajadora social apoyada en la puerta.
—Sí —contestó Magda entre sollozos—. Necesito un momento.
Se encontraba en uno de los cubículos del baño de mujeres de la oficina del forense. Estaba sentada en la taza, tapándose el rostro con las manos.
No podía sacarse de la cabeza la imagen de la cara de Jan, los párpados estaban tan hinchados que parecía que iban a estallar. Se esforzó por recordar sus ojos verdes.
Fue incapaz.
8
Magda y Jan tenían la misma edad, se habían criado a cuatro calles de diferencia en Kamienna Puszcza y, aunque habían estudiado en la misma escuela, en diferente grupo, y se conocían de vista, jamás habían intercambiado una palabra hasta que coincidieron en el bar Inex, el más frecuentado por los estudiantes del campus de la universidad de Varsovia.
Se encontraban haciendo cola en la barra cuando sus ojos se toparon; ella le sonrió, eran sus primeros días de universidad y encontrarse un rostro conocido la relajó.
—Yo te conozco, ibas a la escuela conmigo.
Él le devolvió la sonrisa.
—Según se mire —contestó—, creo que tú ibas conmigo. —Ella se rio—. Me llamo Jan y tú Magda.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Me lo dijo Jacek Kowalski, fui con él al instituto. —El tal Jacek había ido a la clase de Magda y luego había coincidido con Jan—. Ese tío se pasó cuatro años hablándome de vuestra clase. Creo que no superó el trauma —bromeó.
Tanto Magda como Jan ignoraron a sus nuevos amigos y acabaron en una mesa alta, sobre dos taburetes.
La conversación empezó por dónde andaba metido el tal Jacek Kowalski, que había sido el graciosillo de la clase de Magda y, por lo que ella supo, había continuado con sus chistes hasta la universidad; ahora estaba en la Politechnica.
Luego hablaron sobre los profesores que habían tenido.
—¿Recuerdas al de Música? Estaba muy loco —dijo ella antes de dar un trago a su segunda cerveza.
—No se puede aguantar ocho horas al día a niños tocando la flauta como nosotros y no pagar un precio.
Los dos estallaron en carcajadas.
—Magda, ¿por qué francés? —preguntó el estudiante de Filología Española—. Es el idioma más raro. Si para decir « foie » pronuncian las dos únicas vocales que no tiene: la u y la a —se burló él mientras daba una calada a su séptimo cigarrillo.
—Mucho mejor el español —ironizó la estudiante de Filología Francesa—, con sus erres y sus jotas. Cada vez que escucho la palabra «jamón», creo que se están aclarando la garganta.
Más tarde fueron al río, que estaba cerca y era donde los jóvenes se reunían para hacer botellón.
Se sentaron en los escalones de piedra que precedían al Vístula; frente a ellos, en la otra orilla, las boscosas playas del barrio de Praga.
En ese punto de la noche Magda solo podía ver los ojos verdes de Jan, llenos de expresividad y humor.
Ninguno de los dos recordaría después de qué habían hablado.
Él pensaba en besarla. Ella se preguntaba por qué él no lo hacía de una vez.
El valor le llegó poco después de abrir la sexta lata de cerveza.
No fue el primer beso de ninguno de los dos, ni siquiera el mejor, pero sí el primero que importó.
En su segundo año de universidad ya vivían juntos en un apartamento en Mokotów; eran treinta metros cuadrados, pero gracias al amor y a la juventud no les importaba.
Por la mañana estudiaban, por las tardes trabajaban en cafeterías y por las noches solo necesitaban una caja de comida vietnamita y una botella de vino búlgaro para convertir su pequeño apartamento en un hotel de cinco estrellas.
Al terminar la universidad, hicieron una escapada a España y Francia en el coche de Jan, era de segunda mano y no funcionaba el aire acondicionado, pero al ser jóvenes, esas nimiedades tampoco les importaban.
Un día de agosto, Jan la convenció para desviarse e ir a Andorra. Cuando ella preguntó el porqué, él mintió diciendo que sentía curiosidad por ver un país tan pequeño.
En el Mirador de la Comella, Magda observaba fascinada el valle custodiado por las imponentes montañas; en cambio, Jan, muerto de nervios, rebuscó con torpeza en el bolsillo de su pantalón, le temblaban las manos.
—Aquí estamos —dijo sonriendo, pero sin su seguridad característica—: la filóloga francesa y el filólogo español, en Andorra. Si lo piensas, esta es nuestra tierra de nadie, así que no creo que exista un lugar mejor en el mundo para hacer esto.
Se puso de rodillas y le ofreció una cajita abierta que mostraba un anillo; no era muy caro, pero a Jan le había costado seis meses trabajando en la cafetería.
Ella nunca llegó a decirle «sí, quiero», solo se lanzó hacia él y lo besó.
Al volver a Polonia todos celebraron la noticia con entusiasmo, salvo el padre de Magda, que estaba chapado a la antigua.
Había tolerado que su hija perdiera el tiempo estudiando Filología, ya que esperaba que, por lo menos, conociera a un hombre serio: un abogado o un economista que la mantuviera.
Jan era todo lo contrario a eso, no solo era filólogo, sino que bromeaba todo el tiempo, como si no le importase nada.
Para ser justos, los estándares de su suegro eran imposibles de alcanzar, pero a Jan no le podía dar más igual.
Habían aprendido a tolerarse de la misma forma en que lo hace Corea del Sur con Corea del Norte.
Magda y Jan deseaban volver a vivir en Kamienna Puszcza, era un lugar pequeño y boscoso donde cada estación del año se sentía como debía de ser.
Ella encontró un trabajo en una multinacional del centro donde podía hablar francés a diario; él, siguiendo los pasos de su padre, consiguió un trabajo en el instituto donde había estudiado.
Ella tenía un buen sueldo y él uno más modesto, pero esto no fue nunca un problema, los dos siempre tuvieron claras sus metas y se respetaban.
Llegó Zofia, clavada a su madre en todo menos en los ojos: esos eran de Jan, verdes y curiosos. La siguiente década, tanto Magda como Jan, la recordarían como la mejor de sus vidas; había problemas, pero la suerte y el amor estaban de su lado. Por lo menos, hasta que todo se fue a la mierda.
9
Magda seguía sentada en el baño y lloraba, sabía que no era culpable de lo que le había pasado a Jan, pero, aun así, se sentía miserable por no haber sabido cómo salvar al amor de su vida y al padre de su hija.