La ladrona de adoquines CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El Vístula

El principio de la primavera en Varsovia es una lotería. Lo mismo te cae una tormenta de nieve que tienes un calor abrasador, en ocasiones, todo en un mismo día.

Ese jueves Marek y Ania apostaron a que el día soleado y los veinte grados se mantendrían.

Habían faltado a clase para escaparse al Vístula, en concreto, a una de las zonas más boscosas e intransitables del sur de la ciudad.

Los adolescentes caminaban a paso rápido entre los árboles, aunque él era el que parecía tener más prisa.

Por culpa del teletrabajo de sus padres, Marek y Ania no podían ir a ninguna de sus casas para meterse mano en condiciones.

Él, que tenía más experiencia que ella, caminaba con paso seguro, ya que había hecho esa ruta muchas veces.

Llevaba una mochila negra de instituto con todo lo necesario para un magreo en la orilla del río: una manta, dos latas de cerveza y, si había suerte, un paquete de preservativos.

Ania llevaba meses colada por Marek, era alto y atlético, además de ser uno de los más guapos del instituto.

Ella no se sentía tan atractiva como él, ya que estaba cinco kilogramos por encima de su peso, pero sabía que lo compensaba con sus grandes pechos y su disponibilidad para irse al picadero del muchacho. En el instituto había oído rumores.

Cuando llegaron a la orilla, que era una extensión ancha con una arena similar a la playa, Ania lamentó haberse puesto una falda corta, tenía las medias llenas de carreras.

De haber sabido que el camino del bosque era tan intransitable, hubiera optado por sus pantalones vaqueros, que le resaltaban el culo haciéndolo más apetecible.

Marek empezó su protocolo con rapidez. Abrió la mochila, extendió la manta sobre la arena húmeda y clavó las dos latas en ella. Después se estiró de costado con las piernas cruzadas y dio un par de palmaditas en la manta para que Ania se tumbara junto a él.

Ella fue despacio, no quería parecer una chica fácil. Le había prometido a su mejor amiga que no se dejaría tocar debajo de las bragas, haría esperar a Marek para garantizarse una segunda cita.

Nada más estirarse, el chico fue directo al grano, le dio los dos besitos de cortesía y, después, le metió la lengua hasta el fondo a la par que cogió su pecho con la misma delicadeza con la que un jugador de bolos agarra la bola.

—Marek, más lento… —Como no quería parecer una frígida, lo agarró del culo antes de añadir—: Tenemos tiempo.

Marek, al que las hormonas debían de afectarle la comprensión auditiva, se lanzó sobre su escote. Comenzó a besarlo. En opinión de ella, con demasiada saliva, ya que con la corriente de aire se le estaban enfriando.

Mientras él se divertía con sus pechos, ella observó algo en el río. «Es una piedra muy rara», pensó.

—Para —dijo nerviosa.

El muchacho la ignoró. Ella lo apartó de un empujón.

El chico, que parecía recién salido de un sueño placentero, la miró confuso:

—Pero ¿a ti qué te pasa?

Ella no contestó, solo se puso de pie.

—¿Y ahora qué coño haces? —preguntó mientras se levantaba para seguirla.

«Menudo dolor de huevos voy a tener —pensó molesto—. A esta no me la vuelvo a traer».

Cada paso que daba Ania era más lento que el anterior, la roca estaba a treinta metros, pero la superficie se movía como si estuviera hecha de tela. Cuando le quedaban apenas diez metros se detuvo de forma abrupta y gritó:

—¡Marek! ¡Marek!

Él, que se había quedado al lado de la manta, tratando de acomodar su pene en los pantalones, corrió hacia ella.

—¡¿Qué pas…!?

Se interrumpió al ver lo que había alertado a la muchacha. Palideció de golpe.

Marek abrazó a Ania de forma que ella no viera el cuerpo, pero él no podía dejar de observarlo. Por la ropa, aunque estuviera destrozada, era un hombre, que estaba hinchado a la vez que flácido, como un globo de helio azul después de varios días.

—Llama a la policía —musitó ella entre lágrimas.

Él cogió su móvil y marcó el 112, pero no antes de pensar: «Mi madre me va a matar».

2

En el dormitorio de Zofia reinaba la paz y el orden: un armario de madera de dos puertas cerradas, una cama hecha al estilo militar, varias estanterías repletas de novelas de ciencia ficción y fantasía, y varias de manga.

También había cajas de LEGO Technik —los que más le gustaban cuando era pequeña—, y un escritorio con una cajonera.

Su madre, siempre que hablaba de su habitación, usaba el término espartana.

Zofia estaba en silencio delante de la mesa.

Sobre la tabla había un sinfín de piezas de la Playstation que acababa de desmontar para hacerle una limpieza.

Le gustaba reparar cosas, era meticulosa y pulcra.

En un lado de la mesa tenía dispuestas las piezas por el orden que las había desmontado y en el otro las herramientas que utilizaba: paños de microfibra, hisopos de algodón, alcohol isopropílico, aire comprimido, destornilladores y una aspiradora pequeña.

Estaba tan concentrada en el trabajo que no escuchó el interfono, ni cómo su madre invitaba a pasar a alguien al salón, ni tampoco cuando ese alguien se marchó. No levantó la cabeza de la Playstation hasta que su madre entró en la habitación.

Zofia la miró, esta tenía unas ojeras enormes de haber llorado. Su rostro estaba desencajado y pálido.

—Mamá, ¿ha pasado algo?

Magda seguía de pie, petrificada, incapaz de decir nada. Zofia se levantó de la silla.

—Mamá, ¿qué ha pasado? —preguntó inquieta.

Magda se acercó a su hija.

—Tu padre…

Entonces abrazó a Zofia.

3

Cuando sonó el timbre, Magda, molesta, apagó el televisor, quería ver el último capítulo de Reacher .

Un sábado por la mañana solo podía llamar a la puerta alguien queriendo vender algo o unos Testigos de Jehová.

Caminó hasta al recibidor rápido, dispuesta a deshacerse de quién hubiera perturbado su paz.

Al abrir la puerta se topó con dos hombres.

«Estos no son Testigos de Jehová», pensó al ver su aspecto.

El que había llamado tendría unos cincuenta mal llevados, era bajito, panzudo y con un bigote poblado en forma de arco; le recordó al de Lech Wałęsa.

El otro hombre era rubio y más joven, de unos treinta y pocos, y llevaba un afeitado tan apurado que le confería un aire adolescente.

—Buenos días —dijo Magda con educación—, ¿en qué puedo ayudarles?

—Buenos días —contestó el hombre del bigote mostrando una placa—, somos los inspectores Zieliński y Kowalczyk. ¿Es usted Magda Borowska?

—Sí, soy yo. ¿Sucede algo?

El policía joven, nervioso, bajó la mirada; le faltaba experiencia.

En la academia lo habían formado para notificar una defunción a un familiar directo, se esforzó para recordar al milímetro el protocolo que debía seguir: asegurarse de la identidad del fallecido; buscar un lugar privado y un momento idóneo, en que los familiares estuvieran tranquilos; tener un oficial adicional para brindar apoyo emocional; notificar a la familia de manera directa y clara; estar preparado para responder preguntas; ofrecer ayuda psicológica y ayuda práctica, como contactar con una funeraria o informar sobre los procesos administrativos.

En cambio, el policía del bigote, que hacía ya mucho que había dejado la academia, fue directo al grano, para la tranquilidad de su compañero:

—Lamento comunicarle que el señor Jan Borowski ha fallecido. ¿Podemos pasar?

4

Fue Zieliński quien habló. Esperó a que Magda dejara de temblar y le contó los hechos.

Hacía tres días, una testigo había denunciado que un hombre que encajaba con la descripción física de Jan Borowski, se encontraba en el puente de Anna Jagiellonka, dejó caer una botella de vodka al pavimento y, acto seguido, se precipitó al vacío.

El día anterior, unos jóvenes habían hallado el cadáver en el Vístula, en el sur de la ciudad.

Los análisis toxicológicos determinaron que tenía 0,24 de concentración de alcohol en sangre.

Junto al ADN de la botella y del cadáver se pudo determinar que la persona que se lanzó por el puente y la hallada en el río eran la misma.

Además, el cadáver llevaba su cartera con la documentación en el bolsillo del pantalón.

Aun así, le pidieron a Magda que pasara por la oficina forense a identificar el cadáver.

5

—Es mi culpa —sollozaba Zofia, que abrazaba a su madre.

Las dos llevaban unas horas en shock en el sofá.

Les era imposible creer que Jan ya no estuviera con ellas.

Ambas se sentían culpables. Zofia por haberlo tratado tan mal durante los últimos meses, escaqueándose de las visitas y avergonzándose de él.

Magda, por su parte, se lamentaba de haberle pedido hacía tres años que se separaran.

Podría haberlo ayudado en vez de alejarlo.

—Es mi culpa —repetía la adolescente.

Su madre se separó de ella, la cogió de los hombros y la miró a los ojos.

—Escúchame bien, no es tu culpa. Tu padre estaba enfermo.

—Podríamos…

—No, no podríamos haber hecho nada y no podemos cambiar lo que ha pas… —No pudo acabar la frase. Volvió a abrazar a su hija.

6

Zofia insistió en acompañar a su madre a la oficina del forense. Magda aceptó con condiciones, mientras ella identificaría a Jan, Zofia se quedaría fuera con su abuela.

El inspector Zieliński, el forense y una trabajadora social hicieron pasar a Magda a una sala. Antes de entrar, la trabajadora social le había descrito la habitación para evitar que el lugar fuera más abrumador de lo necesario. «Hay cosas que no se pueden describir», pensó Magda.