CAPÍTULO 2
Sin sorpresas
La Nochebuena de Zofia no trajo muchas sorpresas.
La familia de su madre era muy tradicional.
A las cuatro de la tarde, sus abuelos, tíos, primos, su madre y ella compartieron obleas y se desearon lo mejor.
Para Zofia, adolescente y atea, la costumbre le resultaba arcaica, pero no quería disgustar a sus abuelos, así que no la cuestionó.
Del mismo modo, tampoco se quejó de los doce platos de la cena; solo evitó probar la carpa con gelatina. Ver el pescado flotando ingrávido al lado de cuatro verduras mal puestas le revolvía el estómago.
Luego llegaron los regalos, y tampoco hubo sorpresas: sus abuelos le dieron lo de siempre, un chocolate de nueces que escondía doscientos eslotis; sus tíos, una tarjeta de Zara de cien eslotis; y su madre, quien mejor la conocía, unas novelas de Brandon Sanderson.
Después comenzó la larga sobremesa, llena de dulces y del visionado de Solo en casa . Mientras la película transcurría, Zofia miraba hacia la puerta que daba a la calle, con la esperanza de que su padre apareciera.
Fue una Nochebuena sin sorpresas, la típica desde que sus padres se habían separado.
Lo único destacable y positivo era que su abuelo había obviado lanzar pullas sibilinas hacia Jan, algo de lo que solía ser incapaz de controlarse y terminaba derivando en una bronca monumental, ya que Zofia lo defendía con uñas y dientes, y su madre hacía lo propio con su hija.
Esa noche Jan no fue.
2
El día de Navidad, Zofia se despertó temprano y pasó toda la mañana leyendo la quinta novela de El archivo de las Tormentas . Se sentía mal por haberle dicho a su madre que no quería pasar la Navidad con su padre, aunque ya había superado el disgusto y esperaba que él llegase en cualquier momento.
Como su padre no sabía cocinar y la mayoría de los restaurantes cerraban en esas fechas, él la llevaría a celebrar ese día a su kebab favorito.
Después, de camino a casa, pasarían por la tienda de la gasolinera a comprar «guarrerías»: helados en potes, bolsas de patatas, chucherías y refrescos.
Ya en casa, harían un maratón de películas de los ochenta.
A ambos les encantaba el cine y Zofia ya había decidido cuáles verían: La jungla de cristal y Gremlins .
Zofia esperó durante toda la mañana, sin embargo, su padre no se presentó. Sobre las tres de la tarde, Magda lo llamó por teléfono, pero Jan no dio señales de vida. Lo intentó varias veces más, sin éxito.
—Lo siento, cariño… —empezó a consolarla su madre.
—¡Es culpa tuya! —gritó Zofia—. ¡¿Por qué le dijiste que no quería pasar la Navidad con él?!
Magda estaba cansada de que los desplantes de su exmarido siempre los pagara ella. Aun así, respiró hondo y se acercó a su hija con paciencia.
—¡¿Por qué?! —repitió Zofia, esta vez colérica.
Magda la abrazó con fuerza. Al principio, Zofia se resistió, pero poco a poco fue cediendo hasta hundirse en el pecho de su madre.
—¿Por qué no viene? —sollozó—. Es mi culpa.
—No es tu culpa, amor… Tu padre es… —pensó en decir «gilipollas», pero esa palabra, aunque cierta, sonaba demasiado dura para decirla en voz alta—. Tu padre no es un mal hombre, pero…
No supo cómo terminar la frase. Solo abrazó más fuerte a Zofia.
Jan no llamó esa noche.