CAPÍTULO 1 #3
Jan batalló con la nieve mientras aparcaba frente al quiosco.
Entró en el establecimiento, que no podía medir más de cuatro metros cuadrados.
Apenas uno era transitable, ya que el resto estaba lleno de paquetes de periódicos y mercancías varias.
El mostrador estaba repleto de revistas viejas con una gruesa capa de polvo que jamás había sido limpiada.
El tendero era un hombre mayor, pasado de peso, que estaba sentado en un taburete.
Pese a los años, Jan jamás lo había visto de pie.
—Piotr. Un par de paquetes de Camel light y una de Żubr —pidió Jan. No tuvo que matizar el tipo de vodka que quería, ni el tamaño de la botella, de 100 mililitros.
Dejó cuatro billetes de veinte en el mostrador. Piotr le dio la vuelta, y le dijo:
—Hasta mañana.
Guardó el vodka y uno de los paquetes en el bolsillo del chaquetón, salió a la calle, abrió el segundo paquete y encendió un cigarro.
«Por fin, las vacaciones».
5
Jan circulaba por un camino de tierra que llevaba a su casa.
La calle estaba cambiando; las pequeñas parcelas como la suya se vendían y en su lugar se construían chalés rodeados por setos.
Ya quedaban pocas construcciones como la de él: de un piso, angostas, con paredes de cemento sin pintar y con una explanada de césped descuidado rodeándola, que en antaño había sido un sencillo jardín.
Conforme se acercaba vio a alguien en la pared de su casa, forzó la vista para distinguir qué sucedía.
Reconoció a un joven haciendo un grafiti en la fachada.
Molesto, aceleró los últimos metros y frenó en seco frente al muchacho.
Este se giró y, al verse acorralado, soltó el espray de pintura y echó a correr calle arriba.
Jan tardó unos segundos en reconocerlo: era el zoquete de Tomek.
—¡Tomek! ¡Vuelve aquí! —gritó mientras se bajaba del coche a toda prisa.
Tomek frenó y se giró. La postura de su cuerpo era desafiante, pero en su mirada había miedo, como si no hubiera esperado ser atrapado. Un momento después, se dio la vuelta y siguió con su huida.
Jan observó la fachada: Tomek había escrito en español una frase:
SORDO IJO DE PUTA
Jan dudó un segundo si le ofendía más el mensaje o que Tomek hubiera escrito hijo sin hache. Lo más seguro era que la palabra sordo la habría tenido que buscar en el traductor de Google.
«¿Por qué coño no habrá buscado cómo se escribía el resto?», pensó mientras cerraba la puerta del coche.
Miró su reloj: aún estaba a tiempo de llamar al instituto y poner una queja para que expulsaran a Tomek antes de Navidad, pero le dio pereza. Ya lo haría después de vacaciones.
6
Jan entró en su casa. Colgó el chaquetón en el perchero de la entrada y fue hacia el salón, que también era su dormitorio.
Se descalzó, dejando las botas en el centro de la habitación, una de pie y la otra caída de lado.
Después se quitó los vaqueros y los tiró sobre el sofá cama, que siempre permanecía abierto —el dormitorio principal lo reservaba para las tres noches por semana que venía Zofia.
Jan se había criado allí. Pero el único mueble que conservaba de su infancia era el antiguo buró de su padre, de roble barnizado en marrón oscuro.
Tenía una persiana, siempre abierta, que ocultaba un escritorio.
Jan se sentó frente a él en una silla de plástico de Ikea.
Abrió uno de los cajones que había rebautizado como «el cajón del fracaso».
Dentro había varios vapeadores, un paquete de chicles de nicotina, cigarrillos sueltos junto a mecheros de diferentes tamaños y colores, y varias botellitas de vodka barato.
Cogió una y la abrió. Le dio un buen trago hasta dejarla a la mitad. Luego se encendió un pitillo.
Jan sabía que era adicto al tabaco, pero se decía a sí mismo que no lo era al alcohol, ya que nunca bebía cuando Zofia estaba en casa. Además, casi nunca tomaba más de los 100 mililitros que llevaba una botella. No lo necesitaba: solo le ayudaba a conciliar el sueño.
Desde hacía años se veía como una vieja radio estropeada que, por mucho que jugueteara con la perilla de sintonización, jamás encontraba el dial perfecto. Su pequeña dosis de vodka le permitía anular ese ruido de fondo.
Acarició con la palma de la mano la tabla del buró.
En esa mesa su padre, también profesor, aunque de polaco, había corregido miles de exámenes.
Jan, de niño, lo miraba fascinado. Siempre quiso ser como él.
Era un buen hombre que dedicó su vida a la docencia.
Fue un padre formidable, que le inculcó su amor por las letras y la profesión.
Jan dio otra calada a su cigarrillo. Pensó, aliviado, que era una suerte que su padre no estuviera vivo para ver cómo su hijo había fracasado como marido, padre y profesor.
Jan acabó la botella y se tiró en el sofá cama.
7
El estridente sonido del teléfono lo despertó. Miró la pantalla: era Magda, y ya eran las diez de la noche. Subió el volumen al máximo y contestó.
—Sí, cariño —dijo. Aunque llevaban tres años separados, no había podido dejar de llamarla así.
—Hola, Jan —dijo con excesiva sequedad.
«Mierda, está cabreada».
—¿Qué pasa? —contestó con el mismo cansancio que un adolescente con su madre.
—¿Qué ha pasado con Zofia? —dijo con tono recriminatorio.
—Nada, le pedí que no les diera caña a sus profesores. ¿Qué te ha contado ella?
—Ella nada, pero cuando la recogí estaba triste. Así que le pregunté qué pasaba y, después de un rato, solo conseguí que me dijera que si era necesario pasar el día de Navidad contigo.
Jan se incorporó hasta quedarse sentado en el sofá cama.
—¿Cómo?
—Lo que has oído.
Hubo un largo silencio.
—¿Jan? ¿Estás ahí?
—Sí.
—Cariño. —Ella tampoco había podido dejar de llamarlo así, aunque solo lo usaba cuando quería ponerse maternal—. Hablaré con ella. Pero tienes que esforzarte más. Zofia te quiere, no la alejes…
—Lo sé —dijo Jan.
—Otra cosa, ¿qué vas a hacer en Nochebuena?
«Beber una botellita de vodka hasta caer y dormir toda la noche —pensó—. Ojalá terminen ya estas putas fiestas».
—Nada especial.
—¿Por qué no vienes con nosotras a casa de mis padres?
—Me lo pensaré. Ahora tengo que colgar, me están llamando —mintió. Si había algo que Jan detestaba más que la Navidad era a su suegro.
—Vale, cariño —contestó, sabiendo que mentía—. Nos llamamos.
Jan se puso de pie. Se quitó la camiseta y caminó en calzoncillos hasta el baño.
Al entrar, lo primero que vio fue su reflejo, que rehusó mirando a otro lado.
En los últimos años había engordado más de veinte kilos, sus ojeras se habían marcado y su piel blanca, de por sí pálida, tenía ahora un tono enfermizo.
Le repugnaba verse en el espejo, no solo por su cuerpo, también por la mirada que había en él: una que lo juzgaba sin piedad y, al mismo tiempo, sentía lástima.
Hizo pis y volvió al salón. Fue hasta el cajón del fracaso e hizo una excepción: tomó otra botellita de vodka.
La bebió en dos tragos. Por la ventana entraban las luces verdosas y rojizas que decoraban la casa de su vecino; el tipo había puesto tantos leds que dolía mirarlos sin que te ardieran los ojos.
Jan lo incluyó en su top de gilipollas a los que detestar.
—Que terminen estas putas fiestas ya —musitó antes de estirarse en el sofá y caer KO.