La ladrona de adoquines CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Lo que yo no entiendo, Tomek —explicó en polaco, algo que solo hacía cuando estaba molesto con un alumno—, es que lleves estudiando dos años español y seas incapaz de vocalizar ni una sola palabra de forma correcta.

Así que hasta que no me hables con un acento mínimamente decente, no esperes una respuesta.

Todos en clase habían dejado sus quehaceres durante el rapapolvo, observaban expectantes cómo iba a reaccionar Tomek, conocido entre sus compañeros por su falta de temple.

El muchacho mantuvo una mirada desafiante y cargada de ira hacia su profesor, aunque no dijo nada.

En cuanto Jan volvió a sus explicaciones, el chico sacó sus deberes de Inglés y se puso a hacerlos.

Hubo un tiempo en que Jan amaba dar clase, y su pasión por la lengua española resultaba tan contagiosa que sus estudiantes participaban en pleno en sus lecciones.

Se hacían debates, juegos de rol y actividades grupales.

Pero en los últimos años sus clases habían ido derivando en un eterno monólogo de cincuenta minutos.

3

Al terminar la última clase de la jornada, antes de que alguno de sus estudiantes hiciera un amago de ponerse en pie, Jan agarró la chaqueta rápido y salió pitando de su aula.

Caminó por el corredor central mirando al suelo, esperaba no toparse con ningún profesor tocapelotas; hoy ya había tenido suficientes tonterías con Filip.

Al salir a la calle se puso un cigarro en la boca, aliviado de no tener que hablar con nadie. Esquivó a los estudiantes que habían sido más rápidos que él huyendo del centro y se dirigió hacia su coche cuando reconoció una de las voces.

—Señor Borowski.

—Mierda —susurró.

Había tenido demasiada suerte al salir de la escuela sin encontrarse a ningún capullo.

Se giró y la vio: la madre. No una madre cualquiera, sino una de las que dirigen los aquelarres en los grupos de WhatsApp y alargan de forma innecesaria toda reunión de profesores.

Lo único positivo que Jan le reconocía era que su desagradable tono de voz era alto.

—¿Sí, señora Nowak? —contestó cansado.

—¿Le parece bien fumar delante del instituto?

Jan miró el cigarrillo aún sin encender.

—Gracias por la observación. Y si esto es todo me…

—No es todo, estoy preocupada por el nivel de español de mi hija.

«Normal», pensó Jan. La chica era de las que tenía que concentrarse para no cagarse encima; además, solo mostraba iniciativa en clase a la hora de hacer la vida imposible a las compañeras que consideraba inferiores. Un fiel reflejo de su madre.

—¿Qué le preocupa, señora Nowak? —Jan, con esa mujer, se iba a ahorrar lo de es buena estudiante y no se esfuerza.

—En Fin de Año nos vamos a Valencia de vacaciones y esperaba que nuestra hija, después de tres años estudiando español con usted, fuera nuestra traductora, pero ayer nos dijo que no sabe nada, que en las clases no aprende.

Jan no pudo evitar una sonrisa maliciosa, pensando en las respuestas desagradables que podría darle. Se contuvo porque necesitaba ese trabajo, así que optó por ser lo más diplomático posible.

—Señora Nowak, dígame una cosa: ¿su hija cuántos años hace que va a clases de piano?

—Desde tercero de primaria —contestó, contrariada por la pregunta.

—Muy bien. ¿Y ya está tocando en la filarmónica de Varsovia?

La mujer tardó en entenderlo, pero cuando lo hizo le cambió el rostro.

—¡Eso no es lo mismo!

—Mire, señora Nowak, tengo dos lecciones de cincuenta minutos a la semana con su hija —se explicó con diplomacia—, de las cuales dedico veinte minutos a que los estudiantes se callen y dejen sus teléfonos guardados, ya que algunos padres han decidido no educar a sus hijos en casa.

Los otros veinte minutos explico el tema, y eso, si tengo la suerte de no tener que estar llamando la atención a su hija.

—¿Perdón? —protestó ofendida.

Jan se puso el cigarrillo en la boca y lo encendió.

—Está perdonada. Ahora, si me disculpa, que tenga una feliz Navidad.

Antes de que ella pudiera rebatirlo, Jan se dio la vuelta y se fue caminando, no sin antes dedicarle una despedida con la mano en la que sostenía el cigarrillo.

Quizás no había sido tan diplomático como debería, pero se sentía orgulloso de no haberla mandado a la mierda de entrada.

Subió en el coche y puso la calefacción al máximo.

Se frotó las manos con rapidez para entrar en calor.

Después encendió la radio y sonó White Christmas cantada por Michael Bolton.

Tardó unos segundos en identificar la melodía, pero una vez lo hizo, la apagó enseguida.

Cuánto deseaba que se acabaran las malditas fiestas.

Eran sus terceras navidades como padre divorciado.

No tenía hermanos ni tíos, y sus padres ya estaban muertos.

Unos minutos después, su hija entró en el vehículo y se sentó a su lado. Ella no dijo nada. Jan la miró para ver si lo sorprendía con un «Buenas tardes, papá. ¿Qué tal te ha ido el día?». No hubo suerte.

Arrancó el coche. Los martes y jueves debía llevarla a sus clases de ajedrez.

A Jan le parecía absurdo que ella perdiera el tiempo con esas lecciones; hacía años que nadie, incluido su profesor, había conseguido ganarle una partida.

Además, le molestaba tener que ir hasta Piaseczno, una ciudad vecina lo bastante grande para ofrecer clases tan específicas.

Por suerte, a Zofia la recogía su madre después del trabajo.

Tras unos minutos en silencio, Jan preguntó:

—¿Qué tal las clases?

— Bie —contestó la muchacha con sequedad.

Jan le echó un vistazo. Su hija, para tener quince años, no era la adolescente típica, al menos comparada con sus estudiantes.

Zofia no tenía ni un ápice de la coquetería propia de esa etapa vital.

No se preocupaba por su imagen: siempre llevaba vaqueros ajustados y jerséis anchos.

Era alta para su edad, aunque un poco escuálida.

Ocultaba la belleza de su rostro tras unas enormes gafas de pasta negra.

La muchacha era introvertida, más centrada en el aprendizaje que en encontrar un novio, pero con las habilidades sociales suficientes para no terminar convirtiéndose en una marginada en el instituto.

Jan mantuvo el silencio durante la mayor parte del trayecto.

—Hoy ha vuelto a quejarse de ti Filip —dijo, más a modo de romper el hielo que de recriminación.

— ¿Quié?

—Tu profesor de Física.

— Ah, e que o tiee i idea.

Jan sonrió.

—Cierto, es un capullo, pero tienes que aprender a controlarte…

— ¿Cómo ú y mamá?

Jan llevaba tantos años tratando con adolescentes que se había vuelto inmune a sus exabruptos. Sin embargo, su hija tenía una ventaja respecto al resto: lo conocía. Por eso, cuando ella quería hacerle daño, siempre daba en el blanco. Aun así, él puso cara de indiferencia.

—Exacto. Tu madre y yo no nos llevamos mal, porque sabemos medir nuestras palabras.

— ¿Y yo o? —protestó ella.

—Humillar a un profesor delante de su clase, por muy gilipollas que sea, está lejos de saber controlarse.

Jan aparcó frente al centro cívico donde se impartían las lecciones de ajedrez.

— o lo volveé a ace —musitó, agotada de la conversación.

—¿Qué has dicho?

—Que no lo volveré a hacer —contestó Zofia subiendo un poco el tono de voz. Lo que Jan tomó por un grito.

—¡A mí no me hables así!

Zofia lo miró con una mezcla de hastío y tristeza.

—No te he gritado —dijo, sin cambiar el tono.

Al ver los ojos vidriosos de ella, Jan se sintió culpable al instante. La única persona con la que trataba, sin éxito, de controlar sus arrebatos era su hija, pero incluso con ella era difícil.

—Perdona, no te… —comenzó a decir.

—No pasa nada —contestó ella con resignación—, nos vemos el veinticinco. Feliz Nochebuena.

Acto seguido, salió del coche. Jan pudo ver cómo corría de forma atropellada hacia el centro cívico. Él, asqueado, miró su reflejo en el retrovisor.

—Menudo gilipollas —se recriminó.

4

Cuando vio el cartel que indicaba la entrada de nuevo en su ciudad, redujo la velocidad.

Aunque no siempre fue así, Jan odiaba Kamienna Puszcza (El Bosque de Piedra).

La urbe era extraña. No tenía un centro como tal, ni una plaza principal.

Era un entramado de carreteras que cruzaban el bosque, simples franjas de asfalto con bordes de tierra; salvo en las avenidas principales, donde había dos carriles —uno de ida y otro de vuelta— y aceras a ambos lados.

La naturaleza parecía imponerse: era una ciudad donde el bosque siempre ganaba.

Si un edificio se derrumbaba y nadie hacía nada, en pocos años el bosque lo absorbía, adueñándose del lugar donde antes hubo una casa.

Había barrios que, durante la guerra, habían sufrido bombardeos y en los que los gobiernos posteriores a la Segunda Guerra Mundial nunca invirtieron en su reconstrucción.

Esos barrios casi habían desaparecido, engullidos por la vegetación.

Era como si los árboles no concedieran tregua: o vivías y trabajabas en tu parte de la ciudad, o el bosque terminaba devorándola.

En sus calles rara vez había dos filas contiguas de edificios. Lo habitual eran algunos bloques dispersos, casas señoriales o viviendas antiguas, sin ningún tipo de orden aparente. No existía un barrio de ricos y otro de pobres.

La gente de Varsovia consideraba Kamienna Puszcza una ciudad de ricos, porque solo se fijaban en los parques, en la naturaleza y en los palacetes.

Pero Jan, dado que trabajaba en la escuela pública, era muy consciente de la realidad: coexistían dos clases sociales, casi endogámicas, que apenas se rozaban.

Por cada Mercedes de última generación había un coche destartalado; por cada familia que pasaba las vacaciones en Canarias, había otra que no podía enviar a sus hijos de colonias; por cada padre empresario, había otro alcohólico.