La ladrona de adoquines CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

El hombre más afortunado del mundo

Jan apartó la nieve del banco con la mano desnuda para poder sentarse. Una vez lo hizo, se secó la palma y el dorso en la pernera del pantalón. Sacó un paquete de cigarrillos arrugado del bolsillo de la chaqueta. Se puso uno en la boca mientras que con el mechero trató de encenderlo.

—¡Mierda! —se quejó.

La yema de su dedo pulgar seguía húmeda.

Rebuscó en un bolsillo hasta dar con una caja de cerillas.

La abrió y dentro quedaba un fósforo. Con temor a que este se partiera, frotó el vástago por la superficie de fricción.

Mantuvo el aliento hasta que, por fin, la llama apareció. Encendió rápido el pitillo.

Mientras daba la primera calada se sintió el hombre más afortunado del mundo. No solo le quedaban veinte minutos de descanso, sino que con la colilla encendida podría prender otro.

Miró a su alrededor: el parque estaba vacío, algo normal un veintidós de diciembre y más después de la nevada de la noche anterior. Aunque aún no había anochecido, las farolas ya estaban encendidas. Dio otra calada hasta notar cómo el humo ensanchaba sus pulmones.

Después del segundo pitillo pasaría por la cafetería para agenciarse un café americano, en vaso de cartón de medio litro, con el que soportar las tres horas de clase que tenía por delante.

A dos grupos debía explicarles la diferencia entre el Pretérito Imperfecto e Indefinido, y al tercero, los Pronombres Posesivos.

Sus estudiantes, aunque insoportables, no eran tontos ni vagos; sin embargo, el Español era una maría.

Por eso usaban sus clases para hacer los deberes de otras asignaturas que sí eran importantes.

Jan tampoco los culpaba por ello, ya que hacía años que no se preparaba ninguna clase: estudiantes y profesor estaban en tablas.

Jan se encendió el segundo cigarrillo con la colilla. Movió un poco el culo, pues se le estaba entumeciendo. Esa nimiedad no iba a estropearle su descanso. Lo que sí iba a hacerlo era Filip, que se acababa de plantar frente a él.

Jan miró hacia arriba, hastiado. Filip era el profesor de Física.

Tendría unos veintiséis años, era esbelto, con una media melena repeinada.

Ese peinado era como anunciar al mundo que acababa de salir de la universidad y aún no estaba preparado para ser adulto.

Jan odiaba trabajar con docentes jóvenes: tenían un exceso de motivación que le resultaba agotador, como si cada mañana, antes de venir al instituto, hubieran hecho un doblete cinematográfico: El club de los poetas muertos y Mentes peligrosas .

Otra cosa que lo irritaba era la hipersensibilidad de estos a la hora de afrontar cualquier conflicto.

— ¿e moleo? —preguntó Filip.

—¿Cómo? —dijo, mientras se frotaba las orejas con las manos, una técnica que había bautizado como «abrir los conductos auditivos».

Si esta fallaba, usaba la maniobra Valsalva, que había aprendido por internet.

Consistía en cerrar la boca y taparse la nariz para evitar que saliera el aire y, entonces, exhalar hasta escuchar un pop.

Con esa maniobra se podían ganar varios decibelios.

—Que si te molesto —repitió en voz alta.

—En cuanto ha sonado el timbre, he salido cagando leches del instituto y he caminado dos calles para sentarme en este banco a diez grados bajo cero. ¿No crees que si quisiera una conversación intrascendente me habría quedado en la sala de profesores?

—Jan, ¿es necesario ser tan desagradable?

—Supongo que, si sigues aquí, pues no. Dime lo que quieres y déjame fumar mi cigarrillo en paz.

Jan no necesitaba un vidente para saber cuál sería la queja de aquel llorica, no era la primera vez que lo abordaba con el tema.

Filip hizo un amago de sentarse a su lado, pero al ver la gruesa capa de nieve se lo repensó.

—¿Has hablado ya con tu hija?

—No.

—Por favor, hazlo. Hoy lo ha vuelto a hacer.

—Puedes ser más concreto —dijo con desdén mientras apuraba su segundo cigarrillo.

—Hoy me ha vuelto a corregir en clase. Estaba explicando la interpretación probabilística de la Física Cuántica…

—¿Cómo? —interrumpió con burla.

«Hay que ser pedante para soltar interpretación probabilística de la Física Cuántica a un profe de lengua», pensó Jan.

—Eso no importa. El problema es que tu hija se ha levantado en mitad de clase y ha rebatido varios de mis datos, dejándome en ridículo delante del resto de estudiantes.

Jan hizo la maniobra Valsalva mientras cavilaba unos segundos antes de preguntar:

—¿Quién tenía razón? ¿Zofia o tú?

—Eso no es relevante.

Jan sonrió con malicia.

—Así que ella tenía razón y tú estabas equivocado.

—Ese no es el punto. Tu hija no debería estar en una clase normal. Debería ir a una escuela especial o estar haciendo un doctorado, no torturando a todos sus profesores de ciencia.

La queja de Filip la había escuchado, en mayor o menor medida, por parte de los docentes de Biología, Química y Matemáticas. A Zofia le habían ofrecido varias becas en escuelas de élite, pero ella las había rechazado todas.

—Te propongo algo.

Filip suspiró aliviado, era la primera vez que Jan parecía dispuesto a ayudar. Se acercó un paso hacia él con interés.

—¿Por qué no te preparas mejor las clases para que así una niña de dieciséis años no te tenga que corregir?

La mirada del profesor de Física se endureció.

«¿Me quiere pegar o se me quiere follar?», pensó divertido Jan. Estaba satisfecho: ese imbécil le había jodido su descanso y se la acababa de devolver.

—¡Vete a la mierda! —espetó—. Ya sé de dónde ha sacado tu hija sus habilidades sociales.

Mientras el profesor de Física se marchaba dando grandes zancadas, Jan sonreía.

Miró su reloj, ya no quedaba tiempo para ir a por el café, así que optó por fumarse el tercer cigarrillo.

Se levantó con dificultad, sus ciento diez kilos no le dejaban hacerlo de otra forma.

Sacó el mechero del bolsillo, deseando que ya se hubiera secado. Funcionaba.

2

Jan dibujaba en la pizarra, de forma esquemática, un barco en vertical hundiéndose en el mar. Lo había hecho con un rotulador negro y debajo había escrito una frase:

«El Titanic se hundió en 1912».

Era veintidós de diciembre, podría haber hecho una clase dedicada al vocabulario navideño. En vez de eso había optado por empezar el contraste de pretéritos, uno de los temas más tediosos para los estudiantes. Hacía tiempo que ya no estaba de humor para escuchar villancicos.

Se dio la vuelta y observó a sus alumnos.

De los veinte, cinco miraban sus teléfonos, una decena hacía deberes de otras materias y dos hablaban entre ellos de forma distendida sobre lo que harían en las vacaciones de Navidad.

Sin embargo, había tres que sí sentían genuina curiosidad por el dibujo del barco.

Jan se dirigió a ellos en español mientras cogía un rotulador azul.

—Ya hemos visto el Pretérito Indefinido e Imperfecto por separado. Durante las próximas clases vamos a aprender a usarlos juntos.

Señaló el dibujo con el rotulador. Quitó el tapón y comenzó a dibujar en azul una nube lloviendo, una lápida flotando en el mar, un bote lleno de gente huyendo y un músico tocando el violín en la proa.

—Fijaos: «El Titanic se hundió en 1912», está en Pretérito Indefinido porque es una acción, y con el Pretérito Imperfecto describimos lo que sucede alrededor de este suceso, sin avanzar la historia.

—Comenzó a señalar los dibujos mientras daba ejemplos—: Esa noche llovía; los pasajeros morían; la gente huía y los músicos tocaban.

Una chica de la primera fila levantó la mano.

—Anna —la llamó Jan.

— ¿Eto e igual que lo vebos dokonale y niedokonale? —dijo en español.

Jan los ignoraba si le hablaban en polaco. Se masajeó las orejas. Pese a no haberla entendido bien, sabía cuál era la pregunta. En sus casi veinte años de experiencia siempre eran las mismas.

—No se puede traducir al polaco, por lo menos no en todos los casos.

Los hispanoparlantes usan el Indefinido o el Perfecto para enumerar acciones, mientras que con el Imperfecto solo describen el contexto.

—Al ver que la estudiante no lo seguía, matizó—: Puedes quitar de un texto casi todos los verbos en Pretérito Imperfecto y seguirás entendiéndolo; lo que hacen con este tiempo es adornar el pasado. Hablar mucho sin decir nada.

La alumna se rio ante la idea de que un tiempo verbal solo sirviese para decorar.

Un chico levantó la mano, en sus ojos había frustración al no entender algo que le interesaba.

— Eo o tiee etido. No o eiendo —dijo. Aunque para Jan fue más un susurro. Le molestaba que año tras año los estudiantes hablasen más bajo y vocalizaran menos.

—¿Cómo?

— Que o o eindo.

Jan dio la espalda al estudiante e hizo la maniobra Valsalva con rapidez, después volvió a mirarlo.

—Otra vez.

—¡Que no lo entiendo! —repitió un poco más alto.

A Jan le exasperaba tanto que le hablasen en voz baja como que le gritasen como si fuera un discapacitado o un estúpido.

Miró al estudiante con desprecio. Tomek era el típico que cuando te reúnes con sus padres les dices que su hijo es muy inteligente, pero que no se esfuerza: el eufemismo clásico para decir que es tonto del culo.

Tomek era distinto; era un vago y un pésimo estudiante en todas las materias salvo en Inglés y Español, donde sí se esforzaba, aunque seguía siendo un zoquete.

Jan era un profesor justo, sentía el mismo desprecio por todos sus estudiantes.

Consideraba que cualquier persona de menos de treinta años era por definición un estúpido, pero con Tomek hacía una excepción: lo detestaba.

El muchacho vestía de chándal, era alto y fuerte y siempre venía con morados nuevos, prueba inequívoca de que, aparte de ser un zote, también debía de ser un macarra.

Era un chaval solitario que solo tenía un amigo, Antek Bednarski, otra clase de capullo, que, gracias a Dios, Jan no tenía en ninguna de sus clases.

Aunque sus proezas, por llamarlo de algún modo, habían llegado a la sala de profesores.