La ladrona de adoquines PRÓLOGO
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La ladrona de adoquines

La ladrona de adoquines

Por Jose Palome Arribas

© inepub.com

PRÓLOGO

Jan terminó de cavar la octava tumba. Dejó que su mirada, borrosa por las lágrimas, se perdiese en el bosque de pinos.

El viento soplaba con tanta intensidad que los millones de acículas se agitaban inquietas, como avispas alrededor de una colmena.

Los árboles se fundían con las nubes marrones del atardecer, volviendo imposible distinguir dónde empezaba uno y terminaba el otro.

Había nacido en aquel bosque, pero en ese instante era incapaz de reconocer nada de lo que lo rodeaba, como si fuera un extraño dentro de su propia vida.

La pala se le deslizó de entre los dedos.

El sonido del metal al chocar contra la tierra húmeda lo sacó del trance en el que estaba sumido.

Se dio la vuelta: Zofia, sin vida, seguía tendida sobre el terreno.

El cuerpo descansaba custodiado por una sábana blanca, dejando a la vista solo el rostro pálido y los labios violáceos.

Jan se acercó a su hija. Se arrodilló y la tomó en brazos. La elevó del suelo con sumo respeto y la llevó hasta el octavo hoyo. Bajó con ella al interior, arrodillándose en la tierra, y la dejó allí. En ese momento, pese a haberse mantenido firme con los otros siete cadáveres, se rompió.

—Perdóname —musitó—, es mi culpa.

Jan deseaba que las paredes de tierra cayeran sobre él, sepultándolo con Zofia para siempre. Él había fallado y ella había pagado el precio.

Le tomó el rostro con la mano y le acarició la mejilla con el pulgar.

—Perdóname —repitió con la voz quebrada.

Sabía que, aunque no había sido el autor material, sí era el único culpable.

—¡Levántate de una vez! —ordenó una voz de mujer.

Jan, que abrazaba a su hija dentro del hoyo, alzó la mirada.

A los pies de la tumba, erguida con las manos apoyadas en la cadera, una mujer de unos sesenta años lo observaba.

Su fibroso cuerpo y su ropa —pantalones con muchos bolsillos y una camiseta sin mangas— la hacían parecer mucho más joven de lo que era.

Sin embargo, la media melena gris y el rostro surcado de arrugas, atravesado por una cicatriz que cruzaba su ojo derecho, no dejaban duda sobre su edad.

—¡Mueve el culo! —dijo sin alzar la voz—. ¡No tenemos todo el día!

Jan, obediente, dejó a su hija, se puso de pie y apoyó las manos en la tierra. Al salir de la tumba se quedó frente a frente con la mujer. La miró a los ojos y tuvo un atisbo de valor.

—Primero voy a enterrarla.

La mujer echó un vistazo indiferente hacia el cadáver de la niña, se dio la vuelta y respondió:

—Haz lo que quieras, pero que sea rápido.

Se alejó. Jan la siguió con la mirada. La odiaba. Ella había sido la ejecutora de los ocho cadáveres; aun así, por una razón que no alcanzaba a comprender, también la amaba.

Al fin y al cabo, no era solo una mujer: era la ladrona de adoquines.