La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 45. Me enamoré de ti
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45. Me enamoré de ti

Brady

Ayer Harper salió de casa para ir a trabajar y no volvió. No responde a mis llamadas ni mensajes y ya sospecho que me ha bloqueado.

Lo sabe.

Seguro que Duncan se lo contó. Porque es su amiga y es demasiado leal. Supe, en cuanto me colgó, que Harper también se enteraría.

Ryan ni siquiera preguntó por ella esta vez.

Cuando llegó la hora de cenar y vio que Harper no se encontraba ahí, entendió que yo la había cagado.

Supongo que no quiso averiguar qué era eso que había hecho para que ella no quisiera saber nada de mí.

Me miró con lástima, no por mí —pues asume que me lo merezco—, sino porque él también quería esto, la quería en nuestras vidas, sabía que ella era buena para mí, me hacía bien, me alejaba de las malas compañías.

No he dormido apenas, pues me he quedado con la nariz pegada a su almohada toda la noche, absorbiendo el aroma de su perfume como un yonqui, tentado de llamarla una vez más, pedirle a Duncan la dirección de su casa para llevarle sus cosas… Ni de broma él me iba a dar tal información.

Llego al Cavendish Arena con el estómago cerrado y la cabeza hecha una mierda. Arrastro los pies hasta el área médica y me siento en una de las sillas, con la esperanza de que Harper asome la cabeza y me permita contarle mi verdad. Pero con la certeza de que no será tan fácil.

Grant aparece tras una de las puertas y me echa una mirada que me pone los pelos de punta.

—Pasa, Lennox.

Esto no pinta bien.

—¿Qué ocurre con Harper? —pregunto poniéndome en pie.

—No te hagas el idiota —me acusa directamente.

Decido entrar en la sala C1, aunque la vista se me va un par de veces hacia la C3.

—No está aquí —comenta vagamente—. A partir de ahora yo voy a encargarme de tu rehabilitación.

—No estás hablando en serio —protesto con el estómago encogido.

Harper no quiere ni verme. Supongo que para que no hable con ella y acabe perdonándome como ocurrió la otra vez.

—¿Qué problema tienes conmigo? —inquiere alzando una ceja.

—Que no eres ella —admito sin contenerme.

—Vaya. Al principio querías que fuera yo quien se ocupara de ti.

Me siento sobre la camilla y me despojo de la sudadera por inercia. Grant termina de revisar algo en su iPad y pone sus manos sobre mi hombro. Joder, no es para nada comparable a la suavidad de Harper.

Grant trabaja en modo silencioso, más de lo habitual. Se muestra serio y distante. Con él solían abundar las bromas y las anécdotas. Lo cual me hace pensar que Haper se lo ha contado, aunque no sé hasta qué punto.

—¿Qué sabes? —pregunto, ya muerto de la curiosidad y del silencio.

—Lo necesario. Que Harper es una profesional difícil de encontrar y que no quiero que se vaya a otro equipo porque un gilipollas se crea con el derecho a utilizarla.

«Joder».

—Eso no ocurrirá —le aseguro—. Antes me voy yo.

—A Tully le va a encantar eso —ironiza.

Rebufo.

—¿Y qué hago, Grant?

—No lo sé. Pero estaría bien que hubieras pensado en esto antes de utilizar a mi residente para una de tus estúpidas apuestas.

Cada palabra suya es un nuevo golpe. Está enfadado conmigo y tiene toda la razón del mundo, por lo que decido callarme un rato antes de seguir cagándola.

—Aquí hay mucho dinero en juego, Brady, mucho más del que has apostado.

Los sueldos de las personas que nos dejamos la piel en cuidaros, que aguantamos vuestras frustraciones y vuestro mal humor cuando las cosas se tuercen, vuestro…

ego. El dinero de patrocinadores, de vuestros sueldos millonarios…

Todo para que salgáis ahí a ganar. No para que pongáis todo en peligro por una niñatada.

—Me ha quedado claro —murmuro.

—Eso espero.

Grant me mira y casi preferiría que no lo hubiera hecho. Hay tanta decepción en sus ojos que me duele.

—Me enamoré de ella —admito en voz baja.

—Eso no importa ahora. ¡Por supuesto que lo hiciste! Tenía claro que si pasabas tiempo con ella acabaría ocurriendo. Es una chica estupenda, trabajadora y muy inteligente.

—Y preciosa.

Grant asiente con esa misma lástima con la que me mira Ryan.

Soy aún más consciente de la magnitud de mi cagada.

Porque no solo he jugado con ella, he puesto en riesgo algo mucho más grande que eso.

Tully lo dijo en su momento y no le hice ni puto caso.

«Saldrá mal y habrá consecuencias». Esas fueron sus palabras exactas.

Terminamos la sesión en un silencio únicamente interrumpido por algunas indicaciones propias de la terapia. Nada más personal que eso. Grant se vuelve correcto y profesional, tan frío que me recuerda a Harper al principio, cuando trabajaba como si nada le afectara. Al parecer, esto sí le afecta.

«Mierda, seguro que está destrozada».

Tengo que hablar con ella y aclarárselo. No puede seguir su vida sin saber toda la verdad.

Grant me explica los nuevos ejercicios, me actualiza el peso que puedo levantar en cada uno de ellos y se despide de mí de una manera demasiado cordial. Salgo con el alma hecha polvo y con la firme intención de buscarla para explicarle lo que ocurrió. Sé que está en algún lugar del estadio.

Lo primero es llamar a su puerta, pero nadie responde. De modo que entro en el gimnasio y ahí la veo. Ayudando a un par de compañeros con sus ejercicios. Lleva el pelo recogido para que no le moleste y su uniforme. Algunos chicos le echan alguna miradita disimulada y eso me enerva.

No pienso, actúo.

Voy hacia allí, está distraída ajustando la postura de uno de ellos mientras utiliza las poleas.

—Recuerda que el esfuerzo lo tienes que hacer en los brazos y en la espalda, no en la barriga, ¿vale? —le dice con esa voz dulce que ya echo de menos.

—Y dejad de mirarle el culo, joder —gruño al llegar hasta ella.

Harper da un saltito en su sitio y me dedica una mirada desolada. Me rompe un poco más por dentro.

—¿Qué haces aquí, Lennox? —pregunta de manera inocente, pero sé que le duele pronunciar cada palabra.

—¿Podemos hablar?

—No.

Su negación es rotunda, sin espacio para las dudas. No quiere verme, no quiere hablar. Alguien con sentido común haría caso y se iría. Pero digamos que yo carezco de ello.

—Por favor —insisto.

—No me hagas esto, estoy en mi lugar de trabajo —suplica bajando la voz y alejándose de los jugadores con los que estaba. No para hablar conmigo, sino para seguir con sus tareas.

No obstante, algunos compañeros empiezan a mirarnos y a preguntarse si es posible que estuviéramos juntos.

—Me enamoré de ti, Harp. Joder, lo sabes. No he fingido nada, en ningún momento.

Algunas cabezas más se giran hacia nosotros y ahora parece que nadie está haciendo sus ejercicios. Ya no miran con disimulo, todos quieren enterarse del chisme y no los culpo, no estoy siendo discreto, que digamos.

—¿En ningún momento? —me acusa con los ojos brillantes—.

¿Cómo puedes tener tanto morro? Fingiste interés, jugaste conmigo desde el principio.

—Se muerde la lengua y mira alrededor, encontrándose con un montón de tíos que giran sus cabezas a la vez y regresan a sus ejercicios—.

De puta madre, Brady. Ahora todos lo saben.

—¿Qué más da eso? Acabé loco por ti…

—¿Qué hay de mi padre? ¿Qué pasa ahora con esa apuesta? Porque tenías que dejarme cuando volvieras a jugar; pero, claro, ahora que soy la hija de Gregory Queen, ya no te interesa eso, ¿verdad? ¿Qué ibas a hacer? ¿Fingir toda una relación? Dime, ¿planeabas casarte para tener acceso a mi padre?

—Claro que no…

—Brady —me interrumpe con la voz firme y los ojos más húmedos que le he visto nunca—.

No puedo abandonar este puesto. No puedo dejar a Grant solo, no puedo irme a otro sitio ahora porque las plazas ya están ocupadas y no puedo mandar a la mierda mi carrera con lo que me ha costado llegar hasta aquí. No voy a permitir que me jodas eso.

»Vamos a tener que coincidir en algunos espacios, pero, por favor, olvida que ha existido algo entre tú y yo y procura no acercarte a mí, ¿de acuerdo?

«Imposible que olvide tal cosa».

Eso pienso. Sin embargo, me observa con tanta desesperación que mis palabras son otras.

—De acuerdo.

No es lo que quiero decir ni de lejos. Quiero insistir, necesito que me deje explicarme. Pero entiendo que no es el momento ni el lugar y voy a respetar su decisión. Porque, a pesar de que ella me odie ahora mismo, yo la amo y, si me pide algo, se lo daré. Aunque su súplica me destroce.

Harper se sorbe la nariz, se pasa una mano por los ojos, en un intento de borrar cualquier rastro de humedad, y regresa a lo que estaba haciendo como si no acabara de romper cualquier posibilidad de volver a estar juntos, como si no acabara de decirle que estoy enamorado de ella, como si nunca hubiéramos estado juntos.

Duncan pasa por mi lado, me dirige una mirada tan de decepción absoluta que me congela en el acto, y sigue su camino sin decirme nada. Junto a él camina Leif, que, por cómo nos observa a mí y a Harper, adivino que mi amigo se lo ha contado. No obstante, el capitán sí se detiene a mi lado.

—Tío, Harper es una buena chica. Se ha comido tu mal humor y tu ego. Ha hecho un trabajo increíble con tu lesión… —Niega con la cabeza—. No pensé que fueras capaz de lo que has hecho.

—Leif…

—No, Brady. No hay excusa.

No sé si es peor oír los reproches del capitán o el silencio de Duncan.

Se sienten demasiado defraudados conmigo.

Apenas pueden sostenerme la mirada y si hablan es para asestarme un golpe.

Zee y Connor nunca fueron mis amigos de verdad.

Tan solo eran compañeros de juergas, bromas de mal gusto y apuestas de mierda.

La vida que quería dejar atrás, y lo hice, aunque demasiado tarde.

Me queda claro que estoy más solo que nunca y voy a tener que demostrarles a todos que Brady Lennox no es ese que todos creen. Porque no quiero más fiestas locas ni noches con desconocidas. No quiero seguir fingiendo algo que no soy y que estoy cansado de ser.

No sé si podré recuperarla a ella algún día.

Pero necesito a Duncan y a Leif a mi lado de nuevo.

Ellos son los amigos que quiero. Ellos tienen la vida a la que aspiro y que no era consciente de que yo podría desear también: la compañera de vida, la estabilidad, los niños, la familia, las putas barbacoas en el jardín.

Y no solo por Harper, sino también por Ryan. Él se merece un hermano al que pueda admirar.