La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 44. Solo un juego
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44. Solo un juego

Harper

Estoy terminando de redactar un e-mail para el preparador físico cuando llaman a la puerta.

—¡Adelante!

Connor asoma la cabeza y se asegura de que le doy permiso para entrar del todo. Hale cierra a sus espaldas y da unos pasos con esa sonrisa que todas las personas alegres tienen puesta por defecto, aunque las cosas salgan mal. Es imposible que no te la contagie.

—¿Tienes un momento? —pregunta, levantando y señalándose la muñeca.

Suspiro por dentro. No porque no quiera atenderlo, sino porque no me sobra el tiempo y esta revisión está un poco fuera de lo reglamentario. Pero, finalmente, asiento y cedo, pues estoy convencida de que serán unos minutos.

—Claro, siéntate. Enseguida voy.

Guardo el e-mail como borrador y abro la ficha de Hale. Hago un repaso rápido y voy a la camilla.

—Vamos a ver esa muñeca.

Tomo su mano y empiezo con lo básico: movilidad, presión suave, rotaciones…

—¿Duele aquí?

—Un poco.

—¿Y aquí?

—No, pero siento una molestia.

Dejo una pequeña anotación en el iPad y vuelvo a dejar el aparato sobre la camilla.

—Vale. No es nada serio, quizá un poco de sobrecarga. Has estado forzando mucho esta semana.

Hago una ligera presión mientras deslizo el pulgar en dirección al antebrazo, en un intento de aliviar ese pequeño malestar. Mientras lo hago, no dejo de sentir su mirada fija en mí.

—Así que eres la hija de Gregory Queen… —canturrea, y me pongo en alerta de manera automática, preparándome para algún favor que no puedo ni quiero hacer—. Qué calladito te lo tenías —comenta alzando ambas cejas varias veces.

Me relajo y sonrío un poco.

—Bueno, como ya viste, tenía mis motivos para mantener oculta esa información.

—No me extraña. Algunos son un poco imbéciles.

—Sí, ya me he dado cuenta.

—Oye, siento lo de Wesley —dice acercándose un poco más a mí, tanto que está invadiendo mi espacio vital de manera completamente innecesaria—. No había tenido ocasión de hablar contigo. ¿Cómo te encuentras?

—Bueno… El susto inicial ya pasó. Tener una orden de alejamiento ayuda. —Carraspeo y aprovecho que termino la revisión para apartarme un poco—. No veo inflamación. Ponte un poco de frío y regresa mañana para que vuelva a ver esa muñeca, ¿de acuerdo?

—¿Quieres contarme lo que ocurrió?

Sus palabras muestran un interés y ternura especiales, mientras que se vale de esta conversación tan íntima para bajar de la camilla y aproximarse de nuevo a mí.

—No es apropiado —aseguro, acompañando mi respuesta con un movimiento de la cabeza.

—¿Por qué no?

—Es demasiado personal —zanjo, y pongo un poco más de espacio yendo a por un kinesiotape.

Rebusco en el cajón hasta encontrar uno que sirva para su caso y, al darme la vuelta, me choco con su torso. Connor me sujeta con ambas manos en mis brazos, tratando de impedir una caída bastante torpe. Alzo la cabeza y me da el tiempo justo de apartarme y evitar que me bese.

—Lo siento si he dicho algo que hayas podido malinterpretar, pero no estoy interesada en ti de ese modo.

Mi voz sale firme, profesional. No doy opción a que pueda entender otra cosa.

—¿Y de qué modo lo estás? —insiste con una sonrisilla.

—Eres un jugador y yo una de tus fisioterapeutas. No hay ni habrá nada más que eso.

—¿Eso se lo dices a todos o solo a mí? —cuestiona.

—No he tenido necesidad de recordárselo a ningún otro.

—Ya. —Connor chasquea la lengua y desvía la vista hacia la izquierda de manera fugaz. Sin borrar esa sonrisa que empieza a ponerme de los nervios—. ¿Qué hay de Brady?

Trago saliva. Hale me observa atento a cada reacción desde su posición.

—¿Qué pasa con él? —balbuceo.

—Que con él no eres solo su fisioterapeuta —responde como algo obvio. Aunque no sé si lo sabe porque Brady se lo haya dicho o solo está buscando una confesión por mi parte.

—No sé de qué me hablas —aseguro, y me doy la vuelta con la esperanza de que esta conversación acabe ya mismo.

Connor emite una risa ronca que me hace temblar de miedo. Exactamente igual que Wesley.

—Te voy a contar una cosa, porque siempre te has portado genial conmigo y me da cierta lástima que no lo sepas. Brady apostó que caerías antes de Navidad.

Mi corazón da un vuelco y me giro de repente hacia él para ver su expresión porque, obviamente, se lo está inventando. Solo quiere que no esté con él por alguna razón que desconozco.

—Mientes —rujo, con una sensación desagradable subiéndome por el esófago.

—Se apostó el plus de llegar a los play-off a que lograba meterte en su cama para entonces y estar contigo hasta que volviera al hielo. Aunque recientemente cambió las condiciones porque, claro, siendo una Queen ya no le interesa romper contigo…

Hace una pausa tanteando mi reacción, valorando cuánto daño está haciendo, mientras yo intento no mostrar lo rota que me ha dejado su confesión.

Porque lo de la apuesta puedo creer que sea mentira, no encaja con el Brady que he conocido estas últimas semanas.

Pero el eco de nuestra discusión me atraviesa y me destruye.

Su reacción al saberlo.

Su empeño en reconciliarnos.

Su interés repentino en mí.

Su enamoramiento.

Su necesidad de que «viviera» con él.

Todo para ganar una apuesta. Todo para que pareciéramos la pareja perfecta frente a mi padre y ganarse sus favores.

Me duele tanto el pecho que me cuesta respirar y ya no puedo disimular frente a Connor, quien me mira con cierta lástima. Aunque creo que está disfrutando con esto. Porque esta era su intención desde el principio. Destrozarme.

—Pero qué suerte que no hayas caído aún —suelta de repente, encaminándose hacia la puerta—. Yo sabía que era imposible que te fijaras en él. —Se gira hacia mí una última vez antes de salir—. Me pondré hielo, nos vemos mañana.

Yo no puedo hablar, ni moverme. Me quedo temblando en el mismo sitio varios minutos hasta que puedo reaccionar. Necesito comprobar que lo que ha dicho Connor es cierto y solo puedo confiar en una persona. Así que busco mi teléfono y marco su número.

—¿Harper?

Voy a responder, sin embargo, mi voz no parece estar disponible ahora mismo.

—¿Ocurre algo?

—¿Te has ido ya?

—No, estaba saliendo. ¿Por?

—¿Puedes venir un minuto? —suplico con los labios temblorosos.

—Claro, ahora voy.

El tiempo que pasa hasta que la puerta se abre de nuevo se me hace eterno. Siento escalofríos, el corazón no late con suficiente fuerza y advierto que estoy a punto de romperme en mil pedazos.

No puedo creer que haya sido tan estúpida de caer en su juego, de confiar en sus palabras y en ese Brady que él me mostró como auténtico. En realidad, siempre fue el mismo idiota que yo pensé desde el principio que era.

Incluso engañó a mi padre.

No soy consciente de que alguien entra hasta que noto unos brazos sobre mi cuerpo.

—¿Harper? ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

Reacciono por fin y me giro hacia Duncan, quien parece acojonado por mi comportamiento.

—Necesito que me digas la verdad, solo puedo confiar en ti.

—Claro, ¿qué ha pasado? Estás temblando…

Duncan se quita su chaqueta y me la pasa por los hombros. Luego me lleva hasta la silla y hace que me siente.

—Gracias, pero no tengo frío —comento apenas sin voz mientras le devuelvo el abrigo.

—Me estás preocupando. ¿Llamo a alguien más? ¿A tu hermano?

—¡No! —exclamo horrorizada—. Necesito…

—¿Sí?

—¿Tú sabes algo de una apuesta? —tanteo.

—¿Una apuesta sobre qué? —se interesa—. Tendrás que ser más específica.

—Tengo que saber si es verdad… —trago saliva, me cuesta pronunciar esas mismas palabras que usó Connor— si es verdad que Brady apostó que caería antes de Navidad y que cortaría conmigo cuando volviera al hielo.

Necesito saber si es tan cabrón para jugar así conmigo, Duncan, porque no puedo creerme que haya sido tan tonta.

—¿Cómo? ¿Quién te ha dicho eso?

—Entonces, ¿es verdad? —pregunto, y lo acuso por no contármelo y dejar que me despeñara cuando se supone que somos amigos.

—¡No! No lo sé, no tengo ni idea de eso.

Jamás se lo hubiera permitido. Joder, le pedí que no jugara contigo…

—murmura caminando por la sala—. Harper, si yo hubiera sabido algo de eso, te lo habría advertido.

Él no es así, de verdad que si no fuera el chico que sé que es no me hubiera quedado tan tranquilo viéndote con él.

Pero cuando se junta con los idiotas de Connor y Zee…

Es otro. Ha sido alguno de ellos, ¿verdad?

Asiento con un nudo enorme en la garganta.

—Connor. El muy cabrón ha disfrutado con eso. Se nota que lo único que le importaba era no perder la pasta.

—Vamos a hacer una cosa. Porque, viniendo de él, cabe la posibilidad de que se lo haya inventado.

—¿Por qué haría algo semejante?

Duncan mira a todos lados, como si hubiera alguien que pudiera oírnos. Aun así, se acerca mucho a mí para poder hablar en susurros, como quien cuenta un secreto.

—Que esto no salga de aquí, ¿vale? Es solo algo a lo que le doy vueltas desde hace algún tiempo, pero yo creo que a Connor le mola Brady.

—¡¿Que es gay?!

—Shhhhhh. Solo es una hipótesis. Por eso cabe la posibilidad de que se lo haya inventado todo.

Duncan saca su teléfono del bolsillo y busca entre sus contactos. Luego me hace la señal para que guarde silencio y pone el altavoz, tras darle a la tecla de llamada.

—¿Qué tal? ¿Ya me echas de menos?

La voz de Brady suena alegre y siento un pinchazo en el pecho ante el hecho de que él pueda estar tan tranquilo.

—Todavía no. Pero he oído una conversación y quería asegurarme de que no fuera verdad.

Un segundo.

—¿Qué conversación?

Su voz ahora suena diferente y me da la sensación de que teme algo.

—Connor y Zee creían que estaban solos y hablaban sobre una apuesta. Algo contigo y con Harper.

—Duncan…

—Dime la verdad, Brady, sin excusas.

—Te vas a cabrear. Mucho.

Me cubro la boca con ambas manos para no soltar un chillido. No hace falta que explique nada más. Es verdad. La apuesta es verdad. He sido una tonta y una ilusa creyendo que Brady pudiera estar interesado en mí. Solo soy un juego.

Las lágrimas caen sin control y tengo miedo de desplomarme en el suelo.

—¡¿Eres idiota?! —espeta mi amigo.

—Escúchame, no es como crees…

—¿Apostaste que Harper caería, sí o no?

—Sí, pero…

Duncan cuelga y viene hasta mí para abrazarme.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—Me siento un poco responsable por esto.

Porque lo conozco, sé que es buen chico, pero tiene esa estúpida necesidad de aprobación…

Quizá debería haberte advertido sobre esta especie de doble personalidad suya.

Pensé que ya no quedaba con ellos, me pareció verlo bien contigo, pensé que era verdad… Supongo que a mí también me engañó.

El móvil de Duncan suena sin parar, aunque él sigue dispuesto a ignorarlo. No necesita saber nada más.

—¿Quieres que te lleve a algún lado? —pregunta tras un rato, cuando los sollozos van remitiendo.

—Tengo que seguir trabajando. —Me sorbo la nariz—. Ojalá pudiera abandonar esto y refugiarme en East Harbor, pero no puedo dejar a Grant solo. No puedo jugarme mi carrera por nada, menos por alguien que no vale la pena.

Duncan me mira con lástima. Una de verdad, no esa con la que me observaba Connor. No tengo ni idea de cómo voy a seguir trabajando aquí, donde todo me recuerda a él, a su juego de seducción, a esa mochila que seguro que se dejó aquí adrede para que se la llevara, a su voz, a sus sonrisas…

—Estaré bien. Hablaré con Grant y le pediré que se haga cargo de Brady.

Duncan me contempla por unos segundos, sin saber qué más hacer, sin atreverse a irse y dejarme sola.

—No vuelvas a decir «lo siento» —le advierto. Quiero sonreír, pero no lo logro.

—De acuerdo. ¿Quieres que me quede? —Niego con la cabeza—. Vale. Llámame si me necesitas.

Asiento.

—¿Lo pongo en el grupo para que podamos insultarlo todos un rato?

Eso me saca una media sonrisa.

—Eres un buen amigo.

—Ahora mismo no siento que me haya portado como tal contigo —se lamenta.

—Lo has hecho. Pero no puedes protegerme, nadie puede. Tengo que cometer mis propios errores. Mi padre dice que de estos se aprende más que de los aciertos.

Duncan asiente con cierta dificultad.

—Supongo que tiene razón.

Ahora soy yo la que lo abrazo y le doy un beso en la mejilla.

—Holly tiene mucha suerte.

—No me lo digas mucho, a ver si me lo voy a creer demasiado.

Me río. Muy poco, pero lo hago.

—¿Irás a East Harbor en Navidad?

—Seguramente lo haga. Quiero alejarme de aquí.

—Pues nos veremos entonces. Le voy a pedir a Jay que actualice su cartera de chistes y bromas para hacerte reír.

—No quiero reír.

—Lo sé. Haz lo que sientas. Y recuerda toda la gente que te quiere.

—Gracias.

—Y llámame si necesitas algo. A mí, a Holly, a Charlotte, a Calvin…, a alguien.

Asiento, nos despedimos y desaparece tras la puerta.

Solo cuando me quedo sola de nuevo, las lágrimas vuelven a brotar incluso con más fuerza que antes. Y dejo que salgan porque es lo que necesito hacer ahora mismo. Luego hablaré con Grant y terminaré el e-mail. Luego revisaré el inventario. Luego haré lo que «debo» hacer.

Pero ahora necesito unos minutos para terminar de romperme antes de poder reconstruirme de nuevo.

Voy a ser una nueva Harper. Se acabaron los deportistas.