La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 46. Nada que aclarar
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46. Nada que aclarar

Brady

Nunca me han gustado las ruedas de prensa, a pesar de que, hasta ahora, las vivía como el clásico jugador estrella pagado de sí mismo, cuya única preocupación es marcar goles y ganar partidos.

Era puro teatro, sonrisas y bromas mientras, en cada una de ellas, iba perdiéndome un poco más.

Hasta que ya no supe distinguir al verdadero Brady.

Hoy no.

Hoy vengo dispuesto a hacer un cambio. Uno que todos puedan ver.

Estoy sentado frente a una mesa alargada, con el escudo del equipo y el logo de los patrocinadores repetido hasta la saciedad a mi espalda. Un micrófono y un vaso de agua.

No es mi primera rueda de prensa. Pero sí es la primera tras la lesión. Y la primera tras todo lo que he vivido en tan solo dos meses.

Los flashes empiezan incluso antes de que alguien formule la primera pregunta. Mis antebrazos reposan de manera despreocupada sobre la madera blanca, transmitiendo una seguridad que no siento.

—Brady, ¿cómo te encuentras tras estos meses de rehabilitación? —pregunta uno de los periodistas.

La respuesta es automática.

—Bien. Progresando según lo previsto. Aún queda trabajo, pero estoy centrado en recuperarme de manera adecuada —aclaro sin entrar en detalles.

—¿Tienes ganas de volver?

—Por supuesto. Esto de estar de baja es aburridísimo. —Me permito una pequeña broma.

—¿Cuándo opina el equipo médico que podrás jugar de nuevo?

Miro a Grant un segundo. No se encuentra en la mesa conmigo, pero está de pie, cerca de la puerta.

—Creo que son más optimistas que yo, aunque esperan que para los play-off ya esté de vuelta.

—¿Crees que vais a llegar sin ti?

—Mis compañeros están jugando muy bien. Claro que podemos llegar.

Aprovecho un momento de pausa para beber un poco de agua.

—Te hemos visto recientemente en los partidos, aquí en el Cavendish Arena. ¿Por qué has tardado tanto en venir a ver jugar a tus compañeros?

Contengo una mueca. Parece que ahora van a salir las preguntas incómodas.

—Me temo que no tengo una respuesta para eso. Me costó mucho atreverme a hacerlo.

Distingo algunas caras de asombro, como si les costara creer que el Brady Lennox que ellos conocen y ese chico que está aquí, hablándoles de lo que le dolía ver un partido, sean el mismo.

—¿Te sientes frustrado al tener que ver los partidos desde fuera?

—Sí, es una mierda.

Algunos se ríen, como si fuera una de mis clásicas bromas. Pero pocas veces he sido tan sincero como ahora.

—Hay algunos rumores circulando por ahí sobre tu relación con tu fisioterapeuta, Harper Queen —dice una voz al fondo—. ¿Hay algo que quieras aclarar al respecto?

El murmullo es inmediato. Los periodistas se inclinan hacia delante, sedientos de noticias jugosas, y acercan un poco más sus grabadoras.

No busco a Grant. No busco a nadie. Me acerco al micrófono y sostengo la mirada del periodista que ha formulado esa pregunta.

—No —expreso con firmeza—. No hay nada que aclarar.

—Entonces, ¿niegas cualquier tipo de relación personal con la hija de Gregory Queen?

Aprieto la mandíbula.

—Nunca ha habido nada entre ella y yo más allá de nuestra relación profesional. Es una excelente fisioterapeuta y estoy muy agradecido por el empeño puesto en mi rehabilitación. Nada más.

Me duele cada palabra que pronuncio. Aunque la segunda frase es cierta, todo lo demás es una mentira gigante. Ojalá pudiera decir otra cosa.

La rueda de prensa continúa y, por suerte, las siguientes preguntas vuelven a ser de tipo deportivo.

Supongo que, al no encontrarse con la respuesta esperada, el titular que todos los periódicos pondrían en la portada y la noticia con la que abrirían todos los programas de noticias, dejan a un lado el ámbito personal.

Cuando termina, me despido de los presentes y les deseo unas felices fiestas mientras me largo sin mirar atrás, orgulloso por haber hecho lo correcto y destrozado por exactamente lo mismo. Porque nunca pensé que me podría sentir bien y mal por una mentira.

Cuando voy a salir, la recepcionista me detiene y me avisa de que Matthew Queen quiere verme en su despacho.

Mejor me voy despidiendo de estos colores, de este equipo, de esta afición y de esta ciudad.

Porque, si Matthew me quiere ver con tanta urgencia, justo ahora, es porque no voy a volver a jugar aquí nunca más.

Llamo a la puerta y entro en cuanto este me da permiso. Matthew está sentado dándome la espalda, mientras contempla las vistas de la ciudad.

—Dame un solo motivo para que no rescinda tu contrato ahora mismo. —No levanta la voz, pero se percibe la autoridad sin necesidad de hacerlo.

El hecho de que ni tan solo quiera mirarme a la cara lo hace aún más duro. Es como si no hubiera nada que yo pudiera decir para convencerlo.

Salvo la verdad.

—Si hubiera dado la respuesta que todos esperaban, su siguiente parada sería la puerta de casa de tu hermana.

Matthew ahora se da la vuelta de manera lenta, acabando con mi paciencia.

—No podía permitir eso. —Hago una pausa.

Él me estudia, poniéndome de los nervios para que siga hablando, para arrancarme la verdad—.

Ellos no tienen por qué saber que ha habido algo entre nosotros si se ha acabado.

Solo serviría para que las noticias se hicieran eco de ello durante semanas. No puedo hacerle eso, yo…

—Pero sí puedes hacerle creer que te gusta, que quieres algo con ella.

Eso está de puta madre, ¿no, Brady? —Se levanta y empieza a caminar por el despacho con las manos a su espalda—.

Has cruzado todas las líneas posibles: has jugado con una persona de tu equipo médico, una persona excepcional, poniendo en peligro su continuidad en los Phantoms; has comprometido el buen rollo entre personal y jugadores, incluso entre jugadores; con ello, has arriesgado la confianza necesaria para jugar en equipo y ganar; y ahora nuestra relación con los patrocinadores pende de un hilo.

Porque, si el equipo empieza a perder y todo esto sale a la luz, créeme que no me temblará el pulso para destruir tu carrera.

Asiento.

—Haz lo que consideres oportuno.

Matthew me mira alzando una ceja.

—Hoy has hecho lo correcto, Lennox —concluye al fin—.

Pero vas a seguir en el punto de mira. Una sola gilipollez más y estás fuera.

Y, sí, por «gilipollez» también me refiero a acosar a mi hermana por el gimnasio.

Para mí sería una noticia genial que se fuera, pero para Grant sería una putada enorme.

Y para algunos más también. De modo que mantente alejado de ella mientras coincidáis por aquí, ¿de acuerdo?

—Vuelvo a asentir—. Ahora lárgate. Tengo que terminar unas cosas antes de poder pasar estos días con mi familia.

Me doy la vuelta y salgo de su despacho.

Por alguna razón, me siento más ligero. No lo he expresado con esas palabras, pero le acabo de decir que amo a su hermana hasta el punto de no permitir que la prensa la acose por una relación que ya no existe.

Y sé que él se ha dado cuenta, quizá por ello ha decidido que sigo en el equipo.

O quizá su manera de castigarme es precisamente esa, obligarme a verla sin poder hacer nada para estar con ella.

Cuando me subo al Uber cambio de idea, motivado por el subidón que me ha producido el decirle la verdad a Matthew, y le indico la nueva dirección.

Al llegar, le entrego un billete de cincuenta dólares como propina por las molestias y, aunque el hombre se muestra reacio al principio, termina aceptándolo.

Me encamino hacia la puerta con los nervios llenando cada célula de mi cuerpo, aunque decidido.

Llamo al timbre y, tras unos segundos, Duncan abre, manteniéndose en el sitio con recelo.

Normalmente entraba de manera directa, ahora me reta con la mirada y siento que va a cerrarme la puerta en cualquier momento.

—¿Podemos hablar?

Él me escruta, y creo que va a mandarme a la mierda —a mí y a nuestra amistad—, pero finalmente se aparta y me indica que entre con un ligero movimiento de cabeza.

Ambos pasamos al salón. No nos sentamos, no me ofrece nada. Solamente se queda de pie, cerca de la escalera, con los brazos cruzados y la vista fija en mí.

—Sabía que te ibas a decepcionar conmigo, por eso no te lo conté.

—Suspiro—. En realidad, tendría que haberla anulado al día siguiente.

Podría haber alegado que mezclé los analgésicos con alcohol y que no estaba en mis cabales.

Pero no lo hice. Me gustó la idea de intentar seducir a la Reina de Hielo, era un reto, algo que me mantendría ocupado mientras estaba de baja.

Supongo que el error de inicio fue considerar a Zee y Connor como mis amigos.

—Supones bien —masculla.

Encajo el golpe y continúo con el discurso que tenía previsto.

—Creí que podía albergar a ambos Bradys dentro de mí.

El que todo el mundo conoce y el que soy en realidad.

Para proteger a mi hermano. Pero lo único que he fomentado es que el que «soy» le ha ido cediendo más espacio al que «aparento».

Y no quiero eso. Quiero ser un modelo para Ryan.

Quiero esto —admito señalando alrededor—: una vida «de verdad», con significado, con gente a la que quiero, sin tener que aparentar.

Y esto es incompatible con esa imagen pública que tengo.

Estoy harto de mentir y fingir. Necesito cambiarlo.

Pero no sé hacerlo yo solo. Te necesito, hermano.

—Estoy convencido de que me necesitas menos de lo que crees.

—Es posible, pero me gusta saber que estás ahí.

—Hago una pausa, y él cabecea de manera ligera—.

No lo hago por ella. Tengo asumido que está todo perdido.

—Ahora alza una ceja, sorprendido por mi rendición tan temprana.

Creo que esperaba que no fuera a tirar la toalla con Harper tan pronto, pero, asumámoslo, lo mejor es que se olvide de alguien tan inmaduro e inestable como yo—. Sé que has visto la rueda de prensa.

—Lo he hecho —confirma.

—He negado nuestra relación para protegerla.

Duncan asiente y relaja un poco su postura.

—La quieres —adivina. Ahora soy yo quien asiente, aunque soy incapaz de mantenerle la mirada—. Dime una cosa —me pide, obligándome a mirarlo con cierta esperanza—. Cuando empezaste a salir con ella, ¿seguías fingiendo para ganar la apuesta?

—No —aclaro con premura—. Empezó como un juego, pero en algún momento dejó de serlo.

Nunca contemplé que yo pudiera caer. Para Acción de Gracias estaba pilladísimo.

No sabía qué me pasaba con ella hasta que lo de Wesley me abrió los ojos.

Ya ni me acordaba de la apuesta. Si no fuera porque Connor me lo recordó el otro día…

—Él fue quien se lo contó —me interrumpe.

—¡¿Cómo?! ¡Qué hijo de puta! Pensé que habías sido tú…

—Y lo habría hecho, no lo dudes. Pero la verdad es que ella me preguntó si yo sabía algo. Estaba muy nerviosa, temblando. Por eso te llamé.

—Lo sé. Eres leal. Por eso estoy aquí, porque tu amistad sí que es importante para mí.

—Y como amigo te diré que Connor quizá no buscaba solo ganar la pasta. Tiene mucho dinero, no necesita más.

—Quizá lo malgaste.

—¿Millones de dólares al año? —cuestiona.

—¿Entonces?

—Pregúntate qué interés puede tener Connor en destruir tu relación con Harper. Porque, si fuera tu amigo, se hubiera alegrado.

—Ya me ha quedado claro que no es mi amigo.

—No, porque quizá quiere otra cosa.

Entrecierro los ojos.

—No estarás insinuando que Connor…

—¿Te quiere dar como cajón que no cierra?

—Joder, Harris. —Esbozo una mueca—. ¿Tenías que ser tan gráfico?

—Piénsalo.

—La apuesta fue idea suya y él no ha parado de intentar ligar con ella desde que nos la presentaron.

—Apariencias. Tú sabes mucho de eso, ¿no? —Chasqueo la lengua—. Solo te lo digo para que tengas cuidado.

—¿Eso significa que volvemos a ser amigos? —pregunto agarrándome a la poca esperanza que siento.

Duncan dibuja una especie de sonrisa y se acerca a mí para darme un abrazo muy fraternal.

—Parece que necesitas a alguien que te controle —se burla mientras me da una última palmada y me suelta—.

Oye, tengo que terminar de preparar el equipaje para pasar unos días en East Harbor.

Si tú y Ryan no habéis hecho planes para estos días, tenemos una casa vacía donde podéis quedaros y espacio de sobra en nuestra mesa.

—¿De verdad? No queremos molestar…

—No os habría invitado si no quisiera que vinierais. El pueblo está precioso en esta época y hay algunas actividades a las que suelen asistir «todos» —añade guiñándome un ojo.

Tardo un poco, pero finalmente entiendo a lo que se refiere. A Harper. A que ella estará allí también y a que vuelve a considerarme «bueno» para ella.

—Quizá nos presentemos mañana en tu casa —dejo caer con una sonrisa.

—Perfecto. Os esperamos.

Me despido de él con otro abrazo y los nervios propios de un adolescente que no sabe cómo actuar frente a su crush. Porque tengo claro que voy a verla y no sé qué decirle aún.