41. Tienes miedo
Brady
No he vuelto a hablar con ella desde el día que volvimos de East Harbor.
Me dejó en casa y casi no me dio tiempo de verla irse. Sé que estaba tan jodida como yo porque se notaba el esfuerzo sobrehumano que hizo para no llorar.
—¿Dónde está Harper? —preguntó Ryan nada más verme entrar, solo y en silencio.
—Se acabó.
—¿Qué ha ocurrido?
Me encogí de hombros y subí a mi habitación. Luego me sentí fatal y bajé a ver la tele con él, aunque no estuviera muy pendiente de lo que se decía en la pantalla. Él lo notó, pero no se atrevió a comentar nada.
—Greg Queen es su padre.
—¡¿Cómo?!
—Me aseguró que, si en cinco preguntas lo adivinaba, no me iba a mentir. Lo adiviné en la cuarta, pero no se lo dije. Todo iba bien, aunque me inquietaba no saber por qué no quería contármelo. Es mi ídolo y ella lo sabía.
—O sea, que tú también jugaste con ella.
Chasqueé la lengua.
—Ella no quería que yo lo supiera y quise respetarlo. Luego su padre la ha llamado mientras estábamos volviendo. Harper se ha enterado a la vez de que yo lo sabía y de que él sabía que estábamos juntos. Y no sé cómo ha ocurrido, pero ha terminado diciendo que quizá se equivocó conmigo.
Eso fue el viernes y hoy es martes. Me toca sesión con Harper, aunque aún no tengo claro que vaya a verla. Que, de repente, Grant me busque y me diga que Harper está ocupada con algo. Porque, joder, necesito hablar con ella.
Le he enviado algunos mensajes. Nada invasivo, solo para aclararle que sigo dispuesto a arreglar las cosas y que no se deje llevar por un momento de cabreo.
Ryan bromea en un intento de hacerme salir de esta angustia.
Dice que cuando estaba enfadado con el mundo por la lesión estaba de mejor humor.
Quizá tenga razón. Porque la lesión se iba a curar, quizá no del todo, pero hasta yo sabía que no estaría recién operado toda la vida.
Que volvería nuestra rutina y que las chicas de una sola noche siempre estarían ahí, aunque tuviera que retirarme.
Pero esto es definitivo. Harper no quiere compartir la vida con alguien como yo, con un deportista, y yo ya la necesito. La rutina solo con Ryan me es insuficiente y ahora no existe la opción de acostarme con una chica cualquiera. Ni ahora ni en un futuro a medio plazo.
Cuando entro en el estadio, Vanessa, la recepcionista, me dirige esa misma sonrisa estereotípica de siempre.
Amable. Educada. Profesional. Camino por los pasillos y me detengo un segundo en observar a los chicos que están saliendo de la pista tras el entreno.
Algunos se quedan rezagados dando una vuelta de más sobre el hielo, mientras otros protestan por lo duro que ha sido hoy.
Tully está hablando con Grant, pero ni rastro de Harper.
Continúo mi marcha hasta la zona médica y me siento en una de las sillas a esperar que me llamen para entrar o para ir al gimnasio.
Estoy distraído viendo algo en el móvil cuando oigo que su voz me llama.
—¿Lennox?
Levanto la vista y mis ojos conectan de manera fugaz con los suyos, pues ella se da la vuelta enseguida y entra en la sala.
No me extraña que me llame por mi apellido, pues es lo más profesional y, aun estando juntos, me llamaba así. Pero hay algo en su tono de voz serio que me indica que está poniendo una distancia entre nosotros.
Cierro la puerta de manera suave y no aparto la mirada de ella en ningún momento. Está repasando algo en su iPad. Luego, lo deja apoyado sobre su escritorio y se hace esa coleta despeinada que ya es un símbolo de su identidad.
—Puedes sentarte —pide con la voz más calmada, seria y profesional que le he oído nunca—. Voy a mirarte ese hombro y luego volvemos al gimnasio. ¿De acuerdo?
Asiento porque, aunque no me mire, sé que me ve de reojo todo el tiempo. Suspiro y me quito la sudadera, quedándome desnudo de cintura para arriba.
Harper se coloca a mi lado y de nuevo parece inmune a mí, a mi físico, a mi presencia. En cambio, sus dedos en mi piel me traen una cascada de recuerdos de estos días y me obligo a no mirarla para no hacerlo más difícil. Me trata como a cualquier otro jugador y eso duele más de lo que debería.
—¿Has estado haciendo los ejercicios? —pregunta.
—Sí. Aunque cuando los hacías conmigo era más fácil…
—Brady, por favor… —Su tono de voz me pide que no insista y que no se lo ponga más difícil, mientras que sus ojos siguen esquivando los míos—. Se nota lo disciplinado que eres. Creo que hoy podremos añadir un poco más de carga.
Asiento de nuevo mientras Harper se separa y va en busca de su iPad.
—Esto es una mierda —murmuro.
—Te vas a recuperar, tranquilo —comenta distraídamente—. Vístete, vamos al gimnasio.
Harper regresa a mi lado y me mira con atención.
—No me refiero a la lesión, sino a todo. —Ambos nos miramos sin añadir nada más, pero tampoco somos capaces de poner fin a este momento—. Te echo de menos, Harp —suplico echándome hacia delante, acercando mi cabeza a la suya.
Sus brazos se cruzan frente a su cuerpo en un intento de mantener las manos alejadas de mí, de poner distancia, de protegerse a sí misma de sus ganas de acercarse.
—Me vas a seguir viendo por aquí —afirma perdiendo algo de seguridad.
—No quiero verte aquí. No quiero que seas mi fisio. Quiero que vuelvas a ser mi novia y que aparezcas en casa todos los días. Hasta Ryan te echa de menos.
—No metas a Ryan en esto. No lo uses para hacerme sentir mal —me reprocha.
—Lo siento, tienes razón.
—Si quieres, puedo pedirle a Grant que se haga cargo de tu rehabilitación.
—No quiero eso. Te acabo de decir lo que quiero.
Harper niega con la cabeza y su mirada se humedece.
—No puede ser.
—De verdad que quiero arreglarlo. Ambos dijimos cosas que no pensamos.
Bajo de la camilla y me acerco a ella, aunque Harper retrocede los mismos pasos que doy yo.
—Deberías vestirte. Tengo un tiempo limitado para tu sesión y te recomiendo que lo aproveches.
—Me importa una mierda mi recuperación ahora mismo —gruño, y me froto la cara con ambas manos al ver el rostro asustado de Harper—.
Nunca deseé esto. Siempre creí que iba a envejecer solo, como un lobo solitario, rodeado de chicas jóvenes buscando la atención de algún famoso.
Y pensé que eso era el éxito, lo creía de verdad.
Tú lo cambiaste. No sé cómo, pero ese éxito ahora se me antoja vacío.
Porque me enamoré de ti. Sabes que no habría hecho nada de eso que dices, pero estás acojonada por lo que sientes y buscas cualquier excusa para alejarte de mí.
Dime, ¿de verdad crees que te habría pedido algún favor relacionado con tu padre?
Me he ido acercando a ella hasta que se ha encontrado con la pared a su espalda.
Harper me observa con los ojos vidriosos y niega con la cabeza.
Agacha la mirada y noto cómo se relaja, por lo que aprovecho para erradicar esta maldita distancia con ella.
Mis manos van directas a su cuello para obligarla a mirarme y elimino unas lágrimas con el pulgar.
—Te echo de menos, incluso más que al hielo.
Siento cómo se desarma tras mis palabras y cómo deja de luchar contra sí misma, contra nosotros.
Acerco mis labios a los suyos, espero a que no me rechace y, cuando siento que sus manos se abrazan a mi cintura, le doy permiso a mi lengua para que invada su boca y me devuelva el oxígeno que llevo días sin respirar.
—Tienes razón —murmura al apartarse.
—¿En qué?
—Tengo miedo, porque nunca había sentido algo tan fuerte por nadie y aproveché cualquier chorrada para apartarme de ti.
—Yo también estoy asustado, te lo aseguro. Pero no quiero volver a sentirme como estos días.
Le robo un beso fugaz y nos sonreímos. Vuelvo a sentir esos nervios que me recorren el cuerpo cuando estoy cerca de ella, cuando sé que todo va bien.
—Tengo una idea —suelta de repente, y se aparta—. Ve a buscar unos patines y nos vemos en la entrada de la pista.
—¿Qué?
—Hazme caso.
—¿Y el gimnasio?
—¿Quieres ir al gimnasio o al hielo?
—Joder, nena, eres la mejor —aseguro dándole otro beso fugaz.
Me pongo la sudadera a toda velocidad y salgo disparado hacia los vestuarios con la sonrisa de un niño a punto de hacer alguna travesura. O de un adolescente enamorado. O ambas cosas. Estoy tan emocionado ahora mismo que es difícil que algo me chafe esto.
Cuando entro, se oyen algunas duchas y hay jugadores en distintos grados de desnudez. Todos charlan entre ellos, hacen planes, comentan lo duro que está siendo Tully…, pero todos esperan con ganas el momento de llegar a sus casas.
Rebusco en el cajón de mi stall un par de patines y algo de ropa de abrigo en los percheros.
—¡Vaya! Sí que te recuperas rápido —exclama Connor, envuelto en una toalla de cintura para abajo.
Nos reímos y chocamos la mano. Mi compañero sigue el camino hasta su stall y Duncan se sienta a mi lado, ataviado únicamente con un pantalón largo.
—¿Todo bien? —murmura en voz baja, en referencia a lo mío con Harper.
Mi sonrisa creo que le sirve de respuesta, pues simplemente me da un codazo y vuelve a su banco para terminar de vestirse.
Salgo de ahí antes de encontrarme a más compañeros y que me hagan preguntas.
Llego hasta la entrada de la pista con el corazón latiéndome a toda velocidad por la emoción.
El silencio y el frío me envuelven. Me siento en el banquillo para ponerme los patines y el abrigo.
No he terminado de atarme el segundo cuando oigo unos pasos a mi espalda.
Me giro y me encuentro con Harper ataviada con el anorak que usa cuando viene a la pista y con unos patines en la mano.
La miro alucinado con una pregunta silenciosa bailando en mis labios.
—A veces, vengo a patinar cuando no queda nadie y todavía no han pasado la Zamboni —comenta, como si fuera lo más normal del mundo—.
Tranquilo, tengo permiso siempre y cuando no hayan arreglado la pista aún.
Y, por si tienes esa duda, no es ningún beneficio por ser quien soy.
Todos los empleados pueden hacerlo. Pero no todos saben patinar o no les gusta o no les da tiempo antes de que vengan los de mantenimiento.
—Se encoge de hombros y empieza a calzarse los patines—.
A mí me relaja. Lástima que ahora tenga tanto trabajo que no puedo bajar ni cinco minutos.
Sonrío, me pongo de pie y le tiendo una mano para ayudarle en cuanto termina. Caminamos hasta la puerta, pero me detiene cuando voy a poner un pie sobre el hielo.
—Prométeme que harás lo que te diga y no cometerás ninguna estupidez que haga que me arrepienta.
Me río sin más.
—Nena, ¿aún no te has dado cuenta de que confío en ti por encima de todo y no se me ocurriría hacer nada que pusiera en riesgo ni mi carrera ni la tuya?
Ella me mira alucinada y trata de disimular con una sonrisa.
—Vamos.
Entro al hielo dos meses y medio después de la lesión. Harper me sujeta por la mano izquierda y me agarra por la cintura del otro lado. Ella se desliza hacia atrás mientras me da indicaciones. Cuando siente que estoy listo, me suelta.
—Ahora te dejo un poco para que disfrutes de la libertad. Recuerda lo que te acabo de decir.
—Tranquila.
Se aleja hasta el fondo, donde empieza a hacer algunos giros increíbles que me quitan la respiración. Luego regresa hacia mí con las cejas alzadas.
—¿Te has movido? Recuerdas cómo se patina, ¿no?
—¿Tienes algún otro secreto o talento oculto?
Harper se ríe mientras gira sobre sí misma demasiado rápido para mí.
—Mi padre no me permitió jugar al hockey, así que me apuntó a patinaje artístico. Pero me aburrí.
—¿Nunca se te pasó por la cabeza competir?
—No. No quería ser la hija fracasada de Gregory Queen —confiesa en voz baja.
—Ninguno de tus hermanos es un fracaso. Así que tú tampoco.
—Díselo a Matt. Quizá le gustaría saber que alguien ajeno a la familia opina eso también.
—Seguro que creerá que intento burlarme de él —farfullo.
—Tenéis más en común de lo que quiere admitir.
Trago saliva al pensar en la lesión. Se me ha olvidado al entrar en el hielo, pero está ahí, recordándome que en cualquier momento puedo despedirme de mi sueño y mi carrera, tal y como le tocó a su hermano.
Me deslizo para acercarme a ella, pero Harper empieza a rodearme. Me río.
—Ven a casa esta noche. —Los patines frenan en seco frente a mí y ella me observa con atención—. Y trae algunas cosas para que mañana puedas dormir un poco más. Entre mis brazos —añado sosteniendo sus manos y tirando de ella hacia mí para borrar esta distancia.
—¿Qué habrá para cenar? —pregunta queriendo sonar seria, aunque se le escapa la risa y yo me la trago al besarla de nuevo.
Echaba tanto de menos sus labios que el beso se vuelve exigente. Nuestras manos frías buscan la piel del otro bajo las camisetas y nos acercamos un poco más para sentirnos del todo.
Un carraspeo nos detiene y nos giramos de manera veloz hacia su procedencia. Matthew se encuentra en la entrada de la pista con los brazos cruzados y una mirada con la que pretende asesinarme.
Ella se queda rígida, aunque no me suelta del todo y entrelaza sus dedos con los míos.
—Harp, a mi despacho. Ya.
—Matt…
—Ya —ladra.
Harper resopla.
—Nos vemos luego, ¿vale? —susurra antes de soltar mi mano y deslizarse en dirección a su hermano, mientras yo permanezco en medio del hielo sin saber qué cojones hacer.