39. East Harbor #2
Pongo dos dedos bajo su mentón y lo alzo.
Acerco mis labios a los suyos en un gesto tierno y lleno de significado que espero que ella capte.
Porque no es un beso cualquiera, no es un beso sexual, es un beso que está diciendo «me gusta estar contigo y deseo seguir adelante con esto».
Joder, y ojalá ella sienta exactamente lo mismo.
No quiero estar pillándome tan en serio por una chica que solo busca un poco de diversión.
Al terminar, permanecemos con nuestras frentes pegadas y los ojos cerrados durante varios segundos más.
—¿Cuál es el plan para hoy? ¿Me vas a enseñar el pueblo?
—Un poco. Vamos a comer en el Joe’s con nuestros amigos. Holly y Duncan al final se apuntaron. También pasaremos por la librería de Charlotte, que se ubica justo al lado.
—¿Está lejos de aquí?
Harper se ríe.
—Nada está lejos de nada en este pueblo.
—¿Y se te ocurre alguna manera de entretenernos hasta que sea hora de irnos?
—Mi idea era dar una vuelta por el pueblo.
—¿No te preocupa que la gente me reconozca, nos haga fotos…?
—Aquí no. Este es el pueblo de Duncan. —Se ríe y me guiña un ojo—. Por eso te he traído, estoy cansada de que solo podamos vernos en tu casa. —Inclino la cabeza hacia un lado—. Además, alguien ya le fue con el chisme a mi madre y eso es lo único que puede ocurrir.
—¿Sí? —pregunto con una sonrisa—. ¿Y qué opina? ¿Te castigó sin postre por salir con el chico malo?
Harper se ríe.
—Por alguna razón que no logro entender, ella está encantada con esto.
—¡No me digas! Tengo ganas de conocerla.
—Algún día —cede sin mucha convicción—. Aunque ya te digo que no todos van a estar así de contentos.
—Me imagino.
Matthew Queen. Ese seguro que va a ser el más difícil de todos. Le caigo mal desde que entré al equipo y esto no va a ayudar.
—¿Desayunamos? Hay sticky buns. ¿Los has probado alguna vez?
Niego con la cabeza.
—¿Es algo dulce?
—Si comes solo uno, no vas a tirar por tierra tu dieta. Pero no sé si podrás solo con uno —me provoca, levantándose todavía desnuda, y busca esa camiseta que llevaba ayer y que se ha caído en alguna parte del salón.
Llegamos al Joe’s tras una vuelta por este pueblo tan encantador.
Sus calles están llenas de anécdotas de su infancia y adolescencia.
Caídas, raspones, castillos de arena en la playa, carreras de bicicletas, besos inocentes, retos, borracheras…
Es como si cada rincón guardara algún secreto suyo que yo estoy encantado de descubrir.
Al salir de la librería de su amiga Charlotte nos encontramos con Duncan y Holly, quien se muestra bastante entusiasmada al vernos juntos y agarrados de la mano.
—¿Has comprado muchos libros? —pregunta él a Harper.
—Unos cuantos. Luego los recojo.
—¿Unos cuantos? ¿No has comprado como media librería? —ironizo.
Harper emite una risita y agita la mano.
—Bah… —Se encamina a la puerta del Joe’s, a tan solo dos metros, hasta que se da cuenta de que nos hemos quedado parados en el sitio y niega con la cabeza—. ¿Qué hacéis? ¿Entráis?
Holly va hacia ella dando saltitos y palmadas mientras canturrea «¡qué bien que estáis juntos!». Seguro que Harper está poniendo los ojos en blanco y me río ante esa imagen.
Al girarme, me encuentro con que Duncan me escruta, seguramente en busca de esa cara de embobado que ahora pongo todo el rato.
—Me gusta verte así.
—¿Así de pillado? —cuestiono con una sonrisa.
—Sí. Te tiene por los huevos.
—Su hermano me va a echar del equipo —suelto a bocajarro.
—No es verdad. —Se lleva la mano a la frente como si la hubiera cagado mucho con esa respuesta, lo cual me confirma que estoy en lo cierto—. Entonces, ¿ya te lo ha contado?
—No, lo descubrí ayer en cuatro preguntas. Pero le hice creer que no estaba ni cerca de la respuesta correcta. De modo que ella no sabe que yo lo sé.
—¿Por qué no se lo dijiste?
Me encojo de hombros.
—No quiere que lo sepa. Noté el alivio que sintió cuando se acabó el juego y no acerté. Decidí que iba a respetar eso y darle el tiempo que ella necesita.
Duncan me observa unos segundos antes de hablar.
—Me dejas alucinado.
—¿Quieres saber qué me dejó alucinado a mí? Su padre me dijo que ojalá saliera con su hija —comento con una sonrisa orgullosa.
—Te lo estás inventando.
—El otro día coincidimos en el partido y charlamos sobre la familia. No sé por qué lo hice, pero le hablé de Ryan. Quiere representarme.
—Vaya…, entonces estás dentro de la familia —me felicita con un golpe en el hombro bueno y una sonrisa.
—Matthew no me soporta —le recuerdo—. No le hará ni puta gracia que esté con ella.
Duncan me observa con atención unos segundos.
—Te voy a contar un secreto y luego entramos, ¿de acuerdo? —Asiento—. Calvin es el hermano al que le cuenta todo.
—El que juega al fútbol en Pittsburgh.
—Ese. Si él ve que su hermana es feliz y que no eres un tío peligroso, los demás se fiarán de él. Incluido Matt. Cuando los conozcas en persona, fíjate bien en cómo todos buscan la mirada de Calvin.
—Entendido. Tengo que ganarme a Calvin.
Duncan se ríe.
—Te aseguro que él sabe sobre lo vuestro desde antes de que hubiera un «vosotros». Si él estuviera inquieto por algo, ya habría dado la voz de alarma.
—¿Cómo sabes eso? —indago con el ceño fruncido.
—Los conozco. Veraneaban aquí y Harper siempre fue bastante popular con los chicos.
—¿Cómo de popular?
—Pues como ahora. ¿Te has dado cuenta de cómo la miran algunos de tus compañeros?
—Sí, joder —mascullo—. Son unos cerdos.
Duncan se descojona en mi cara.
—Tú eras uno de esos cerdos —me recuerda sin parar de reír—. No dejes que eso te vuelva loco. Ella te ha elegido a ti y, créeme, esos no llaman su interés lo más mínimo. Ella busca algo más que un deportista guapo y cachas —añade con un guiño—. ¿Entramos?