La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 39. East Harbor
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39. East Harbor

Brady

«El sofá es zona libre de sexo», leo en una nota pegada a la nevera mientras me sirvo un vaso de agua para recargar las sales minerales que he perdido tras hora y media de sexo.

Hoy hemos ganado a los New Jersey Devils, en casa, y, como mañana es viernes, Harper pensó que sería una buena idea llevarme a East Harbor a pasar el día, aprovechando que ella lo tenía libre.

Ryan se ha quedado a dormir en casa de un colega y mañana volveremos para la hora de cenar.

De modo que tenemos un tiempo para nosotros solos.

Nada más llegar, hemos subido directos a su habitación.

No nos hemos detenido en ningún otro lugar.

Así que no soy consciente del encanto de esta casa hasta ahora, cuando bajamos a la cocina para picotear algo.

No es grande, no es pequeña. No es nueva, no es vieja.

Tiene una decoración moderna con toques rústicos. Creo que podría vivir aquí.

—¿Qué significa esta lista de aquí? Son normas de convivencia, ¿no? —pregunto, señalando el papel que estoy leyendo.

—Sí. Es de cuando Jay metió a Charlotte a vivir en casa… Es una larga historia —zanja agitando el brazo—. Beth escribió un libro sobre ellos, se llama Noches de tormenta a tu lado, por si te interesa.

—¿No es como invadir su intimidad? —pregunto con cierta diversión en mi tono de voz.

—Bueno, de lo que sale en el libro a la realidad hay un trecho. Pero algunos detalles son reales, como esa lista.

—Y… —empiezo a decir, acercándome a ella de manera seductora— ¿crees que habrá uno sobre nosotros?

Ladea la cabeza con cierto aire de diversión en su mirada.

—¿Por qué te interesa que lo haya? Ya lo estás viviendo.

Me río.

—También hay uno sobre Duncan y Holly.

—Sí.

—Entonces escribirá el nuestro.

Harper pone los ojos en blanco y continúa haciéndose el sándwich. Viste exclusivamente una camiseta bastante vieja que me pone a mil porque le queda muy corta y no lleva nada debajo. Me pego a ella por la espalda y ella da un saltito al notar lo poco que he tardado en recuperarme.

—¿No se supone que los tíos necesitáis un rato para que eso vuelva a funcionar? —cuestiona, señalándome el paquete con mucha gracia.

—Normalmente sí. Pero me pones mucho y aquí… empezó todo.

Ella desvía su mirada unos segundos para escrutarme y vuelve a lo que estaba haciendo.

—Ni siquiera te acordabas.

—Pero ahora que estoy aquí, en el pueblo, en tu casa, en tu cama…, me vienen algunos flashes. ¿El sofá sigue siendo zona libre de sexo?

—Sí. Come algo y vamos a dormir.

Una risa incontrolable se escapa de mi garganta.

—Nena, eres única matando el deseo.

—Brady, llevo trabajando todo el día. Luego he conducido tres horas hasta aquí y llevamos un rato haciendo ejercicio de alta intensidad. —Su tono es firme, aunque delicado—. ¿Podemos dormir y seguir mañana?

—Sí, cariño, lo entiendo. —Harper alza las cejas por ese apelativo que acabo de usar, pero no me arrepiento—. Supongo que me he emocionado al venir aquí y no he tenido en cuenta tu cansancio. Lo siento.

Ella asiente y me tiende la bolsa de pan para que me prepare algo.

—¿Cómo es que tienes tanta comida si nunca vienes aquí?

—Sí que vengo. —Chasqueo la lengua—. Normalmente llamo al súper dos días antes de venir y les pido que me preparen lo que necesito. Luego Jay lo recoge y lo trae. Tiene llave y de vez en cuando pasa a ver que todo esté bien.

Empiezo a prepararme algo, aunque no tengo demasiada hambre. Harper se sienta en el sofá y rebusca en los canales hasta encontrar uno con repeticiones de jugadas de beisbol de partidos viejos.

—Pensé que en vuestra familia erais de fútbol.

—Nos gusta el deporte, en general —aclara sin entrar en detalles.

—¿Decidiste ser fisioterapeuta deportiva porque tu padre se lesionó? —indago.

Harper me observa con atención, debatiéndose entre hablar de su familia o no.

—No exactamente.

—Interesante…

—Si acierto, ¿me lo dirás? —tanteo, aunque no tengo ninguna suposición clara y puedo perder el tiempo a lo grande.

Ella parece cavilar su respuesta.

—Te concedo tres preguntas.

—¿Tres? Suelen ser diez.

Harper frunce los labios.

—Cinco —accede.

Suspiro. Mejor eso que nada.

—¿Es un deportista americano retirado?

—Sí.

—Joder, entonces es verdad. A ver… ¿Ha ganado algún trofeo importante tipo Stanley, Super Bowl…?

—Sí.

—¿Futbol?

—No. Te quedan dos.

—¡Joder!

Estaba convencido de que era de fútbol. Su hermano «es más de fútbol», en Acción de Gracias su familia vio el partido de fútbol…

«Te acaba de decir que les va todo el deporte».

«Mierda».

—Tic, tac… —me presiona con una sonrisa ladeada.

Sabe que no voy a acertar. Me quedan dos preguntas y no puedo decir nombres al tuntún. A ver, ha ganado una copa. ¿A qué se dedica ahora?

—¿Es entrenador actualmente?

Harper amplía su sonrisa.

—No.

—Joder, es demasiado difícil.

Ahora se ríe. Parece encantada con este juego.

—Deberías decir un nombre ya. Es lo último que voy a responder.

—¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué no quieres que lo sepa?

—Ya te lo dije, quiero ser «solo Harper» —le recuerdo.

—¿Por qué vas a dejar de ser «solo Harper»?

Se lo piensa un poco antes de hablar.

—El otro día Ryan me dijo que soy diferente porque no busco fama y dinero. Entonces le respondí que mi padre ya tiene fama y dinero. ¿Entiendes lo que quiero decir con eso?

—Que tus padres no te han malcriado, porque no pareces haber crecido en una familia que caga billetes.

Se ríe ante mi comentario.

—Lo que significa es que normalmente una chica se acercaría a ti para buscar fama y dinero, pero que en mi caso podría verse al revés para mucha gente. No serán pocos los que pensarán que estás conmigo por interés.

—¿Por qué? ¿Quién coño eres?

—Soy Harper. He veraneado en East Harbor, en esta casa, he crecido en estas calles, me flipa el caramel latte y quiero dedicarme a la fisioterapia deportiva. Me gusta leer y los deportes. —Chasqueo la lengua otra vez—. Te queda una pregunta.

Dejo el sándwich que estoy preparando a un lado, doy la vuelta y me siento en uno de los taburetes de la barra mientras no dejo de observarla y repaso mentalmente todos esos detalles que me ha ido dejando desde que la conozco hasta ahora.

Recapitulemos:

→Jugador retirado de un deporte que no es fútbol.

→No entrenador.

→Ganador de una copa (no Super Bowl).

→La gente pensará que yo estoy con ella por interés.

→Harper podría haber conseguido su trabajo por influencia de su padre.

→A su familia le gusta el deporte.

→Tiene hermanos mayores. Uno vive en Pittsburg, otro en Portland y los demás en otras ciudades.

→Cuando ella nació, vivían en Portland. El equipo donde jugaba el padre es de ahí.

Ese es un detalle importante, pero no puedo mirar el móvil ahora y solo conozco la historia del hockey.

En esos años, los Phantoms ganaron una Stanley.

Lo sé porque me lo empollé cuando entré a jugar ahí y he estado en la sala de trofeos.

Me aprendí la alineación de memoria. Hay pocos jugadores destacables de esa época, pero el capitán, quien sale en las fotos alzando la copa, era Gregory Queen.

Mi ídolo, joder, no puede ser verdad. Tiene cuatro hijos varones y una hija de la que no se sabe prácticamente nada. Dos de ellos juegan al fútbol —uno en Pittsburg—, otro al beisbol y otro jugaba a hockey, pero se lesionó y ahora es el general manager de los Phantoms. El mismo que no me soporta.

Greg no es entrenador, es representante de deportistas y lleva las carreras de sus hijos. Greg ganó no una, sino dos Stanleys, convirtiéndose con ello en mi ídolo. Greg podría haberle conseguido cualquier trabajo a su hija y yo… quedaré como un simple interesado.

«Ojalá salieras con mi hija», me dijo. ¿Lo sabía? ¿Se dio cuenta? Harper se puso nerviosa cuando se lo conté y pensé que eran celos cuando, claramente, se acojonó pensando que pudiera atar cabos.

Trato de no hiperventilar y regreso a la cocina para continuar con mi sándwich.

Harper parece centrada en lo que está viendo, ajena a lo que acabo de descubrir.

No sé por qué se empeña en escondérmelo cuando sabe lo mucho que admiro a su padre.

Sé que tiene alguna razón para ello y, por eso, voy a seguirle el rollo y fingir que no lo he descubierto, haciendo una última pregunta que sé que va a ser negativa para que crea que no estoy ni cerca de saberlo.

—¿Alguno de sus hijos… o hijas juega al mismo deporte que él?

Su sonrisa de satisfacción vuelve a aparecer y disfruto de su victoria, porque ella no lo sabe, pero al responderme esto me está dando la confirmación que busco.

—No. Vaya…, se te han acabado las preguntas.

—Espero que tengas alguna manera de compensarme por la derrota. No sé…, dándole un uso prohibido a ese sofá —comento alzando las cejas de manera repetida.

Harper se ríe y me acerco a ella con mi plato en la mano.

Estoy saliendo con la hija de Gregory Queen.

Matthew me va a echar del equipo.

Harper se agarra al respaldo del sofá mientras yo dibujo caricias en su espalda.

Nuestros cuerpos, encajados como dos piezas de Lego diseñadas para estar juntas, se mueven al compás de mis envites y yo me deleito con la imagen de la chica que me ha vuelto jodidamente loco: de espaldas, con las rodillas sobre el asiento y jadeando sin parar.

Los gemidos se intensifican y sé que estamos cerca. Ambos. Por lo que hago un último esfuerzo y la sujeto con un brazo por el abdomen cuando noto que va a derrumbarse.

Me siento y dejo que se coloque sobre mi regazo, con su cabeza apoyada en mi hombro bueno. Su mano sigue la silueta de la cicatriz y me estremezco.

—Esto está mejorando mucho —comenta de manera distraída.

—Tengo a la mejor fisio.

Harper baja la vista, algo avergonzada.

—No soy la mejor. Ni siquiera podría tratarte sin un tutor que me evalúe.

—Ojalá pudiera tenerte en exclusiva para mí.

—Entonces no sería la mejor. Necesito enfrentarme a lesiones de manera continua para aprender —rebate.

«Tiene sentido».