La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 37. Regreso al gimnasio
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37. Regreso al gimnasio

Brady

Estar aquí con ella y no poder besarla es una tortura. Incluso más que encontrarme en el gimnasio levantando una mancuerna de tan solo cuatro kilos mientras los demás compañeros hacen sus ejercicios y me miran de reojo.

Harper se mueve por la sala con su iPad y, aunque está pendiente de algunos otros, yo soy quien más disfruta de su atención.

Lleva el pelo recogido en esa maldita coleta despeinada y el uniforme del personal médico.

No hay nada sexy en su indumentaria, pero yo no paro de imaginarme que le arranco esa ropa y me la follo mientras está colgada del TRX.

Quizá debería comprar uno de esos columpios eróticos.

—¿Cómo lo llevas? —me pregunta cuando se acerca a mí.

—Bien. Esto lo levanta hasta un niño de cinco años —mascullo.

Oigo algunas risitas de fondo.

—¡Chicos! —los regaña—. No les hagas caso. Estás mejorando mucho, pero esto requiere tiempo, ten paciencia.

Levanto la mancuerna despacio. Noto hasta los músculos que no sabía ni que existían. Cuatro kilos y se sienten como si fueran cincuenta. Advierto que el hombro me tira, pero enseguida percibo las manos de Harper en mi codo para corregir mi postura.

—Mantenlo así, no te distraigas —me pide—. Tienes que hacer fuerza con el brazo, no con el hombro.

—Cansa —protesto.

—Lo sé. Has pasado dos meses sin trabajar esta musculatura y ahora tienes que ponerla al mismo nivel de antes. Quizá tengas agujetas mañana.

—¿Por levantar cuatro kilos? —cuestiono.

Harper suelta una especie de risita y da una vuelta para comprobar que todos hacen bien sus ejercicios. La veo corregir algunas posturas y me tenso al descubrir alguno mirándole el culo cuando ella no es consciente.

Regresa conmigo y me anima a hacer algunas repeticiones más al ver que lo ejecuto bien sin su ayuda.

—Vas por muy buen camino, Lennox. Ven, vas a probar otra cosa.

—¿Humillación o tortura? —pregunto, incapaz de controlar una sonrisa.

Harper se ríe. Va al armario donde se guarda el equipamiento especial y busca hasta encontrar unos elásticos. Luego me guía hasta el tapiz para ejercicio libre. Se coloca frente a mí y me tiende un extremo de la cuerda. Me coloca el brazo, revisa bien el nivel de tensión y me pide que estire.

—Auch —me quejo.

Ella lo suelta todo y se acerca a mí para revisar mi hombro. Sus dedos están en todas partes y me está costando contenerme.

—¿Me he pasado?

—No, creo que no. He sido yo, que he hecho más fuerza de la que debería.

Harper levanta la vista para encontrarse con mis ojos. Me desvío un segundo hacia su boca y ella lo nota. Se aparta enseguida comprobando con la mirada que nadie haya visto nada. Parece que todos estaban a lo suyo.

—Vale, probamos otra vez. Pero ahora estira despacio hasta donde puedas, ¿de acuerdo? No fuerces.

Asiento.

—No te flipes, no tienes que impresionar a nadie —comenta mientras vuelve a colocar las cuerdas.

—A ti —murmuro en voz baja.

—Brady —me reprocha sin apenas abrir los labios.

Sonrío como un idiota y agacho la mirada para concentrarme en el ejercicio. Esta vez va mucho mejor.

—Así es, muy bien —me anima.

Una sensación agradable se extiende por mi pecho.

Me siento optimista por primera vez desde la operación.

Aunque Harper y Grant me decían que estaba mejorando, me resistía a ver los resultados.

Confiaba en ellos, pero me costaba que esa creencia que tenían de que iba a volver a jugar antes de terminar la temporada tuviera algún impacto en mí. Era fe ciega.

Ahora que he vuelto al gimnasio y que empiezo a ver que mi hombro tolera ciertos esfuerzos controlados, yo también creo que voy a volver.

¿Quién me iba a decir que me sentiría en tan buenas manos cuando Grant me dio la noticia de que Harper se encargaría de llevar mi rehabilitación? Y, en cambio, ahora no concibo la idea de que sea otra persona.

Terminamos el ejercicio y me lleva hasta las poleas. La veo trastear con su iPad y anotar algunas cosas antes de ajustar el peso. Uno ridículamente bajo. Me indica la postura y el movimiento.

—Tres series de ocho repeticiones —me indica—. Ni se te ocurra modificar nada, ¿de acuerdo?

Resoplo.

—Descuida. Soy el primer interesado en volver al hielo.

Empiezo el ejercicio ante la mirada escrutadora de mi fisio, que, al comprobar que lo hago como es debido, va a revisar a otros compañeros.

Debería tenerla para mí solo, pero aún no hay reemplazo para Wesley y la carga de trabajo ha aumentado tanto para Grant como para ella.

De hecho, su jefe apenas supervisa el trabajo que hace conmigo.

Harper simplemente le hace un resumen y le comenta las dudas.

Algo que antes no podría haber soportado ahora no me molesta en absoluto.

Me indica un par de ejercicios más para trabajar diferentes músculos, mientras ella anota todo en mi ficha. Apenas tiene que ajustar mi postura, pues estos ejercicios los hago desde hace años, aunque con más peso. Aun así, cada repetición me cuesta un mundo.

—Esto es impresionante, Lennox. Grant y Colin van a estar muy contentos cuando vean estos resultados. Incluso Matthew Queen estará asombrado.

La mención de nuestro general manager debería hacerme sentir bien, pero solo logra ponerme en alerta.

—Seguro que ya estaba buscándome sustituto —mascullo.

—¡No es verdad!

—Por si no te has dado cuenta, no soy su jugador favorito. Si estoy aquí es porque espera que lleve a este equipo a ganar la Stanley, y si me lesiono…

—Ey —llama mi atención con su mano sobre la mía.

Luego la aparta enseguida antes de que alguien se dé cuenta—.

No me gusta regalarle los oídos a nadie y menos a alguien con la autoestima tan por las nubes como tú —sonrío de lado y ella parece ponerse nerviosa—, pero…

estás aquí por algo. Eres bueno y Matthew lo sabe.

—No me soporta —rebato—. Y esta es la excusa que necesita para echarme del equipo.

—Quizá deberías dejar que la gente te conozca de verdad.

Cuando estaba terminando los ejercicios, ha entrado Tully en el gimnasio para avisarnos de que en una hora habría una charla obligatoria en la sala de prensa. No ha dicho nada más, a pesar de las peticiones de todos, yo incluido, pues no sabía si eso iba para mí también.

—Sí, Lennox. Van a ir todos los empleados, no solo jugadores. Terminas, te duchas y vas para allá.

Asentí, aunque no me pasó desapercibida la mirada que intercambió con Harper y los nervios que parecían invadirla de repente. Le pregunté con la mirada, pero se limitó a comunicarme que terminara esa serie y que hiciera caso a Tully.

Y aquí estoy, sentado en tercera fila, junto a Duncan y Leif, esperando a que llegue todo el mundo y sepamos de qué va esto.

Un rato después, veo entrar a Harper junto a Grant, Matthew, el director de Legal y alguien más que no sabría decir quién es, aunque su cara me suena bastante.

Todos ellos ocupan los asientos en los que tantas veces me senté para responder a las preguntas de la prensa.

Arrugo el ceño y me remuevo en mi silla.

—¿Tú sabes algo de esto? —susurra Duncan a mi lado, procurando que nadie más lo oiga.

—Sé lo mismo que tú.

—Bueno, creo que estamos todos —empieza a decir el general manager .

Yo me giro hacia atrás y alucino al ver a gente de pie en el fondo.

La sala es bastante grande y aun así no cabemos—.

Antes que nada, gracias a todos por dedicar unos minutos de vuestros apretados horarios para asistir a esta reunión.

Como ya os he comunicado, me parecía importante.

—Hace una pausa, tratando de calmar sus propios nervios.

No creía que este hombre tuviera algún tipo de sentimientos—.

A mí me conocéis todos, pero paso a presentaros a los demás que comparten la mesa conmigo.

A mi lado, Harper, fisioterapeuta residente, junto a Grant Sanders; Mike García, director del departamento Legal, y Anette Walker, jefa de Recursos Humanos.

«Ah, eso, Recursos Humanos».

Soy incapaz de relacionar a toda esta gente, a menos que…

—Creo que es sobre Wesley —le comento a Duncan bajando mucho la voz.

—Algunos jugadores habréis notado que Wesley Holloway lleva algunos días sin aparecer por aquí. —Quiere mostrarse serio, pero detecto que odia hablar de él—. Hace poco más de una semana ocurrió algo grave y hemos pensado que lo mejor era comunicarlo a todo el personal para evitar especulaciones.

Se forma un murmullo general. Algunos ni se habían percatado de su ausencia y otros se preguntan qué puede haber ocurrido. Duncan me dirige una mirada y me pide que me relaje.

Matthew tarda en continuar, como si este caso le doliera de alguna manera que no logro entender. Mi vista se dirige demasiado a Harper, pues parece estar a punto de sufrir un ataque de pánico, a pesar de disimularlo como si llevara años entrenando para ocultar cosas.

—Wesley Holloway fue despedido de manera inmediata al descubrirse que acosaba y amenazaba a una de nuestras empleadas —prosigue con firmeza, y se produce el silencio en la sala—: nuestra residente en fisioterapia —añade señalándola—. ¿Grant?

—Wesley llevaba muchos años trabajando aquí y no había dado señales de un comportamiento de este tipo. De hecho, si no llegamos a pillarlo con las manos en la masa, es posible que aún no nos hubiéramos enterado.

Por primera vez desde que ha entrado en esta sala, Harper posa su mirada en mí. No le gusta estar ahí, no le gusta ser el centro de atención, no quiere tener que defenderse como si fueran a acusarla a ella.

—¡Qué cabrón! —masculla Leif a mi lado.

—Esta reunión no es para comunicar los detalles de lo sucedido —anuncia ahora el director de Legal—.

El objetivo es poner fin a los rumores y recordar que este tipo de comportamientos no son aceptados en el equipo.

Estoy llevando a cabo la denuncia hacia Wesley, así que, por favor, si alguien ha sufrido algún tipo de acoso puede ponerse en contacto conmigo o con Anette. —Señala a la mujer de Recursos Humanos.

—Exacto —continúa esta—. También estamos preparando una charla sobre acoso laboral y acoso sexual en el trabajo. Será obligatorio para todos, jugadores incluidos, pues es importante que esto no se repita.

—¿Qué ha pasado con él? ¿Está en libertad? —pregunta alguien ubicado unas filas más atrás.

—Sí —responde Harper, dejando en silencio a todo el mundo y con el corazón encogido—. Pero tiene una orden de alejamiento. Es lo único que podían hacer mientras llega el juicio.

Le cuesta mantener la vista al frente, como si tuviera vergüenza, y juguetea con sus dedos.

—¿Juicio? ¿Es tan grave? —cuestiona otra persona.

—Lo es —afirma Matthew con una firmeza que no deja lugar para la duda—. Claro que lo es.

—Pero ahora todo es acoso… —protesta el mismo.

La mandíbula del general manager se tensa de la misma manera en que lo hace la mía.

—Y por eso estamos preparando esta charla —explica la de Recursos Humanos—. Para que podáis identificar qué comportamientos son adecuados y cuáles no en un entorno laboral. ¿De acuerdo? Aquí las personas venimos a trabajar, no a que nos incomoden.

Anette parece realmente molesta, y no me extraña.

—Lo que ocurrió con Wesley —expone ahora Grant— no fue un simple comentario incómodo. Harper vivía con miedo real. Hubo insultos, amenazas y difamación a otros miembros del personal. No vamos a tolerar esto.

—Bueno, creo que ha quedado claro el mensaje que queríamos transmitir —zanja Matthew, creo que bastante harto de todo esto—.

Si alguien tiene algo que compartir, podéis contactar con Mike o Anette.

También os queremos pedir que tratéis el tema con discreción y respeto.

Nos sentimos bastante satisfechos de cómo estamos gestionando el asunto, pero la prensa es experta en darle la vuelta a todo y no queremos concederle protagonismo a Wesley, así como tampoco nos beneficia convertir esto en un circo mediático.

Grant y Harper necesitan poder trabajar tranquilos. ¿De acuerdo?

El silencio que se produce le sirve como respuesta y se levanta de su asiento.

Poco a poco, todos lo imitamos y salimos de la sala entre murmullos.

Los jugadores nos agolpamos en la entrada de los vestuarios, pues hemos venido a recoger nuestras cosas para irnos.

Pero está claro que, aunque las intenciones de Matthew fueran buenas, esto va a ser el tema de conversación durante varios días consecutivos.

Yo estoy saliendo cuando veo que Duncan detiene a Harper, con su mano en la muñeca, cuando pasa por delante.

—Ey, ¿cómo te encuentras?

—Mejor. Gracias por preocuparte.

—Siento mucho lo que ocurrió —añade Leif, que estaba saliendo junto a mí. Yo no sé ni cómo actuar, así que asiento y me acerco a ella también—. Si alguno de estos capullos supusiera algún problema, dímelo, ¿vale? Sobre todo, este —concluye dándome un golpe en la espalda.

—¡Eh! —protesto—. ¿Qué imagen tienes de mí?

Harper sonríe.

—Gracias, Leif. Significa mucho. —Echa una mirada nerviosa a su reloj—. Tengo que irme. Nos vemos…

Harper se despide de manera impersonal, levantando la mano al aire, y sigue su camino hacia donde fuera que estuviera yendo cuando Duncan la interrumpió.

—Bueno… —canturrea Leif fijando su vista en mí y dedicándome una sonrisa divertida—. ¿Alguna novedad que contarme? ¿Algo que tenga que ver con cierta fisio a la no dejabas de mirar?

Se me dibuja una sonrisa incontrolable y niego con la cabeza. Duncan alza las cejas varias veces.

—Venga, vamos a tomarnos algo y me pones al día de tu vida —propone Leif—. No puede ser que el capitán no se entere de lo que ocurre entre el jugador estrella y…

—Shhhhh… —lo interrumpo, mirando alrededor, aunque parece que nadie está pendiente de nosotros—. Ella no quiere que se sepa.

Leif asiente y se pone en marcha.

—Vamos, chicos —nos apremia, al darse cuenta de que no lo seguimos—. Nos vemos en mi casa, allí podremos hablar tranquilos.

—¿Te llevo? —se ofrece Duncan.

—¿Crees que podemos escaquearnos?

—¿De una «orden» de Leif? No.

Nos reímos.

—Está bien, vamos.