La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 36. Pilladísmo
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36. Pilladísmo

Harper

Hace apenas una semana que me atreví a dar este paso con Brady y asusta lo cómoda que me siento en esta relación.

Encajamos de un modo tan perfecto que da vértigo.

Podemos pasarnos horas hablando de cualquier cosa, aunque he de admitir que hablar, hablar, lo que se dice hablar…

no lo hacemos tanto, pues solemos usar la lengua para otras cosas.

Desde nuestra primera cita, he venido todos los días que mi trabajo me ha permitido.

Vengo directa al salir del estadio, me tomo un café y conversamos un poco, luego ayudo a Ryan con sus trabajos de ciencias a cambio de que él me enseñe a ganarle a Brady al Tekken.

A veces vemos un partido los tres, o algún programa de preguntas en el que competimos entre nosotros para ver quién responde más.

Me estoy volviendo adicta a estas tardes de risas.

Me siento como en mi propia casa cuando aún estaban mis hermanos.

Durante la cena charlamos un poco de todo, aunque Ryan suele ser quien habla más.

Nos explica lo que ha aprendido, cómo ha sido su día, y nosotros aprovechamos para relacionarlo con alguna anécdota o aprendizaje sobre nosotros mismos.

Todo fluye como si lleváramos años juntos.

Nunca esperé congeniar así con Brady. Ni con nadie.

Ahora estamos colocando los adornos de Navidad. Ryan ha pasado la última hora con la decoración exterior a la vez que yo me peleaba por mantener el árbol en pie. Brady ha puesto en marcha una playlist de villancicos pop para amenizar nuestra tarea mientras él se dedica a preparar la cena.

—A ver, enciende las luces para comprobar que la guirnalda esté bien colocada —le digo a Ryan, y este hace lo que le pido.

El árbol se ilumina y hasta Brady viene a echar un vistazo.

—Me parece que ha quedado perfecto —comenta él—. ¿Dónde has estado toda nuestra vida?

Ryan se descojona.

—Es que nosotros somos un poco limitados para esto —reconoce entre risas.

—Bah, no es tan difícil.

—¿Te apuestas algo? —pregunta Brady—. Luego te enseño las fotos de años anteriores.

—El objetivo de esto es pasar un rato agradable y divertido en familia, no ganar un concurso —rebato—. Aunque la mía es muy competitiva y mi madre es organizadora de eventos, así que ya te puedes imaginar cómo debía estar nuestra casa.

—¿Qué clase de eventos? —pregunta Brady con interés.

—Bueno… Normalmente galas benéficas, inauguraciones, aniversarios… Siempre clientes de alto nivel.

—Vaya… —murmura un Ryan alucinado—. ¿Y trabaja muchas horas?

—Depende de la época. Ahora tiene mucha demanda.

Prácticamente todas las cenas de Navidad de las empresas grandes de Portland las hace ella.

Y eso significa comprobar que todo sea de la calidad que corresponde, que los materiales son los que ha pedido, que los colores son adecuados y combinan…

Con lo cual pasa mucho tiempo en coche yendo de un lado para el otro.

Pero luego hay meses en los que hay menos trajín y aprovecha para tomarse unas vacaciones.

—Seguro que tiene que ganar una pasta —suelta con mucha confianza, y Brady se ríe de camino a la cocina.

—Pues sí —afirmo con una sonrisa—. La verdad es que no vive mal.

Mi madre empezó a trabajar como coordinadora de eventos al salir de la universidad.

Sin embargo, pausó su carrera laboral cuando tuvo a mi hermano Matt.

Fue una decisión muy dura, pues a ella le encantaba su profesión, pero, con mi padre pasando tanto tiempo fuera, debía recurrir a niñeras y escuelas infantiles, idea que descartó enseguida.

Mi progenitora quería formar una gran familia y tenía claro desde mucho antes de conocer a mi padre que quería estar presente.

Y así fue. Pero unos años después de divorciarse de mi padre, y cuando los pequeños ya no requeríamos tanto su atención, emprendió su propio negocio.

No le costó, pues tenía experiencia y contactos que había adquirido al casarse con una estrella del hockey.

Ryan sonríe mientras sigue colocando adornos al tuntún y yo intento mantener a raya mi TOC para no parecerme a Monica Geller de Friends. Porque lo veo emocionado y sé que estas fechas deben haber sido complicadas para él cuando era niño.

—Lo estás haciendo genial —lo animo.

—No es verdad —se queja—. Ahí he puesto dos lazos iguales uno al lado del otro.

Me señala un rincón del árbol que no veo desde aquí e inclino la cabeza para comprobar lo que dice. Me río de manera inmediata.

—¿Y qué? ¿Quién te va a juzgar?

—Si te ríes, pierdes credibilidad.

—En realidad, estoy un poco harta de los árboles perfectos. Estos son mucho mejores.

—Sí, claro —masculla entre risas.

Me río yo también y terminamos con los últimos adornos.

Al acabar, nos apartamos un poco y contemplamos la «obra de arte».

No tiene ningún orden ni belleza. No aparecerá en ninguna revista de decoración.

Pero nos lo hemos pasado bien, sin nadie diciéndonos que «eso no va ahí» ni compitiendo por acabar el primero.

Con mis hermanos, nos repartíamos los adornos y nos retábamos para ver quién acababa antes. Aunque no valía ponerlos de cualquier manera, pues debíamos respetar una estética. También era divertido, pero es más agradable sin ese estrés de buscar la perfección.

—¡Chicos! Ya está la cena —nos llama Brady.

Paso un brazo sobre los hombros de Ryan y vamos hasta la cocina. El hermano mayor admira nuestro trabajo desde su posición y me guiña un ojo. Se me calienta el pecho con ese simple gesto.

Ponemos la mesa entre todos y nos sentamos a degustar una sopa que bien podría aparecer en un blog de cocina. Gimo al probarla y Ryan se ríe.

—Si lo que pretendes es que venga a comer cada día, lo estás logrando —expongo.

—Pretendo mucho más que eso. —Otra vez esa sonrisa macarra y ese guiño—. Pero volverte adicta a mi comida es un buen primer paso.

—Tú te vas a encargar de cocinar, me queda clarísimo.

Brady sonríe, pues el significado oculto de mis palabras es que esto va para largo y que quizá algún día me mude a esta casa.

—Trato hecho —murmura.

—¿Qué lleva? —pregunto—. O quizá es una receta secreta.

Brady se ríe.

—Esa información no te va a salir gratis, nena.

—Por favor —protesta Ryan—. ¿Podéis esperar a que no esté delante? Sois como monos en celo…

Siento arder mis mejillas mientras Brady se descojona de mí.

—No te rías, esto es culpa tuya —lo increpo.

—Vale, lo siento. Intentaré no hacerte pasar más vergüenza como esta. Ryan —se gira hacia su hermano—, tienes razón, ese comentario debería habérmelo callado.

Ryan gruñe de una manera muy graciosa y se pasa un buen rato sin apenas dirigirnos la mirada.

—¿Sabes…? Todos mis hermanos son mayores y a veces traían a sus novias a casa, por lo que sé lo que se siente al estar entre dos bombas de hormonas a punto de explotar.

Logro captar su atención lo suficiente para que dirija su vista hacia mí. Yo le sonrío y él asiente. Reanuda la conversación y habla como normalmente hace, es decir, por los codos. Volvemos a vernos envueltos en esa comodidad familiar de nuestras cenas.

Noto a Brady poco participativo y, al mirarlo, lo descubro observándome con atención, como si estuviera dándole vueltas a algo. Me sonríe y se me calienta el pecho.

—¿En qué piensas? —pregunto, cortando el discurso de Ryan.

—En que podrías traerte algunas cosas para que no tengas que perder el tiempo por las mañanas yendo a tu casa antes de ir a trabajar.

Sus palabras me dejan con la boca abierta. Y a su hermano también.

—Uhm… —balbuceo.

—Ey, no te estoy pidiendo que te mudes —aclara con una risa nerviosa—. Solo te digo que no me parecerá mal si traes algunas cosas para que puedas dormir un poco más por las mañanas.

—Pues sí que estás pillado… —murmura Ryan.

—Pilladísimo, colega —admite, y empiezo a sentir demasiadas cosas con esa mirada que me dedica.

Cuando terminamos de recoger la cocina entre los tres, Ryan se despide de nosotros y desaparece escaleras arriba.

El silencio que queda carga el ambiente de deseo, pues no pasan ni dos segundos cuando siento los brazos de Brady envolviéndome por detrás.

Noto su pecho en mi espalda y su mentón en mi hombro.

Su nariz se pasea por mi cuello, su aliento baña mi piel y una corriente eléctrica viaja por todo mi cuerpo.

Echo la cabeza hacia atrás y se me escapa un jadeo.

Una de sus manos se aventura dentro de mi pantalón y abro las piernas por inercia para darle espacio.

—¿No deberíamos irnos a tu habitación? —pregunto de manera entrecortada.

—Tranquila. Mi hermano no va a bajar ahora. Termino con esto y subimos —plantea desabrochándome el pantalón.

—Uhm —gimo cuando introduce un dedo en mi interior.

Me relajo y dejo que Brady me lleve al orgasmo con sus dedos.

Cuando me acosté con él hace tres años, ya me pareció un amante entregado y generoso.

Pero ahora, sumándole sentimientos y conversaciones reales, me parece lo más adictivo del planeta.

Más que el chocolate, más que el caramel latte, más que cualquier droga inventada para que no puedas parar de consumir.

Porque ya no es solo sexo, ni atracción. Es confianza, respeto, calidez, hogar.

Cuando exploto, Brady me sostiene y besa mi cuello para alargar el placer. Luego, me doy la vuelta y ataco sus labios porque me siento tan vulnerable que necesito sentir que esto es real y que él busca lo mismo que yo en este momento.

—Dime qué deseas ahora, Harper —murmura con la voz ronca a una pulgada de mis labios—. ¿Quieres irte a casa, ver algo en la tele o subir a mi habitación?

Sonrío.

Tomo su mano y lo guío hacia las escaleras. Brady no dice nada, pero su respiración habla por sí misma. Por el rabillo del ojo advierto el deseo en su postura.

La puerta se cierra de un golpe seco, casi silencioso.

Me giro en su búsqueda y él no tarda en atacar mis labios de nuevo, como si antes no se hubiera saciado lo suficiente.

Mis manos lo desnudan con cierta urgencia.

Primero la camiseta, luego el pantalón. El bulto dentro de su bóxer me llama.

Sus dedos aún siguen aferrados a mi cintura.

—Eres un puto sueño —murmura.

Lo guío hasta el borde de la cama, lo empujo con suavidad y me aparto un poco.

Busco una playlist en concreto y me conecto al altavoz. Better, de Khalid, empieza a sonar mientras yo me muevo de manera seductora. Brady se acomoda echándose hacia atrás y apoyando sus manos en el colchón.

—Cuidado con el hombro —le recuerdo por enésima vez desde que empezamos esta locura.

Él no responde, centrado en mis movimientos, pero asiente.

Empiezo a desnudarme mientras bailo y me toco. Sus ojos se oscurecen, mis bragas se empapan. Me siento como una diosa, poderosa, deseada, invencible. Nunca había tenido la autoestima tan alta ni la confianza en la otra persona para atreverme a hacer esto. Pero Brady parece darme alas.

Me hace un gesto para que me acerque a él cuando estoy por quitarme las braguitas y obedezco sin dudar.

Sus manos se agarran al fino encaje, cerrándose en un puño.

Su boca dibuja una línea fina y recta. Tira suave de mí y me acerco hasta que su boca roza mi pubis.

La tela empieza a resbalar hacia abajo y su aliento sobre mi piel me calienta aún más.

Sus manos se deslizan arriba y abajo por mis caderas hasta que acaban en mi trasero y su lengua impacta contra mi clítoris.

Gimo.

Apoyo mis manos sobre su antebrazo izquierdo y sobre su cabeza, buscando algo de equilibrio.

Sus movimientos son delicados e intensos, estudiados.

Sabe lo que hace. Sabe cómo me tiene. Y, en el momento en que sus ojos hacen contacto con los míos, mi interior se vuelve lava. Me deshago. Siento que caigo.

Brady me sujeta con ambos brazos por la cintura y me ayuda a sentarme a horcajadas sobre él. Espera pacientemente a que mi respiración vuelva a la normalidad antes de atacar mis labios.

—¿Estás bien?

Su pregunta me pilla por sorpresa. Me sigue extrañando esta parte tan protectora.

—Perfectamente —afirmo, enredando mis dedos en su pelo—. Es imposible estar mal entre tus brazos.

Su sonrisa se expande.

—Resulta que la Reina de Hielo es una romántica.

—¿Disculpa?

Brady se ríe y me toca la nariz con el índice.

—Te acabas de cargar el momento, que lo sepas —le advierto.

—¿Tú crees? —cuestiona provocador.

—Totalmente.

—Ya veremos.

Su lengua se desliza por mi clavícula y sube por el cuello hasta la oreja a la vez que sus dedos hacen magia de nuevo.

Jadeo.

—Ya decía yo.

—Shhh. Cállate.

Su risa ronca me enciende un poco más. Enredo un dedo en un pequeño mechón de su pelo y protesta un poco.

—Lo siento.

—No me dejes calvo.

Me río.

Brady me pide que me levante un segundo y obedezco.

Se deshace del bóxer y me señala el cajón donde guarda los condones.

Me muerdo el labio inferior de camino al mueble.

Regreso con el envoltorio entre los dedos, lo rasgo y saco el preservativo.

Vuelvo a colocarme a horcajadas sobre él y Brady me observa, con la mandíbula algo rígida, mientras el látex va cubriendo todo su miembro.

Sus manos serpentean por mi piel hasta llegar a mi trasero, instándome a levantarme. Me remuevo hasta dejar la punta en mi entrada y empiezo a moverme buscando el placer de ambos.

Gimo cuando llega hasta el fondo.

Hago movimientos circulares y él me guía con sus manos sin forzar el hombro. La voz de Taylor Swift en False God me provoca una sonrisa. Sus ojos y los míos conectan de una manera especial y hace que todo explote de una manera más intensa, íntima, cálida.

Nos quedamos abrazados durante unos segundos en los que ni él ni yo hacemos nada por apartarnos. Solo disfrutamos del contacto de nuestros cuerpos mientras nos recuperamos.

Y es simplemente maravilloso.