La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 35. Solo Harper, solo Brady
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35. Solo Harper, solo Brady

Brady

En cuanto el cuerpo semidesnudo de Harper se muestra frente a mí y vislumbro ese pequeño tatuaje en el costado izquierdo, justo por debajo del sujetador, me llega un pequeño recordatorio de la noche que pasamos juntos.

—«Dream big, work hard» —murmuré acariciando cada palabra—. ¿Tiene algún significado especial o simplemente te gustó la frase?

—En mi caso, significa que no me conforme con poco y que, si deseo algo, debo luchar por conseguirlo. No quiero que la gente piense que alguien me ha regalado nada por ser hija de quien soy.

—¿De quién eres hija? —pregunté.

—De alguien que podría solucionarme la vida, pero no es lo que quiero. Seré la mejor en mi trabajo para que nadie piense jamás que me han puesto a dedo.

— «Dream big, work hard» —murmuro acariciando cada palabra—.

Al final lograste el puesto gracias a tu esfuerzo.

—Ella no asiente, solo me observa con cierto recelo, como si no fuera capaz de creer que acabo de recordar algo de aquella noche—.

No me llegaste a decir de quién eres hija.

No insistí porque me interesaba más follar que saber eso.

Pero no voy a negar que es algo que me mantiene muy intrigado desde hace unas semanas.

—Mi padre… —empieza a decir, pero parece pensárselo mejor y niega con la cabeza—. Te lo contaré, ¿vale? Pero me gustaría ser solo Harper durante un tiempo.

—Al menos déjame claro que no es un capo de la mafia, militar o el presidente del gobierno.

Harper se ríe.

—No, tranquilo. No es político, militar ni policía, y, desde luego, no forma parte de ninguna mafia. Tu vida no corre ningún peligro.

—Bien. —Dibujo una ligera sonrisa y vuelvo a acariciar su cuerpo con toda la calma que mis ganas de arrancarle el resto de prendas me permite.

Estoy haciendo el mayor esfuerzo de contención de mi vida, pues jamás me he planteado el sexo como una experiencia multisensorial en la que conectar con la otra persona.

Era un mero entretenimiento, una manera de satisfacer mis instintos más primarios.

Y así era para ellas también. Aunque alguna sí que buscara meterse en mi cama, en mi casa y en mi vida, pero yo nunca les prometí una segunda vez y nunca la hubo.

Hasta ahora.

Sus manos desabrochan los botones de mi camisa con lentitud, como si quisiera exprimir el momento y guardarse todas las sensaciones para ella.

En el proceso, sus dedos rozan la piel de mi torso y se me corta la respiración cada vez que lo hace.

Esos mismos dedos que hace unas semanas ya me torturaban silenciosamente en cada sesión de rehabilitación.

Dejo que sea ella quien me desvista entre besos y caricias, a su ritmo, contemplando cada pulgada de piel, cada reacción, cada mirada, mientras yo siento que ardo por dentro.

Cuando caemos desnudos sobre mi cama y trato de ponerme encima, ella me lo impide.

—No olvides que sé mejor que nadie qué esfuerzos puedes hacer y cuáles no —me advierte tomando la iniciativa y sentándose a horcajadas sobre mi cuerpo como una jodida diosa.

Harper se mueve con la experiencia de alguien que se ha dado el permiso de buscar lo que le da placer.

Está lejos de ser virgen, y eso me gusta porque el sexo suele ser más satisfactorio para ambos.

Ubico mis manos en su trasero, echo la cabeza para atrás y dejo que se masturbe con mi rabo a su antojo.

Disfruto con sus jadeos y con la visión de su cuerpo desnudo sobre el mío, pero siento la necesidad de intervenir. De modo que mi mano derecha va en busca de ese pequeño botón y ella facilita la postura para que no tenga que forzar el hombro.

—Es increíble que sepas con antelación qué me va a doler.

—¿Soy buena o no? —pregunta con una sonrisa de satisfacción, a la espera de una respuesta afirmativa.

—La mejor. Quiero que seas mi fisio siempre —declaro llevando mi mano buena hasta su nuca para acercarla a mí y poder besarla de nuevo.

Harper gime en mi boca, pues mi otra mano sigue dándole placer, pero no dejo que se aparte. Estoy demasiado sediento de ella para soltar sus labios.

Cuando el orgasmo la recorre, contiene un gemido y se derrumba sobre mí, con mis dedos aún en su interior. Mi brazo izquierdo la mantiene bien sujeta y sus dientes muerden mi hombro —el bueno— mientras recobra el aliento.

Recupero la otra mano para acariciar su cuerpo y siento que se estremece bajo las yemas de mis dedos. Mi polla sigue dura y reclama atención, pero no podría estar mejor ahora mismo que abrazado a esta chica que se ha propuesto volverme loco por completo.

Cuando Harper empieza a moverse, la acorralo con mis brazos y nos coloco de lado. Mi mano vuelve a tantear su entrada y ella deja caer su cabeza sobre mi pecho.

—Yo también sé qué puedo hacer y qué no, tranquila —le aseguro.

Cuando los jadeos son demasiado seguidos, me aparto de ella el tiempo justo para buscar un preservativo del cajón, abrirlo y enfundármelo.

—¿Lista?

Emite un gemido que entiendo como afirmativo, la coloco como necesito y entro en ella despacio, llenándome de mil sensaciones y olvidándome por completo de que soy la estrella del equipo, del dinero que tengo y hasta de mi pasado.

Ahora mismo, yo también soy solo Brady, un chico que empieza a sentir cómo su corazón se agranda cuando la chica que le gusta está cerca, y cómo se encoge cuando la nota lejos.

Mis manos se aferran a sus caderas y hago que nos movamos en una cadencia lenta y algo torpe.

Desde aquí disfruto de verla rendirse al placer, agarrando con fuerza las sábanas, recolocándose el pelo, jadeando y gimiendo.

Es un espectáculo que solo me hace querer más y más, por lo que hago un esfuerzo por intensificar el ritmo.

Gruño. Estoy cerca, y ella también.

Harper se muerde el labio inferior para contener otro gemido y, solo cuando la veo desmadejada sobre el colchón, doy un par de embestidas más y me corro yo también.

Me cuesta horrores abrir los párpados tras una noche larga de besos, mimos y sexo suficiente para saciarnos durante meses. Semanas. Días. Horas. ¿A quién quiero engañar? Harper ha secuestrado mi autocontrol y solo deseo hundirme en su interior una y otra vez.

Ese pensamiento despierta mi polla de nuevo y tanteo el colchón buscando ese cuerpo que ya nunca más voy a olvidar, pero solo encuentro sábanas frías.

Ahora sí, abro los ojos. La habitación está en penumbra.

No obstante, entra la suficiente luz para corroborar que estoy solo y que sus cosas han desaparecido.

Me levanto como un resorte mientras compruebo la hora en el reloj.

Las ocho y media de un domingo. Es demasiado pronto para lo tarde que nos dormimos.

Me pongo un pantalón deportivo a toda prisa y una camiseta ancha con todo el cuidado de no hacerme daño en el hombro.

Salgo disparado y, cuando bajo las escaleras de dos en dos, advierto el abrigo de Harper aún colgado en el perchero.

Vuelvo a llenar mis pulmones de aire al comprobar que todavía sigue en casa.

Ya más calmado, entro en el comedor y la descubro haciendo tortitas.

—Pensé que te habrías ido sin despedirte.

Harper da un pequeño saltito por la sorpresa y se gira con una sonrisa enorme.

—Quería dejarte descansar.

—Puedes quedarte, no pienses que esto nuestro se acaba aquí. Me gustaría pensar que eres mi novia y no un simple rollo.

Harper se ríe.

—Brady Lennox, ¿te estás enamorando? —bromea. No sabe lo cerca que está de la respuesta.

—Quizá.

Lo digo serio, convencido, y acompaño mis palabras de una suave caricia en su espalda. Sus ojos me miran con intensidad durante unos segundos antes de volver a la sartén.

—Tengo que trabajar, hoy hay partido. Y tú —me apunta con la espátula— tienes sesión conmigo dentro de unas horas.

Me río.

—Va a ser muy interesante esa sesión —murmuro pasándole un brazo por la espalda y anclando mi mano a su cintura.

—Escúchame bien, casanova. —Me señala nuevamente—. Dentro del Cavendish Arena, tú y yo solo somos jugador y fisioterapeuta, ¿entendido?

—¿Por qué tanta insistencia en mantenerlo en secreto? —pregunto, burlón—. ¿Tu padre es el dueño de los Phantoms o algo así?

Percibo cómo le tiembla el labio, aunque es tan sutil que puedo habérmelo imaginado.

—No. Simplemente no creo que sea prudente hacerlo público tan pronto. Con lo de Wesley, con tu lesión… No quiero que la gente especule y tire por tierra todo mi esfuerzo.

—Está bien. Aunque algún día la prensa lo sabrá.

—Pero, cuanto más tarde en descubrirlo, mejor. No es buena idea empezar una relación con la prensa encima todo el día. No suele acabar bien.

Harper me observa un par de segundos antes de seguir con las tortitas, mientras yo me quedo dándole vueltas a lo que acaba de decir.

Parece hablar desde la experiencia, como si conociera la fama desde dentro, de alguna manera.

Pero no es famosa, solamente es una fisioterapeuta en un equipo deportivo de la NHL.

Sin embargo…

Su padre le regaló un coche valorado en unos setenta mil dólares. —Sí, lo busqué tras nuestra conversación—. Su padre podría enchufarla en algún puesto. Su familia es alguien con suficiente poder para acabar con mi carrera. Su padre no es militar, ni policía, ni político.

¿Y si…?

¿Y si su padre es famoso?

Harper solía decir que tenía experiencia con lesiones y daba a entender que era algo que veía en casa.

¿Y si su padre ha sido deportista? Un deportista famoso…

Joder, tiene todo el sentido del mundo.

No quiere que la gente crea que ese puesto lo ha obtenido porque su padre se lo haya conseguido. Ha luchado por ser la mejor y no puede permitirse un solo fallo.

—Lo entiendo, no te preocupes.

Ella me devuelve la mirada y me agradece en silencio que la respete. Aunque mi mente no esté dispuesta a zanjar el tema y buscará cualquier pista hasta encontrar la verdad.

—Conocí a mi ídolo —expongo mientras voy a preparar los cafés—. Greg estuvo en el partido contra los Flyers.

—Os vi —tercia sin levantar la vista de lo que está haciendo—. ¿Qué tal?

—Me dio su tarjeta y me pidió que lo llamara si quería cambiar de agente.

Ahora sí logro captar su atención.

—¿Eso hizo?

—Sí, yo tampoco me lo puedo creer —confirmo, henchido de felicidad—. Por lo visto, no me rechazó porque tuviera demasiados clientes, sino porque creía que era uno de esos jugadores problemáticos.

—¿Y ya no cree eso? —pregunta mientras apaga la vitro y lleva el plato de tortitas a la barra—. ¿Tienes sirope?

—En ese armario de ahí. —Se lo señalo—. Estuvimos hablando sobre la familia y acabé contándole lo de Ryan.

—Vaya…

—También me dijo que le gustaría que saliera con su hija…

—¡¿Cómo?!

—Tranquila, le informé de que ya estaba con alguien —aclaro al ver lo roja que se están volviendo sus mejillas—. No te pongas celosa, no te voy a dejar por alguien que no he visto en mi vida solo por pertenecer a su familia.

Logro disipar su enfado y sonrío porque me hace gracia haber provocado esa reacción. Eso es porque le importa perderme, ¿no?

—Además, ya lo he conocido y puede que en un futuro trabaje con él. Eso es más de lo que soñé.

—¿Vas a volver al estadio para ver los partidos? —pregunta cambiando de tema.

—Sí. —Chasqueo la lengua—. Matthew me dio un toque y creo que tiene razón.

—Creo que a los chicos les gusta verte ahí —conviene—. Bueno, no lo creo, lo sé. Algunos lo comentaron. Les gustó que fueras.

Terminamos de disponer el desayuno sobre la barra, acerco los dos cafés y nos sentamos en los taburetes. Harper se lleva su café a la boca y disfruto al ver la sonrisa que esboza.

— Caramel latte… Te has acordado.

—Por supuesto.

Desayunamos entre sonrisas mientras seguimos poniéndonos al día de nuestras vidas y alucino con lo fácil que se hace todo con ella. Insiste en fregar los platos antes de irse, pero se lo impido.

—Si quieres, deja los trastos en el lavavajillas. Pero no te invité para que vinieras a limpiar.

Ella asiente y hace lo que le sugiero.

—Supongo que te debo una cena.

—Has hecho tortitas.

—Brady…

—Harper, me gusta cocinar y me gustas tú. Así que me gusta cocinar para ti —aclaro con un guiño.

Ella viene hasta mí, me rodea con sus brazos y se alza de puntillas para besarme. Cuando rompe el momento con ese «me tengo que ir ya o llegaré tarde», me desinflo, aun siendo consciente de que voy a verla en unas horas. Me he vuelto adicto a ella.

—El miércoles vamos a decorar la casa para Navidad. ¿Quieres venir a ayudarnos? —propongo de manera improvisada.

—Tenemos partido fuera, llegaré tarde.

—Mierda, es verdad —mascullo—. Solemos hacerlo el día 1, pero quizá pueda hablar con Ryan por si le va bien que esperemos un día.

—En ese caso, me encantaría.

—¿Es una cita?

Harper se ríe y va hasta la entrada para ponerse el abrigo y descolgar el bolso del perchero.

—Nos vemos luego, Lennox.