La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 34. Es una cita
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34. Es una cita

Harper

Llevo más de una hora probándome prendas como si fuera una adolescente a punto de tener una cita con su crush.

Nada me parece adecuado; o demasiado sencillo, o demasiado provocador.

Porque esto no es una cita, ¿verdad? Brady me ha invitado a cenar a su casa, pero vive con su hermano.

Ryan estará allí, así que no es una cita. Es una cena, algo familiar.

Me muerdo el labio y me decanto por este vestido granate de manga larga, por la rodilla y con escote en forma de pico.

Salgo de casa y entro en el coche sintiendo que me recorre un escalofrío al pensar en lo que puede ocurrir al terminar la cena, pero la voz de Luke Combs, en Fast Car, logra serenarme.

No obstante, cuando llego, mis piernas se convierten en gelatina.

Recorro los escasos pasos hasta la puerta y esta se abre antes de que me dé tiempo a llamar al timbre.

Lo miro de arriba abajo y trago saliva. Vaqueros oscuros y camisa blanca impecable, remangada lo suficiente para mostrar los antebrazos y la tinta que los cubre de manera parcial.

El pelo arreglado, aunque sin parecerlo.

No está vestido para una cena casual en su casa. Está vestido para una cita.

Yo sigo paralizada en la entrada, pero él toma la iniciativa, tira suavemente de mi mano para hacerme entrar y cierra la puerta a mi espalda. Tras ello, ubica sus manos ligeramente temblorosas en mi cintura, me atrae más hacia él y sus labios toman los míos como si fuera una promesa de futuro.

Mis manos abandonan la rigidez y suben hasta su nuca en un claro mensaje de que no deje de besarme. La mente no para de bombardearme con recuerdos de hace tres años y se me contrae el vientre por la anticipación de lo que puede llegar a ocurrir esta noche tras la cena.

Porque esto es una cita y debería empezar a hacerme a la idea.

Al separarnos para buscar algo de aire, me observa evaluando mi reacción y parece relajarse al comprobar que no voy a salir huyendo.

—Hola —murmura con ese tono ronco y seductor que manda a tomar viento cualquier resto de barrera que quedara entre nosotros.

—Hola —respondo con la voz entrecortada.

Brady Lennox se convierte en un gentleman. Me retira el abrigo y el bolso para colgarlos en el perchero de la entrada y me dirige al salón sosteniendo una de mis manos de manera suave y elegante.

Al acceder al comedor, me percato de que la mesa está preparada para dos comensales. No hay velas ni flores, pero sí una botella de vino abierta en el centro. Agrando los ojos al ser consciente de que nunca existió la idea de cena familiar que tenía en mente.

—¿Y Ryan? —pregunto.

Brady muestra una sonrisa ladeada, divertida, macarra. Sexy.

—Ryan ha dicho, y cito textualmente: «Ni loco pienso salir de mi habitación».

Parpadeo.

—¿En serio?

—Dice que no está dispuesto a hacer de sujetavelas en nuestra primera cita. Me ha ayudado con la cena y con la mesa, luego se ha llevado algo arriba y creo que no lo veré hasta que vuelvas a salir por la puerta. Espero que mañana —añade con toda la intención de ponerme nerviosa.

Mi estómago da una voltereta.

—¿No quieres ver a tu hermano hasta mañana? —pregunto, intentando destensar este momento.

—No quiero que tú te vayas hasta mañana —confirma. Sus ojos se oscurecen y necesito encontrar algo que nos saque de aquí o no vamos a probar ni el vino.

Desengancho nuestras miradas para ojear la cocina. Me llega olor a comida y detecto luz en el horno.

—Huele bien, ¿qué es?

—Solomillo Wellington.

Elevo las cejas, volviendo la vista hacia el hombre que se ha propuesto seducirme a lo grande.

—¿Has preparado solomillo Wellington? ¿Sabes cocinarlo?

Brady se ríe y se mueve hacia el horno, trastea con los botones y abre la puerta.

—Harper, Harper… —canturrea sacando la fuente y colocándola sobre la encimera—. Tienes tanto que descubrir sobre mí aún…

—Espera, que te ayudo —me ofrezco al verlo luchar con un solo brazo para cortarlo.

Él protesta, pero es consciente de sus limitaciones, así que deja que me encargue yo.

Brady me acerca unos platos en los que previamente ha servido un poco de boniato asado y unas verduras a la parrilla y yo les añado una ración de solomillo que huele que alimenta.

Estoy salivando solo de imaginar lo rico que debe de saber.

Ya en la mesa, dejo que él me llene la copa de vino mientras coloco la servilleta de tela sobre mi regazo, como si estuviéramos en un restaurante fino. Al probar la comida, emito un gemido que hace que Brady sonría con orgullo.

—Joder, está espectacular.

—Esa es la reacción que buscaba —se burla el muy cabrón.

—Deberías plantearte la restauración para cuando te retires —sugiero.

—Ni de broma. Esto lo hago porque me gusta, como afición. No me veo pasando el día en una cocina.

—Qué lástima. Podría comer esto todos los días, está al nivel del Joe’s.

—Puedo cocinarte esto todos los días si quieres —propone.

—Suena tentador —admito.

La conversación fluye con naturalidad, como si fuéramos amigos desde siempre.

No hablamos del equipo ni de la rehabilitación.

Hablamos de nosotros, de nuestra infancia, de las cosas que nos gustan, de nuestros viajes, de lo que hacemos cuando no tenemos nada que hacer, de la música que forma la banda sonora de nuestra vida…

Nos dedicamos a aprender detalles el uno del otro, a conocernos, a entendernos un poco más.

Comemos sin prisa, mirándonos, tomándonos el tiempo de saborear cada bocado o de explicar cada detalle.

No soy experta en citas. He tenido algunas, pero nunca como esta.

Siempre solía ser todo muy precipitado y muy poco cuidado.

Como si fuera un trámite previo al sexo.

Supongo que por eso siempre acababan fracasando mis relaciones al poco tiempo.

No había interés real por parte de ellos en construir algo.

Con Brady se nota que somos dos personas buscando algo más que un rollo pasajero. Muestra interés en mí y en mi vida, escucha atentamente, responde, participa… Nunca pensé que una cita con él sería así. Me siento fatal por haberlo juzgado de manera tan dura.

—Por cierto…, me da un poco de miedo sacar este tema, pero no quiero que pienses que soy un insensible. ¿Qué pasó al final con Wesley? ¿Lo denunciaste?

Trago saliva. Estaba tan ilusionada con esto que había dejado de pensar en él. No del todo, sigo asustándome cuando estoy sola en la sala de fisioterapia y oigo un ruido fuera, sigo revisando el espejo retrovisor pensando que alguien me sigue, sigo pensando que ocurrirá algo en cualquier momento.

Pero no quiero que el miedo me hunda y me impida hacer cosas. Voy a seguir trabajando como lo he hecho hasta ahora y voy a salir con quien me dé la gana. Pienso demostrarle a ese cerdo que se equivocó al meterse conmigo.

—Sí. Estuve un buen rato con Recursos Humanos y con Legal. Y luego fui a la policía a denunciarlo.

Brady asiente.

—¿Lo han detenido?

—No, no es tan simple. Pero sí tiene una orden de alejamiento y pienso que no es tan idiota como para incumplirla, porque entonces sí que lo arrestarían de manera inmediata. Tiene familia, no creo que quiera perderse la infancia de sus hijos.

—¿Tú cómo estás? —se interesa fijando sus ojos en los míos, analizando hasta lo que callo.

—Sigo asustada —confieso—. No lo he dicho hasta ahora porque no quiero preocupar más a mi familia. Con esa orden, a priori, está todo solucionado. Todos opinan lo mismo que yo.

—¿Pero…?

—Pero el mundo es un lugar lleno de perturbados disfrazados de persona normal. ¿Y si está tan obsesionado conmigo que solo quiere cumplir sus amenazas, aunque luego tenga que pagar con la cárcel?

—Déjame ayudarte —suplica.

—¿Cómo? —pregunto desesperada.

—Podría conseguirte seguridad privada.

—No.

Me niego de manera rotunda.

—Nena…

—No, no lo necesito.

—Escúchame. —Sigo meneando la cabeza, pero su mano aprieta la mía y me detengo—.

No todos los escoltas van de traje y pegados a tu culo.

A veces se camuflan entre la gente. Solo sería pagar a alguien para que te acompañara en los trayectos, en su propio coche.

Podría seguirte mientras vas a comprar, como si fuera otra persona más.

Nadie sabría que te está cubriendo las espaldas. Solo tú.

Abro la boca para hablar. O respirar.

—Créeme.

—¿Ryan tiene…? —tanteo.

—Por supuesto.

—¿Y él lo sabe?

—Sí, pero nadie más. —Suspira de manera profunda—. No lo tiene veinticuatro horas, solo cuando es necesario o para las noches que paso fuera. Y, si quieres, tú también podrías tener uno para cuando lo necesites. Piénsatelo, ¿vale?

—No quiero que te gastes ese dinero —balbuceo.

Brady rebufa.

—Harper, ¿en serio te preocupa eso? —gruñe—. ¿Sabes cómo me sentí al darme cuenta de lo que pasaba con Wesley? ¿Acaso crees que dormí como un bebé esa noche? ¿Que no estaba preocupado por ti? ¡Me importas, Harper! Más de lo que llegué a imaginar.

Doy un saltito en el sitio por la impresión que me producen sus palabras y el dolor que imprime en ellas. Mi corazón se acelera y trago saliva para hacer desaparecer este nudo que se me ha creado en la garganta, algo que no logro.

—Llevo una vida sencilla —continúa, ahora más sereno—.

Podría vivir en un barrio aún más lujoso, en una casa todavía más grande, pagar a alguien para que cocinara o se encargara de todo.

Podría tener un coche más caro o una colección entera de ellos.

—Hace una pausa—. Tampoco vivo como si no llegara a final de mes —aclara—.

Gano mucho dinero y es para las personas que me importan.

Hasta ahora solo era Ryan, pero te has colado en esa lista y no puedo mostrarme indiferente si algo te angustia.

Y yo no puedo mostrarme indiferente a lo que acaba de decirme.

Me levanto para ir hasta él, me siento en su regazo, paso los brazos tras su nuca y lo beso, tratando de demostrarle que yo siento lo mismo. Exactamente lo mismo.

—Precisamente, una de las cosas que dijo Wesley es que lo que buscaba al trabajar en los Phantoms era dar un braguetazo. —Suspiro—. No quiero darle la razón, no quiero ser la mantenida de ninguna estrella del deporte.

—Solo te pido que no hagas más caso a ese hijo de puta —suplica con la voz rota—. Cualquiera que haya trabajado un poco contigo sabe que te mereces ese puesto. Y también que eres jodidamente orgullosa como para ser una mantenida —concluye con una sonrisa.

Escondo la cabeza en su hombro para que no vea cómo sonrío yo también, pero es inútil.

—Mira, no voy a obligarte a aceptar mi dinero. Solo quiero ayudarte para que puedas tener la tranquilidad de que ese cabrón no te hará nada. Sería con tus condiciones. Piénsatelo, ¿de acuerdo?

En realidad, mi padre insistió desde el minuto uno en que lo supo.

Ya cuento con un agente que me acompaña a algunos lugares como si fuera alguien normal.

Pero no puedo decírselo a Brady sin hablarle de quién es mi padre…

y quería ver adónde nos llevaba esta conversación.

Ahora que veo que se preocupa de verdad y sufre con este tema porque le importo, logra colarse un poquito más dentro de mi corazón.

Mis labios se abalanzan hacia los suyos y, aunque él pone un poco de resistencia al sentir que estoy desviando la atención para zanjar la conversación, se abandona y su lengua me explora con ganas.

Su mano derecha baja a mi rodilla y se desliza hacia arriba por debajo de la tela del vestido. Jadeo cuando sus dedos llegan a esa zona del muslo donde termina la media y sus dedos entran en contacto directo con mi piel.

—Interesante… —murmura contra mi boca.

Solo suelta mis labios un segundo y vuelve a la carga.

Su mano atrevida sigue un camino cuyo único objetivo es torturarme, pues se acerca peligrosamente a mis bragas, pero luego decide volver atrás.

Gimo al sentir su pulgar sobre el encaje. Brady se separa tan solo una pulgada y estudia mi rostro.

—¿Vamos arriba? —tantea.

«Vamos a donde me digas».

Asiento mordiéndome los labios. Me levanto y él hace lo mismo a la vez que atrapa una de mis manos para dirigirme hacia las escaleras.

Cuando entramos en su habitación, se detiene en el centro y yo aprovecho para inspeccionar la estancia con curiosidad.

—No me la esperaba así.

—¿Por qué? Es un dormitorio. Hay una cama, un armario y un baño.

Me río.

—No es eso. La decoración, los muebles…

—¿Qué tiene?

Niego con la cabeza con una sonrisa.

—Olvídalo.

—Ni de coña. —Sus manos abarcan mis caderas y me pega aún más a él—. Ahora quiero saberlo.

—No tiene importancia.

—¿Esperabas que estuviera desordenado? ¿Que oliera mal?

—Tengo hermanos —aclaro entre risas—. He estado en sus habitaciones y no se parecen en nada a esto.

—¿En sus habitaciones de adolescente?

—En sus habitaciones de soltero —especifico.

Brady me lanza una mirada que pretende hacerme sentir mal, pero acaba riendo y yo también.

—Así que… —sus manos se aferran de manera más posesiva— habías pensado en cómo sería mi habitación.

—Yo no he dicho eso —rebato llena de diversión.

—Harper, Harper… Tú habías venido a una cita.

—No, para nada.

—Te has puesto ese vestido para disimular, pero estoy convencido de que la ropa interior la has escogido para este momento —argumenta, paseando su nariz por mi cuello.

—¿Qué le ocurre al vestido? —Me río.

—Que va a desaparecer en dos segundos —responde con una voz tan ronca y llena de desesperación que me desarma.

Su aliento baña mi piel mientras sus manos desaparecen de mi cuerpo para aferrarse a la tela de la falda y cumplir con su promesa de los dos segundos.