La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 32. No eres una más #2
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32. No eres una más #2

Calvin está deshaciéndose de todos los rivales con una inteligencia brillante y nos regala un juego precioso a los espectadores. Parece tener ojos hasta en la nuca, porque se adelanta a todos sus movimientos para evitar que lo tiren al suelo.

Cuando cruza la zona de anotación, no lo celebra de forma exagerada. Simplemente, deja caer el balón al suelo y señala a sus compañeros. Ha sido una jugada espectacular.

Vuelvo a aplaudir dando saltitos de manera eufórica. Creo que no hace falta disimular aquí, todos saben que voy con el equipo de Calvin.

Las cámaras enfocan a Dean, quien aprieta los labios conteniendo ese orgullo de hermano mayor porque ha anotado seis puntos jugando bien y de manera inteligente, y esa jugada seguramente será recordada durante años y años.

Me relajo y vuelvo a sentarme. Aprovecho que todos están centrados en el partido de nuevo para revisar los últimos mensajes.

Niñato consentido:

Le ha encantado. Aunque, entre tú y yo, creo que le gusta Gina.

Niñato consentido:

Gracias.

Niñato consentido:

Por preocuparte por él también. Me he fijado en cómo estabas pendiente de Ryan en la comida.

Niñato consentido:

Significa mucho.

Yo:

¿Cómo no voy a hacerlo? Es tu hermano.

Yo:

Casi un hijo.

Niñato consentido:

Lo sé. Por eso siempre me ha costado tener una relación. No muchas entenderían que Ryan es importante para mí y es mi responsabilidad.

Niñato consentido:

Tú eres distinta. Por eso me gustas de una manera especial. No eres una más.

Las mariposas empiezan a aletear más fuerte y me muerdo el labio para contener una sonrisa que llamaría demasiado la atención a mi familia. Creo que debería dejar de tener su número guardado como «niñato consentido». De modo que voy a la agenda y lo modifico.

Yo:

¿Lo dices en serio?

Brady:

Totalmente. Estás logrando que crea en el amor.

Yo:

No puedes decirme estas cosas por mensaje.

Brady:

¿Por qué?

Yo:

Porque no puedo besarte.

Brady:

¿Dónde estás? Voy a verte.

Yo:

¡No!

Brady:

Vale. Mañana pienso dejarte sin aliento.

Yo:

¿Vas a ir a ver el partido?

Yo:

No se te ocurra hacer ninguna tontería.

Brady:

¿Tontería? ¿Cómo qué?

Yo:

No quiero que nadie sepa lo nuestro.

Brady:

«Lo nuestro». Me gusta cómo suena…

—¡Toma! —grita Ethan.

Levanto la vista del móvil y veo que Matt me está observando con el ceño fruncido. Mi padre mira a la pantalla sonriente y mi madre ha venido a ver qué ocurría.

—El equipo de Dean acaba de adelantarse en el marcador —explica Ethan a mamá.

—¿Qué? —pregunto.

—Parece que no estabas muy atenta —evidencia mi padre conteniendo una sonrisa.

Mi madre me dirige una mirada divertida que, por suerte, nadie más ve.

—Ya está. —Me levanto y dejo el móvil sobre la mesa del comedor—. No voy a mirarlo más.

Todos siguen el aparato con la mirada y se abalanzan hacia él. Me preocuparía, pero me he adelantado a ellos y lo he apagado antes de hacer semejante temeridad.

—¡Está apagado! —protesta Ethan.

—¿Pensabais que os iba a dejar cotillear? —pregunto con una amplia sonrisa de satisfacción y los brazos cruzados.

—¿Lo conocemos? —inquiere Matt.

—¿Podéis dejarme en paz?

—No lo está negando —suelta Ethan dándole un codazo a Matt—. Es deportista.

—Uy, este partido si está interesante —canturrea Abby, la mujer de mi hermano mayor.

Rebufo.

—Solo espero que sepas lo que haces.

Las palabras de Matt se hacen acopio de todo el espacio del salón.

Envueltas en esa voz grave, seria y casi autoritaria, nos dejan a todos en silencio.

No tiene motivos para sospechar de Brady, pero creo que le aterra que así sea porque tiene una imagen de él que no se corresponde con la realidad y teme que la princesita de la casa acabe sufriendo.

De modo que asiento de manera lenta, pero firme. Dejándole claro que soy mayor y puedo tomar mis propias decisiones.

—Peach, lo que tu hermano quiere decir —interviene mi padre— es que sabemos que eres libre de salir con quien quieras.

Que, a veces, las personas no son como parecen, o sale mal…

Pero estaremos aquí para ti si eso ocurriera.

—Se aclara la garganta—. Y, por cierto, creo que todos conocemos suficientes casos de deportistas que no son el clásico ligón del que queréis proteger a vuestra hermana.

—No. Lo que Matt está diciendo es que ni se me ocurra salir con uno de sus jugadores —señalo seria, firme, molesta.

—Eso no es cierto —rebate.

—Quieres saber si es uno de ellos y no sabes cómo averiguarlo.

—A mí me da igual con quién salgas, pero parece que no eres consciente de qué clase de tipos son.

—¿Lo sabes tú? —lo encaro—. No pasas tiempo con ellos, no hablas con ellos más que para firmar los contratos. No tienes ni idea de nada de sus vidas. Sí, hay algunos que son un poco flipados, pero no me interesan. Deja de sobreprotegerme, sé cuidarme sola.

—No pretendo hacer tal cosa —replica, ahora más calmado—. Lo siento.

—Tranquilo, sé que eres el mayor y siempre te has preocupado por todos. Sé que quieres evitarnos sufrir, pero de los errores también se aprende.

—Y más que de los aciertos —recalca mi padre.

—Lo sé. Tendría que empezar a confiar más en tu criterio. Sea quien sea el afortunado, está claro que algo bueno habrás visto. Y yo prometo que haré lo posible por verlo también cuando me lo presentes —asegura llevándose una mano al corazón.

—¿Alguien lo ha grabado? —pregunto a los demás—. Necesitaré que le recordéis esas palabras dentro de unos años cuando me atreva a traerlo.

—¿Años? —cuestiona Ethan.

—Meses —concedo.

Matt y mi padre asienten, Ethan y mi madre sonríen, y mis cuñadas se miran entre ellas.

—Pues yo tengo un buen presentimiento —canturrea mi madre, y la asesino con la mirada.

—¿Cuál? —pregunta mi padre con curiosidad.

Mi progenitora se encoge de hombros, aunque su sonrisa la delata.

—Es pronto para decirlo, pero creo que estamos cerca de tener a todos los niños casados y formando su propia familia.

Pongo los ojos en blanco y mis hermanos resoplan.

—Mamá, eso suena tan a los años cincuenta… —rezongo.

—Sí, cariño, eres muy feliz soltera, tienes muchos amigos, una gran familia y tu trabajo te absorbe. No pretendo decir que no vayas a estar completa hasta que te cases. Pero… la vida siempre será un poquito mejor si tienes a alguien para compartirla.

Debería recurrir a la Harper orgullosa para que soltara alguna respuesta sarcástica, pero, por alguna razón, sonrío.

Y no sé por qué lo hago.