32. No eres una más
Harper
Entro en casa con una sonrisa perenne que no trato de controlar, aunque no puedo dar ni tres pasos, pues mi madre me atrapa y me lleva a rastras hasta el cuarto de la colada en completo silencio.
—Cuéntamelo todo —pide tras cerrar la puerta y poner en marcha la secadora.
—No te sigo.
—Brady Lennox y tú. Abrazados.
Alzo las cejas.
—¿Cómo lo sabes? —La señalo.
—Crecí en ese pueblo. Os han visto.
—Jo-der con la velocidad de los cotilleos de East Harbor—mascullo.
—¿Es verdad? —insiste.
—¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué has puesto la secadora sin ropa?
—¿Prefieres que te interrogue delante de tu padre y tus hermanos?
Pongo los ojos en blanco y me apoyo de espaldas a la pared.
—Supongo que no.
—¿Entonces?
—Es verdad, pero no hay nada. Aún —añado al verla poner esa cara de «no nací ayer» que adquieren todas las madres al parir a su primer retoño.
Mi madre relaja su postura y dibuja una sonrisa.
—¡Qué alegría me das, cariño!
—Mamá…
—No hagas caso a tus hermanos, seguro que es muy buen chico. De lo contrario no te habrías fijado en él.
—Para el carro, no es que vaya a casarme con él ni nada.
—Yo sabía que lo de compartir tanto tiempo juntos iba a servir de algo.
—¿Podemos zanjar esto y salir? Ya me has interrogado y, créeme, no hay mucho más que contar.
Mi progenitora se acerca, coloca las manos a ambos lados de mi cara y me obliga a agacharme para darme dos millones de besos en una mejilla.
—Ay, mamá, para…
Logro apartarme y, lejos de molestarse conmigo, sonríe divertida. Pongo los ojos en blanco nuevamente y abro la puerta para salir al salón.
—¡Ya he llegado! —anuncio.
Acción de Gracias en casa de los Queen siempre ha sido un momento de reunión y conexión.
Cuando éramos pequeños, solíamos desayunar chocolate caliente con nubes y galletas.
Después, íbamos a patinar a la pista de hielo.
Comíamos macarrones con queso y por la tarde, mientras mi madre y mi abuela terminaban de preparar la cena, mis hermanos, mi padre y yo sacábamos los juegos de mesa.
Papá pasaba mucho tiempo fuera debido a los partidos y su vida de estrella del hockey, así que ese día era doblemente especial.
Incluso tras el divorcio mis progenitores acordaron que ese día apartarían sus diferencias y lo pasaríamos juntos.
Y así sigue siendo, aunque ya no estemos todos.
Hemos pasado la tarde construyendo con los Legos de mi sobrino mayor, que ha tenido toda la atención del mundo, mientras los más pequeños dormían o disfrutaban de las canciones de mi madre.
La cena se ha llenado de anécdotas de nuestra infancia, esas que más nos avergüenzan, y de muchas risas.
Me ha gustado ver a mis padres juntos. Ahora se llevan bien y eso hace que compartir estos momentos en familia vuelva a parecerse a lo que siempre fue.
Aunque sé que lo suyo acabó hace muchos años.
Son casi las ocho y vamos tomando asiento en el sofá. El hijo de Ethan ya está dormido, el pequeño de Matt está en proceso de caer rendido y el mayor se ubica al lado de su padre. Me acomodo en la butaca donde tantos años leía mientras los demás miraban partidos repetidos.
El programa acaba de empezar y los locutores están haciendo un resumen de varios datos y estadísticas de ambos equipos, para luego pasar a hablar de los jugadores titulares. Se nota que de lo que quieren hablar es de mis hermanos, porque a los demás los han mencionado como si fueran secundarios.
—Hace semanas que se agotaron las entradas para este partido y no me extraña, ¿quién no quiere ver enfrentados a los hermanos Queen? —dice Tony Brown, uno de los comentaristas habituales.
—Así es. Estamos ante uno de los partidos más esperados de la temporada —responde Jacob Moore, un jugador retirado ganador de una Super Bowl.
—Va a ser épico, seguro. —Hace una pausa para mirar a cámara—.
Hemos querido hablar con ellos, pero solo hemos obtenido unas respuestas bastante escuetas y correctas.
Hace un tiempo nos pusimos en contacto con su padre, Gregory Queen, para invitarlo a comentar este partido con nosotros, pero alegó que el día de Acción de Gracias es sagrado y lo pasaba en familia.
Me giro hacia mi padre con la mandíbula desencajada.
—Pero, ¡papá! —exclamo señalando la pantalla—. Tenías que haber ido.
—Es Acción de Gracias, Peach.
Su mirada me asegura que ni siquiera se lo planteó; que, si lo hubieran invitado cualquier otro día, habría ido encantado, pero el día de hoy no trabaja.
—Sin embargo, hemos podido hablar con él hace unas horas y le hemos preguntado sobre el partido —continúan diciendo en la tele.
— Greg, ¿cómo van esos nervios? ¿Listo para ver enfrentarse a tus hijos? —pregunta el mismo hombre, en un vídeo de peor calidad, pues se trata de una videollamada grabada.
— Ja, ja, ja, estoy bien. Por ahora. —El entrevistador se ríe—. Siempre les he inculcado que la deportividad es primordial, que tienen que ganar siendo buenos, no haciendo pequeños a los demás.
—Una gran lección, sin duda.
—En cuanto dos de mis hijos se mostraron interesados en el mismo deporte, supe que este momento podría llegar. Así que he tenido años para prepararme a mí y a ellos.
—¿Te gustaría que hubieran elegido el hockey?
—No. El hockey me gustaba a mí. Yo los animé a que persiguieran sus sueños. Pero el deporte siempre ha formado parte de nuestra vida, así que no me extraña que todos ellos estén trabajando, de una manera u otra, en este maravilloso mundo.
—¿Todos?
—Todos.
—¿Tu hija también?
—Sí, y estoy convencido de que llegará lejos en su carrera.
Me emociono tanto que dejo de escuchar. Me giro de nuevo hacia mi padre y estiro la mano para unirla con la suya. Me guiña un ojo mientras todos asienten como si estuvieran de acuerdo con él.
—Te quiero, Peach. Sé que no te lo digo mucho, pero estoy muy orgulloso de ti. No quiero que pienses que no lo estoy solo porque no seas deportista. Siento haberte chafado algunos sueños cuando eras una niña. Seguramente habrías llegado lejos en cualquier deporte también.
Me levanto para abrazarlo y se me salen un par de lágrimas.
—Yo también te quiero, papá.
De repente, siento un calor que me rodea y me doy cuenta de que mis hermanos también nos están abrazando. Es un momento muy Queen. Y me encanta.
Cuando vuelvo a sentarme en mi butaca, ya no está el vídeo de mi padre y los comentaristas vuelven a hablar sobre el partido.
Aunque me cuesta mucho prestar atención.
Ponen imágenes de varias declaraciones, incluidas las de mis hermanos, donde, tal y como han dicho, su respuesta es que, sea cual sea el resultado, ambos habrán ganado.
De vez en cuando, muestran el calentamiento de los jugadores y el ambiente del estadio.
Miro el reloj cada dos minutos y medio, pues la previa se está volviendo muy pesada y necesito que empiece el partido.
Como si alguien allí arriba estuviera oyendo mis plegarias, vuelven a mostrar el estadio y veo cómo salen los jugadores al terreno de juego.
—Vamos, que esto empieza —mascullo, enderezándome.
Pero enseguida advierto que tengo una notificación en el móvil.
Niñato consentido:
¿Estás viendo el partido?
Yo:
Sí. Llevamos media hora enganchados.
Niñato consentido:
Nosotros también.
Niñato consentido:
Soy todavía más fan de Gregory Queen por priorizar a su familia.
El corazón me late con fuerza. Sigo emocionada.
—Harp, atenta —me recrimina Matt.
—Lo estoy viendo.
Mi hermano mayor gruñe, pero devuelve la vista a la pantalla y me deja en paz.
Escribiendo:
A mí también me ha gustado eso. Seguro que es un padre genial.
Me muerdo el labio. Debería limitarme a responder lo básico. Borro.
Yo:
A mí también me ha gustado eso.
Niñato consentido:
Solo me arrepiento de no haber podido estar en Acción de Gracias con mi hermano mientras estaba en la universidad. Era eso o Navidad. No me alcanzaba el dinero para ir a casa dos veces seguidas.
Niñato consentido:
Me rompe saber que estaba solo.
Yo:
Piensa que ahora estás dándole algo mejor que compañía durante un día. Le estás ofreciendo una vida normal. Una vida en la que no tiene que cuidarse a sí mismo, cocinar, limpiar… Solo estudiar y portarse bien.
Niñato consentido:
Lo sé.
Yo:
¿Cómo está? ¿Lo ha pasado bien en East Harbor?
Me deja en visto durante unos segundos y aprovecho para ver el partido. Creo que me he perdido alguna jugada.
—¿Qué ha pasado? —pregunto hacia nadie en particular.
Varias caras se giran al instante.
—¿Con quién demonios hablas?
—Matt, déjala. Te dije que está con alguien —alega Ethan.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Estás saliendo con alguien? —pregunta mi padre—. ¿Vosotros sabéis quién es? —Se dirige ahora a mis hermanos, pero ellos se encogen de hombros.
—¿Tía Harp tiene novio?
—¿Sabe que eres una Queen? —quiere saber Peyton, la mujer de Ethan.
—Por supuesto que no.
Me tapo la boca al darme cuenta de que lo acabo de decir en voz alta. Pero ya es tarde.
—O sea, que sí hay alguien —confirma Ethan.
—Traidora —farfullo.
Me recoloco en la butaca, dispuesta a ignorar tanto a mi familia como las notificaciones del móvil.
—¿Quién es?
—¿Por qué no lo has traído a cenar?
—Queremos conocerlo.
—A lo mejor solo es una relación casual.
—¿Qué es una relación casual? —inquiere mi sobrino.
—¡Basta! —exploto—. Nos estamos conociendo. Y ahora, dejad el asunto.
Volviendo la vista a la pantalla, veo a Calvin correr mientras esquiva a varios contrincantes.
—¡Vamos, vamos! —mascullo levantándome.
Cambia de trayectoria y deja al rival confundido mientras acelera para pasar el balón al centro.
Está jugando distinto a como suele hacerlo normalmente para que ni Dean pueda prever sus intenciones.
Cuando vuelve a hacerse con la posesión del balón, rompe el primer placaje con el hombro y gira sobre sí mismo para evitar el segundo.
Aplaudo emocionada.
Sigue corriendo. Treinta yardas. Veinte.
—Pero ¿qué hace? —pregunta Ethan desesperado.