31. ¿Intentas seducirme?
Brady
Puedo afirmar que este ha sido el mejor día de Acción de Gracias de toda mi vida, y seguro que el de Ryan también. Por primera vez sentimos que formamos parte de una familia y de un grupo de gente que se cuida y se protege.
He disfrutado de conocer más a fondo a estas personas, de descubrir sus vidas —algunas tan parecidas a las nuestras—, de sentirme libre para mostrarme tal y como soy, de no ser juzgado.
He reído tanto que me ha llegado a doler la mandíbula y la comida estaba deliciosa.
Me ha encantado conocer al padre de Holly, quien se ha convertido de manera automática en mi referente; ojalá sea como él dentro de unos años.
Me encantaría poder vivir en un lugar así cuando me retire y tener algún negocio en el que pasarme las horas charlando con la gente del pueblo.
Miro a Harper, que está riéndose por algo que le cuenta Jay. No me extraña, el chico es muy gracioso, aunque las anécdotas de Caleb en la clínica no se quedan atrás. No obstante, las mejores son las de la infancia de Holly y Duncan.
—Bueno, gente, he disfrutado muchísimo de vuestra compañía. Pero tengo que marcharme ya. Me gustaría estar en casa para cuando llegue mi padre —anuncia Harper, poniéndose en pie—. La comida estaba deliciosa, ¿puedo venir más veces a comer? —bromea.
—Todas las que quieras —asevera Ava.
—Ya sabes que el Joe’s abre todos los días. Mejor dicho, casi todos —expresa Joe.
—Bueno, la comida del Joe’s es la culpable de que engordara todos los veranos, a pesar de correr varias millas cada mañana con mis hermanos —comenta Harper, y sonrío al plasmar la escena en mi mente.
—Pues imagínate comerla todos los días del año —interviene Holly.
—Al final tendré que ir un día a probarla —expongo.
—Estás invitado —comenta Joe—. Ven cuando quieras.
—Gracias.
Joe hace un gesto para restarle importancia y Harper empieza a despedirse de todos, dejándome a mí para el final, tras comentarle algo a Ryan que le hace poner los ojos en blanco y sonreír a la vez.
—Te acompaño fuera —digo, y ella asiente.
Le ayudo a ponerse la chaqueta mientras sujeto su bolso y la guío hasta la calle con una mano bajo su espalda.
—Bonito coche —comento al llegar a su Audi. Ella entrecierra los ojos y estudia mi expresión en busca de segundas intenciones—. Deja de mirarme así. No hay nada oculto en mis palabras —explico con una sonrisa bastante amplia que le deja claro que ha sido un comentario totalmente inocente.
—Es un regalo de mi padre por graduarme con honores —aclara—. De lo contrario no podría pagarlo.
—¿Es caro? —pregunto con curiosidad.
—Sabes que sí.
—No, no lo sé. No soy experto en coches de lujo, conduzco un Ford Bronco.
Ella alza las cejas, sorprendida aún al descubrir que no soy esa clase de deportista cliché que colecciona coches de seis cifras.
—Bueno, pues… —carraspea—. Preferiría conducir un coche que yo misma pudiera pagar, pero…
—Pensé que el sueldo de una fisioterapeuta deportiva sería bastante alto.
Ella niega sonriente.
—Quizá cuando deje de ser residente.
—Seguro que todos los equipos se pelearán por ti —afirmo totalmente convencido.
—Ojalá tengas razón.
—¿Después de conseguir que Brady Lennox regrese al hielo? Nena, te aseguro que todos querrán tenerte en su equipo.
Logro que Harper se ría, aunque me lleve un manotazo en el brazo. Atrapo sus manos y las llevo a mi espalda, para luego poner las mías en su cintura y eliminar esta horrorosa distancia que se interponía entre los dos.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —pregunto.
—Cenar con mi familia y ver el partido de fútbol.
—Queen versus Queen… —murmuro—. No soy el mayor fan de ese deporte, pero he de reconocer que hasta yo lo voy a ver.
—Hay mucha expectación —responde escueta.
—¿Por qué crees que los hijos de Gregory Queen no se han dedicado al hockey?
Se encoge de hombros un tanto sobreactuada.
—¿Rebeldía?
—Puede ser —convengo—. ¿Sabes? Gregory Queen es mi ídolo, por él me dedico al hockey.
Harper agranda los ojos y me mira con curiosidad absoluta.
—¿En serio?
—Sí. Sueño con conocerlo.
—Sabes que representa a deportistas de alto nivel, ¿verdad?
—Sí, pero no acepta más clientes por ahora.
La observo tragar saliva y estoy convencido de que me oculta algo que ni de coña va a revelarme ahora mismo. Por lo que desvía su mirada a la calle y sigue con la vista a un coche que acaba de pasar.
—Estoy convencida de que un día llegarás a conocerlo.
—¿Tú crees?
—Según tengo entendido, va a muchísimos eventos.
—Sí. —Chasqueo la lengua—. Pero suelen ser en Nueva York. —Vuelve a encogerse de hombros—. ¿Podré escribirte si tengo alguna duda con los ejercicios?
Se ríe, esta vez más relajada.
—Sí, puedes.
Sonrío y termino de acercarme a ella hasta que nuestros labios chocan y mi lengua busca la suya.
Harper pasa los brazos tras mi cuello para acercarme más hacia ella haciéndome sentir en el mismo paraíso.
No nos atrevemos a separarnos, pero emite una especie de jadeo que tiene un impacto directo en mi entrepierna, lo cual me obliga a apartarme de manera inmediata.
—A menos que decidas quedarte un poco más en East Harbor, será mejor que te marches ya a casa.
Harper dibuja una sonrisa bastante retorcida que no augura nada bueno.
—Ya sabes que soy especialista en poner remedio a ese tipo de problemillas.
—Joder, ¡no! —exclamo acordándome del dolor que me provocó con un par de palabras hace apenas un mes.
Ella se da por satisfecha y abre el coche para subirse al asiento del conductor.
—¿Nos vemos mañana? —tanteo—. Podemos cenar juntos…
—Hay partido, me toca trabajar. Y tú deberías ir a animar a tus compañeros.
Ladeo la cabeza.
—El sábado, pues. En mi casa. Se me da bien cocinar.
—Deportista, guapo, responsable, cocinillas… —murmura—. ¿Intentas seducirme?
Entra en el coche y cierra la puerta.
—Eso creo que ya lo he hecho.
Baja la ventanilla.
—¿Tú crees, Lennox? —pregunta haciéndose la dura—. A ver si el que va a caer rendido a mis pies vas a ser tú —sentencia antes de subir la ventanilla de nuevo y poner el motor en marcha.
Arranca ante mi atenta mirada y en pocos segundos el coche desaparece de mi vista.
Sí, yo también he caído rendido a sus encantos.