30. Acción de Gracias #2
—Por eso, tener una mesa tan grande, con tanta gente, me emociona. Muchas gracias, de verdad —termina mi amiga, aún abrazada a su antiguo compañero de trabajo.
—Yo voy a aprovechar el momento para agradecerle a Dios que me haya puesto a tanta gente buena en mi vida —anuncia Jay volviendo a su sitio—.
Fue muy duro que mis padres me echaran de casa —siento cómo la mandíbula de Brady se tensa, pues él y Ryan conocen esa sensación de abandono—, pero conduje hasta aquí, conocí a Joe, me dio trabajo y ya no me imagino viviendo en otro lugar.
Porque aquí conocí a Charlotte y aquí vamos a criar a nuestros hijos, tal y como ella quería —añade con un guiño.
Jay se sienta y Charlotte lo besa.
—Bueno, lo de hijos, así, en plural, está por ver, ¿eh? —comenta ella, y todos nos reímos.
—Hijos, dijiste «hijos», en plural —le recuerda mi amigo.
—Ya veremos.
—Yo también querría daros las gracias a todos por incluirme en vuestro grupo —declara Beth—.
Jay y yo venimos de una familia muy tóxica y supongo que debería haber sabido, en el momento en que lo echaron a él, que yo correría la misma suerte.
A mí no me echaron de casa, porque ya me había ido yo, pero me echaron de sus vidas por haberme desviado del camino.
De modo que formar parte de un grupo tan grande de personas al que poder llamar «familia» es algo que pensé que iba a perder si dejaba de hablarme con mis padres.
—Bueno, ya que todos estáis hablando sobre la familia…
Las palabras de Brady me hacen dar un pequeño salto en la silla. Se pone en pie y percibo esa actitud de héroe solitario que parece mostrar de vez en cuando.
—Ryan y yo llevamos años celebrando solos Navidad, Acción de Gracias y cualquier otra fecha familiar.
Holly, no sabes cómo te entiendo, porque antes de esto también éramos él y yo, pues nuestra madre solía estar trabajando.
—Su mandíbula se tensa de la misma manera que cuando me contó su historia, como si odiara mencionarla—.
También comprendo a la perfección esa sensación de abandono —añade señalando a Jay—.
Cuando Duncan me invitó a compartir este día con ellos, casi lloro de la emoción.
Me costó mucho entender por qué lo hizo, pues yo llevaba años pensando que no merecía amor, amigos o familia.
Pensé que lo hizo por pena. —Duncan niega con la cabeza, completamente serio—.
Lo sé, tío, ahora lo sé. La familia no tiene nada que ver con la genética, es un concepto que va más allá.
Porque tú también te has convertido en un hermano para mí.
—¿Estás bien? —susurra Charlotte a mi lado.
Me giro hacia ella y estrecho su mano por encima de su muslo.
—Creo que se me ha metido algo en el ojo.
Ella asiente con una ligera sonrisa. No ha colado, pero no añade nada más.
Observo como Brady y Duncan se abrazan y se dan varias palmadas en la espalda. Holly también se emociona. Y Beth. Y hasta Gina. Esa niña que parece tener una respuesta afilada para todo también tiene su corazoncito.
—Bueno, si nadie más tiene nada que añadir —interviene Ava, visiblemente emocionada por los discursos—, quería daros las gracias a todos por venir. Nos encanta tener gente en casa. De modo que podéis empezar a serviros la comida. Si está rica, he cocinado yo. Si no os gusta, ha sido Duncan.
—¡Mamá! —protesta el aludido, provocando las risas de los presentes.
Brady acorta la distancia conmigo al sentarse de nuevo y sus muslos rozan los míos. Me recorre un escalofrío y me giro hacia él. Sus ojos ya me esperaban y su boca dibuja una sonrisa que encandilaría a cualquiera.
—¿Todo bien con tus hermanos? —pregunta.
Alzo las cejas.
—¿Cómo sabes que estaba hablando con ellos?
—Porque quise salir a asegurarme de que todo estuviera bien, pero Duncan me frenó y me dijo que era mejor no intervenir en ese momento si no quería someterte a un interrogatorio por parte de tus hermanos. Al final, me diste lástima.
Me río.
—Casi lo machacan a él. Suerte que lo conocen.
—Eso me ha contado.
Empiezo a servirme un poco de puré de boniato. No obstante, siento su mirada en todo momento.
—¿Algún día vas a presentármelos? —tantea.
Vuelvo a girarme y sus ojos me analizan como si fueran capaces de acceder a mis pensamientos. Trago saliva.
—Algún día.
—Me van a odiar, ¿verdad?
Me río mientras empieza a servirse un poco de verduras y patatas asadas.
—No lo sabes tú bien.
—Ya me odian —elucubra.
—Un poco. Pero es porque no te conocen.
—Entonces, supongo que me tocará demostrarles que puedo hacer muy feliz a su hermana —replica con un guiño seductor.
Me sonrojo.
—¿Crees que puedes hacerlo? —pregunto distraídamente, sirviéndome un poco de ese pavo relleno que tiene una pintaza increíble.
—No solo lo creo. Voy a hacerlo —asegura poniendo su mano sobre mi muslo y llevándolo un poco más arriba de lo que podría considerarse adecuado. Siento un hormigueo en toda la zona y algún aleteo en mi tripa.
Miro alrededor y los demás están entretenidos sirviéndose comida.
Nadie parece reparar en nosotros y se cruzan varias conversaciones.
Regresan las risas, las anécdotas y todo lo que convierte esta reunión en un evento familiar.
Uno en el que no hay humillaciones, gritos ni desprecios.
Una comida como las que siempre viví con mi familia y que en cierto modo hace que se me parta el alma al darme cuenta de que no todo el mundo tuvo mi suerte.