33. Ojalá salieras con mi hija
Brady
Los asientos del Cavendish Arena designados a jugadores, familiares y directivos son más cómodos y se encuentran en un lugar privilegiado.
Llego pronto. Muy pronto. Los aficionados empiezan a entrar y cuando me reconocen quieren acercarse a mí.
La seguridad de la zona no lo permite, pero, entonces, me levanto y voy hasta ellos.
Al final, solo quieren una foto o que les firme la camiseta.
«¿Cómo va ese hombro? Volverás a jugar, ¿verdad?», me preguntan varios.
Yo siempre respondo lo mismo: «El equipo médico y yo estamos haciendo todo lo posible». Y pienso en Harper todas las veces.
Cuando los jugadores salen al hielo para calentar, el estadio rompe en aplausos y aprovecho para regresar a mi sitio. No obstante, hay alguien a mi lado que antes no estaba. Alguien que me cuesta creer que esté aquí.
Me siento y trago saliva varias veces antes de atreverme a hablar.
—Disculpe. —El hombre se gira hacia mí con una sonrisa. Ahora lo tengo más claro que nunca—. ¿Usted es Gregory Queen?
—Vaya, Lennox, tutéame, somos casi compañeros —comenta con un guiño mientras me estrecha la mano—. Jugué muchos años aquí, ¿sabes?
—Me consta. Lo sé todo de usted —el hombre me reprende por no tutearlo—, de ti. Si juego al hockey es por ti.
—Espero que no les vayas diciendo eso a todos —bromea.
Mi ídolo se muestra cercano, pero me da la impresión de que hay algo que lo frena.
—No, por favor, no. Quizá hay algunos deportistas a los que sigo de cerca, pero ninguno me inspiró tanto cuando era pequeño. Alguien tan humilde, que ganaba sin humillar, que hablaba tan bien…
—Gracias. Siempre he intentado ser un buen referente para mis hijos.
—Creo que lo has logrado —aseguro, y él asiente—. Vi el partido de ayer. Me gustó mucho que priorizaras pasar el tiempo en familia en Acción de Gracias.
—Mis hijos son lo más importante para mí.
Quizá haya pasado demasiado tiempo fuera de casa, pero, cuando estaba, «estaba».
Tenían toda mi atención, los llevaba al cine, les ayudaba con los deberes, poníamos patas arriba la cocina intentando hacer pan casero…
—Una sonrisa se dibuja en su rostro al recordar alguna anécdota—.
Y ahora cada uno tiene su vida, vivimos lejos los unos de los otros…
Por eso es tan importante mantener algunas fechas en las que podamos vernos todos.
Asiento yo también. Cada cosa que dice hace que lo admire aún más.
—Pienso igual. Yo sufro cada vez que estoy fuera y dejo a mi hermano solo —confieso, sintiendo que suelto un peso demasiado grande al hablar de esto en voz alta con alguien prácticamente desconocido. No me pregunto por qué confío en él, pero lo hago.
—¿Tienes un hermano? —indaga con curiosidad.
—Tiene quince años y está a mi cargo. —Sus ojos se agrandan.
Está sorprendido, pero no cuestiona nada—.
Nuestra madre… No está disponible —sintetizo—.
En realidad, siempre me he encargado de él y de mí mismo porque ella trabajaba muchas horas.
Por suerte, ahora gano lo suficiente para que él no tenga la vida que tuve yo.
—Vaya, eso sí que me sorprende. ¿Por qué nadie sabe nada de eso?
—Porque quiero que él pueda tener una vida normal. Ya sabes cómo es la prensa… —simplifico—. Lo que la gente piense de mí… —Me encojo de hombros con los ojos fijos en la pista—. Él es mi prioridad.
La mirada que me dedica me da a entender que sabe de lo que hablo y que me respeta por ello.
—Ojalá salieras con mi hija —suelta de repente.
Mis cejas se elevan al máximo por lo inesperado de su comentario.
Que el ídolo de mi infancia, mi referente, la persona por la que estoy hoy aquí, piense que soy válido para su hija, la cual seguramente estará sobreprotegida para que no acabe con tipos como yo, me llena de una calidez que pocas veces he sentido.
Este hombre que se tragó la historia del soltero ligón sin responsabilidades ha decidido escuchar con el corazón cuando le he contado la verdad.
Me ha creído. Lo he convencido tanto que he pasado de ser el chico que ningún padre querría para su hija a ser una buena opción.
Este hombre es lo más.
—Yo… me siento halagado. La verdad es que nunca pensé que un padre me diría algo así —admito con una sonrisa—. Nadie me ve como un buen partido…
—Porque no dejas que nadie te conozca —rebate Greg.
—Puede ser… Pero, aunque tener a Gregory Queen de suegro sería un sueño que nunca me planteé, quiero dejar claro que he empezado a salir con alguien y estoy muy ilusionado.
—Desde luego que nunca me imaginé que hubiera alguna chica en el mundo que lograra que Brady Lennox se enamorara.
Se me dibuja una sonrisa de bobalicón porque tiene razón, Harper ha logrado algo que yo tampoco pensé que iba a ocurrir.
Los chicos terminan el calentamiento y regresan al vestuario para recibir las últimas instrucciones de Tully.
El estadio está prácticamente lleno y algo me golpea en el pecho al ser tan consciente de que voy a tardar en volver a jugar.
Por más que la recuperación vaya bien, por más que lo esté dando todo.
Yo vivo para estar en el hielo, no aquí.
—¿Sabes…? —Greg llama mi atención de nuevo enseñándome una pequeña tarjeta—. Si en algún momento te planteas cambiar de representante, estaría encantado de llevar tu carrera.
«¿Qué?».
Abro los ojos como platos y tardo algunos segundos en reaccionar y sostener con mis manos ese trozo de cartulina.
—Pensé que no aceptabas más clientes —balbuceo.
Greg cabecea y se echa hacia atrás.
—Digamos que no quiero representar a cierta clase de jugadores. Suelen dar muchos problemas y no encajan con mis valores. Lo siento por haberte juzgado mal.
Me quedo observando la tarjeta que acaba de entregarme con sus datos, incapaz de creer aún que esto esté ocurriendo.
—Gracias. En honor a la verdad, no he puesto muy fácil lo de que la gente crea que soy buena persona.
Hace un gesto con la mano para restarle importancia.
—Deberías plantearte cambiar de estrategia. Llevo a muchos padres de familia y logramos mantener la privacidad de sus vidas sin recurrir a montar un circo mediático para desviar la atención. Piénsatelo y llámame.
—Claro, lo haré.
Greg asiente y me da una palmada en el hombro —el bueno, por suerte— mientras yo me quedo dando vueltas a toda la conversación que he mantenido con él.
Me parece surrealista. Hace dos días seguía soñando con conocerlo.
Y hoy lo he conocido, le he hablado de mí y quiere representarme.
Siento el mismo burbujeo que un niño abriendo los regalos el día de Navidad.
De repente, detecto movimiento en el banquillo y descubro a Harper hablando con Grant. Creo que no voy a ser capaz de prestar atención al partido.
—¡Hombre, Lennox! Por fin apareces —masculla Matthew Queen, sentándose al lado de su padre, quien lo saluda con un abrazo.
—No es fácil ver los partidos desde aquí —confieso, y creo que siente lástima por mí durante un segundo.
—Lo sé. Nadie te prepara para ver jugar a tus compañeros. Pero para ellos es importante que estés. No te pierdas más partidos, ¿de acuerdo? Por fin están jugando bien.
Asiento, pero Matthew ya no me mira. Su mirada está fija en su móvil, donde seguramente está revisando correos, artículos o estadísticas. Nunca me lo había planteado, pero quizá para él también sea difícil estar aquí, aunque es su deber.
Por lo que sé, jugaba a hockey en la universidad, hasta que se lesionó y nunca regresó. Siempre creí que habían pasado tantos años que ya lo habría superado, pero quizá me equivoco. Quizá el dolor de no volver a jugar nunca desaparece. Ojalá que esta maldita lesión no sea mi fin.
El partido está reñido, pero logramos vencer. Aunque no he estado demasiado pendiente, pues mis ojos no dejaban de buscar a mi fisioterapeuta favorita.
—Lennox, un placer. —Mi ídolo estrecha mi mano con firmeza y su mirada me da a entender que no será la última vez que nos veamos—. Espero tu llamada.
—Muchas gracias, Greg.
—Nos vemos pronto.
Se despide de mí ante la mirada sorprendida de su hijo, el cual no me pierde de vista al entender que su padre quiere representarme.
—Espero verte el domingo aquí —dice Matthew—. Tu trabajo no consiste solo en salir al hielo. Recuérdalo.
—Aquí estaré —respondo tratando de rebajar su mal humor repentino. Hemos ganado, ¿no debería estar entusiasmado?
Sea como sea, creo que debería hacerle caso y venir más al estadio.
Sé que esto también es mi trabajo y ya es hora de que afronte la rabia y la frustración de no poder jugar sin que parezca que no quiero saber nada del equipo.
La prensa empieza a soltar mierda sobre las razones de no venir a apoyar a mis compañeros.
Y eso me jode, porque estoy a muerte con ellos.
Cuando regreso la vista al banquillo, la mirada de Harper me analiza de una manera que no logro descifrar. He sido totalmente discreto, ¿no?