29. ¿Qué acaba de pasar?
Brady
¿Conocéis esa sensación de ir como una moto porque has tomado más cafés de los que deberías y no puedes ni cerrar los ojos? Pues así estoy yo desde ayer.
Todo esto empezó como una locura, una apuesta, un juego del que me avergüenzo por completo.
Pero lo que sentí ayer al oír la manera en que Wesley la amenazaba y la miraba…
no tiene nada que ver con querer que ella caiga y llevarme la pasta.
El dinero nunca me ha importado. Me sobra.
Pero ahora quiero, deseo, que ella pueda verme a mí, no al jugador estrella.
Que me dé una oportunidad, que crea en mí. Que hagamos planes juntos.
Y luego se presenta en mi casa, me besa y se larga. ¿Alguien aquí puede explicarme qué significa?
Pues eso. Que no he pegado ojo.
Mi hermano se descojonó de mí cuando le conté lo del beso. Según él, si me encuentro tan histérico es porque estoy hasta las trancas y me importa demasiado.
«No me digas».
El cartel que indica que acabamos de llegar a East Harbor nos da la bienvenida a este lugar tan especial para mis amigos.
Solo estuve aquí una vez y ya me gustó en ese momento.
Tiene un montón de rutas alucinantes para hacer deporte al aire libre.
¿Quién me iba a decir que, tres años después, iba a estar tan loco por la chica que conocí aquella noche de fiesta?
Tras unos minutos, el conductor que contraté para este día aparca en la dirección que le indica el GPS. Es una casa bonita y arreglada, con el césped verde y unos árboles en el jardín delantero. Ryan y yo salimos del coche, me despido del hombre que nos ha traído y vamos hacia la entrada.
Cuando estoy llegando, la puerta se abre y sale Duncan a recibirme con unos golpes suaves en la espalda.
—¡Bienvenidos! —saluda a mi hermano también—. ¿Se os ha hecho muy largo?
—Para nada.
—Pasad, que hace frío fuera.
La casa es grande y acogedora, con una planta baja muy abierta. Las paredes están llenas de fotos de ellos y de paisajes. La decoración navideña ya está en todas partes y me llega la esencia de vainilla y caramelo procedente de alguna vela aromática.
—Ella es Ava, mi madre; él es Joe, el padre de Holly; y aquella que baja las escaleras es mi hermana Gina —nos explica—. Ellos son Brady y su hermano Ryan.
Los saludo y les digo que tienen una casa preciosa, a lo que Ava responde, agradecida, que casi todo es idea de Duncan, que fue el que la reformó.
—Cuando mi padre murió, hace tres años, quisimos deshacernos de los malos recuerdos, así que la reformamos del todo —me explica mi compañero—. Luego Joe se mudó aquí y llevan desde entonces discutiendo qué hacer con la casa de al lado.
—La de al lado es donde vivía Holly —conjeturo.
—Así es.
—Entonces es verdad que erais vecinos —canturreo.
—Eran mucho más que eso —comenta su hermana.
—Ya te digo. —Ese es el padre de Holly.
Nos reímos y me fijo en que mi hermano no deja de mirar a Gina, así que, cuando esta desaparece de nuestra vista, me agacho un poco y, con una sonrisa, murmuro:
—Así que Gina…
—No es lo mismo —masculla—. Solo es alguien de mi edad.
—Ya…
El timbre suena y nos presentan a una parejita como Madison, la loca de los perros, y Caleb, el veterinario.
En realidad, los conocí el día que aparecí en la casa de Duncan y Holly sin avisar.
Me los presentaron a todos ellos de manera un poco apresurada, pero estuve poco tiempo y no hablé con ninguno.
—Supongo que estabais destinados a estar juntos —comento divertido.
Ella se abraza un poco más a su novio y me hace sentir cierta envidia.
Después baja Holly, que estaba terminando de arreglarse, y saluda a todo el mundo para luego ir a la cocina y debatir con Ava lo que le queda al pavo.
Duncan la acompaña y lo veo desenvolverse sin ninguna dificultad, sin que nadie le diga lo que tiene que hacer.
Casi al contrario, parece ser él quien dirige al resto como un maestro de orquestra.
Mientras tanto, los demás hablamos en el salón.
Mi hermano ha desaparecido con Gina para jugar a algún videojuego y yo me relajo con esta gente que no me trata de ningún modo especial.
Se nota que ya están acostumbrados a tener un jugador de hockey en la familia.
Me gusta eso, me siento como si estuviera en mi propia casa.
Vuelve a sonar el timbre y, al igual que la vez anterior, siento una especie de temblor en la pierna. Pero desaparece cuando entra otra pareja por la puerta.
—Ellos son Beth y Jake —me informa Holly—. Él es compañero mío, periodista deportivo, quizá hayáis coincidido en algún momento.
—Es posible —comento, pero estoy seguro de que lo he visto en las ruedas de prensa.
—Vaya, entonces tú eres… ¿Brady Lennox? —pregunta ella con una emoción especial en su mirada.
—Cuidado con ella, si le cuentas mucho de tu vida, quizá escriba un libro con un protagonista clavado a ti —me advierte el periodista.
—¡Eh! —protesta ella—. Solo si acaba con Harper.
Me río.
—Pues ese libro sí que me gustaría leerlo —declaro, guiñándole un ojo.
—¿Algo que contarnos? —quiere saber Holly, con esa misma mirada de ilusión que la mujer del periodista.
«Ayer me besó. Y luego me dijo “hasta mañana”, y se largó».
—No.
—¿Seguro? Yo diría que ayer se estaba hablando de cierto beso en el chat —canturrea la misma, haciendo que todos se rían, incluso Duncan.
Vaya, así que se lo contó a sus amigos.
—Por cierto, ¿sabéis algo de ella? —trato de averiguar.
—Tranquilo, ayer llegó al pueblo. Vendrá en cualquier momento, pero trae a Jay y Charlotte y esos dos últimamente van tarde a todos lados —aclara Holly.
—Pero es normal, C está embarazada. Entre hacer pis cada cinco minutos y malestares varios… No está teniendo un buen embarazo —añade la escritora girándose hacia mí—. El mío no fue bueno, pero ella lo está pasando peor.
—¿Tenéis un hijo? —pregunto.
—Sí. Pero se ha quedado en Portland con los padres de Jake. Solo hemos venido a comer y es un viaje muy largo para un peque de dos años. Luego iremos a cenar con ellos. ¿Quieres ver una foto?
—Me encantaría.
Beth saca el móvil del bolsillo y empieza a enseñarme una cantidad abismal de fotos. Jake le pide de manera constante que me deje en paz, pero me encanta sentirme así de incluido y que me traten como a una persona normal. Y el niño es una monada.
—Entonces, ¿Harper no os contó nada de lo que ocurrió ayer con Wesley? —insisto de nuevo, cuando Duncan regresa a mi lado.
—¿Cómo sabes tú eso? —inquiere este.
—Porque quienes lo descubrimos fuimos Grant y yo.
—¡Hostia! —exclama Holly—. Harper nos mencionó algo… un poco por encima. Tuvo que ser muy desagradable.
—Nauseabundo —admito.
—Entonces…, ¿tú la salvaste? —pregunta Beth.
—Yo no hice nada.
—Ahora me cuadra más lo del beso… —murmura Holly.
—Repito que no hice nada. Solo entramos ahí y él se detuvo. Fue Grant quien lo echó.
—Te acabas de cargar una escena preciosa. En mi libro no será como lo cuentas, ya te lo digo —me advierte Beth, anotando algo en el móvil.
¿En serio va a escribir una historia sobre nosotros?
Suena el timbre y vuelvo a alterarme. Duncan me da un apretón en el hombro bueno y me guiña un ojo.
—Compórtate, ¿vale?
—¿A qué te refieres?
—¡Ya estamos aquí! —exclama Harper entrando en la casa, y creo que mi corazón se salta un latido. Está impresionante.
La observo saludar a todo el mundo con familiaridad y casi ni me entero cuando la pareja que iba con ella se planta frente a mí.
—Tú debes de ser Brady —adivina la chica—. Yo soy Charlotte y él es Jay, el hermano de aquella de allá —explica señalando a Beth.
Percibo que Harper es consciente de que estoy aquí al oír mi nombre. La sigo de reojo y puedo notar que se pone nerviosa. Estoy convencido de que va a ignorarme hasta que no le quede más remedio.
—Encantado —saludo estrechando la mano de ambos con una sonrisa—. Y enhorabuena. Me han comentado que estás embarazada.
—Gracias. Sí, es horrible. Admiro a la madre de Harper por su valentía trayendo tantos niños al mundo. Yo creo que me voy a plantar aquí.
—Pues más vale que hagas algo para evitar sorpresas —le sugiere Beth—. Porque, si no, ya sabes lo que ocurre.
Harper pasa por delante de mí para saludar a la de los perros y al veterinario y, cuando termina y se gira frente a mí, tengo la sensación de que va a huir.
—¿No hay saludo para mí? —pregunto tratando de disimular la desesperación.
—¿Qué tal tu hombro?
—«¿Qué tal tu hombro?» —repito con retintín.
Ella suspira y deja escapar un montón de aire.
Finalmente, se acerca para darme un beso en la mejilla, como a los demás, pero reacciono y giro la cara para que sus labios caigan sobre los míos.
Harper se sorprende, pero no se aparta. Por ello aprovecho para enmarcar su rostro con mis manos y alargar el beso.
—Ohhhh.
—¡Olé!
—Déjala respirar, muchacho.
—Acción de Gracias. Chicos, soltad la pasta, ¡he ganado!
Harper se aparta y se gira bastante molesta hacia Holly.
—Ni de coña. Vuestra mierda de apuesta especificaba que estuviéramos juntos. Nunca hablasteis de un solo beso.
«¿Apuesta?».
—Dos —corrijo.
Harper chasquea la lengua.
—Dos —rectifica.
—Pero uno lo diste tú y en este no te has apartado —insiste nuestra amiga—. ¿Qué decís, vale o no? —pregunta a los demás.
—No —responden al unísono. Harper sonríe satisfecha.
—¡Venga ya! Jamás lo admitirá.
—Porque no ocurrirá —zanja Harper, y siento una inesperada desilusión.
Holly esboza una mueca, acompañada de un gesto con las manos, dando a entender que no se lo cree.
—¿Habéis apostado algo? —indago con la diversión asomándose en mis labios.
—La fecha en la que acabaréis juntos —explica Holly.
—Me gusta que tengáis tan claro que eso vaya a ocurrir —dejo caer dirigiéndole una sonrisa a Harper, quien empieza a ponerse nerviosa.
—¿Podemos hablar de otra cosa? —pregunta la chica que me vuelve loco, en un intento de desviar la atención de nosotros—. ¿Qué le queda al pavo?
Harper echa a andar hacia la cocina y los demás se ríen. Yo dibujo una sonrisa mientras no dejo de mirarla. Duncan se acerca a mí, sigiloso como un ninja, y llama mi atención poniendo su brazo sobre mi hombro bueno.
—Tranquilo, está coladita por ti. Pero es orgullosa y se ha sentido un poco acorralada.
Asiento mientras me atraviesa un cosquilleo al verla hablar con tanta tranquilidad con su gente, sintiéndose cómoda, en su zona de confort.
—Ojalá tengas razón —reconozco.
Duncan se ríe y se va en busca de Holly. Se ponen demasiado melosos y me obligo a apartar la mirada para darles cierta intimidad. Vuelvo a buscar a Harper y la pillo observándome. Dibujo una sonrisa macarra y me acerco a ella.
—¿Qué acaba de pasar? —pregunto.
—¿A qué te refieres? —balbucea a la vez que sus manos juguetean con un trapo de cocina.
—A ti, a mí, a nuestros labios, a cierta apuesta de tus amigos…
Harper se encoge de hombros y alza la cabeza con altivez.
—Eres tú quien me ha besado a traición.
—Tú hiciste lo mismo ayer —apunto.
La veo despojarse de ese orgullo tras el cual se había guarecido y suelta el trapo sobre la encimera. Sus labios se entreabren y tengo que controlarme para no atacarlos de nuevo y dejar que hable.
—Fue un impulso. Estaba saliendo de Portland, pero sentía que me faltaba despedirme. Luego me puse nerviosa y actué un poco como una loca. Lo siento.
—No te disculpes. —Harper entorna los ojos—. Me gustó que lo hicieras. Creo que es bastante obvio que me atraes y que desearía romper este muro que nos separa.
La chica que tengo frente a mí dedica un segundo a observar a los demás, quienes parecen distraídos con conversaciones ajenas a nosotros. Yo he aprovechado para acercarme un poco más a ella y mi mano se ha lanzado a por su cintura. Siento que se estremece y dirige su vista de nuevo hacia mí.
En el momento en que va a hablar, un pitido en su móvil nos interrumpe y sale corriendo al patio trasero.
Suspiro, dejando salir dos toneladas de aire mientras la sigo con la mirada, desesperado porque haya decidido romper este momento en el que iba a responder algo que quizá cambie nuestra relación.
Cuando logro serenarme y me doy la vuelta para regresar con los demás, me encuentro con la mirada divertida e interrogante de Ryan y un mensaje en mi móvil:
Harper:
Yo también deseo romper ese muro.