La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 26. No me llames «monada»
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26. No me llames «monada»

Harper

Llevo tres noches durmiendo fatal. Me cuesta horrores conciliar el sueño y, cuando lo logro, me despierto acalorada tras alguna pesadilla.

Olivia es la única que ha logrado sacarme algo de información y no ha parado de insistir en que hable con mi hermano.

Pero yo no quiero involucrarlo, no aún. Wesley solo busca que me descuide y él tenga alguna prueba con la que acusarme para luego chantajearme.

Eso no va a ocurrir porque nunca pasará nada con Brady ni con ningún otro jugador.

No tenía pensado hablar con ella, porque está dentro y temía que hiciera algo que acabara perjudicándome. Pero ha insistido tanto y yo necesitaba tanto contárselo a alguien que opté por explicarle lo ocurrido.

Arrastro los pies hasta la pista de hielo y me siento al lado de Grant. Al final logré terminar el informe y mi jefe me felicitó por lo brillante que era. Pero me dolió cada minuto que permanecí en el estadio, así como tener que ir al día siguiente para la sesión con Brady.

Me volví a poner mi disfraz de indiferencia e ignoré cada comentario o pregunta que él hacía que no tuviera que ver con su lesión.

Aun así, al salir insistió en que podía confiar en él.

Me ha escrito todos y cada uno de los días, recordándome que está ahí si quiero contárselo.

Sin embargo, yo no respondo, simplemente leo para comprobar que no sea algo relacionado con su recuperación y borro. No quiero que queden pruebas.

El aire huele a frío y al metal de los patines. El sonido de golpes con el stick y del hielo cortándose con las cuchillas que se deslizan a alta velocidad llenan el estadio. Es algo que siempre me ha reconfortado. Quizá porque de niña pasé muchas horas viendo a mi padre entrenar, o a Matt.

Recuerdo cuando les pedí que me enseñaran a patinar porque quería ser jugadora de hockey como ellos.

Los dos se burlaron de mí. Me miraron con esa condescendencia tan masculina y me recomendaron que buscara otra cosa a la que dedicarme, que el deporte no era para chicas.

Subí llorando a mi habitación y mi madre me explicó que lo que ellos hacían era tan solo su manera arcaica y sexista de protegerme.

Ella me animó a que aprendiera a patinar, igual que sabía correr, saltar y nadar.

Que aprendiera todo lo que quisiera, que solo el tiempo diría qué querría realmente. Luego les echó la bronca por machistas.

Al final, cambié de opinión muchísimas veces.

Durante diez años quise ser, no necesariamente en este orden: jugadora de hockey, jugadora de softball, entrenadora de fútbol, piloto, atleta profesional, jefa de una multinacional, entrenadora de mascotas, médico, bailarina, cantante, informática, dependienta en una tienda de cosméticos, pastelera, presentadora de informativos, guionista de series exitosas, librera y bióloga marina, hasta que finalmente me decanté por la fisioterapia deportiva.

Y menos mal, porque me encanta.

Con el iPad en la mano, sigo los movimientos de los jugadores.

Se aprecian algunas pequeñísimas mejoras desde el lunes, gracias a que los entrenadores y el preparador físico han estado trabajando en lo que les pedí.

Sonrío al ser consciente de que me estoy ganando un lugar aquí, que mis compañeros confían en mí y que mis propuestas llevan a unos resultados positivos.

Wesley se sienta a mi lado. No excesivamente cerca, pero sí lo suficiente para tensarme.

—¿Luego vas a ver a Lennox?

—Sí. Tenemos sesión otra vez. Dos por semana —respondo sin mirarlo a la cara, con mis ojos fijos en los jugadores.

—No te pongas nerviosa, Harper. Te delatas tú sola —susurra inclinándose hacia mí.

—Déjame en paz —murmuro—. Solo estoy haciendo mi trabajo. Si te molesta que sea mejor que tú, no es mi problema.

Wesley se carcajea y todos se giran hacia él de manera momentánea.

—Definitivamente te has equivocado de trabajo. Lo tuyo es la comedia, monada.

—No me llames «monada» —gruño entre dientes, esta vez enfrentándolo con la mirada.

—¿Por qué? Es lo que piensan todos, por eso estás aquí.

Respiro hondo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Sigo cabreada. Me levanto y salgo hacia el túnel de vestuario. Camino y camino hasta que entro en la sala C3 y me refugio en ella.

Un rato después, Brady asoma la cabeza por detrás de la puerta con cautela.

—¿Puedo pasar? Tenemos sesión.

Miro el reloj y arrugo el ceño.

—Falta media hora.

Brady entra igualmente y cierra a su espalda.

—¿Me vas a decir qué ocurre con Wesley? Es él, ¿verdad?

«¿Cómo lo sabe?».

—No deberías estar aquí —comento con un ligero temblor en las manos.

—He venido a ver el entrenamiento y he advertido cómo te hablaba.

—Es mi compañero de equipo. Hablamos con frecuencia —sintetizo.

—No me ha parecido una conversación agradable —cuestiona.

—No siempre estamos de acuerdo.

—Harper…

—No puedes estar aquí. Lo digo en serio. ¿Tú sabes lo que pensará la gente? —lo encaro.

—Eres mi fisioterapeuta —comenta despreocupado.

—No lo soy veinticuatro horas al día. No puedes venir aquí fuera de las sesiones programadas ni tampoco mandarme mensajes —le reprocho, al borde del llanto.

Devuelvo la vista al ordenador, decidida a ignorarlo, pero solo sirve para que él se acerque hasta mí.

—No sé qué problema tienes con él, pero, si me lo cuentas, quizá pueda ayudarte.

—No puedes —zanjo.

—¿Por qué no confías en mí? —me suplica con desesperación.

Ahora sí me giro hacia él y su mirada es demasiado intensa y anhelante para lo que es nuestra relación. Me levanto y alzo la cabeza para enfrentarlo, aunque hay una diferencia de altura importante.

—Es que no quiero que hagas nada. Tú eres la última persona que buscaría para arreglar esto.

Porque, si te enfrentas a él, no es tu futuro el que está en juego, es el mío, ¿entiendes?

—Hago una pausa con la intención de que asimile lo que le estoy diciendo—.

Y ahora vete y vuelve a la hora que tienes programada, por favor.

—Harper…

—No. —Lo detengo alzando el brazo para poner un mínimo de distancia—. Si quieres ayudarme, si quieres que siga siendo tu fisioterapeuta, necesito que hagas lo que te acabo de pedir.

Brady me mira sin entender lo que le estoy solicitando, pero finalmente asiente y desaparece por la puerta.

Me recompongo y vuelvo a sentarme. Mejor me centro en actualizar unos datos sobre las rutinas de ejercicios de algunos jugadores y me olvido de lo que me hace sentir uno solo de ellos con su cercanía, su voz, su preocupación.

Pero la paz no dura mucho, pues me llega un mensaje al chat interno del trabajo:

WesleyH: Acabo de ver salir a Lennox de tu consulta y su sesión no empieza hasta dentro de un rato.

HarperQ: Solo ha venido a preguntarme una cosa.

WesleyH: ¿Por qué será que no te creo?

HarperQ: Lo que creas es irrelevante, solo importa la verdad. Y la verdad es que deberías estar trabajando.

WesleyH: Pronto cometerás un descuido y todo el mundo te verá como realmente eres.

HarperQ: Me encantaría seguir debatiendo teorías conspiranoicas contigo, pero tengo que actualizar unos ejercicios.

WesleyH: Tranquila, continuamos en otro momento. Voy a seguir trabajando, que algunos tenemos mucho lío.

«Gilipollas».

Respiro: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Imposible calmarme, mejor me pongo música. Be Alright, de Dean Lewis, empieza a sonar y me alivia de manera inmediata. No me doy cuenta de cuándo empiezo a teclear, ni mucho menos de cuándo la puerta vuelve abrirse.

—Disculpa, Harper. Ahora sí tenemos sesión.