25. Quien juega con fuego…
Brady
No debería estar aquí.
No tengo sesión con Harper. No hay entrenamiento que ver porque ya se ha terminado. Mis colegas no se encuentran aquí porque ya estarán en el aeropuerto a punto de subir al avión para dirigirse a Ottawa.
No hay realmente ningún motivo para estar aquí. Salvo que…
Desde que me he tomado la recuperación más en serio, la sesión semanal con Olivia se me queda corta. Así que le pedí una extra y me citó para hoy porque era la primera cita disponible que tenía en su agenda.
Pero he llegado pronto y decido pasar a saludar a Harper.
Se me ponen los pelos de punta al ser consciente de lo vacío que está el estadio tras atravesar la zona administrativa. Ahí, los teléfonos no paran de sonar y los empleados no paran de teclear. En cambio, el área médica está prácticamente a oscuras, pues las luces son automáticas y no hay ajetreo.
Faltan quince minutos para mi cita con Olivia, de modo que voy directo a la sala C3. Golpeo la puerta, nervioso, aunque preparado para ser rechazado como cuando le escribo algún mensaje fuera de su horario laboral. Sonrío al recordarlo.
No responde. Intento abrir, pero está cerrada. Quizá esté en su casa.
—¿Harper? —pregunto a la desesperada.
—¿Brady?
Su voz no suena como debería de sonar. Está apagada, ahogada, sin fuerza.
Abre la puerta. Me tenso al instante. Tiene los ojos llorosos y rojos y no para de temblar. Entro y cierro, pero no me atrevo a abrazarla. No sé si debería. No somos ni amigos.
—¿Te has encontrado con alguien ahí fuera? —balbucea.
—No.
—¿Seguro?
La observo unos segundos y echo un vistazo rápido a la sala. Nada me llama la atención.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada.
—¿Estás llorando porque no ha ocurrido nada? —cuestiono.
—No es nada que te importe —rebate, cruzándose de brazos como si estuviera protegiéndose de algo o de alguien.
—¿De qué tienes miedo? —insisto.
—Brady… —suplica, moviéndose hacia donde está su ordenador—. ¿Se puede saber qué haces aquí? No te veo hasta mañana.
—Le pedí una cita extra a Olivia —aclaro—. No me cambies de tema.
Harper me ignora y se sienta en la silla, dispuesta a seguir trabajando.
—Tengo que terminar un informe que Grant me ha pedido y que espera leer en Ottawa.
Intenta fingir que todo está bien, pero le sigue temblando hasta el pelo y habla de manera atropellada. No quiere convencerme, quiere que lo deje estar.
—¿Quién ha sido?
Deja de teclear por un segundo, pero mantiene la vista fija en la pantalla. Me agacho para quedar a su altura.
—Harper…
Duda, pero acaba mirándome.
—No puedo hablarte de ello.
Su respuesta me deja sin aliento porque confirma que acaba de ocurrirle algo suficientemente grave como para dejarla en este estado. Pero que, sea lo que sea, no confía en mí para contármelo. Y no me extraña.
—¿Por qué no? Quizá pueda ayudarte…
—No puedes —me corta—. Especialmente tú deberías mantenerte al margen.
—¿Por qué? —Arrugo el ceño—. No lo entiendo.
Harper niega con la cabeza.
—Vete, por favor.
Me mantiene la mirada, retándome, suplicándome que haga caso de una maldita vez, y me duele. Joder, ojalá pudiera protegerla de lo que sea que esté ocurriendo.
—¡Ah! Estás aquí —interrumpe Olivia mientras entra en la sala. Me levanto de golpe, pero creo que esta chica es demasiado lista y está haciendo cábalas, erróneas seguramente—. ¿Ocurre algo? —añade al ver el gesto de Harper.
—No, tranquila. Lennox ha llegado pronto y ha aprovechado para preguntarme unas dudas sobre unos ejercicios que le mandé, ¿verdad?
Olivia me mira ahora bastante incrédula. No se ha tragado una sola palabra.
—Exacto. Pero ya me ha quedado claro.
—Perfecto, pues, ¿nos vamos? —me pide la psicóloga.
Asiento, echo un último vistazo a Harper —quien está pendiente de algo en su pantalla— y echo a caminar hacia la puerta.
Salgo y espero a Olivia frente a su despacho, pues parece que se ha quedado igual de preocupada que yo y debe de haberle preguntado a Harper si se encontraba bien.
Cuando la primera llega hasta a mí, abre la puerta y me pide que pase. Me siento en el sofá, como es habitual, mientras ella prepara dos vasos de agua y se sienta frente a mí con el cuaderno de mi caso.
—Antes de empezar, ¿tu interés en esta sesión tiene algo que ver con ella?
—No. —Chasqueo la lengua—. Quizá un poco.
Olivia asiente.
—¿Qué ha ocurrido antes?
—¿No te lo ha contado?
—No.
—Pues nos vamos a quedar sin saberlo —comento echándome hacia atrás.
Olivia me observa como hace siempre, evaluando cada gesto, cada respuesta, buscando la información que me resisto a darle antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Quieres hablarme de ella? —tantea. La muy cabrona ha dado en el clavo—. La última vez que la mencionaste en esta consulta no la soportabas. ¿Ha cambiado algo?
«Ha cambiado todo».
—Quizá fui un pelín injusto con ella —admito.
—¿Por qué?
—Me negué a darle una oportunidad. Si está aquí, con el proceso de selección tan estricto que hay, será por algo.
—Entonces, digamos que ahora confías en ella como fisioterapeuta.
—Al cien por cien.
Olivia abre mucho los ojos. Luego anota algo en el cuaderno.
—Me gusta que pienses así. Harper es una gran profesional. ¿Cómo son las sesiones? ¿Habláis de algo?
Sonrío.
—A veces, sí. —Trago saliva—. Aunque quizá no es muy profesional.
—Hablar de temas personales no falta a la profesionalidad. Es una forma de matar el tiempo cuando ya hay cierta confianza. Me consta que con Grant también habláis de cualquier cosa.
—Pero Grant es un hombre mayor, no una chica joven y guapa —rebato.
—¿Eso hace que la conversación sea distinta? —indaga.
—Admito que he intentado ligar con ella, aunque sin éxito. Es dura de pelar.
—Eso son palabras mayores.
—Ya.
—¿Te gusta?
Abro la boca para hablar, si bien no salen las palabras.
—Te recuerdo que todo lo que digas aquí es confidencial.
—Es que no sé qué tiene que ver esto con mi recuperación. Se supone que no estás para tratar problemas personales, ¿no?
—Brady —me llama inclinándose hacia mí—, estoy aquí para cualquier cosa que pueda afectar a vuestro rendimiento, vuestro trabajo en equipo o recuperación. Las cosas de fuera del estadio también pesan, nos dan insomnio, ansiedad, depresión…, eso afecta a vuestro trabajo, en general. ¿Entiendes?
Asiento.
—Le ha ocurrido algo, antes, pero no sé el qué, ni con quién.
Me ha preguntado si me había cruzado con alguien y estaba asustada.
Yo iba a su sala a bromear sobre las dudas con los ejercicios, a ponerla de los nervios y a tratar de robarle alguna sonrisa.
Pero me he roto por dentro al verla de la manera en que me la he encontrado, Olivia.
Le he preguntado, insistido, pero no ha querido contarme nada porque dice que sería peor.
Me froto la cara con ambas manos.
—No entiendo qué me pasa con ella. No sé por qué me importa tanto. No sé en qué momento esto dejó de ser solo un juego de seducción, algo divertido, algo que podía abandonar si me hartaba. Siento que he cruzado un límite.
Olivia me mira con cierta preocupación, pero acaba sonriendo de manera casi imperceptible.
—Bueno, Brady, quien juega con fuego se acaba quemando.