La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 24. Sensación de mierda, asco y náuseas
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24. Sensación de mierda, asco y náuseas

Harper

El día empieza antes de que el estadio despierte del todo.

Llego cuando aún no están encendidas todas las luces y el eco de mis pasos resuena por todo el pasillo.

Entro en el vestuario del staff y dejo las cosas en mi taquilla.

Me hago una coleta rápida con una goma que encuentro en mi neceser y me cuelgo la acreditación en el gancho de la camiseta.

Lista.

Ingreso en el área médica y busco mi iPad para revisar la programación del día. Hoy no me toca sesión con Brady.

No debería importarme. No deberían de temblarme las piernas de pensar en la próxima vez que nos veamos tras coincidir en la casa de Duncan. No debería ponerme nerviosa como una colegiala ante la idea de verlo a solas después de lo que me dijo.

Pero, por suerte, no tengo que enfrentarme a él todavía.

Entro en la sala de material para revisar el stock. Contabilizo las unidades, actualizo el inventario y hago un nuevo pedido al proveedor. Esta es, sin lugar a duda, la tarea más fastidiosa de mi trabajo. Pero alguien tiene que hacerla.

Entro en el gimnasio y coloco bien las mancuernas en su lugar.

El orden me da paz y los muchachos son brutos y poco cuidadosos.

Mientras tanto, en la pista ya se oye movimiento.

Los primeros jugadores llegan al hielo, listos para empezar el calentamiento.

Otros, sin embargo, están aquí y me piden ayuda con algunos ejercicios de movilidad.

Nada grave, solo la típica sobrecarga. Corrijo posturas y les indico el peso adecuado.

Uno quiere forzarse más de la cuenta y lo detengo.

—No —digo con firmeza—. Si quieres presumir, hazlo en las redes sociales, nunca aquí. Aquí nos cuidamos para rendir mejor, ¿de acuerdo?

Se ríe y obedece sin cuestionarme. Agradezco ese pequeño gesto, señal de confianza ciega en mí.

Me estoy ganando a estos chicos, algo que pensé imposible al inicio de la pretemporada.

No puedo sentirme más plena ahora mismo, pues adoro este trabajo.

Ojalá algún día pueda ejercer un puesto como el de Grant, pero dudo que algún gran equipo me confíe ese cargo siendo mujer. Mi padre se ha hartado de repetírmelo.

Cuando termino con ellos, voy al banquillo, donde ya me esperan mi jefe y Wesley.

Me paso el entrenamiento tomando notas individuales de cada jugador: cargas excesivas, gestos repetitivos, choques reiterados…

Todo eso son futuros problemas. Mi compañero me observa de manera arrogante.

Como si fuera idiota por anotar todo esto.

No lo soporto. Le jode que me dieran el caso de Lennox y me odia desde entonces.

Cuando el entrenamiento finaliza, vamos los tres a una de las salas de reuniones.

Hoy hay poco movimiento porque los chicos viajan.

Yo me quedo aquí esta vez porque me han puesto sesión con Brady para mañana.

Así que hoy termino pronto y mañana solo vengo para verlo a él.

Tengo un trabajo de puta madre, ¿habéis visto?

Lo malo es que los horarios dependen del calendario de partidos, así que los días libres varían cada semana.

Pero estoy acostumbrada a eso, en casa siempre fue así.

De camino, nos cruzamos a Matt, que se detiene a saludarme tras comprobar que no había nadie más.

Por el rabillo del ojo diviso la mueca de Wesley y me siento tentada de hacerle una peineta, pero me contengo, abrazo a mi hermano y me despido de él.

Cuando entro, ellos ya están sentados y Cara de Pedo resopla con bastante hastío.

—¿Por fin ya vamos a empezar? —pregunta sin ningún ápice de vergüenza, ganándose una mirada de advertencia por parte de Grant.

—Acabáis de sentaros —murmuro.

Lo veo poner los ojos en blanco.

—Bien, vamos a repasar los casos activos —empieza a decir mi jefe, dando por zanjado el temita.

Vemos uno por uno todos los jugadores. Primero los que están de baja, luego los que tienen algún tipo de problema que no es causa de baja, pero que hay que vigilar.

Y, finalmente, hacemos un repaso sobre los jugadores que podrían tener algún tipo de lesión en un futuro próximo si no intervenimos.

Aquí es cuando saco mis notas y hago un discurso que impresiona a Grant.

—Te voy a pedir una cosa, ya que no viajas. —¡Anda, mira! Ya no voy a salir tan pronto como pensé—. Haz un informe detallado y mándaselo a los entrenadores y al preparador físico, con copia a mí, por favor.

—Por supuesto. Enseguida me pondré con ello.

—Gracias. En Ottawa le echaré un vistazo y reorganizaré los turnos de esta semana…

—Respecto a eso, Grant —interviene Wesley echándome una mirada que me pone en alerta—, quería aclarar algunas irregularidades que he visto.

—¿Tienes algún problema con la carga de trabajo que te asigno? Si crees que es mucho, Harper podría ayudarte con algunos jugadores.

—No —niega con una sonrisilla nerviosa—, no me refiero a eso, sino más bien a lo contrario.

Grant alza una ceja.

—Explícate mejor.

—He notado que Connor está ocupando un tiempo de terapia algo exagerado, teniendo en cuenta que no se encuentra de baja.

—Está todo registrado —apunto—. Tiene una molestia recurrente en la muñeca que requiere revisión, pero no le impide jugar.

—Así es, estoy al tanto —afirma Grant.

—Pero ya es casualidad que haya empeorado desde que lo ve Harper.

—¿Qué estás queriendo decir con eso? —lo encaro. A la mierda las formas.

—Que quizá estáis usando esas sesiones para veros… a solas, ya me entiendes.

—Más te vale que tengas pruebas de ello —lo reprende nuestro jefe—. No voy a permitir que hagas una acusación de ese calibre a una compañera tan válida basándote en simples sospechas sin fundamento.

—No, no las tengo —se lamenta falsamente—. Pero no me preocupo porque estas cosas, al final, se saben.

—¡Basta! —A Grant no le hace falta levantar la voz para hacer callar a nadie—.

No vamos a seguir hablando de ello. Todas las sesiones están justificadas y supervisadas por mí.

Por otro lado, si Harper decide mantener una relación con alguien de aquí o de fuera no es algo que a nadie deba de importarle.

Wesley aprieta la mandíbula, pero deja de insistir.

Estoy convencida de que pensó que Grant se pondría de su lado o que, al menos, sembraría la semilla de la duda.

No puedo estar más agradecida a mi jefe por cómo me ha defendido, aunque sé que esto no va a quedar así.

Wesley se ha sentido humillado y eso no es algo que vaya a perdonar.

Mi jefe decide dar la reunión por finalizada, pues ya hemos tratado todos los temas que teníamos pendientes y el ambiente está demasiado tenso para que podamos trabajar bien.

Mi compañero sale claramente molesto y corre hacia el vestuario. Menos mal que no lo voy a ver en unos días.

—Buen trabajo, Harper —me felicita Grant, colocando su mano en mi hombro—. No permitas que alguien como él te desestabilice. No tienes que demostrar nada a nadie. Yo seleccioné tu perfil, no estás aquí por nada que no sean tus propios méritos. Y gracias a Dios que aceptaste.

—Muchas gracias por la confianza, Grant. Tenía miedo de que fueras a creerle —admito en un suspiro.

—Lo que he dicho es cierto. No obstante, si pasara algo con algún jugador, preferiría que me lo contaras. No me gustaría que tuvieras problemas por ello.

—No te preocupes. No hay nada.

—Vas a estar con nosotros unos años. Tiempo suficiente para que ocurra.

Me detengo. Él se gira hacia mí y me guiña un ojo.

—Vamos, tienes un informe que preparar.

Tardo en reaccionar, pero, finalmente, asiento y continúo mi camino hacia la sala C3. Enciendo el ordenador y empiezo a poner en orden todas las ideas que he ido anotando.

Estoy tan concentrada que no me entero de que alguien entra hasta que se encuentra a pocos pasos de mí. Me levanto de un sobresalto al ver de quién se trata.

—Sabes que lo de Hale es solo ruido —confiesa Wesley apoyado en la camilla, con los brazos cruzados.

—¿A qué te refieres? —balbuceo.

—A que sé perfectamente que no tienes nada con él.

—No tengo nada con nadie.

Sonríe como un villano a punto de confesarle algo a la princesa.

—A mí no me engañas. Te dieron el caso de Lennox por algo, por alguna clase de favor que le hiciste, ¿verdad? Él mismo pidió que tú te encargaras de su rehabilitación —elucubra.

—No puedes estar más equivocado —bramo.

—¿No fuiste a su casa hace algunos días?

Mis cejas se alzan tanto que rozan el techo y desearía poder disimular mi cara de sorpresa, pero me resulta imposible.

—¿Perdón?

—No voy a revelarte mis fuentes, pero sé que fuiste allí. El día antes de Pittsburgh.

Respiro varias veces para intentar calmarme.

—Primero —enumero, señalando el pulgar de la mano izquierda con el índice de la derecha—: sí, fui.

Porque se había dejado la mochila en la sala y fui a llevársela.

—Esboza una sonrisa divertida, como si creyera que me estoy inventando una excusa malísima.

Suspiro y señalo otro dedo antes de continuar—.

Segundo: no tengo que dar explicaciones de nada de lo que haga fuera del estadio, y menos a ti.

Y, mira, aun así, te las estoy dando. Y tercero —termino, señalando otro dedo más—: no hay manera legal de descubrir que estuve allí, así que vas a quedar aún peor si te atreves a calumniarme.

¿Qué hiciste, seguirme? ¿Qué clase de perturbado eres?

—No te molestes en hacerte la ofendida —espeta, acercándose más a mí. Tanto que me obliga a dar varios pasos hacia atrás hasta acorralarme contra la pared—. Sé perfectamente que entraste en el club para cazar a alguno de los jugadores. Te habrás camelado a todo el mundo, pero a mí no me engañas.

—Estoy aquí porque me lo he currado desde hace años.

—Mentira. ¿Qué coño va a hacer una chica joven y guapa como tú en un lugar colmado de hombres famosos y millonarios, si no es buscar la manera de meterse en la cama de alguno de ellos? —pregunta, tan cerca de mi cara que me repugna.

Su mano se desliza por mi cintura mientras su nariz se pasea por mi cuello, aspirando mi aroma como si disfrutara de él.

Intento moverme hacia el lado contrario, pero su otra mano me lo impide. Empiezo a asustarme, pues ahora mismo no queda nadie por aquí. De hecho, ni él debería seguir en el estadio. Mi respiración se acelera, mi cuerpo se tensa.

De repente, se aparta y me observa desde cierta distancia, con una sonrisa perturbadora.

—Tranquila. No estoy interesado en uno de tus favores. Al menos, no de momento —añade con un guiño mientras se marcha de la sala.

Cuando la puerta se cierra, corro a poner el pestillo y me derrumbo en el suelo con el corazón a punto de salírseme del pecho.

No sé cuánto tiempo me quedo en esa posición, tratando de recuperar el pulso y la respiración.

Debería seguir con el informe, pero soy incapaz de pensar en algo que no sea en esta sensación de mierda que me invade, este asco y estas náuseas que no me abandonan al pensar una y otra vez en lo que acaba de ocurrir.

No paro de buscar algo que debería haber hecho distinto, quizá no haberle respondido, ignorar sus comentarios hirientes…

—¿Harper?