La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 23. ¿Es solo una apuesta?
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23. ¿Es solo una apuesta?

Brady

Odio estar lesionado. Llevo una hora recostado en el sofá y viendo imágenes de partidos viejos sin volumen.

Ryan hace rato que subió a su habitación y así, solo, es cuando regresan todas mis pesadillas.

Sweater Weather, de The Neighbourhood, suena por el altavoz del salón a un volumen que no acalla mis pensamientos.

Desde la lesión, las noches son eternas. El cuerpo está cansado, pero no la mente. Antes, cuando no podía dormir, solía pensar en jugadas, en los próximos partidos, en nuestros rivales, en cómo podía mejorar mi juego. Ahora pienso en todo lo que me estoy perdiendo.

Y en ella.

Aprieto la mandíbula y me obligo a seguir mirando la pantalla.

El programa muestra un gol que he visualizado decenas de veces.

Uno que lleva mi nombre y que fue clave el año pasado.

Durante la temporada anterior, todas las apuestas apuntaban hacia mí.

En este, por el contrario, es como si ya no importara.

Solo mencionan hazañas pasadas, como si nunca fuera a volver.

De vez en cuando, alguien se pregunta cómo va mi recuperación y si voy a regresar al hielo.

Pero la gran mayoría asumen que este es mi fin.

No pienso darles el gusto.

Apoyo la cabeza en el respaldo y cierro los ojos un segundo. Solo uno. Pero es suficiente para que Harper haga su aparición. No la veo en rehabilitación. No está la camilla, ni su iPad, ni esa manera suya de mirarme como si solo fuera un cuerpo roto al que evaluar.

La veo en su faceta más personal, relajándose con unos amigos. O, incluso, inspeccionando cada rincón de mi casa como si estuviera realmente impresionada de descubrir ese pequeño mundo que trato de ocultar. La veo tan cerca de mí que estoy a punto de besarla.

Harper ha pasado de ser alguien en quien no confiaba a colarse en mis pensamientos sin permiso con más frecuencia de la que yo quisiera.

Me froto la cara con ambas manos.

—Deja de pensar —me digo a mí mismo, aunque no parece funcionar.

El móvil emite un pequeño pitido y lo atrapo con la mano izquierda. Me sudan las manos al entrar en el grupo de los solteros del equipo y ver el último mensaje.

Connor:

Lennox, ¿cómo va la cosa con Harper?

Bloqueo la pantalla sin responder. Antes, habría contestado con alguna fanfarronada. Pero ahora solo siento una presión rara en el pecho, como si alguien me estuviera empujando desde dentro.

No debería ser así. Es solo una apuesta. Una que, a todas luces, voy a ganar.

O eso me digo.

Me levanto del sofá y voy hacia la cocina.

Abro la puerta de la nevera, sin hambre, y la vuelvo a cerrar.

No me quito de la cabeza la imagen de Harper justo en medio del salón, observándome.

Siendo ella, no mi fisioterapeuta. No la Reina de Hielo.

Sino una chica impresionable, que siente, que se emociona.

Recuerdo el día en que tuve la poca vergüenza de preguntarle con quién se había acostado. La calma con la que actuó. Ese desprecio silencioso con el que decidió torturarme. Profesional, como siempre. Todo lo contrario a mí.

—Joder —murmuro.

Regreso al salón y recupero el móvil. Abro el chat de nuevo y tecleo con decisión. Borro. Vuelvo a escribir.

Yo:

No os impacientéis. Las mejores cosas se hacen esperar.

La respuesta no tarda en llegar.

Connor:

Estás perdiendo facultades.

Yo:

No me interesa forzar la máquina.

Connor:

¿Desde cuándo eres tan cuidadoso?

No, no estoy siendo cuidadoso. Estoy acojonado.

Tengo miedo de que esto deje de ser un juego, una simple apuesta que ganar y quedar de puta madre ante mis amigos.

Tengo miedo de que esto se me vaya de las manos y explote en cualquier momento como una bomba que pita, pero sin un marcador de cuenta atrás.

Tengo miedo de ver la decepción en los ojos de la gente que me ha dado la oportunidad de ser yo.

Tengo miedo…, joder, tengo miedo de caer con ella. Porque si caigo, me importará. Si caigo, no habrá manera posible de ganar, pero tampoco manera decente de perder. Si caigo, arrastro a Ryan. Si caigo, nos vamos a romper los dos.

Debería parar. Debería dejar este estúpido juego, hablar con Connor y decirle que me echo atrás, que no está bien jugar así con ella.

Pero me tiembla la mano al intentar coger el móvil.

Si hago eso, significa que he perdido. Si él gana, no tendrá incentivo para jugar como estaba haciendo.

Volveremos a perder. No nos clasificaremos para los play-off.

Si voy a perder, que sea cuando esté recuperado.

El timbre suena, deteniendo mis pensamientos. Miro el reloj, es tarde. ¿Quién será a estas horas?

Cuando abro la puerta, me encuentro a Duncan. Manos en los bolsillos, semblante despreocupado.

—¿Puedo entrar?

—Claro, estás en tu casa. ¿Holly te ha echado por roncar? —bromeo. Necesito recurrir al humor.

Duncan no se ríe.

—¿Qué pasa con Harper? —pregunta cuando llega al salón.

Ahí está.

—No sé de qué me hablas —miento, pero disimulo fatal.

—¿A qué estás jugando con ella?

—A nada, lo juro.

—Entonces, ¿te gusta?

—No sé cómo responder a esto.

—Pues quizá deberías averiguarlo antes de decirle que lo único en lo que piensas es en lo mucho que desearías dejarte llevar —me reprocha, y con razón.

Me dejo caer sobre el sofá.

—No sé qué me pasa con Harper. Al principio me indignaba ser tan indiferente para ella, que no se sintiera nada impresionada al trabajar con estrellas como nosotros. A mí ninguna chica me ha mirado como lo hace ella. Pero ahora…

Duncan se sienta en el sillón de al lado y me mira como hace una persona que tiene demasiada información en su poder, aunque no va a revelarte ni una pequeña fracción.

—Ahora, ¿qué?

—Me contó que ya nos conocíamos de antes.

—Ah, ¿sí?

—Seguro que lo sabías.

Se encoge de hombros.

—¿Algo más que yo deba saber?

—Esa información no es mía.

Chasqueo la lengua y echo la cabeza hacia atrás.

—El día que vino aquí, algo cambió. Estuve a punto de besarla.

—¿Cómo? —pregunta echándose hacia delante.

—Me descolocó que viniera a traerme una mochila que me había dejado en la sala. Me pareció tan… ¿tierno?

—¿Tierno? —cuestiona mi amigo.

—Joder, era la Reina de Hielo, y se había tomado la molestia de buscar mi dirección en el sistema para traerme la mochila porque en unas horas se iba a Pittsburgh y quizá tenía algo importante guardado ahí…

—¿Reina de Hielo? Seguro que le encanta ese mote —ironiza.

—Se lo ganó a pulso. No mostraba ninguna emoción.

Niega con una sonrisa.

—¿Y entonces la dejaste pasar, le presentaste a Ryan, le contaste que eres su tutor…?

—Exacto.

—Algo que no sabe casi nadie del equipo lo compartiste con la Reina de Hielo, a quien no soportabas.

—¿Eso es cachondeo?

Se ríe.

—Podrías haberle dado las gracias y «fin».

—Me molestaba que me viera como el típico deportista ligón.

La sonrisa que esboza me pone de los nervios.

—¿Por qué?

—No soportaba que ella me juzgara de esa manera. —Duncan alza las cejas, instándome a seguir hablando—. Mira, no tengo todas las respuestas que buscas.

Mi amigo me observa unos segundos y niega con una sonrisa, justo antes de levantarse.

—Estoy seguro de que tienes más de las que crees —comenta finalmente—. Solo espero que te aclares antes de ir en serio con ella. Y que no le hagas daño, porque en su entorno hay gente que sí puede acabar con tu carrera. Avisado estás.

Duncan camina hacia la puerta como si no acabara de soltar una bomba como esa.

—¿Quién es Harper? ¿Qué entorno es ese? ¿La mafia?

—No puedo decirte nada, tendrá que hacerlo ella cuando confíe en ti. Pero para que te quedes tranquilo, cuando digo que pueden «acabar con tu carrera», no me refiero a un daño físico, como podría ser una lesión. —Termina de llegar a la puerta—. Nos vemos, Lennox.

Lo veo caminar hasta el coche. Entra, lo arranca, se encienden las luces y se va.

Y yo me quedo ahí, en el portal, incapaz de entrar y dándole vueltas a todas esas pinceladas que Harper me ha ido dando sobre su familia. Pero no se me ocurre nada.

¿Quién eres, Harper?

Y lo más importante: ¿qué me pasa contigo?