La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 21. Yo no tenía que caer
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21. Yo no tenía que caer

Brady

Llego al porche de la entrada y llamo al timbre. Estoy a punto de darme la vuelta. Hay ruido de voces, música… Quizá ni siquiera me hayan oído. Hasta que la puerta se abre y un Duncan sorprendido me observa con cautela.

—Lo siento, debería de haberte llamado antes de venir. No sabía que tenías visita…

—No, tranquilo. Eres familia. Si no te dije nada fue porque…

—Hace una pausa, buscando alguna excusa—.

En realidad, no se me pasó por la cabeza porque fue un poco repentino.

Holly se dio cuenta de que algunos de nosotros teníamos el día libre y pensamos que podríamos aprovechar para vernos todos.

No suele ser fácil con nuestros horarios.

—Ah, tranquilo. No pretendo molestar.

—No molestas, pasa, tómate algo.

—No, de verdad…

Noto miradas curiosas. No reconozco a nadie, pero es evidente que ellos a mí, sí.

—Ey, lo digo en serio. Has venido hasta aquí y no quiero que sea en balde. Tómate algo y luego vuelve a casa. No creo que a ellos les moleste.

Voy a protestar nuevamente. De hecho, estoy dando media vuelta cuando unas voces y risas femeninas me detienen. Me giro hacia las escaleras y mis ojos chocan directos con los de Harper, quien está bajando junto a otra chica.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntamos los dos a la vez.

La que supongo que es su amiga emite una risita y desaparece de mi vista.

—Pasé a ver a Duncan. Suelo venir bastante por aquí —explico.

Harper asiente, bastante convencida. Para ella tiene lógica, pues somos compañeros de equipo y es bastante probable que seamos amigos.

La observo, esperando una respuesta que no llega, por lo que miro a Duncan con la esperanza de que él sí me explique qué demonios está haciendo nuestra fisioterapeuta en su casa.

—Quizá haya llegado el momento de contárselo —murmura mirándola a ella.

Esta traga saliva y él se aparta, dándonos una intimidad que me ahoga.

—¿Recuerdas la noche en que nos conocimos? —pregunta.

—Sí…

No entiendo qué tiene que ver esto ahora.

—Estábamos en East Harbor. Duncan y Holly son de allí.

Mi abuela también lo era y tanto mis hermanos como yo pasábamos los veranos en ese pueblo.

Solíamos coincidir en el área deportiva, jugando algún partido.

Ellos adoraban practicar cualquier deporte, mis hermanos también, y yo siempre estaba ahí.

Abro los ojos. ¿Cómo puedo ser tan idiota? Sabía perfectamente cuál era el pueblo donde nos conocimos y el de mis amigos. Pero no fui capaz de relacionarlos.

—Los conozco desde que éramos niños. Allí todos se conocen, aunque seamos los nietos que solo van en verano.

Cuando Duncan se fue, ya no tuvimos más relación porque yo no tenía el contacto de nadie, simplemente llegábamos y aparecíamos donde estaban los demás.

No se necesitaba móvil. Holly empezó a cambiar y…

digamos que, hasta hace unos años, gracias a Jay y Charlotte, he vuelto a formar parte de su grupo.

Charlotte es la chica con la que bajaba las escaleras y Jay es su marido —aclara.

Miro a Duncan, a Holly, a la gente que parece no perdernos de vista.

—Entonces…, ¿por qué Duncan parecía no reconocerte?

—Porque yo se lo pedí.

—¿Por qué?

Traga saliva y se humedece los labios. Odio que haga eso, me empieza a poner mucho. Juguetea con los dedos y le cuesta mantenerme la mirada. Pero no pienso irme de aquí sin una respuesta.

—No quería que nadie dudara de mis méritos. No quería que nadie pensara que estaba en el equipo por algún trato de favor o, peor, porque me acostara con alguien. Holly es mi amiga.

Mierda.

Mierda, mierda.

«¿A quién te has tirado para que te dieran este caso?».

Yo mismo la cuestioné.

Ese recuerdo me da náuseas. Fui un imbécil.

—Harper… —pronuncio con voz ronca y busco su mano con la mía, aunque ella me lo impide y pone un poco más de distancia entre nosotros.

—No es un reproche, Lennox. Ahora mismo estoy descubriendo a un Brady que me gusta mucho. —Elevo los párpados y esbozo una sonrisa macarra—. Mierda, no quería decir eso.

—Te gusto, ¿eh? —la pincho.

—No. Me refería a que estoy viendo a ese Brady que tanto te has esforzado en mostrarme y he de admitir que, profesionalmente hablando —especifica haciendo un gesto con el dedo que me hace sonreír—, me cae mucho mejor que el otro.

Sonrío con todos los dientes. Sé que trata de disfrazarlo, pero ese rubor la ha delatado. Le gusto.

—Fui un gilipollas. Podría excusarme en que estaba de mal humor por la lesión y el dolor, pero la verdad es que no hay excusa. Así que espero que puedas perdonarme algún día.

—No pasa nada, no te lo tuve en cuenta porque precisamente sé lo jodidas que son las lesiones. Os convertís en monstruos.

—Aun así…

—Está todo bien, no te preocupes. Pero, igual que tú lo dijiste, otros podrían pensarlo. He trabajado muy duro para estar ahí y si fuera un tío nadie dudaría de mis capacidades. Sin embargo, soy chica, y entonces parece evidente que soy la enchufada de turno o que me he tirado a alguien.

—No todos piensan así.

—Lo sé. Afortunadamente.

Nos miramos unos segundos y me aterra dejar de hacerlo. Tiene unos ojos preciosos que, en esta ocasión, ha decidido resaltar con algo de maquillaje bastante sutil y que, claramente, no necesita.

—¿Puedo confiar en ti? —me pregunta.

—¿Eh?

—Que si vas a mantenerme el secreto —suplica.

Joder, haría cualquier cosa que me pidiera ahora mismo. Estoy hipnotizado.

—Por supuesto.

—Gracias.

—Ahora tú sabes un secreto mío y yo uno tuyo —comento jocoso.

Harper se ríe.

—¿Vas a quedarte? —pregunta, recuperando la seriedad.

No me queda claro por su expresión si quiere que me quede o me vaya, aunque, dado nuestro historial, si tuviera que apostar algo sería a que está deseando que me largue de una vez. No obstante, me surge la necesidad de alargar esta conversación. Con ella.

—¿Quieres que me quede? —pregunto sacando mi voz más seductora.

Se encoge de hombros y mira alrededor de manera nerviosa. Todos están charlando por grupitos, pero no dejan de echarnos miraditas. ¿Les habrá hablado de mí?

—Supongo que, como no puedes conducir, habrás venido en taxi o en Uber…, de modo que sería una faena que tuvieras que volver a tu casa nada más llegar. Creo que a nadie le importará si te quedas por aquí un rato.

—¿A ti te importará? —apremio recortando un poco de distancia.

—Como te he dicho antes, este nuevo Brady es más fácil de tolerar.

Sonrío. Me encanta que le dé tantas vueltas para no admitir que le gusta mi presencia.

—Tranquila, no voy a molestarte. Soy bastante consciente de que no aguantas que te escriba fuera de tu horario laboral.

—Espero que no tengas ninguna duda sobre los ejercicios —apunta entre seria y bromista.

—¿Quieres que las tenga?

—Claro que no. Me gusta pensar que me explico bien —suelta como una diva.

Me río.

—Lo haces genial. Pero quizá es que cuando me los explicas estoy pendiente de otras cosas.

—¿Qué… otras cosas? —balbucea.

Ahora sí, me inclino hacia ella y dejo mis labios tan cerca del lóbulo de su oreja que casi lo rozan. Siento cómo Harper se estremece, aunque no hace nada por apartarse.

—Cuando estoy contigo, a tan poca distancia, y con tus manos sobre mi piel, lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que me gustaría dejarme llevar.

Me aparto para ver su reacción. Está roja como un tomate, con las pupilas ligeramente dilatadas y un leve temblor en los labios.

Esquiva mi mirada y sé que la he dejado tan descolocada que no puede ni responder.

Por lo que decido buscar a Duncan, quien me interroga con la mirada.

Pero no pienso hablarle de nada de lo que acaba de ocurrir porque ni yo mismo lo entiendo.

Es una locura. No tenía que gustarme tanto estar con ella. No tenía que desear verla, escribirle o bromear de cualquier cosa. No tenía que ponerme celoso. No tenía que necesitar saber más sobre su vida. No tenía que pensar en lo mucho que me gustaría dejarme llevar.

He cruzado un límite y ahora estoy empezando a pensar que esto se me está yendo de las manos. Yo no tenía que sentir nada por ella. Solo seducirla y hacer que cayera.

Pero no contaba con que yo también pudiera caer, incluso más que ella.