La jugada que me llevó a ti (East Harbor 3) 20. Orgullosa y aterrada
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20. Orgullosa y aterrada

Harper

Hoy debería de ser un día como cualquier otro. Me levanto, desayuno, me ducho, vengo al estadio y hago las tareas que tengo anotadas. Pero una de ellas me tiene con la mente en otro lado: la sesión con Brady.

El último día que lo vi, acabé en su casa y descubrí que no es quien creía que era.

Es alguien de quien puedo colgarme mucho si no voy con cuidado, y pasar tanto tiempo con él no ayuda en absoluto.

Además, me tuve que obligar a irme porque estoy segura de que íbamos a besarnos, lo cual no debería ocurrir jamás de los jamases.

No es profesional y no es lo que quiero.

Mi objetivo es labrarme una carrera. Enamorarme del deportista lesionado solo puede perjudicarme. Mucho.

Por eso, cuando oigo el ruido de la puerta al abrirse, algunas mariposas empiezan a aletear dentro de mi estómago.

Me giro de inmediato, como una adolescente que sabe que su crush acaba de entrar en su campo de visión, y trago saliva porque la imagen de Brady apoyado en la puerta con esa pose tan desenfadada, ese pelo despeinado y esa mirada tan penetrante me está dejando la boca seca.

—Buenos días —dice con una sonrisa tímida y nerviosa que hace unos días hubiera jurado que es artificial y forzada, pues no le pega mucho al ligón de manual que todos pensamos que es.

—Buenos días.

Ninguno de los dos se mueve ni añade nada más. Tan solo nos quedamos mirándonos como la última vez. No debería perturbarme tanto. Desvío la mirada y carraspeo, obligándome a recuperar algo de normalidad. Aunque, con él, nunca ha sido «normal».

—¿Qué tal el hombro?

Él sonríe, supongo que porque le hace gracia que siempre le haga la misma pregunta.

—Bien. Mejor. El dolor está disminuyendo y empiezo a descansar un poco por las noches.

—Esa es una muy buena noticia —comento con una sonrisa. Siempre me alegro de ver progresos.

Brady me devuelve una sonrisa sencilla, bonita y llena de esperanza. Luego, entra y deja sus cosas en el rincón de siempre.

—No te olvides la mochila luego —le advierto con un deje de diversión.

—A lo mejor quiero que vuelvas a mi casa.

Un par de aleteos más.

—Siéntate —le pido con la mano sobre la camilla.

Él esboza una mueca, pero obedece sin rechistar. Ajusto la altura y, al levantar de nuevo la vista, su cara queda a unas pocas pulgadas, por lo que me obligo a retroceder de manera apresurada. Él me estudia, aunque no me permite saber qué piensa.

Procedo a quitar el cabestrillo y él se quita la camiseta sin que tenga que pedírselo. Me pilla observando su cuerpo sin ningún rastro de culpa y me sonrojo cuando nuestras pupilas vuelven a quedarse atrapadas. Su sonrisa macarra me deja claro que disfruta con esto.

Empiezo a revisar la zona, como siempre. La cicatriz tiene muy buen aspecto y el ángulo de movimiento aumenta unos grados más.

—Vamos con el masaje terapéutico, ¿de acuerdo? Esto está avanzando muy bien. Me tienes realmente impresionada, Lennox.

—Impresionada, ¿en qué sentido? —pregunta, burlón.

Sonrío y creo que me sonrojo un poco más.

—En un sentido estrictamente profesional. Te recalqué que era importante que confiaras en mí y pusieras de tu parte.

—Hago los ejercicios todos los días tal y como me dijiste.

—Eso está genial.

Como en cada sesión, mis manos presionan de manera lenta y sostenida siguiendo la dirección de las fibras musculares y fasciales desde el deltoides anterior hasta la inserción del bíceps.

Veo cómo Brady se relaja, señal de que confía plenamente en mí.

Se me calienta algo en el pecho al percatarme de que este tío que se negó a que lo tratara ahora está tranquilo dejando su carrera en mis manos.

Y eso me traslada al otro día, cuando fui a su casa y descubrí a este nuevo Brady.

Porque confiaba en mí lo suficiente como para revelarme esa parte de él que nadie sabe.

—¿Qué tal por Pittsburgh? —pregunta de repente.

—Fue un viaje de trabajo. No hice turismo.

—Lo sé. Pero tuviste la noche libre, ¿no?

—¿Quieres saber si ligué? —tanteo.

—No quiero saber eso. Pero si quieres contármelo… —comenta divertido, alzando las cejas varias veces.

—La verdad es que no salí. Tengo un hermano allí y fui a su casa. Comimos helado y estuvimos charlando hasta las tantas como cuando éramos adolescentes.

—¿En serio?

—Sí. Es mi persona favorita del mundo y no puedo verlo tanto como me gustaría.

Brady me observa contento por descubrir un detalle tan íntimo y personal sobre mí.

—Es genial tener a alguien así en tu vida. Aunque no esté tan cerca como uno quisiera. Hoy en día es muy fácil estar conectados con las personas que queremos.

—Sí, lo sé. Soy muy afortunada. En realidad, somos cinco hermanos. Cada uno vive en una ciudad distinta, a excepción del mayor, que vive aquí también. Estamos todos muy unidos y hablamos prácticamente a diario. A veces me parece que demasiado —bromeo, y él se ríe.

—¿Tú creciste en Portland? —quiere saber.

—Sí. Cuando yo nací ya vivíamos aquí.

—¿Te gusta?

Me encojo de hombros.

—Tampoco sé lo que es vivir en otro lado. Pero me gusta la tranquilidad, no me veo residiendo en una gran ciudad como Nueva York o Los Ángeles.

—Me pasa igual.

Nuestras miradas se enganchan unos segundos y mis manos detienen el masaje, quedándose sobre su hombro.

Muevo los pulgares, acariciando su piel, hasta que me doy cuenta de que no es esa clase de roces los que debería de estar haciendo.

Aunque él no parece incómodo en absoluto, más bien lo contrario.

Carraspeo y aparto la mirada.

—Ahora es mejor que te tumbes. Voy a trabajar la cicatriz y es doloroso.

—Vaya, ha llegado el peor momento de todos. Bueno, el segundo peor —se corrige mientras reajusto la altura de la camilla.

—¿Cuál es el peor? —pregunto curiosa.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Sí.

—Cuando me voy.

Alzo las cejas.

—¿Estás tratando de ligar conmigo, Lennox?

—¿Funciona? —contraataca.

—No —miento.

—Tendré que mejorar mi técnica.

Me río. Brady ríe. Me sonrojo y él decide dejar de jugar. Empiezo con el masaje, tratando de ignorar esas mariposas en mi estómago. Por suerte, adoro este trabajo y no me cuesta concentrarme de nuevo.

—Avísame si te duele a un nivel que no puedas tolerar.

Brady asiente y emite una especie de sonido que entiendo como afirmación. Al terminar, deslizo las manos de manera suave y su respiración cambia. Bajo la camilla de nuevo y le pido que vuelva a sentarse mientras voy a por mi iPad.

—Oye, y… a ese hermano tuyo ¿le gusta el hockey?

Me río.

—Él es más de fútbol.

—¿Tus hermanos son todos «más de fútbol»?

—Solo dos. —Vuelvo a acercarme a él con las bandas elásticas—. Voy a revisar cómo haces los ejercicios y así compruebo si es necesaria alguna modificación

Brady asiente y procede a realizar los ejercicios tal cual se los mandé, algo que me deja bastante asombrada.

—No sé por qué dices que tienes dudas, lo haces perfecto. No estás ni forzando.

—Es solo una excusa para escribirte —comenta guiñándome un ojo.

—No tienes remedio.

Se encoje de hombros y Grant entra en la sala para preguntar por el avance. Le explico cómo ha ido la revisión y, entre los dos, terminamos de explicarle las variantes para los ejercicios de los siguientes días.

—Estoy asombrado, Lennox —admite mi jefe—. Me gusta verte tan dispuesto a recuperarte. Sigue así y nos llevarás a los play-off.

—¿Tú crees?

—Estoy bastante convencido de ello.

—¿Y tú? —Ahora se dirige a mí—. ¿Opinas igual?

Grant me mira con ambas cejas levantadas, alucinando por cómo Brady ha cambiado su actitud conmigo.

—Sí. Ya te dije que, si ponías de tu parte, veríamos resultados. De hecho, los veo en cada sesión. Nos obligas a hacer modificaciones en el plan de manera constante. Y no porque no avances, precisamente.

Brady me dedica una sonrisa que me calienta el pecho. Confía en mí. Busca mi opinión y trabaja como le digo que haga para mejorar. Algo que no pensé que ocurriría viendo la rabia que me tenía en las primeras sesiones y lo mal que me habló.

Como fisioterapeuta, me siento orgullosa. Como mujer ante su crush, estoy aterrada.